
El secuestro y destitución del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte del presidente Donald Trump en Enero, y el subsiguiente “gobierno por coerción” en nombre del “desarrollo” económico, es posiblemente la acción imperial más dramática de Estados Unidos en Latinoamérica en la historia. Sin embargo, es sólo una de una serie de acciones de una operación que fue puesta en marcha cinco meses antes, y cuyas piezas estaban siendo preparadas desde años antes. El eje de esta operación son los Acuerdos Isaac de Argentina [[1]], anunciados en Agosto, que utilizan inversiones financieras y filantrópicas en países latinoamericanos para convertir a Israel en una potencia hegemónica regional en el patio trasero de Estados Unidos.
Asignando como capital inicial U$S 1 millón otorgado al presidente argentino Javier Milei por su aceptación del Premio Génesis de Israel, los Acuerdos Isaac establecen una organización sin fines de lucro, los Amigos Americanos de los Acuerdos Isaac, dirigida por la Fundación Premio Génesis y dirigida por el ex embajador estadounidense en Costa Rica, Stafford Fitzgerald “Fitz” Haney. Los Amigos Estadounidenses de los Acuerdos de Isaac apuntan a proveer a los países latinoamericanos “experiencia israelí en tecnología hídrica, agricultura, ciberdefensa, tecnología financiera, salud y energía”, a la vez que “instan a los países socios a trasladar sus embajadas a Jerusalén, reconocer formalmente a Hamas y Hezbollah [representantes de Irán] como organizaciones terroristas, y modificar los patrones de voto antiisraelíes de larga data en las Naciones Unidas”. “Inicialmente, centrarán sus esfuerzos en tres países latinoamericanos: Uruguay, Panamá y Costa Rica” y, finalmente, “pretenden expandir su misión a Brasil, Colombia, Chile y potencialmente El Salvador, para 2026”.
Esta “nivelación” o “demolición y reconstrucción” arbitrada por los sionistas implica, en la práctica, diluir las soberanías y los mercados de los países, para favorecer a Israel y a sus aliados militares y corporativos estadounidenses, y no es un proceso desconocido. Como he informado para The Libertarian Institute, ya se extiende desde Gaza y Abu Dhabi en Oriente Medio, hasta New York y Miami en Estados Unidos. Sus ejemplificaciones más formales son los Acuerdos de Abraham, que desde 2020 han utilizado la promesa de favores de las instituciones estadounidenses para incentivar a los países árabes a abrirse al desarrollo de la mano de Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, y para marginar a Irán, foco de oposición al “desarrollo” occidental. Los Acuerdos de Isaac, abiertamente basados en los Acuerdos de Abraham, son algo completamente distinto. Establecen a Israel como árbitro del desarrollo en una región completamente ajena a su órbita: una región de alrededor de 660 millones de personas, poblada por unos 300.000 judíos, donde Estados Unidos es el árbitro decisivo, y apenas si necesita un representante israelí. Para los opositores al sionismo, los Acuerdos de Isaac son el equivalente a una victoria de varios saltos en las damas donde, mientras el otro jugador se sienta atónito, el ganador retira sistemáticamente sus fichas del tablero.
Pero los Acuerdos de Isaac también son una oportunidad para medir las tácticas de nuestro adversario sionista. Los Acuerdos de Isaac no surgieron de la nada, dejando de lado las apariencias. Se basan, como todas las maniobras sionistas, en algo que nuestros Padres Fundadores reconocerían de su experiencia con los británicos: la sutil, a veces oculta y siempre profundamente antidemocrática e inconstitucional búsqueda de apoyo del complejo militar-corporativo de un imperio por parte de actores con conexiones que gestionan sus propios intereses desde dentro.
Investigar los antecedentes de los Acuerdos de Isaac y sus conexiones con las maniobras contra Irán y Venezuela revela su origen en dos maniobras sionistas distintas, pero conectadas, que fueron desarrolladas a lo largo de cuatro décadas. No se trataba tanto de conspiraciones en pequeños espacios, sino de operaciones de actores con ideas afines y lealtades similares en posiciones de poder, que perseguían fines egoístas. La primera, que comenzó en la década de 1980, fue política y económica: la cooptación sionista de dos valores políticos de Estados Unidos, el anticomunismo y el libre mercado, para asediar a países latinoamericanos con el objetivo de marginar a Irán, rival de Israel, y empoderar a los sionistas. El segundo, que comenzó a finales de la década de 1990, fue filantrópico: el uso sionista de la filantropía religiosa para cooptar a latinoamericanos influyentes, algunos de ellos fieles creyentes en causas genuinamente nobles, como la prevención del genocidio y la promoción del libre mercado, cuyas causas los sionistas apoyaron y que les dieron lealtad a Israel.
