La ignorancia humana es una base inestable para la libertad y la praxeología

    0

    En su reseña de Constitución de la Libertad de F. A. Hayek, Murray Rothbard discrepa del argumento hayekiano a favor de la libertad, que se basa únicamente en la ignorancia humana. Desde este punto de vista, la razón es dogmática y tiende a conducir al totalitarismo, en el que los déspotas arrogantes afirman tener el conocimiento para planificar racional y eficientemente el orden social. Como ha demostrado Joe Salerno, Ludwig von Mises adoptó un enfoque diferente.

    En contraste con el énfasis hayekiano en el “orden espontáneo”, las “reglas evolucionadas” y las “consecuencias no deseadas de la acción humana”, Mises era un racionalista estricto, que enfatizaba la necesidad de que el público captara racionalmente los beneficios generados por un sistema de economía de libre mercado, junto con los peligros y la destructividad del intervencionismo estatal. Como buenos misesianos y racionalistas, estamos libres de tener que plantear argumentos vacilantes que surjan de la incredulidad humana colectiva … ¿O somos nosotros?

    Durante su discurso en la conmemoración del septuagésimo quinto aniversario de Acción Humana, Robert Murphy se tomó un tiempo para discutir la explicación de von Mises de la filosofía que, en su opinión, sienta las bases de la praxeología. La parte específica de esa discusión que contiene su defensa del dualismo metodológico, es la parte relevante para este artículo.

    En contraste con el cientificismo, que establece la metodología de las ciencias físicas como norma general, la praxeología se basa en un dualismo metodológico entre las ciencias físicas y sociales, fundado en la idea de que el hombre debe ser analizado de manera diferente que los átomos, las moléculas, las plantas, piedras, etc. El atributo distintivo del hombre que crea la necesidad de tal dualismo es su voluntad –la capacidad de seleccionar entre dos o más cursos de acción bajo cualquier circunstancia dada. El axioma inicial de la praxeología es “el hombre actúa”. Tal acción es distinta de la mera conducta. La mera conducta está determinada mecánicamente y, por lo tanto, carece de propósito, ya que la razón por la que un ser no volitivo hizo X no es porque tuviera una cierta meta y viera hacer X como un requisito previo para lograr dicha meta, sino porque las leyes de la mecánica causaron que hiciera X. Acción, por otro lado, es definida como conducta intencionada. Presupone propósito, medios y fines, elecciones e incertidumbre respecto del futuro. La volición del hombre y su capacidad para participar en una conducta determinada provocada por dicha volición, es lo que hace posible y necesaria la ciencia de la praxeología.

    Habiendo establecido ésto, pasemos ahora a la explicación de von Mises sobre la voluntad del hombre, y cómo se relaciona con la praxeología. En su fundamental obra La acción humana, von Mises establece correctamente la universalidad de la ley de causa y efecto, y la identifica correctamente como una condición previa de la acción. Aquí es donde surge la antigua pregunta: “Si la causalidad es una ley universal, ¿dónde encaja en ella la supuesta voluntad del hombre?” La forma en que von Mises responde a esa pregunta es diciendo sencillamente: “No es así”. Según von Mises, la voluntad del hombre “no es ‘libre’ en el sentido metafísico del término. Está determinada por sus antecedentes, y por todas las influencias a las que él mismo y sus antepasados ​​estuvieron expuestos”. Si la volición está fuera de escena, ¿cómo puede mantenerse la ciencia de la praxeología? La respuesta de von Mises se basa en el hecho de que las ciencias naturales aún no están en condiciones de dar una explicación causal y mecanicista de los fenómenos mentales. Escribe que “ningún puente conecta, hasta donde podemos ver hoy”, el mundo de los “fenómenos físicos, químicos y fisiológicos” con el mundo del “pensamiento, sentimiento, valoración y acción con propósito”. En sus palabras, “No sabemos por qué” causas externas idénticas a veces producen respuestas humanas diferentes o viceversa. Llega incluso a decir que tal vez algún día las ciencias naturales puedan explicar las ideas y los comportamientos humanos de la misma manera que explican, digamos, una reacción química. Por razones ya explicadas, en esas condiciones hipotéticas habría que dejar de lado el dualismo metodológico. Para Mises, “el estado actual de nuestro conocimiento” (o, más exactamente, la supuesta falta del mismo) es lo que nos compromete a un enfoque dualista, no como una explicación filosófica, sino como un dispositivo metodológico.

    Esta visión es más o menos adoptada por misesianos como Hans-Hermann Hoppe, Robert Murphy y Stephan Kinsella. La diferencia es que Murphy y Hoppe no descartan la posibilidad de que el hombre tenga voluntad, y Hoppe niega la posibilidad de que cualquier avance científico pueda “alterar el hecho de que uno debe considerar sus conocimientos y acciones como sin causa”. Siguiendo a von Mises, dice que, desde la perspectiva de una inteligencia sobrehumana, el comportamiento humano podría ser completamente predecible y conocido de antemano; pero para nosotros, como humanos, es inevitable postular la existencia de acciones dirigidas por una mente cuando observamos nuestro comportamiento y el de otros humanos. Esta línea de pensamiento también está presente en Murphy y Kinsella.

