
Hace seis años, el 16 de Marzo de 2020, el mundo tal como lo conocía se derrumbó. En la profunda San Francisco, donde había vivido durante tres décadas, el pánico se cernía en el aire como la niebla que se eleva desde la bahía.
Si me atrevía a salir, los transeúntes me gritaban si me acercabas a pocos metros. Si iba a la playa sin mascarilla con mi hijo de tres años, una mujer podía acercarse y escupirme, diciéndome que no le importaría cuando mis hijos murieran, porque soy una asesina.
Perdimos nuestra humanidad a medida que el terror se apoderaba de nosotros.
Quienes se atrevían a salir, se creían valientes guerreros en una batalla que casi con toda seguridad les costaría la vida. San Francisco ‒y posiblemente el mundo entero‒ se convirtió en un páramo postapocalíptico. Las únicas personas en la calle eran drogadictos en campamentos de tiendas de campaña que explotaban, y repartidores de comida a domicilio.
Todo cerró: escuelas, negocios, parques infantiles. Las autoridades prometieron que sólo duraría dos semanas para “aplanar la curva”. Pero yo sabía que no era así. Ya venía denunciando ésto en redes sociales incluso antes de que comenzaran los confinamientos, advirtiendo que una vez que el gobierno se adueñara de tal poder, no lo cedería fácilmente. Lo que siguió fue una pesadilla de autoritarismo desmedido, que trastornó mi vida y marcó a toda una generación.
Desde el primer día me resistí. Como madre de cuatro hijos y alta ejecutiva en una gran corporación donde trabajé durante más de 20 años, no podía quedarme de brazos cruzados mientras a los niños se les trataba como vectores de enfermedades, en lugar de seres humanos con derechos. Simplemente no me importaba el precio que tuviera que pagar personalmente por alzar la voz.
Me manifesté en línea, creando una comunidad de disidentes con ideas afines, que presenciaron la locura que se desarrollaba. Asistí a reuniones virtuales del consejo escolar que se prolongaron durante nueve horas, sólo para ver a funcionarios enmascarados, solos en sus casas, obsesionados con cambiar el nombre de las escuelas ‒nombres considerados “racistas”‒ mientras ignoraban la verdadera crisis: los edificios permanecían cerrados, con los niños atrapados en casa, aislados.
Aparecí en las noticias locales como una “madre preocupada por la escuela pública”, y organicé manifestaciones cuyos folletos fueron eliminados por Facebook en cuanto fueron publicados. En resumen, supliqué y luego exigí que reabriéramos las escuelas. Por ésto, pagué un precio muy alto.
Las consecuencias fueron rápidas y graves. Amigos que conocía desde la universidad ‒30 años de historia compartida‒ me abandonaron, salvo uno. Llevo cinco años distanciada de algunos familiares, todo porque me atreví a decir que incluso los niños pobres merecen una educación.
Mi vida se volvió irreconocible.
Al final, huí de San Francisco para que mis hijos pudieran ir a la escuela. En el Área de la Bahía, las instituciones privadas reabrieron en otoño de 2020, y sus estudiantes adinerados retomaron los deportes y las clases, mientras que las escuelas públicas permanecieron cerradas un año más. Y siguieron sufriendo interrupciones ‒uso de mascarillas, distanciamiento social, cierres periódicos‒ durante otro año.
Los niños más vulnerables ‒aquéllos de familias de bajos ingresos, sin recursos para grupos de estudio ni tutores, a menudo niños solos en casa, muy pequeños como para la “escuela” en línea‒ fueron los que más sufrieron. La pérdida de aprendizaje se agravó, se produjeron retrasos en el desarrollo, y el impacto emocional fue catastrófico.
El mensaje que se les transmitió a estos niños fue que no importaban, que su educación no importaba. Y cuando fueron reanudadas las clases a finales de 2021, el ausentismo crónico se disparó y sigue siendo un problema grave hasta el día de hoy, 50% superior a los niveles previos al covid.
Terminé renunciando a mi puesto de alta responsabilidad en 2022.