El origen más claro de la firma de los Acuerdos de Isaac es la adopción y promoción por parte de los sionistas de las actividades anticomunistas de Estados Unidos en Latinoamérica durante la década de 1980. Estas actividades derivaron en gran medida del trabajo de Jeane Kirkpatrick, primera embajadora de Ronald Reagan ante las Naciones Unidas, cuyo influyente ensayo de 1979, “Dictaduras y doble moral”, posiblemente sentó las bases de la política latinoamericana de la administración Reagan. En “Dictaduras y doble moral”, Kirkpatrick argumentó que, mientras lo que ella consideraba un régimen totalitario ‒la Unión Soviética‒ estuviera difundiendo su ideología marxista a través de naciones clientelares, Estados Unidos debería estar dispuesto a aliarse con autoritarios interesados para contrarrestarlo. Éste era un argumento conocido, e igualmente conocido fue el desastroso efecto colateral que tuvo cuando fue puesto en práctica en las décadas de 1950 y 1960 en Guatemala, Iran, Cuba, Congo y Vietnam. En 1985, Ted Galen Carpenter, del Instituto Libertario, argumentó ‒lo que resultó ser de una extraordinaria clarividencia‒ que era necesario ser cauteloso respecto de la agenda de Kirkpatrick. Pero Kirkpatrick estaba aliada con personas poderosas interesadas en promover su visión. Se trataba de sionistas que trabajaban para promover los intereses del complejo militar-corporativo estadounidense que defiende a Israel; personas que trabajaron asiduamente para combinar las guerras indirectas estadounidenses contra gobiernos latinoamericanos de izquierda, como el de Nicaragua, con esfuerzos para neutralizar al principal adversario regional de Israel: Irán.
Estos actores sionistas operaban en la esfera político-intelectual. El artículo de Kirkpatrick, “Dictaduras y doble moral”, se publicó en Commentary Magazine, editada por el difunto Norman Podhoretz, junto con Irving Kristol, el neoconservador judío más famoso de la época. Kirkpatrick escribió “Dictaduras y Doble Estándar” cuando ella era miembro del American Enterprise Institute, un remanente cada vez más sionista de la política anti-New Deal de la década de 1930, que justo entonces comenzaba a sembrar a los actores sionistas neoconservadores que propiciaron la guerra de Irak. Las opiniones expresadas en “Dictaduras y Doble Estándar” fueron promovidas por William Casey, aliado de Kirkpatrick y operador de Wall Street con profundas y antiguas conexiones con los sionistas, quien en 1978 fundó el think tank Manhattan Institute para promover los intereses corporativos en nombre del libre mercado. Pero las operaciones político-intelectuales no fueron el límite de la influencia sionista; los sionistas también se convirtieron en los operadores que dirigían las estrategias de Kirkpatrick.
Como informé recientemente para The Libetarian Institute, varios años después de que Podhoretz publicara el artículo de Kirkpatrick, Elliott Abrams, yerno de Podhoretz, se presentó en el Departamento de Estado difundiendo versiones de las recomendaciones de Kirkpatrick junto con William Casey, quien dirigía la CIA. Durante esos mismos años, Martin Peretz y Leon Wieseltier, de The New Republic, la revista más influyente de Washington, aliados sionistas de Podhoretz y Abrams, promovían los argumentos de Abrams para financiar a los Contras, rebeldes contra el gobierno nicaragüense, y promovían a un representante de los Contras en Washington, el que obtuvo acceso a la Casa Blanca. Años después, Abrams y Casey dirigían el escándalo Irán-Contras: la maniobra en la que los fondos provenientes de la venta de armas a Irán fueron utilizados para apoyar a los Contras de Nicaragua, a pesar de una ley del Congreso que prohibía dicho apoyo. Israel actuaba como intermediario en el escándalo Irán-Contras: patrocinaba a operadores para el transporte de armas a Irán, y luego canalizaba los pagos desde Irán de vuelta a Estados Unidos con destino a los Contras, con exiliados cubanos anticastristas como intermediarios para el lado latinoamericano de la operación[[2]].
