Los conservadores no creen en el libre mercado

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    Una de las posturas de las que más se enorgullecen los conservadores, es su dedicación al libre mercado. Ensalzan sus virtudes en panfletos y discursos, y denuncian con frecuencia la idea del control gubernamental.

    Ciertamente, el conservadurismo estadounidense se ha definido durante mucho tiempo por la retórica del libre mercado. Pero basta con un vistazo rápido a las posturas políticas conservadoras para cuestionar la sinceridad de esta retórica. De hecho, las políticas que defienden los conservadores a menudo contradicen los principios del libre mercado que afirman defender.

    Quizás el ejemplo más evidente de esta contradicción sea la postura conservadora sobre el libre comercio. Mientras que la tradición del libre mercado siempre ha defendido el libre comercio desde Adam Smith, los conservadores han creído durante mucho tiempo que el proteccionismo es un enfoque más preferible. Ahora bien, uno podría estar dispuesto a pasar por alto esta discrepancia si fuera el único ejemplo significativo. Quizás haya algo en el asunto del comercio que lo hace único, y por eso los conservadores pueden afirmar que todavía creen en el libre mercado para la mayoría de los asuntos, pero no para ésto.

    El problema es que el comercio no es el único asunto en el que los conservadores se oponen firmemente al libre mercado.

    Tomemos como ejemplo los subsidios agrícolas. Nunca se ve a candidatos conservadores hacer campaña contra las ayudas gubernamentales a los agricultores. Ahora bien, las ventajas y desventajas de esa política pueden ser debatidas, pero la pregunta clave es: ¿alguien argumentará seriamente que los subsidios agrícolas representan la postura del libre mercado? Claramente, no lo son. Por lo tanto, los conservadores que sostienen esta opinión, no parecen querer libre mercado en la agricultura.

    La educación es otro ejemplo. Libre mercado en la educación implica la separación total de la escuela y el estado, donde las escuelas públicas dejan de existir, y las escuelas privadas ‒que operan sin dinero público‒ son la norma. Los conservadores ciertamente han defendido una mayor variedad en este ámbito, y su ferviente oposición a los sindicatos de docentes es loable. Pero se sonrojan cuando se les pregunta si irían hasta el final y abolirían las escuelas públicas.

    ¿Y qué hay de la protección del consumidor? Existen innumerables leyes que regulan las pruebas de drogas, la construcción de edificios, los automóviles, etc. Los médicos necesitan una licencia gubernamental para ejercer la medicina. Las plantas procesadoras de carne deben pasar inspecciones de seguridad. Pregúntele a cualquier conservador sobre la derogación de estas leyes, y lo mirará con cara de extrañeza. “¿Está loco? Claro que no podemos tener una situación sin control en estas cosas”. En otras palabras, cuando empiece a preguntar sobre cuestiones políticas concretas, se da cuenta de que la idea de libre mercado en medicina, construcción, etc., les parece no sólo indeseable, sino totalmente ridícula.

    Podrían ser añadidos muchos otros ejemplos. La mayoría de los conservadores prominentes quieren al menos cierta intervención gubernamental en la política laboral, monetaria, de transporte, etc. Y aunque insisten en que el gobierno es demasiado grande, la mayoría protesta con vehemencia ante la perspectiva de desmantelar la seguridad social, reducir significativamente el presupuesto militar, eliminar todo el financiamiento público para investigación científica, eliminar las agencias estadísticas gubernamentales, etc.

    Es una disposición bastante extraña para un movimiento que tanto habla del libre mercado y su corolario, el gobierno limitado.

    Un conservador podría objetar que no es necesario apoyar la cero intervención gubernamental para ser defensor del libre mercado. A veces ‒podrían decir‒, ser partidario del libre mercado simplemente significa apoyar una regulación mínima: una regulación ligera, en lugar de una regulación severa.

    Dejando de lado el hecho de que muchas de las intervenciones respaldadas por los conservadores mencionadas anteriormente van mucho más allá de una regulación ligera, el problema con esta objeción es que intenta resolver la contradicción distorsionando la definición de libre mercado.

    Yo diría que la definición correcta de “libre mercado” es tan sencilla como parece: un mercado libre de restricciones gubernamentales. Si se busca un mercado mínimamente regulado, es una postura perfectamente comprensible. Pero seamos claros: sigue siendo un mercado regulado, es decir, un mercado no libre.

    Supongamos que un paciente toma una pequeña dosis de cierto medicamento. ¿Sería correcto decir que no toma medicamentos? Por supuesto que no. Toma medicamentos o no. El hecho de que se tome una pequeña dosis, no significa que se esté en la categoría de “no tomando ningún medicamento”.

    De igual manera, una persona que bebe de vez en cuando puede ser considerada un bebedor moderado, pero sería una falsedad que se autodenominara abstemio. La definición de abstemio no incluye a quienes beben ocasionalmente. Esa palabra designa específicamente a quienes nunca beben. Asimismo, desde el sentido literal de las palabras, la definición correcta de libre mercado no incluye mercados con pocas regulaciones intervencionistas. La frase se refiere específicamente a mercados sin tales regulaciones. Cero. Nada. Ninguna. Un libre mercado no es lo mismo que un mercado más libre.

    Bajo esta definición, la gran mayoría de quienes se autodenominan conservadores deberían considerarse opositores al libre mercado. Sin embargo, que se presenten como defensores del libre mercado, es preocupante por un par de razones.

    La primera es la integridad. Si tergiversan sus ideas y principios, están propagando lo que equivale a una mentira. Sin duda, entiendo por qué esta maniobra es tentadora. La marca del libre mercado tiene buena reputación, y alinearse con la misma hará que mucha gente los vea con buenos ojos. Pero no pueden apropiarse de una etiqueta sólo porque suene bien, si no creen en los principios que representa. El título de “defensor del libre mercado” debe ser ganado siendo realmente defensor del libre mercado.

    La segunda causa de preocupación es que la retórica imprecisa genera confusión y malentendidos generalizados. Como dijo Confucio: “El principio de la sabiduría es llamar a las cosas por su nombre”. Cuando las posiciones son nombradas de forma incorrecta, nuestra cultura política se degrada. Ésto es especialmente cierto cuando la identificación errónea ocurre a una escala tan grande ‒cientos de millones de personas‒ y en un grado tan grande, que la diferencia entre la verdad y la retórica es considerable.

    Ante nuestra cultura política cada vez más deteriorada, la gente a menudo se pregunta qué puede hacer personalmente para ayudar. Bueno, humildemente sugeriría que algo que los conservadores pueden hacer es dejar de describirse a sí mismos y al conservadurismo como partidarios del libre mercado. El discurso político será mucho más claro y honesto si esa retórica es dejada para aquellos que realmente queremos liberar al mercado.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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