Ese mismo día, comencé a trabajar en un documental para plasmar el costo humano de estas políticas. Encontré un socio director, Andrew James quien, al igual que yo, impulsa la realización de esta película por la firme convicción y la pasión de contar esta historia para que nunca vuelva a suceder. Andrew, otrora una figura clave en el mundo del documental ‒ex alumno del Instituto Sundance‒, también fue marginado de la sociedad por su disidencia, y hemos realizado esta película completamente al margen del sistema, sin acceso a las fuentes de financiamiento habituales.
GENERACIÓN COVID ha sido un proyecto de amor, financiado en gran parte con mis ahorros, y que me ha insumido más de cuatro años.
No soy una novata en el cine, aunque no ha sido mi profesión de tiempo completo; mi anterior documental, Atleta A, que expuso los abusos generalizados en la cultura de entrenamiento de la gimnasia en Estados Unidos, fue adquirido por Netflix y ganó un Emmy al Mejor Documental de Investigación en 2020. A pesar de este historial, GENERACIÓN COVID permanece en el olvido. Las plataformas conservadoras lo descartan, diciendo que ya han terminado con el tema del covid. Las plataformas de streaming convencionales ni siquiera responden a mis correos electrónicos pidiéndoles que le echen un vistazo.
¿Por qué? Porque casi todos fueron cómplices. Políticos, medios de comunicación, educadores: todos se sumaron a la histeria. Ahora quieren ocultarlo, fingiendo que nunca sucedió. Todos fallaron.
Pero no podemos olvidar. Las violaciones de nuestras libertades civiles fueron estremecedoras. No podíamos salir de casa; en algunos lugares, estábamos literalmente bajo arresto domiciliario. Fue prohibido a las familias reunirse en días festivos, o visitar a sus seres queridos en los hospitales; la gente moría sola; las mujeres daban a luz en aislamiento; se instaba a la gente a delatar a sus vecinos. Fueron prohibidas la concurrencia a las iglesias y a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero las protestas de Black Lives Matter fueron permitidas.
La censura campeaba a sus anchas; a los disidentes como yo nos silenciaban o nos censuraban, y nos excluían de la sociedad. Los niños pequeños se veían obligados a usar mascarillas durante horas, babeando sobre sus cubrebocas de Old Navy como si fueran la última línea de defensa y la única esperanza para salvar a la abuela. El uso masivo de mascarillas en niños provocó retrasos en el habla que persisten hasta hoy.
Fueron arrestadas personas por surfear solas en el océano.
Veintisiete millones de estadounidenses perdieron sus empleos en 2020, las cadenas de suministro colapsaron, lo que desencadenó el alza de precios contra lo que aún luchamos.
El daño a los niños fue imperdonable. Desde Marzo de 2020 he sido una disidente del covid, documentando cómo los confinamientos aceleraron una crisis de salud mental. El aislamiento generó ansiedad y depresión; la inmersión en línea impulsó un aumento en la identificación como “transgénero” entre jóvenes vulnerables. Muchos jóvenes abandonaron los estudios, recurrieron a las drogas, desarrollaron trastornos alimenticios, y lidiaron con pensamientos suicidas. Algunos no sobrevivieron. Como dijo un padre en mi documental, quien perdió a su hijo por suicidio en 2021: “No se puede tratar a los niños como prisioneros y esperar que estén bien”.
GENERACIÓN COVID no se trata de buscar culpables, sino de asumir la responsabilidad. Se trata de comprender y analizar lo que sucedió cuando esta psicosis colectiva se apoderó del mundo, para poder evitar que vuelva a ocurrir.
Éste fue el mayor acontecimiento de nuestras vidas, un experimento global de control que fracasó estrepitosamente. Si no lo enfrentamos, volverá a suceder, la próxima vez, quizás bajo el pretexto de emergencias climáticas o algún otro pánico.
Perdí mi carrera, mi ciudad, mis amigos por negarme a guardar silencio. Todos sufrimos, y fingir lo contrario deshonra a las víctimas ‒especialmente a los jóvenes cuyo futuro cambió para siempre‒, y nos predispone a cometer los mismos errores garrafales una y otra vez.
Vea el trailer de Generación COVID. Reflexione sobre lo que hemos permitido. Sólo así podremos asegurarnos de que nunca repetirlo.
Traducido por: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