El triángulo Irán-Contras no logró cooptar a Irán para el imperio estadounidense, ni reducir a la izquierda en América Latina, y las maniobras asociadas de Washington contra la izquierda lograron principalmente dejar a los latinoamericanos con las cicatrices de la brutalidad imperial. Pero la disolución interna de la Unión Soviética, pocos años después del escándalo Irán-Contra, dejó en la estacada a los aliados soviéticos en Oriente Medio y América Latina, y abrió al complejo militar-corporativo estadounidense una oportunidad en ambas regiones. Al igual que en “Dictaduras y doble moral” de Jeane Kirkpatrick, los principales impulsores del imperialismo eran los sionistas: personas interesadas en expandir el alcance imperial estadounidense, lo que reforzaría la seguridad de Israel. Y, al igual que en el caso de Kirkpatrick, existía una base teórica para las maniobras sionistas. Específicamente, la obra de Robert Bork, también miembro del American Enterprise Institute quien, durante su estancia allí en la década de 1970, escribió un influyente tratado contra la regulación antimonopolios, argumentando que el conglomerado empresarial es un avance positivo del libre mercado, siempre que reduzca los costos para el consumidor.[[3]]
La tesis de Bork, que posiblemente influyó en muchas de las políticas desregulatorias de la administración Reagan, es ampliamente debatida. Pero, sea cual sea la opinión, lo que es menos discutible es que los académicos y políticos sionistas que se basaron en el impacto de Bork a finales de los años ochenta y noventa tenían prioridades diferentes. Alan Greenspan, Robert Rubin, Lawrence Summers, Kenneth Rogoff ‒las teorías de estos economistas no liberalizaron el mercado ni redujeron el poder del gobierno. En cambio, alentaron al gobierno a promover el crecimiento y, en algunos casos, a subsidiar a empresas en sectores selectos, especialmente el tecnológico y el financiero, que, según ellos, impulsarían la economía de consumo estadounidense. Aplicado a los antiguos países clientes de la Unión Soviética en Europa del Este y América Latina, este enfoque implicó administrar un capitalismo de “terapia de choque”. Es decir, “quitarle la curita” a las economías políticas socialistas o comunistas, ahora dependientes de los préstamos estadounidenses, privatizándolas de forma generalizada y de golpe, mientras los políticos respaldados por Estados Unidos eran deliberadamente aislados de la opinión pública para “proteger” el libre mercado de lo que los “terapeutas de choque” consideraban peligrosas energías populistas. En la descripción del proceso efectuada por Scott Horton, director de The Libertarian Institute, Summers, Rubin y otros “Harvard Boys”:
“… abolieron todos los subsidios y controles de precios en la economía, antes completamente comunista, indujeron la hiperinflación, destruyendo todo el capital disponible para la inversión real, y utilizaron esquemas de “cupones” y “préstamos por acciones” que entregaron industrias enteras a gangsters y oligarcas con conexiones. Las consecuencias para la economía y la población civil fueron extremadamente graves. Quedaron devastados. La esperanza de vida se redujo en dos dígitos en todo el país”.
No es sorprendente que los operadores sionistas en los medios de comunicación, las finanzas y las relaciones internacionales contribuyeran a que estos enfoques económicos dieran fruto. León Wieseltier trajo a Washington a Mario Vargas Llosa, lo que le brindó al escritor peruano y futuro Premio Nobel una plataforma estadounidense, justo cuando Vargas Llosa ingresaba en la política peruana con una postura a favor de la “terapia de choque”, la que fue rotundamente rechazada por los votantes peruanos. El Banco Mundial, dirigido en esos años por el financista sionista James Wolfensohn y el operador de política exterior sionista Paul Wolfowitz, persiguió agendas similares con resultados similares. Otorgó préstamos a países con problemas de deuda para ayudarlos a desarrollar sus economías, pero en formas y condiciones que los hicieron cada vez más dependientes de la generosidad estadounidense. Los financistas sionistas también participaron en este proceso, y fueron menos discretos sobre sus intenciones. Paul Singer, el financista judío sionista que más tarde ayudaría a financiar el Manhattan Institute, aceleró su carrera financiera comprando deuda soberana de países con dificultades económicas, como Argentina y Perú, y luego buscó con avidez su pago total mediante demandas judiciales. Los operadores políticos sionistas también participaron. En 2002, la consultora política Greenberg, Carville y Shrum ‒fundada por James Carville junto con dos sionistas (Stanley Greenberg y Robert Shrum) que había ayudado a los candidatos presidenciales elegidos por The New Republic Michael Dukakis, Bill Clinton, Al Gore y John Kerry‒ se aventuró en Bolivia a fin de ayudar a inclinar la elección presidencial en favor de un candidato partidario de la terapia de choque asesorado por el Banco Mundial.
