Liberal, el peor tipo de socialista

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    Ese liberal que aboga por el “estado mínimo” no está del lado de la libertad.

    Es muy probable que Ud. tenga un amigo que considere “ineficiente” al estado, pero un mal necesario. Por lo tanto, aboga por el llamado “estado mínimo”, sea lo que sea que eso signifique. Se autodenomina “liberal” o “minarquista”. Al principio, podríamos considerarlo un aliado en nuestra cruzada contra el Leviathan. Sin embargo, un análisis más profundo nos muestra que no: no es nuestro aliado. Al contrario, es uno de nuestros principales enemigos: nuestro mayor problema en la organización social no es el tamaño del estado, sino su misma existencia. Esta crítica está basada en el principio ético de no agresión, que establece que ninguna persona ni institución puede iniciar la violencia. Y eso es precisamente lo que hace el estado.

    Los liberales o minarquistas abogan por el llamado “estado mínimo”; es decir, una forma reducida de estado, cuya función principal sería proporcionar seguridad, vigilancia policial, tribunales y defensa contra la agresión y el fraude. Algunos liberales también incluyen otras áreas, como salud y educación. Argumentan que estas funciones son necesarias para proteger los derechos individuales, como la libertad de contratación y la propiedad, así como para garantizar una mínima calidad de vida. A diferencia de los anarquistas, que abogan por la eliminación total del estado, los minarquistas consideran que ciertas formas de autoridad estatal son inevitables ‒o incluso justificables‒ para evitar conflictos sociales y proteger la propiedad y a las personas. Sin embargo, esta defensa del monopolio legalizado de la fuerza estatal es precisamente lo que los libertarios cuestionan profundamente.

    Como explicó Ludwig von Mises, el socialismo es planificación centralizada, la que sólo puede ser aplicado si existe una institución que monopoliza el uso de la fuerza; es decir, que obliga a los ciudadanos bajo su yugo a hacer lo que han determinado dichas autoridades. Esta institución es el estado. Por lo tanto, si hay estado, hay socialismo. Ahora bien, el liberal acepta una institución de este tipo, cuya esencia es coercitiva, aunque sea reducida. Acepta los castigos, aunque sean menos frecuentes e intensos. Por lo tanto, el liberalismo o el minarquismo no es más que una de las cincuenta variantes del socialismo, que se disfraza de amabilidad pero que continúa empuñando el látigo. Al restringir el tamaño y el alcance del Leviathan, el discurso liberal enfatiza que es “un mal necesario”. Sin embargo, para los libertarios tal distinción es ilusoria y tendrá consecuencias.

    La principal crítica al liberalismo comienza con una analogía muy simple: si cualquier objeto tóxico causa daño, su mera presencia ya es perjudicial por pequeño que ese tamaño sea. Así, reducir al Leviathan a una versión supuestamente mínima, no altera su naturaleza: sigue teniendo autoridad exclusiva para legislar, aplicar y hacer cumplir las leyes por la fuerza. Imaginemos a un médico operando a un paciente con un tumor. ¿Tendría sentido que el médico extirpara parte del tumor en lugar de extirparlo por completo?  Un tumor, incluso uno reducido, sigue siendo un tumor. Reducir el tamaño del estado es como sustituir un mal mayor por uno menor. Aun así, será malo. Y entonces surge otro problema. ¿Quién garantiza que este “estado mínimo” seguirá siendo “mínimo”?

