
En Occidente, los poderes políticos e institucionales han sido secuestrados por la ideología del arcoíris deslumbrante, una idiotez histérica, estúpida e irracional, formalmente conocida como “progresismo”. En los últimos años, el progresismo se ha convertido en la ideología de moda, gracias a su discurso aparentemente armonioso de exaltación de la diversidad, defensa de la sostenibilidad, y promoción de la integración social.
Su ascenso a la corriente dominante se ha visto confirmado por la adhesión de celebridades nacionales e internacionales las que, discreta o explícitamente, defienden esta ideología, o al menos alguno de sus postulados. El discurso que defiende el progresismo y su arbitraria imposición institucional ha sido conocido como el fenómeno de lo “políticamente correcto”.
Todo lo relacionado con este universo político-ideológico puede ser considerado, en su conjunto, como una religión secular progresista. Sin embargo, cuando analizamos el progresismo como un fenómeno político ‒y también religioso, similar a una secta‒, debemos ir mucho más allá de los hermosos discursos y de la propaganda multicolor que vemos con profusión en canales de televisión.
Sin embargo, al retirar el velo ideológico de toda la propaganda que nos bombardea incesantemente, es posible vislumbrar la opresión y sordidez stalinistas, lo que expone el nivel patológico de tiranía de la secta progresista.
En la práctica, la religión secular progresista es un sistema ideológico totalitario que promueve la censura, la persecución, la intimidación, la coerción y la supresión arbitraria de los derechos de todos aquellos que se niegan a ser subyugados por esta sórdida, traicionera y deplorable patología política.
Además, es fundamental destacar un elemento muy importante: en la religión secular progresista existe la sumisión incondicional a todos los intereses de las grandes corporaciones. Podemos decir que el progresismo político es una ideología que ha sido adaptada por las grandes potencias económicas para que los intereses de las oligarquías dominantes puedan “coincidir” con los intereses del pueblo.
Pero analicemos la esencia misma del progresismo para comprender mejor los síntomas y las consecuencias de esta sórdida y maligna patología política. El núcleo del sistema de creencias de una religión secular progresista se basa en los siguientes principios:
- Creencia incondicional en la “diversidad”
- Creencia en la “sostenibilidad”
- Creencia en el fenómeno del “calentamiento global”
- Precedencia del secularismo por sobre la religión
- Creencia absoluta en la “ciencia” aprobada por los poderes establecidos
- Creencia irremediable en los poderes absolutos del estado y sus instituciones
- Precedencia de la religión secular progresista sobre todas las demás creencias políticas o religiosas existentes
De hecho, resulta muy interesante analizar el núcleo fundamental de la religión secular progresista, principalmente porque se basa por completo en una gran manipulación fraudulenta de la realidad.
De principio a fin, el progresismo es un gran engaño en cada aspecto de su ideología. Todo su programa político se basa en la propaganda y la manipulación emocional. Y, como fue mencionado anteriormente, está meticulosamente calculado para que la gente acepte la supremacía de las grandes corporaciones en todos los aspectos de sus vidas.
Tomemos la decretada pandemia del covid como un excelente ejemplo de esta afirmación. La histeria progresista fue fundamental para que la gente aceptara la campaña de vacunación masiva, y la politización de la medicina fue inmediata desde el principio. Los activistas progresistas estaban tan absorbidos por la histeria sensacionalista, que llegaron a creer que todos los que estaban a favor de las vacunas eran “buenos”, y que todos los críticos y escépticos eran “malos”.
Posteriormente, los activistas progresistas comenzaron a repetir exhaustivamente el lema “creer en la ciencia” durante la crisis sanitaria. Pero, sin duda, la gran mayoría de los activistas nunca estudió ciencia. Simplemente repetían incesantemente un slogan que los grandes medios de comunicación les habían condicionado a pronunciar.
Los activistas no se dieron cuenta de que eran víctimas de adoctrinamiento sistemático e ingeniería social, difundidos por la propaganda de grandes corporaciones como Pfizer y Moderna. Los conglomerados farmacéuticos gastan anualmente miles de millones de dólares en publicidad y propaganda, pero las masas de ingenuos e ignorantes son completamente insensibles a la realidad del mundo corporativo. Creen firmemente que las grandes corporaciones farmacéuticas se mueven por la filantropía, la benevolencia y el amor incondicional por la humanidad, en lugar de por las exorbitantes ganancias y la expansión del poder corporativo.