Los latinoamericanos con vínculos con instituciones arbitradas por los sionistas en Estados Unidos también llevaron la agenda a casa. Un ejemplo es Harvard donde, como he informado para The Libertarian Institute, los operadores sionistas acumularon poder a partir de la década de 1970 y donde, en la década de 2000, se graduaron dos argentinos que posteriormente adquirieron influencia impulsando la agenda de los economistas sionistas. El primero fue Demian Axel Reidel, quien se desempeñó como Asesor Principal de la Presidencia de Argentina hasta Julio de 2025, y ahora preside Nucleoeléctrica S.A., la empresa estatal que administra las centrales nucleares de Argentina. Reidel escribió la disertación para su tesis doctoral en economía en Harvard en 2006 bajo la tutela de Kenneth Rogoff y, a diferencia del libertario populista Javier Milei, adoptó la línea de la escuela económica de Rogoff, según la cual el populismo conduce a la inestabilidad y el desorden. El segundo fue Pierpaolo Barbieri, discípulo de Martin Peretz, quien ayudó a Niall Ferguson, aliado de Peretz, a fundar la consultora Greenmantle y luego fundó Uala, empresa argentina de tecnología financiera que se autodenomina “startup de banca móvil”, y que funciona como tarjeta de débito digital y banco, con inversiones de Peretz y George Söros. No es casualidad que Reidel y Barbieri también sean fervientes sionistas.
Sus opiniones no coinciden con las de la mayoría de los latinoamericanos. Ya en 2003, las protestas masivas en Bolivia contra el presidente, instalado con la ayuda de Shrum, Carville y Greenberg en 2002, paralizaron el país y desembocaron en una serie de acontecimientos que llevaron al poder al candidato izquierdista Evo Morales. El caso de Bolivia fue un presagio para la región, donde la reacción contra el imperio arbitrado por los sionistas se manifestó en el auge de movimientos socialistas o comunistas que abogaban por la redistribución de la riqueza hacia la clase trabajadora. Fue esta reacción la que impulsó el ascenso de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela; Néstor y Cristina Kirchner en Argentina; Evo Morales en Bolivia; Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil; y Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo en México. No es sorprendente que muchos de estos movimientos fueran antisionistas. Muchos también eran, en una reorganización de las alianzas del bloque soviético latinoamericano de la década de 1980, proiraníes.
Pero a medida que estos movimientos ganaron poder en las décadas de 2000 y 2010, los sionistas desarrollaron otra herramienta para controlar la disidencia latinoamericana. Utilizaron el poder adquirido sobre la seguridad nacional y la economía estadounidense, para cooptar a los latinoamericanos mediante la filantropía religiosa, atrayendo a figuras influyentes de la región a la órbita sionista.
El caso ilustrativo de los Acuerdos de Isaac es Eduardo Eurnekian, uno de los hombres más ricos de Argentina: un armenio-argentino comprometido con la conmemoración del genocidio armenio a manos del Imperio Otomano, del que su familia sobrevivió. A medida que su prestigio empresarial crecía, Eurnekian se convirtió, a través de un judío sionista argentino llamado Baruch Tenembaum, en el fiel presidente de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg. Esta fundación fue fundada por Tenembaum, y contaba con poderosos patrocinadores sionistas estadounidenses, entre ellos Samuel Pisar, padrastro del ex secretario de Estado Antony Blinken. Recibe su nombre en honor de una figura a quien Tenembaum describe como que “se dedicó a … salvar las vidas de decenas de miles de judíos húngaros” del régimen nazi. La Fundación es, según Tenembaum:
“… una ONG de alcance global, con la misión de preservar y difundir el legado de Raoul Wallenberg y de personas como él que salvaron vidas en el Holocausto, el genocidio armenio y otros capítulos trágicos de la historia”.