    La sabiduría popular enseña que “por donde pasa un buey, pasa toda la manada”. Del mismo modo, si aceptamos la coerción estatal, aunque sea leve al principio, no hay razón lógica para esperar que no aumente con el tiempo. Es inevitable; si la puerta es abierta, es solo cuestión de tiempo antes de que pase toda la manada. Los liberales creen que limitar el estado a las funciones que consideran esenciales, garantiza que no se vuelva abusivo ni expanda indefinidamente su poder coercitivo. Los liberales piensan que las instituciones constitucionales y un sistema de “controles, equilibrios y contrapesos” podrán contener al monstruo. ¡Qué ingenuidad! Esta creencia carece de fundamento lógico e histórico. Incluso si inicialmente son reducidos, los estados crecen y expanden su control social hasta su núcleo. La crítica al minarquismo no es sólo pragmática, sino también ética. Al reclamar ilegítimamente el monopolio del uso de la fuerza, la institución estado viola intrínsecamente el principio de no agresión. Incluso en su papel contradictorio de “protector de derechos”. Un estado mínimo conserva el poder de imponer su legislación, recaudar impuestos y, en última instancia, violar los derechos individuales sin el consentimiento de quienes están bajo su control. La existencia de este monopolio de la fuerza es incompatible con una sociedad civilizada, basada en el derecho natural a la propiedad y a la interacción voluntaria. Los liberales deben efectuar enormes contorsiones mentales para afirmar simultáneamente que el estado es un mal, pero “necesario”. Les falta el valor para dar el último y más importante paso.

    Una crítica fundamental es que los liberales no pueden concebir un orden social funcional sin la presencia de la autoridad estatal. Al abogar por un “estado mínimo” que garantice la paz, la justicia o la protección de los derechos, los liberales asumen implícitamente que sólo una institución centralizada y coercitiva puede cumplir esta función. Sólo el estado sería capaz de “resolver los grandes conflictos”. Véase: el propio estado es la mayor fuente de conflicto, ya que es intrínsecamente el primero en violar la autonomía de los ciudadanos bajo su dominio. Por ello los liberales se apresuran a decir “el libertarismo es utópico”. No lo es. Como bien dijera Murray N. Rothbard, el libertarismo es el único sistema ético compatible con la naturaleza humana. De hecho, lo utópico es pensar que es posible otorgar poder a un pequeño grupo, y esperar que no abuse del mismo.

    La principal crítica libertaria al liberalismo es que se trata de una “pseudosolución”, algo que impide o dificulta la verdadera solución. Para ilustrar ésto, citaré un episodio de la excelente serie Breaking Bad, titulado “Medidas a medias”. En el mismo hay una escena en la que Mike Ehrmantraut le cuenta una historia a Walter White. Cuando Mike era policía, había un marido alcohólico que maltrataba constantemente a su esposa. Mike sabía que eso no iba a parar. También sabía que el marido no se quedaría en la cárcel. La única solución sería “llevarlo a la fuerza”. Pero siente lástima por él, y termina dándole sólo una advertencia. Más tarde, es el marido quien lleva a su esposa a la fuerza. Mike dice que tomó una “medida a medias”, en lugar de la “medida completa”. Bueno, en nuestro caso, el liberalismo es la medida a medias, y el libertarismo es la medida completa.

    Así, al ofrecer a los ciudadanos esta pseudosolución, esta medida a medias, la ilusoria idea de un estado pequeño y obediente que se mantendrá al margen, haciendo sólo lo que se espera del mismo, los liberales impiden que muchos vean la verdadera solución: la simple y llana eliminación del tumor, la abolición del monopolio de la fuerza, la extinción del Leviathan. Por esta razón, los liberales no solo no están del lado de la libertad, sino que son sus principales enemigos. Nadie cree tanto en el estado como los liberales. ¿Ni siquiera los izquierdistas radicales? En absoluto. Estas personas comprenden correctamente que el estado es una institución coercitiva que debe ser tomada para controlar a la población y apropiarse de sus recursos. No es casualidad que, tarde o temprano, siempre acaben volviendo al poder.

    Con un argumento falaz de autoridad, los liberales gritarán: “¿Y qué hay de von Mises? ¿Acaso no abogaba por un estado mínimo?” Sí, lo hizo. Y se equivocó. Sin embargo, también abogó por la secesión a nivel individual, lo que en la práctica permitiría a cualquier persona liberarse del Leviathan. En resumen, al aceptar la necesidad de una institución con el monopolio del uso de la fuerza, los liberales se encaminan hacia el mismo objetivo final que otras formas de socialismo: centralizar el poder coercitivo en una entidad que impone su voluntad a los individuos. El liberalismo ‒o minarquismo‒ impide o retrasa que quienes ya han comprendido el daño ocasionado por el estado, den el último y más importante paso. Sólo la total abolición del estado nos permitirá ser verdaderamente libres.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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