No en vano la mayor parte del mundo aborrece y condena la conducta israelí, ya sea por el interminable genocidio en Gaza, o por la aterrorización y deportación ‒con similar propósito‒ de la población palestina en Cisjordania. Israel pretende tomar el control total de la Palestina histórica, y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para lograrlo, y lamentablemente con demasiada frecuencia Estados Unidos ha sido su entusiasta cómplice en ese esfuerzo. Además, Israel ha bombardeado y asesinado a sus vecinos en Líbano y Siria, al tiempo que ha incitado a Washington a unirse al esfuerzo de atacar a Irán y provocar un cambio de régimen en Teherán. El Israel del apartheid, que se ha declarado legal y étnicamente un estado judío, pretende convertir eso en realidad mediante la eliminación de todos los no judíos de su territorio en constante expansión, y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para lograrlo.
Hay algo peculiar en el sentido de identidad del estado judío: no considera que asesinar a quienes no son judíos sea un delito ni, más precisamente, un pecado, a pesar de la prohibición incluida en los Diez Mandamientos. Israel tampoco considera vinculante para él ni para sus líderes ningún acuerdo que celebre con otros países, como lo demuestra la violación regular de los dos ceses del fuego que Tel Aviv ha firmado sobre Gaza, o su comportamiento en relación con acuerdos similares con sus vecinos Líbano y Siria. En Líbano y Siria, Israel está actualmente rociando productos químicos “no identificados” ‒aunque aparentemente tóxicos‒ en tierras de cultivo cercanas a la frontera, para ahuyentar a los residentes locales destruyendo sus medios de vida. Israel hace lo que hace, y Estados Unidos, garante de todos los ceses del fuego, así como del proceso de paz en curso, no dice ni una palabra cuando Israel rompe los acuerdos y se dedica a asesinar a más habitantes locales. La última estratagema de Israel consiste en provocar un ataque de Estados Unidos contra Irán para anular la capacidad de ese país de atacar a Israel, convirtiendo por defecto al estado judío en la potencia militar y política dominante de la región. Según informes, Israel convenció a Donald Trump de no atacar a Irán hace varias semanas, debido a la preocupación de que, como parte de su defensa, Irán atacara objetivos dentro de Israel capaces de apoyar la iniciativa estadounidense. En otras palabras, Israel buscaba una solución para Irán que no lo pusiera en riesgo y, en cambio, hiciera recaer la responsabilidad sobre Estados Unidos. Cabe señalar que éste no es el comportamiento apropiado para un país que es repetidamente elogiado como el “mejor amigo y aliado más cercano” de Washington. Es todo lo contrario: mientras que Trump y los políticos son demasiado estúpidos o corruptos como para darse cuenta de ello, o están demasiado intimidados por el lobby como para responder como deberían, si el interés estadounidense fuera realmente su prioridad en relación con un Irán que no amenaza a Estados Unidos en absoluto.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha convocado a una reunión con Donald Trump para finales de esta semana, la novena entre ambos desde la investidura de Trump, mucho más que con cualquier otro político extranjero. Netanyahu ha solicitado reunirse con Trump para discutir las opciones para las conversaciones indirectas en curso con los iraníes. La oficina de Netanyahu emitió un comunicado en el que afirma que “el primer ministro cree que todas las negociaciones deben incluir la limitación de los misiles balísticos iraníes y el fin del apoyo al eje iraní” de Hamas, Hezbollah y los Houthi, a los que Israel percibe como sus principales amenazas.
En cualquier caso, es generalmente reconocido que Trump hará lo que Israel desea. Netanyahu también buscará un plan de acción mediante el cual Estados Unidos atacará y provocará un cambio de régimen en Irán, a la vez que neutralizará su capacidad ofensiva. Mientras tanto, Israel se mantendrá al margen para evitar cualquier daño del arsenal iraní. Genial, y cualquier estadounidense muerto como resultado de esa fórmula, muy posiblemente en bases estadounidenses en la región del Golfo Pérsico, será solo el costo de hacer negocios con Netanyahu, quien saldrá de sus reuniones con Trump con una sonrisa.