También forma parte de una red más amplia de ONG sionistas, a menudo con profundas conexiones con la política y las finanzas estadounidenses, que conmemoran el Holocausto e involucran a otros grupos minoritarios en su labor. Esta integración está basada en enemigos compartidos (muchos musulmanes ven a Israel como un adversario; fue el Imperio Otomano musulmán el que perpetró el genocidio contra los armenios, la mayoría de los cuales son cristianos). También está basada en un intercambio que sólo es articulado implícitamente, en el que una minoría menos poderosa vincula sus luchas con las luchas que justifican al sionismo, a cambio de “legitimidad” en el ámbito financiero-filantrópico. Éste es el acuerdo que Eurnekian hizo y, a juzgar por sus escritos y declaraciones publicadas, la Fundación Internacional Raoul Wallenberg representa además un profundo compromiso emocional. Lo que hace significativa esta conversión filantrópica, es que Eurnekian fue el primer patrocinador real de Javier Milei: la razón por la que Milei se convirtió en una figura pública mucho antes de la década de 2020 y la persona que marcó su carrera en momentos cruciales, de la misma manera que Kenneth Rogoff marcó la de Demian Reidel. Según la revista judía K.: Judíos, Europa, el siglo XXI:
“Milei no habría alcanzado su posición definitiva … si no hubiera expandido su red de contactos mucho más allá de los círculos académicos y periodísticos. Este fue el punto de partida de su verdadera transformación. Milei comenzó su carrera como comentarista de noticias para América TV, propiedad de Eduardo Eurnekian … empleador de Milei desde 2008. Además de entretener a Eurnekian con sus chistes irrespetuosos, [Milei] fue su analista económico y asesor financiero … Fue Eurnekian quien decidió en 2015 instalar a Milei en el canal América TV para criticar al gobierno de izquierda [de Argentina], con el que [Eurnekian] estaba en conflicto”.
Eurnekian le proporcionó a Milei las conexiones y la notoriedad que le permitieron postularse a la presidencia. Posiblemente también incubó en Milei ‒en esa época, clase media y católico‒, una conexión con la élite judía argentina, casi todos sionistas. Estas conexiones y este confort le resultaron útiles cuando Milei comenzó su carrera política. Según K., en Junio de 2021 “Milei fue blanco, en redes sociales, de acusaciones de nazismo y comparaciones con Hitler que lo hirieron profundamente”. Para abordar las acusaciones, Milei:
… llamó al economista Julio Goldstein, figura destacada de la comunidad judía afín, para elaborar una estrategia. Goldstein sugirió presentarle a su amigo Shimon Axel Wahnish, rabino jefe de la comunidad judía marroquí-argentina de Acilba, perteneciente al movimiento ortodoxo moderno. Como Goldstein relató posteriormente, su primer encuentro se convirtió rápidamente en una “reunión kabbalísticah”[[4]], en la que Wahnish incluso llegó a decirle a Milei, un año antes de anunciar su candidatura, que era el líder de un “movimiento de liberación”. El futuro presidente salió de la reunión “entusiasmado”, hasta el punto de decidir dedicar toda su vida a la Torah, tras cumplir la misión política que Dios le había encomendado.
Y Milei no es la única persona vinculada con el nuevo acercamiento de Israel con Argentina que ha experimentado un giro religioso personal. También lo es el otro actor principal del acercamiento, el presidente de los Amigos de los Acuerdos de Isaac, “Fitz” Haney: un afroamericano que creció como católico practicante, se convirtió al judaísmo, visitó y vivió en Israel, se casó con un rabino israelí, y llevó los intereses de Israel a Latinoamérica. Según Haney, al describir su conversión, él …
“… trabajó durante casi una década en Latinoamérica para empresas como Procter & Gamble, PepsiCo y CitiBank. A finales de los ’90 vivía en México y le costaba integrarse en una comunidad religiosa, a pesar del predominio del catolicismo … Así que empezó a buscar a un rabino que quisiera aprender con él, y encontró un rabino asistente en una comunidad ortodoxa que aceptó la propuesta, tras consultarlo con el rabino jefe del país y asegurarse de que Haney no saliera con nadie … Tras dos años de estudio y la creciente observancia judía en México, Haney regresó a Chicago para formalizar su conversión, y luego se dirigió a Israel para continuar sus estudios”.