    A diferencia de Hayek, von Mises no basó su defensa de la libertad en la ignorancia humana pero, como hemos visto, ciertamente lo hizo en la praxeología, con consecuencias potencialmente desastrosas. Consideremos la piedra angular de la praxeología: el axioma de la acción. Si el hombre no es un ser volitivo, la afirmación de que “el hombre actúa” es simplemente una tontería. Esa afirmación firme tendría que ser “corregida” en lo que, en el mejor de los casos, sonaría algo así como: “El hombre en realidad no actúa, pero no podemos escapar al hecho de que tenemos que percibir al hombre actuando”.

    Von Mises dijo que el axioma de la acción es un “dato último”, pero también afirmó: “El progreso de la investigación científica puede lograr demostrar que algo previamente considerado como un dato último puede reducirse a componentes” –que es precisamente la posición que el concepto de acción humana ocupa bajo el determinismo. Tomemos como ejemplo la validación básica del axioma de la acción: que uno debe afirmarlo al intentar negarlo. Bajo el determinismo mecanicista no existe nada parecido a “negar” nada –sólo la emisión de sonidos provocada por las leyes de la mecánica, por lo que la validación del axioma no podría realizarse sobre esa base.

    Filosóficamente, la praxeología no puede sobrevivir bajo ningún paradigma determinista. Lo único que puede hacer para tener un respiro en tal caso es esconderse detrás de la incredulidad humana. Quien no se contente con que la praxeología ocupe esta débil posición, tiene la tarea de validar filosóficamente la voluntad del hombre si quiere fundamentar la ciencia no sólo metodológicamente por el momento, sino filosóficamente para siempre.

    En primer lugar, habrá que aclarar una falsa dicotomía que inevitablemente asoma su cabeza en toda discusión sobre determinismo versus libre albedrío: la dicotomía causalidad/voluntad. Cuando Hoppe dijo que “uno debe considerar sus conocimientos y acciones como incausados” y no determinados, demostró su aceptación de esta dicotomía mediante el uso de la expresión “sin causa”. Las dos opciones que presenta la dicotomía son la creencia en la causalidad universal –en cuyo caso cada comportamiento está determinado por eventos previos, y la volición queda descartada– y la volición, que es considerada una excepción mágica a la causalidad. Ésta es una alternativa falsa, y el error básico de sus defensores reside en su concepción errónea de la causalidad.

    La concepción adecuada de causalidad relaciona una entidad con sus acciones, no los eventos antecedentes con sus necesarios eventos consecuentes. Bien entendida, la ley de causalidad establece que todas las entidades deben actuar de acuerdo con su naturaleza. Una vez que ésto es comprendido, la cuestión de conciliar la volición con la causalidad desaparece por completo. Cada acción tiene una causa, y la misma causa tiene el mismo efecto. Pero cada acción es la acción de una entidad, y los tipos de acciones que una entidad puede realizar están determinados por su naturaleza. No es imposible, por tanto, que una acción causada por la naturaleza de una entidad sea una elección entre dos o más alternativas posibles. Esta sería una acción autodirigida, sólo posible para una conciencia volitiva, en posesión de los seres humanos. Observe cómo este es el único marco posible que hace posible la acción autodirigida. Si tuviéramos que considerar la idea de volición “sin causa”, cualquier acción que dicha volición produjera sería completamente aleatoria y, por lo tanto, fuera del control de la entidad actuante, como si estuviera determinada mecánicamente.

    Por último, cualquier argumento positivo a favor del determinismo debe ser descartado por considerarlo totalmente autorrefutable. Si nuestras ideas no se ajustan automáticamente a la realidad (como lo demuestra, entre otras cosas, el hecho de que existen desacuerdos entre las personas) y están determinadas –y por lo tanto no tenemos control sobre qué ideas adoptamos–, ¿cómo puede alguien pretender reclamar alguna idea suya como conocimiento objetivo? Según los propios deterministas, no puede elegir la realidad sobre la fantasía y validar cualquier creencia que tenga –incluida su creencia en el determinismo. La volición, entonces, es una condición previa de cualquier prueba y conocimiento, ganando así el status de un axioma indiscutible.

    Con estas ideas, el axioma de la acción y el resto de la praxeología pueden basarse en la realidad metafísica, y no simplemente como una categoría subjetiva de nuestras mentes lista para ser explicada mediante el progreso científico.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

    DEIXE UMA RESPOSTA

    Por favor digite seu comentário!
    Por favor, digite seu nome aqui