Netanyahu sonríe porque al tratar con presidentes estadounidenses siempre gana, a la vez que trata a Estados Unidos como trapos sucios que pueden ser descartados o fácilmente ignorados cuando no sirven como fuente de dinero, armas y protección. Nótese la indiferencia hacia el daño causado a Estados Unidos por la conspiración de Jeffrey Epstein, la que sin duda fue una importante operación de exorsión, incluso a nivel presidencial, dirigida por el Mossad para influir favorablemente en las políticas hacia el estado judío. Incluso ahora, con la revelación de numerosos documentos incriminatorios, existe una resistencia total por parte del régimen de Trump y los demócratas de la oposición a exponer honestamente lo que hicieron nuestros “buenos amigos” en Israel.
Pero he descrito a Israel como excepcionalmente malvado, y hay abundantes pruebas de ello, más allá de su trato a Estados Unidos como una especie de estado vasallo, fuente de dinero y apoyo político y militar. Como ha sido anteriormente señalado, Israel nunca ha cumplido ningún acuerdo que haya suscrito con países extranjeros. Durante el actual alto el fuego, ha bloqueado la entrada de alimentos y de medicamentos, al tiempo que ha continuado bombardeando y disparando contra los gazatíes, asesinando a cerca de 600 personas, incluidos muchos niños. Mientras tanto, lejos de retirar su ejército de Gaza, ha reforzado su presencia en la Franja, ocupando cerca de 60% del área total como zona de seguridad “Amarillo”, presumiblemente dejando el resto para su eventual destino final, el Trump Gaza Resort, o para colonos israelíes que han ido apareciendo en la zona en número creciente, incluso estableciendo nuevos asentamientos.
Como muestra de cierto cumplimiento del alto el fuego, la semana pasada Israel accedió a abrir parcialmente el cruce de Rafah, el que conecta Gaza con Egipto y que controla. Se suponía que los primeros en pasar serían los gazatíes con heridas y lesiones que requerían tratamiento médico avanzado. Unos 22.000 gazatíes estaban registrados o formaban fila para pasar, y una larga fila de ambulancias del lado egipcio esperaba para ayudar. Israel cerró entonces el cruce a pesar de su compromiso de abrirlo y, según fue informado, sólo permitió el paso a 150 gazatíes heridos, mientras que a 50 que ya estaban en Egipto les fue permitido regresar a sus hogares desde el otro lado.
Otra noticia que circula es cómo el ejército israelí ha admitido ahora que su ofensiva de varios años en Gaza ha asesinado a aproximadamente 70.000 gazatíes, cifra que es elogiada en algunos círculos por ser considerada una evaluación honesta, aunque lamentablemente brutal. Sin embargo, algunos creen que pretende descartar una cifra menor para que la cifra real nunca sea revelada. La cifra de 70.000 es mucho mayor que la que ha aparecido hasta ahora en los medios occidentales controlados por los sionistas, pero está muy por debajo de otras estimaciones de fuentes fiables, como la revista médica británica The Lancet, la que sitúa las muertes en 186.000, con la mayoría de los cuerpos aún enterrados bajo los escombros. Otras estimaciones conservadoras creen que 12% de los 2 millones de habitantes originales de Gaza ha muerto, lo que significa cerca de 240.000.
Así que doy por terminado mi argumento. Este tipo de cosas no son del tipo que países con algún sentido de moralidad o respetabilidad aceptan. Y, lamentablemente, Israel logra arrastrar consigo a Donald Trump y al Congreso estadounidense, incluso obligando a Washington a hacer el trabajo sucio cuando se trata de confrontar a naciones como Irán. Pero hay indicios de que el público estadounidense está cansado de toda esta farsa, y del papel de Israel en ella. La prueba de fuego vendrá con la gestión de la situación con Irán, y deberíamos estar viendo qué sucede allí en las próximas semanas.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