Al igual que la conversión de Milei, la de Haney se enmarca en un contexto secular, lo que significa que su conversión posibilitó su carrera posterior. Le permitió, según sus propias palabras, ser un nexo entre las comunidades negra y judía para la campaña presidencial de Barack Obama, antes de que la administración Obama le pidiera que formara parte del Consejo del Holocausto de Estados Unidos y, posteriormente, que fuera embajador en Costa Rica. Tras su nombramiento como embajador, Haney asumió el cargo como Socio y Jefe de Desarrollo Estratégico, en Viola Group, “el grupo de inversión líder en tecnología de Israel con U$S 3.000 millones [en activos bajo gestión]”. Y todo ésto ocurrió antes de que Haney fuera contratado por tres monopolistas sionistas judeo-rusos de la clase que se benefició con la “terapia de choque” de los sionistas estadounidenses en la antigua URSS, para trabajar en una rama de su Grupo Filantrópico Génesis: la Fundación Premio Génesis. Desde 2014, cada año la Fundación Premio Génesis otorga el Premio Génesis para “honrar a quienes atribuyen su éxito a los valores judíos”, con un comité de selección “dirigido por el presidente de la Kneset, el Parlamento israelí, e integrado por dos jueces jubilados de la Corte Suprema israelí”. Este fue el premio que recibió Javier Milei en 2025, el primer jefe de estado en ser honrado de esta manera. Y fue este premio la base de la propuesta de Milei de los Acuerdos de Isaac, que Fitz Haney se propone materializar mediante su gestión de los Amigos Americanos de los Acuerdos de Isaac, que existe bajo el paraguas de la Fundación Premio Génesis.
A la luz de estas campañas sionistas multianuales en política exterior, economía y filantropía religiosa, aspectos de la historia reciente de América Latina y Estados Unidos se presentan bajo una luz diferente. En concreto, una serie de casi dos años de eventos aparentemente inconexos que comenzaron poco después del 7 de Octubre de 2023, poco antes de que Milei asumiera el cargo en Diciembre, adquieren la apariencia de una jugada sionista: la disposición de las fichas para la victoria de múltiples saltos que son los Acuerdos de Isaac. Esta fue una operación tan arraigada en las rutinas del poder, que no necesitó coordinación, sino que una serie de individuos simplemente conectados necesitaron actuar en función de lo que percibieron como sus intereses compartidos: crear La secuencia de eventos que es presentada a continuación.
En Noviembre de 2023, un grupo de escritores e intelectuales liderado por Mario Vargas Llosa, respaldó a Milei para la presidencia en una carta abierta. En Diciembre de 2023, Jay Newman, hombre clave de Paul Singer en litigios de deuda soberana, quien había extraído U$S 2.400 millones de Argentina, declaró a New York Magazine que la elección de Milei era “una oportunidad para que Estados Unidos recuperara una sólida relación con un país importante de Sudamérica”. En Junio de 2024, el Manhattan Institute, donde Paul Singer es ahora el financiador más influyente, publicó un informe elogiando las políticas económicas de Milei y abogando por su expansión más allá de Argentina. En Septiembre de 2024, Elliott Abrams escribió en el sitio web del Consejo de Relaciones Exteriores elogiando el discurso de Milei en el 79.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas por “decir la verdad” en los “pantanos de Turtle Bay”.
En Enero de 2025, el comité de selección del Premio Génesis otorgó el premio de U$S 1 millón a Milei. En Abril, Jay Newman, representante de Paul Singer en litigios de deuda soberana, escribió un artículo en el Financial Times en apoyo de Argentina en un caso judicial entre Argentina y tenedores de bonos soberanos. Este artículo fue retuiteado por Milei y generó una amplia controversia y cobertura. En Junio, seis días después de que Milei recibiera el Premio Génesis, Shimon Axel Wahnish, rabino de Milei, a quien Milei había designado embajador de Argentina en Israel, concedió una entrevista a The Jerusalem Post, en la que planteó la idea de los Acuerdos de Isaac. A finales de Julio, Pierpaolo Barbieri y Niall Ferguson se reunieron con Milei y se mostraron confiados en sus posibilidades de éxito en la reforma de la economía argentina. Ferguson también lo expresó en varios artículos en The Free Press, editado por el sionista Bari Weiss, y ahora propiedad de los sionistas Larry y David Ellison[[5]].
