Estatismo, socialismo y democracia son básicamente lo mismo

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La academia y el mundo intelectual están pulverizados por una vasta profusión de conceptos que, de muchas maneras y formas, significan básicamente lo mismo. Entre estos conceptos se encuentran el estatismo y el socialismo. Si no son exactamente sinónimos, se acercan mucho. La democracia, por otra parte, no sólo requiere un grado exacerbado de socialismo para existir, sino que invariablemente ampliará el socialismo existente en la sociedad. Ésto es lo que hacen las democracias, lo que siempre han hecho a lo largo de la historia, y lo que seguirán haciendo mientras siga existiendo este pernicioso sistema de esclavización obligatoria de la sociedad y de los individuos.

Cuando se estudia analítica y objetivamente, queda muy claro que el socialismo, el estatismo y la democracia son básicamente lo mismo. Y, sobre todo cuando se aplican a la realidad práctica, nos damos cuenta de que no hay ninguna diferencia sustancial entre estos conceptos. Hans-Hermann Hoppe lo explicó de forma concisa:

“No puede haber socialismo sin estado, y en la medida en que hay estado, hay socialismo”.

Por supuesto, ésto se aplica a cualquier tipo de estado. Incluso para el infame estado “mínimo” –que, en la práctica, no es más que una etapa evolutiva del estado, el que ampliará gradualmente su alucinante voracidad fiscal, su implacable demagogia depredadora, y su bestialidad intervencionista autocrática, hasta alcanzar su tamaño máximo.

Y cuando se trata del estado máximo, Brasil es probablemente uno de los mejores ejemplos para analizar. El grado de socialismo es implacable en Brasil, y definitivamente sólo superado por tragedias socialistas aún peores, como Corea del Norte y Venezuela.

Brasil es el segundo país del mundo que más grava a las empresas.Tiene el poder judicial más caro del mundo, el segundo congreso más caro del mundo, y una clase política cuyo gasto supera al de la corona británica. Brasil tiene el código fiscal más complejo del mundo, y una cantidad abrumadora de impuestos. Sin embargo, los tipos de estos impuestos –así como el número de impuestos a pagar (municipales, estatales y federales)– no dejan de aumentar.

En Brasil no se puede poseer un arma sin autorización estatal. No se puede conducir sin autorización estatal. Deben pagarse impuestos extorsivos y anecdóticos (IPTU e IPVA) sobre cosas que ya se poseen (¿qué puede haber más socialista que eso?). Si pronto va a cumplir dieciocho años, deberá concurrir al centro de alistamiento militar de su ciudad. Y sí, es obligatorio. En Brasil no se puede andar por ahí libre creyéndose dueño, propietario y señor de su propia vida. El gobierno federal es el comandante supremo y soberano de su existencia. Y pobre de usted si se atreve a pensar lo contrario.

ANATEL, ABIN, PF, PRF, MPF y TCU son sólo algunos personajes de la vasta sopa de letras que constituye un absurdo universo de inútiles instituciones republicanas que se prestan a regular diversos aspectos de la sociedad y de la vida privada de los individuos, sin su autorización ni consentimiento. Y si lo pillan haciendo algo que no les gusta, lo persiguen, lo multan y lo encarcelan. Y no puede alegar ignorancia de la ley que han hecho sin su consentimiento, para detenerlo por hacer algo que no les gusta.

Según las autoridades establecidas, Ud. tiene la obligación de conocer todos los millones de leyes, decretos, ordenanzas y enmiendas constitucionales que existen –que fueron todas creadas y aprobadas por inútiles y obesos burócratas trajeados, que nunca han hecho nada verdaderamente útil o productivo en sus vidas–, simplemente porque los magnánimos y omnipotentes líderes del gobierno así lo decidieron unilateralmente. Ellos son los jefes, los dirigentes y los dueños supremos de su vida, y han decidido que tienen todo el derecho a regular cada aspecto singular de su existencia.

Obviamente, Ud. no tiene derecho a quejarse. Ellos lo han decidido y punto. Si no está de acuerdo, es Ud. un rebelde, un delincuente, un radical, un extremista. Tiene que ser totalmente sumiso y ostentosamente servil a las normas restrictivas, controladoras y autoritarias del estado, impresas en los compendios legales y registros vademecum de burócratas obesos con traje y corbata, que tratan estos tutoriales sobre extorsión financiera y violación arbitraria de la libertad de otras personas, como si fueran auténticos libros sagrados.