Tras la histeria inicial, las grandes corporaciones que producen “vacunas milagrosas” lograron la sumisión voluntaria de millones de personas, que aceptaron pasivamente el papel de conejillos de indias humanos porque, aparentemente, habían sido adoctrinadas para ello.
Gracias a un excelente plan de publicidad y propaganda, los activistas progresistas llegaron a creer con extrema convicción que estaban del lado de la ciencia. Cualquiera que se atreviera a desafiar el postulado progresista de “creer en la ciencia”, era tachado como “negacionista”, término también acuñado como parte de la propaganda del sistema, específicamente diseñado para demonizar a los disidentes y alimentar una campaña masiva de intimidación contra todos aquéllos que se negaban a ser subyugados por el consorcio farmacéutico autoritario.
Durante la pandemia, nos cansamos de escuchar el infame slogan progresista “creer en la ciencia” (el que, en sí mismo, demostró la politización de la medicina). Los activistas progresistas creyeron ingenuamente estar en el “lado correcto” de la historia. Pero ¿dónde estaban cuando la ciencia verdadera demostró que innumerables personas vacunadas sufrieron trombosis, miocarditis y pericarditis (entre muchos otros problemas), sino la misma muerte, como consecuencia de las vacunas?
De hecho, cuando el problema en cuestión son las reacciones adversas e incluso las muertes derivadas de las vacunas, los activistas progresistas simplemente fingen que nada de ésto ocurrió. En definitiva, la “ciencia” no admite nada que se aparte del glorioso, multicolor y resplandeciente mundo de la fantasía ideológica progresista, donde todo es bello, brillante, radiante, maravilloso y sabe a arcoiris.
La respuesta histérica de los activistas a la pandemia ilustra a la perfección cómo la ideología progresista, en general, está subordinada a los intereses de las grandes corporaciones. En el caso de la decretada pandemia, la sumisión fue más específicamente a los conglomerados farmacéuticos. Sin embargo, la ideología progresista busca servir a los intereses de todas las grandes corporaciones, en cualquier sector de actividad.
Consideremos, por ejemplo, el embuste del calentamiento global. El manual ideológico progresista se complace en abusar de expresiones como “sostenibilidad” y “energía verde”, aunque los propios activistas desconocen su verdadero significado. Sin embargo, ésto beneficia a diversas corporaciones. Pensemos, por ejemplo, en la industria de los paneles solares y en lo inútil que se volvería, si la mayoría de la gente descubriera que el calentamiento global es un embuste.
De hecho, un análisis perspicaz del manual progresista demuestra que toda su ideología es un programa de sumisión crónica e incondicional a los intereses de las grandes corporaciones. Lo irónico de todo ésto es que la mayoría de los activistas progresistas se consideran activistas “antisistema”, pero son tan increíblemente estúpidos que son completamente incapaces de darse cuenta de que son peones del mismo sistema contra el que dicen y creen luchar.
Obviamente, ésto sucede porque los activistas son ostensiblemente bombardeados por una campaña publicitaria eficiente y masiva, saturada de contenido políticamente correcto, diseñada deliberadamente para inducirlos a defender con vehemencia todas las idioteces ideológicas histriónicas de la agenda progresista.
Además, los ingenieros sociales detrás del corporativismo monolítico saben perfectamente que la inteligencia de un activista progresista es inferior a la de un lagarto. Son personas excepcionalmente inútiles, con vocación de servir como ratas de laboratorio.
Evidentemente, con la propaganda adecuada, es posible hacer creer literalmente cualquier cosa a estas criaturas. No hay absolutamente nada que una campaña publicitaria y de sofisticada propaganda no pueda lograr cuando su contenido se dirige a masas de criaturas innobles, estúpidas e impresionables, completamente carentes de cualquier grado de competencia intelectual.
Lo cierto es que los activistas progresistas se comerían sus propias heces si estuvieran debidamente condicionados para hacerlo. En pocas palabras, la “ciencia” aprueba tal hábito y diversos “estudios” demuestran sus beneficios para la salud. Añada una bella melodía, un slogan pegadizo, conmovedor y sentimental que afirme que ésto contribuirá a la salud del planeta, y ¡voilà!: verá a un grupo de activistas progresistas con la boca llena de excrementos, con ganas de perseguir, intimidar y coaccionar a quienes se nieguen a hacerlo.
