Toda política es, en última instancia, biológica.

Un régimen no se sustenta en abstracciones, sino en los hombres: en sus capacidades, sus instintos y sus lealtades. Todo orden político es biopolítico. Se basa en quién nace, quién ostenta el poder, y quién es expulsado.
La jerarquía es el principio por el que los hombres se organizan según sus diferencias naturales. El orden es la cohesión y la estabilidad que surgen cuando esas diferencias son correctamente comprendidas y afirmadas. Ambos surgen de la distribución desigual de rasgos entre los hombres: diferencias de carácter, de previsión, y de voluntad de liderazgo o de seguimiento.
Las instituciones no perduran sólo por ideales. Perduran gracias a la fuerza, la disciplina y la continuidad de un pueblo: mediante la cooperación de los vivos y la fiel transmisión del orden a lo largo de las generaciones. Cada hombre cumple con la posición que le es asignada. Como observó el poeta romano Horacio: “Conforme con su propio lugar, no se esfuerza por ascender por encima de su rango”. Éste es el fundamento de todo orden estable.
Cuando estos fundamentos biológicos son subvertidos ‒cuando los débiles e incapaces se agrupan en un colectivo, y su debilidad se transmuta en fuerza política‒ la política no desaparece: se degenera. Ya no sirve a la verdad, a la justicia ni a la excelencia, sino que se convierte en un mecanismo de control. El régimen aún exige obediencia, pero no de hombres valiosos. La asegura mediante la dependencia, y la sostiene elevando a los débiles sobre los fuertes, a la base sobre la nobleza.
Ésta es la lógica del bioleninismo.
Acuñado por el escritor “Spandrell”, el bioleninismo describe una estrategia de gobierno que surge en tiempos de decadencia de la civilización. Incapaces de sostenerse mediante la lealtad de los competentes e independientes, los regímenes en decadencia forman una nueva coalición gobernante con los biológicamente ‒y, por lo tanto, a menudo socialmente‒ incapaces. Éstos no son hombres que ascienden por méritos, sino hombres cuyo status, y en muchos casos su propia existencia, depende completamente del sistema. Su lealtad es asegurada mediante la dependencia. Su resentimiento es utilizado como arma contra los más capaces.
Éste no es un fenómeno nuevo. Lenin lo perfeccionó en la Rusia revolucionaria. Reclutó a los marginados, a los que el Dr. Edward Dutton llama los “mutantes rencorosos”: forasteros étnicos, intelectuales fracasados, ideólogos radicales y desviados sociales. Estos no eran hombres con intereses en el viejo orden, ni un lugar en una jerarquía justa o natural. Pero para un régimen construido sobre la destrucción, eran los instrumentos perfectos. Su fracaso los ató a la lealtad. Su odio los volvió despiadados.
El bioleninismo adapta esta misma lógica al Occidente posmoderno. Se extiende más allá de la clase socioeconómica, para abarcar todo el espectro de disfunciones biológicas. Sus instrumentos predilectos son los neuróticos, los perversos, los amargados y los deformes. Cuanto más quebrado está el individuo, más fácil es controlarlo. Cuanto menos capaz es de sobrevivir por méritos propios, más se aferra al régimen que lo enaltece. En este perverso proceso de selección, la fealdad de la ineptitud y del fracaso se convierte en poder. La dependencia se transfigura en virtud. Éste no es un régimen diseñado para enaltecer a los nobles ni recompensar a los capaces. Existe para afianzarse mediante la destrucción de quienes podrían trascenderlo. Lo que no puede corromper, lo expulsa. Lo que no puede expulsar, lo calumnia o lo aplasta. Su guerra contra el mérito no es accidental, sino esencial, pues la excelencia amenaza su dominio. La competencia desafía el control. La belleza revela la sublime indiferencia de la naturaleza, donde nada se debe y todo debe ser ganado. La normalidad resiste la dominación autoritaria, pues prospera en la proporción y la moderación. Y así, la inversión se convierte en ley. Los fuertes son tratados como una amenaza, los virtuosos como un peligro, los nobles como criminales. En su lugar surgen los amargados, los débiles y los grotescos: hombres que jamás habrían podido construir una civilización, pero que la quemarán para preservar su poder.
El resultado es un sistema que ya no aspira a la grandeza, sino a la obediencia. Sus gobernantes no buscan el honor, sino el control. No gobiernan mediante la excelencia, sino mediante el miedo, la distorsión y la dependencia artificial. Su estabilidad se basa en la lealtad de quienes no tendrían cabida en un mundo justo y bien ordenado.
El bioleninismo no es un error temporal, sino la sentencia de muerte de un sistema en colapso. No se limita a gestionar el declive, como sugiere el dicho popular, sino que se alimenta vorazmente de aquél. Y a menos que sea completamente aniquilado ‒sin vacilación ni piedad‒, todo lo noble será destrozado, y todo lo bello quedará en ruinas.
La victoria no exige crueldad, pero sí exige determinación, la que no se aparta de la necesidad. Exige fidelidad a la naturaleza, la valentía de reconocer las cosas como son, y la inquebrantable voluntad de reconstruir. Como todos los sistemas parasitarios, el bioleninismo es frágil. Su fuerza no reside en el poder, sino en la sumisión. Como advirtió Aleksandr Solzhenitsyn: “Que la mentira entre en el mundo, que incluso triunfe. Pero no a través de mí”. Si suficientes hombres se niegan a vivir de mentiras, la máscara se resquebraja, el hechizo se rompe, y todo el orden decrépito comienza a derrumbarse.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