Y por supuesto debe Ud. estar de acuerdo con todo el control, la extorsión y la violencia que le imponen democráticamente. Ninguna institución de la república solicita su adhesión voluntaria y su consentimiento. Debe someterse incondicionalmente, en cuerpo y alma. ¿No está Ud. de acuerdo? Porque los jefes supremos del gobierno de la nación ya lo han decidido por Ud. No hay negociación. De lo contrario, serás catalogado como un peligroso transgresor que necesita ser castigado urgentemente por las magnánimas e incorruptibles autoridades establecidas. ¿Cruzó la frontera de Paraguay sin presentar la factura de un artículo que adquirió? Eso es contrabando. El artículo será confiscado, y será Ud. debidamente notificado por las autoridades para responder por su “crimen”.

Brasil dejó de ser simplemente socialista hace mucho tiempo. Lo que existe en Brasil va más allá del socialismo de estado. Los brasileños son rehenes de una burocracia totalitaria, opresiva y despótica, hiperreguladora y ultrafiscalizadora, que evalúa, analiza, verifica y registra cada aspecto singular de sus vidas.

¿Cómo definir aberraciones tan ostensiblemente inconfesables como los CPF, los documentos de identidad, los permisos de trabajo, las tarjetas de la seguridad social y los títulos electorales? Por supuesto, la sociedad de esclavos sumisos ve estas cosas como algo completamente normal. Y no se puede cambiar de domicilio sin notificarlo antes al gobierno, obviamente. El dios supremo que todo lo controla, todo lo registra, todo lo verifica y todo lo exige necesita saber exactamente dónde está Ud. Después de todo, no es cuestión de que Ud. piense que puede ser libre y proclame su emancipación personal así como así. Ud. debe ser un dócil y sumiso esclavo de la autocracia federal, como todos los demás. ¿Quién se cree Ud. que es para osar ser libre?

Toda esta esclavitud atroz e incalificable es un síntoma de las mayores enfermedades que aquejan a la sociedad: el estado, el socialismo y la democracia. La sumisión que proviene del adoctrinamiento sistemático de la sociedad es también otro grave problema, que hace que la mayoría de la gente sea cómplice de la esclavitud, y extremadamente complaciente con su propia condición de sumisión.

Vivimos en una situación en la que un elemento de la esclavitud está invariablemente ligado con otro. El estado extiende el socialismo, que a su vez esclaviza, regula, oprime y legisla arbitrariamente sobre toda la sociedad. La democracia, a su vez, sanciona al socialismo, ya que estos elementos son inextricables. Es imposible que exista democracia sin socialismo. Y, de forma invariablemente complementaria, el socialismo se expande a través de la democracia. El socialismo, a su vez, no es más que la aplicación continua, ininterrumpida e irreprimible del estatismo.

Estos tres elementos –democracia, estatismo y socialismo– están invariablemente interrelacionados hasta tal punto que incluso pueden ser considerados la misma cosa. Especialmente cuando son aplicados a la realidad práctica, se vuelven totalmente inseparables. Los tres elementos trabajan activamente contra la libertad y chupan, devoran y parasitan continuamente a la sociedad. Ésto, a su vez, dará lugar a un estado cada vez más grande, más titánico, más opresivo y más intervencionista, el que tratará a la población de forma cada vez más despiadada, gravando, esclavizando, confiscando, ordenando, regulando y legislando arbitrariamente.

Y este ciclo continúa ininterrumpidamente, de formas cada vez más bestiales, hasta asfixiar por completo a la sociedad. A medida que este ciclo avanza y las condiciones se deterioran, la gente es censurada, encarcelada, y muchos otros abandonan el país en cantidades cada vez mayores.

La verdad es que –por mucho que discrepen los defensores de la democracia, los apologistas del estado y los heraldos del socialismo– no existe una distinción de facto entre estos tres conceptos. La distinción es meramente teórica. En el mundo real, estos tres conceptos se fusionan de tal manera que pueden clasificarse más exactamente como mecanismos diferentes de una misma estructura, ya que se complementan en una simbiosis perfecta y armoniosa. No sólo se necesitarán mutuamente para existir y mantenerse, sino que se refuerzan entre sí, y conducirán siempre a la sociedad por el mismo camino: el de la opresión y la esclavitud total.