De hecho, la total falta de inteligencia y las mínimas capacidades cognitivas funcionales hacen que el activismo progresista sea totalmente susceptible a la manipulación corporativa. La decretada pandemia lo demostró más allá de toda duda razonable.
Las grandes corporaciones han aprendido que usar el activismo progresista como herramienta es relativamente fácil. Es posible canalizar toda la furia irracional y la ira histérica de los activistas hacia los intereses corporativos. Y, sin embargo, es posible hacerles creer que son criaturas “rebeldes” y “antisistema”, a pesar de abogar por la expansión (sin límites ni restricciones) del poder del estado y de las grandes corporaciones por sobre la vida de las personas.
De hecho, los activistas progresistas han sido completamente condicionados a amar a los poderes establecidos. Donde hay conflicto entre el individuo y las autoridades, siempre se ponen del lado de lo establecido. Son completamente predecibles. El razonamiento de estas criaturas sigue siempre el mismo guión y repite el mismo patrón simplista: el individuo siempre está equivocado, y las grandes corporaciones y el gobierno siempre tienen razón. No importa cuál sea el asunto en discusión: eso es irrelevante. Los activistas progresistas están aparentemente comprometidos con su programa político de opresión persistente contra el individuo.
En la ideología progresista no existe resistencia real al sistema, sólo su defensa incondicional. Sin embargo, debido a la exacerbada disonancia cognitiva, los activistas progresistas son completamente incapaces de percibir ésto.
En poco tiempo, las grandes corporaciones aprendieron lo fácil que es utilizar a los activistas progresistas como peones. No hay absolutamente nada que no pueda ser logrado cuando el eficaz aparato de propaganda es dirigido a este público el que, si bien no es el único público manipulable en el ámbito político-ideológico, es sin duda el grupo más infantil e influenciable que existe. De hecho, el sistema ha domesticado la ira y la rabia juvenil de los activistas, canalizando toda su furia y rebeldía hacia el activismo a favor del sistema.
Lo cierto es que las grandes corporaciones han aprendido a jugar muy bien este juego. Mediante un ingenioso programa de adoctrinamiento sistemático, manipulan al público para hacerle creer en una convergencia de intereses.
En otras palabras, mediante la propaganda las grandes corporaciones hacen creer a los activistas que luchan contra el sistema, cuando en realidad se les induce verticalmente a someterse y protestar a favor de todos los elementos que lo conforman. La perfecta armonía que existe entre las grandes corporaciones y la ideología progresista es el resultado de la sofisticada publicidad, adoctrinamiento e ingeniería social. Quienes no sean capaces de ver más allá de la propaganda, serán fácilmente manipulados.
No hay duda: el progresismo es actualmente la ideología predilecta de las grandes corporaciones. Provee a los poderes establecidos (económicos y políticos) de legiones de idiotas útiles, siempre dispuestos a luchar a favor de la opresión, la tiranía, el control, la esclavitud y la subyugación de los individuos al sistema. Para las grandes corporaciones, no hay mejor ideología con la que trabajar.
No en vano muchas corporaciones apoyan abiertamente la ideología progresista. No podemos olvidar que muchas de estas instituciones incluso han adoptado la bandera arcoíris incandescente como parte de su identidad corporativa. Y aunque algunos la abandonaron tras el apaciguamiento de la tendencia, sin duda volverán a hacerlo cuando sea rentable e ideológicamente conveniente. Al fin y al cabo, la ideología progresista reúne a la mayor cantidad de personas estúpidas, inútiles e incapaces de pensar que existen en la sociedad, bajo una sólida identidad política.

De hecho, no hay tarea más inútil que intentar hacer pensar a un progresista. La gran mayoría de estas criaturas ya han sido completamente absorbidas por la ideología, hasta el punto de volverse completamente incapaces de pensar. Cualquier cosa que se asemeje a las habilidades cognitivas primarias, ha sido completamente eviscerada en estas personas.
Los militantes progresistas siempre se limitarán a repetir los slogans y lemas que las grandes corporaciones les inculcan mediante propaganda masiva y eficientes campañas publicitarias. De hecho, estas criaturas sólo sirven como manadas de idiotas útiles al servicio de los intereses de los poderes establecidos.
En el mundo actual, pensar, cuestionar y razonar es un verdadero lujo, una habilidad invaluable que pocos poseen. Y nadie es más enemigo de la lógica, la racionalidad, la inteligencia, la libertad de pensamiento y el pensamiento intelectual profundo, que la secta progresista políticamente correcta.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