A principios de Agosto, Milei lanzó los Acuerdos de Isaac, y la Fundación Premio Génesis contrató a “Fitz” Haney para dirigir los Amigos Americanos de los Acuerdos de Isaac. En Octubre, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ex empleado de carrera de George Söros, inversor de Pierpaolo Barbieri, anunció una importante ayuda estadounidense al gobierno de Milei, como aporte para alcanzar el éxito predicho por Barbieri y Ferguson. Ese mismo mes, Marco Rubio, aliado de toda la vida de Elliott Abrams e hijo de exiliados cubanoamericanos, aceleró el esfuerzo estadounidense para derrocar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, principal aliado de Irán en Latinoamérica. En Diciembre, Donald Trump puso fin a una reunión con Benjamin Netanyahu amenazando con nuevos ataques contra Irán, aliado clave de Venezuela.
Y, a principios de Enero de 2026, mientras periódicos vinculados con el sionismo informaban sobre protestas en las calles de Irán (protestas que algunos iraníes sugirieron que fueron orquestadas por operadores externos o exageradas), Trump amenazó con una intervención militar estadounidense en nombre de los manifestantes iraníes. Ésto ocurrió menos de un día antes de que Estados Unidos interviniera militarmente en Venezuela y lograra un cambio de régimen. “A este ritmo, Irán pronto será libre”, tuiteó Bill Ackman, financiero sionista y partidario de Trump, alumno de Martin Peretz en Harvard y reciente inversor en Uala, de Pierpaolo Barbieri. “LA LIBERTAD AVANZA”, tuiteó Javier Milei esa misma mañana, tras la destitución de Maduro.
Esta secuencia de acontecimientos, posibilitada por los cuarenta años de operaciones que la precedieron, ha acelerado la historia hasta el punto de que, entre las maniobras iraní-venezolanas y los Acuerdos de Isaac, Estados Unidos está llevando a cabo versiones simultáneas de las intervenciones extranjeras de la década de 1980, y la “terapia de shock” de la década de 1990. Sólo que ahora estas maniobras son llevadas a cabo no por sionistas judíos mediante el imperio estadounidense, sino por sionistas israelíes con el apoyo imperial estadounidense. También están utilizando a Javier Milei: al parecer, un auténtico e innovador defensor del libre mercado y de la política populista, cuyos modelos no son los “chicos de Harvard” de los años ‘ 90, sino los conservadores pro libre mercado de los años ’80, cuyo objetivo era recortar el gasto público, no redirigir sus inversiones de forma que las corporaciones fueran “demasiado grandes como para quebrar”. Pero al igual que Eduardo Eurnekian y Fitz Haney, Milei está convencido de que aliarse con los sionistas es la vía más rápida y segura para lograr su objetivo.
Queda por ver si ésto es realmente así. De hecho, Thomas Eddlem escribió a principios de Diciembre pasado en The Libertarian Institute: “Los multimillonarios, no los socialistas, son la mayor amenaza para el libre mercado”. Y ésto podría ser así no sólo en Estados Unidos, sino también en Latinoamérica, donde la verdadera amenaza del autoritarismo de izquierda ha sido utilizada por operadores sionistas, respaldados por redes imperialistas adineradas, para apuntalar y expandir su influencia a expensas de los mercados y de las soberanías de las naciones. De nosotros depende, en cierto sentido, que los verdaderos creyentes en las repúblicas constitucionales y en la libertad de intercambio permitamos que esa manipulación se repita en el futuro.
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[[1]] Apuesta geopolítica de Argentina para cimentar una alianza estratégica con Israel en Latinoamérica.
[[2]] Argentina estuvo directa y seriamente involucrada en esta triangulación de armas y fondos. El caso más resonante que salió a la luz, fue el del Canadair CL-44 de Transporte Aéreo Rioplatense [TAR] derribado por una aeronave rusa sobre la Armenia soviética, cuando volvía vía Frankfurt, de descargar en Teheran el armamento cargado en una base aérea secreta de Israel con destino a Irán.
[[3]] Argumento sostenido también y no casualmente por el presidente argentino Javier Gerardo Milei.
[[4]] Prácticas esotéricas judías ‒ocultas, secretas y reservadas sólo para iniciados‒, asimiladas del paganismo durante la etapa de su cautiverio en Babilonia.
[[5]] Larry Ellison, multimillonario cofundador de Oracle, con 35% del capital.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