Si Ud. vive bajo un estado, entonces está obligado a pagar impuestos y debe obedecer una cantidad colosal de leyes –aprobadas sin su consentimiento–; entonces Ud. vive en una sociedad socialista.

Puede parecer una exageración, pero lo cierto es que todos los países del mundo son socialistas. Lo que varía entre ellos es simplemente el grado de socialismo aplicado. Por ejemplo, Suiza es mucho menos socialista que Venezuela, pero ambos son países socialistas. Del mismo modo, Alemania es ligeramente menos socialista que Brasil, pero ambos son países socialistas.

Para que una sociedad no sea considerada socialista, debe carecer de estado (lo que obviamente no significa ausencia de orden y gobierno), no debe existir ningún tipo de imposición fiscal u obligatoria sobre sus habitantes, y las leyes sobre propiedad privada deben ser absolutas. Sólo en estas condiciones podría definirse una sociedad como no socialista.

Una sociedad sólo puede ser dos cosas: una sociedad libre o una sociedad de esclavos. Donde hay un estado que controla arbitrariamente a la sociedad, habrá necesariamente cierto nivel de esclavitud socialista. Puede que no sea una esclavitud sumamente opresiva y arbitraria (como Suiza, Luxemburgo o Estonia), pero también puede ser un antro despiadado de opresión, censura y tiranía (como Cuba, Venezuela o Corea del Norte). Como los gobiernos de todos los países del mundo son, en la práctica, burocracias socialistas, podemos concluir que lo que realmente varía entre ellos es el nivel de opresión, control y esclavitud impuesto por las autoridades gubernamentales a la población.

En cuanto a la democracia, podemos decir que es una forma del gobierno socialista. En una democracia Ud. está obligado a socializar sus dividendos a través de los insoportables impuestos que paga. Y, como ya se ha explicado, la democracia siempre extenderá implacable y continuamente el socialismo existente en la sociedad. Hans-Herman Hoppe confirma:

La democracia es una variante suave del comunismo, y rara vez en la historia de las ideas se la ha tomado por otra cosa“.

La democracia, el estatismo y el socialismo son conceptos contrarios a la libertad, y no aportan absolutamente nada a la civilización. Ninguna de estas tres anomalías aporta prosperidad, evolución o desarrollo a la sociedad. Todo lo contrario: todas contribuyen a la expansión y normalización del parasitismo institucionalizado, infantilizan a la sociedad haciéndole creer que el gobierno es una institución mágica, bondadosa y benévola que resolverá todos los problemas existentes, amplifican la idea errónea de que el estado es el principal responsable de la vida, la comodidad y el bienestar de todas las personas de un territorio determinado, promueven la fábula irracional de que es posible vivir sin ser productivo –basta con votar a políticos populistas que prometen prestaciones sociales– y, mediante una fiscalidad insoportable y la confiscación ininterrumpida de la riqueza, incurren en el agotamiento sistemático de la sociedad, acabando por esquilmarle sus recursos.

Sin embargo, esto es sólo un modesto resumen del grado de destrucción crónica que el socialismo, el estatismo y la democracia promueven en la sociedad.

Como ya se ha señalado, estos tres conceptos son prácticamente inseparables y trabajan juntos para destruir la sociedad, así como para agotar su capacidad productiva y de generar riqueza. De hecho, estas tres herramientas son excelentes recursos en manos de políticos y burócratas, que defienden estas bestialidades, porque les permiten extorsionar legalmente a los individuos productivos, transfiriendo su riqueza a los parásitos alojados en los sectores no productivos de la sociedad.

Hoy en día, repudiar abiertamente la religión socialista democrática –venerada unánimemente por la élite estatal y gran parte de la población– es prácticamente convertirse en un paria social. Eso si no es totalmente demonizado, desmoralizado o incluso procesado. Actualmente, cierta figura nacional en posición de omnipotencia regia, alojada en el STF (Supremo Totalitarismo Federal) considera delito criticar la democracia. Sin embargo, esto no cambia la naturaleza de la democracia.

La democracia no se convierte en una forma de gobierno benevolente, amable y gentil sólo porque la mayoría crea en ella. La ética y la moral no cambian según la conveniencia popular. Lo que está bien siempre estará bien, y lo que está mal siempre estará mal. Y la democracia y todo lo que conlleva –por no hablar de sus consecuencias nocivas y corrosivas– siempre será una forma de gobierno malvada, destructiva, degradante y deplorable.

Desgraciadamente, la opinión popular no está de acuerdo con la moral y la ética, ni con la racionalidad de la verdadera ciencia económica. Como resultado de los sucesivos gobiernos del PT de Luiz Inácio da Silva y Dilma Rousseff, se ha vuelto relativamente fácil criticar abiertamente al socialismo en Brasil. Criticar el estatismo y la democracia, sin embargo, sigue siendo excepcionalmente difícil. Cualquiera que critique estas dos vacas sagradas se topa fácilmente con la hostilidad popular.

Por desgracia, incluso la derecha política –debido a su falta de estudio y disonancia cognitiva– por alguna razón sobrevalora al estado y a la democracia. Los activistas de derechas suelen considerar estos dos conceptos como valores políticos importantes y sublimes. Son incapaces de darse cuenta de que democracia, estatismo y socialismo son conceptos prácticamente inseparables, y que contribuyen mucho más a destruir Brasil que a ayudar a su desarrollo.

Es un hecho que el estado y la democracia están tan arraigados en la conciencia colectiva y popular que son considerados elementos indispensables para el mantenimiento de la sociedad, hasta el punto de ser sacralizados ostentosamente incluso por personas que se autodenominan de derecha. La verdad es que la derecha política, si realmente fuera radicalmente antisocialista, expresaría su repudio del estado y de la democracia, con el mismo fervor con que dice repudiar al socialismo.

Desgraciadamente, la derecha política está tan alienada y comprende tan poco al estatismo, la democracia y el socialismo (así como sus efectos), que no puede comprender la realidad. Algunos miembros de la derecha se golpean el pecho con orgullo pronunciando slogans nacionalistas genéricos e infantiles, como “nuestra bandera nunca será roja” o “Brasil nunca será socialista”, mostrando su total incapacidad para comprender lo obvio: Brasil no sólo es un país socialista –y lo ha sido durante mucho tiempo–, sino que además es uno de los países más socialistas del mundo. Brasil no es conservador, ni capitalista, ni de derecha en absoluto, salvo para pueriles aspiraciones alejadas de la realidad.

Lo que convirtió a Brasil en un frívolo análogo sudamericano de la Unión Soviética, fueron estas tres enfermedades, que se propagaron imparablemente por la política y las instituciones republicanas del país, sobre todo desde la época de Getúlio Vargas: estatismo, socialismo y democracia. Tres anomalías, invariablemente interconectadas, que en realidad no pueden ser extricadas la una de la otra.

La aplicación irrefrenable de estos tres conceptos –que ya eran omnipresentes, pero que se intensificaron de forma ferviente sobre todo a partir de la década de 1970– es lo que ha convertido a Brasil en lo que es. El estatismo y el socialismo, que ya eran ostentosos y estaban profundamente arraigados en el sistema político de la nación desde el comienzo del periodo republicano, se agravaron aún más bajo los gobiernos militares. Con el restablecimiento de la democracia a finales de la década de 1980, los gobernantes tuvieron aún más flexibilidad para extender el socialismo de estado y, en consecuencia, la esclavitud institucionalizada sobre la población.

Y hemos llegado a donde estamos precisamente porque todos los conceptos contrarios a la libertad fueron ostensiblemente maximizados, gracias a un sistema político democrático y socialista.

El amargo elixir de esta terrible enfermedad es el anarcocapitalismo brutalista. Sin embargo, como era de esperar, la mayoría ignora esta solución. Y los que no la ignoran, la repudian abiertamente, tachándola de “demasiado radical”. “No funcionaría”, afirman sus detractores. Así que según los críticos del anarcocapitalismo, la mejor solución es expandir y potenciar todo lo que genera desgracia y regresión en la sociedad.

Lo cierto es que la mayoría de la gente reconoce que muchas cosas van mal en el país y, en época de elecciones, la mayoría acude a las urnas a votar. La falta de lógica y de cohesión racional, sin embargo, lleva a estas personas a exigir soluciones precisamente a los elementos que han generado –y evidentemente contribuyen sustancialmente a perpetuar y agravar– el deplorable estado de cosas en que vivimos.

Y, como siempre, el resultado es más estado y más socialismo. Gracias a la democracia.

 

 

 

Traducido por el Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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