La prisión transparente: cómo ser libre en un mundo estatista

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    “El mayor obstáculo para la libertad no es la tiranía, sino la aceptación tácita de la tiranía como algo normal”. – Adaptado de Murray N. Rothbard

    El sentido común académico y la ciencia política convencional suelen dictaminar que una sociedad libertaria es una quimera, un sueño irrealizable de economistas de sillón y radicales de café. A primera vista, los argumentos parecen sólidos: la inevitabilidad del surgimiento del estado debido a la necesidad de defensa colectiva, la exigencia de coordinación social frente a amenazas externas, la supuesta corrupción intrínseca a la naturaleza humana que requeriría de un Leviathan que la dome, o incluso la necesidad de redes de seguridad que sólo una autoridad central podría proporcionar. Estos argumentos, repetidos como un mantra, llevan a muchos a concluir que la idea de una sociedad sin estado es una utopía peligrosa, una estrategia ingenua.

    Sin embargo, estos críticos olvidan una contradicción mucho más fascinante e inmediata: la existencia misma de libertarios convencidos en el seno del estado. Si el estado es supuestamente natural, inevitable y necesario, ¿cómo pueden los seres humanos, viviendo bajo su yugo más absoluto ‒desde el registro de nacimiento hasta el certificado de defunción, incluyendo licencias, impuestos, regulaciones y guerras‒, no sólo identificar el encarcelamiento, sino también ejercer la libertad? Esta aparente contradicción ‒”ser libertario en el mundo del estado”‒ es, de hecho, la clave para comprender los fundamentos epistemológicos y éticos de la teoría política libertaria, desarrollada por Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, y otros exponentes de la Escuela Austriaca y el anarcocapitalismo.

    1. El estado como agresión institucionalizada

    Para Murray N. Rothbard, el estado no es un mal necesario: es un mal absoluto. En su obra cumbre, Ética de la Libertad, Rothbard define al estado como “una organización que ostenta el monopolio territorial del uso de la fuerza y ​​la amenaza de la fuerza en un territorio determinado”. Este monopolio no es un hecho neutral; es una agresión continua. El estado exige tributos (impuestos) bajo la amenaza de violencia (encarcelamiento, confiscación, muerte). Cualquier otra entidad que hiciera lo mismo ‒una banda que cobrara “protección” a una tienda‒ sería inmediatamente considerada criminal. Sin embargo, el estado goza de la legitimidad artificial que se otorga a sí mismo.

    Quienes critican la inevitabilidad del estado olvidan un principio fundamental de la Escuela Austriaca: el análisis praxeológico. Ludwig von Mises nos enseñó que todas las acciones humanas son intencionales y están guiadas por preferencias subjetivas. El estado no surge como “necesidad natural” al estilo de una ley física. Más bien, es el resultado de acciones humanas deliberadas de coerción, cooptación de las élites y, fundamentalmente, aceptación pasiva por parte de las masas. Como observa Hans-Hermann Hoppe en Democracia: El dios que Fracasó, la democracia moderna no es el antídoto contra el estado, sino su forma más insidiosa: un sistema en el que la agresión es periódicamente legitimada mediante una ceremonia electoral, convirtiendo a cada ciudadano en coautor, aunque contra su voluntad, de los crímenes del Leviathan.

    1. La primera condición para la libertad: la conciencia del encarcelamiento

    ¿Cómo puede un libertario vivir en un entorno estatista y aun así sentirse libre, ejercer la libertad, incluso pagando impuestos o sometiéndose a “múltiples abusos estatales”? La respuesta no es una contradicción lógica, sino más bien una victoria de la conciencia sobre la ideología dominante.

    La primera condición para la libertad es “tener una comprensión clara de la prisión en la que uno vive”. Este es el punto central de la epistemología libertaria. Rothbard y Hoppe no son ingenuos; saben que el estado no desaparecerá por decreto mañana. Sin embargo, la libertad no es un estado objetivo de cosas, como la temperatura de una habitación. La libertad es una relación entre agentes. Y el elemento subjetivo ‒la conciencia de la coerción por parte del agente‒ es fundamental.

    Imaginemos a dos prisioneros en la misma celda. El primero cree que los barrotes son una protección, que el guardia es un benefactor, y que sus limitaciones son un precio justo por la seguridad de no tener que pensar por sí mismo. Este hombre, a pesar de ser físicamente idéntico al segundo, es un esclavo absoluto. No hay mayor esclavo que aquel que se cree libre. El segundo prisionero, en cambio, sabe que está encarcelado. Observa los movimientos de los guardias, mantiene su integridad moral, se niega a colaborar con el sistema penitenciario, y planea su fuga a largo plazo. Este segundo hombre, aun estando encadenado es, en un sentido profundo, más libre que el primero.

    En una sociedad estatista, el libertario es este segundo prisionero. Paga impuestos, pero no cree que los “deba”. Obedece las normas por temor a la violencia, no por respeto. Recurre a mecanismos de evasión fiscal (cuando es posible), no por avaricia, sino como un acto de desobediencia civil silenciosa. Su libertad no reside en la ausencia de restricciones (éstas le son impuestas), sino en el rechazo activo y consciente de la legitimidad de dichas restricciones. Como escribió Rothbard, un hombre obligado a punta de pistola a firmar un cheque, puede incluso firmarlo, pero nadie puede obligarlo a creer que el acto es justo.

    1. La estrategia libertaria: Contra la ética estatista en la vida cotidiana

    Hans-Hermann Hoppe, discípulo de Murray N. Rothbard, llevó este análisis al extremo, argumentando que la ética argumentativa precede a cualquier contrato social. Todo intento por justificar al estado cae en una contradicción performativa: para argumentar que el estado es necesario, se debe presuponer la libertad de argumentar, debatir y actuar sin coacción. Por lo tanto, la defensa misma del estado es autodestructiva.

    Pero ¿cómo se aplica ésto en el “mundo del estado”? El libertario integrado no espera una revolución armada (en la mayoría de los casos, Hoppe se muestra escéptico sobre la eficacia de los golpes de estado violentos). En cambio, el libertario practica la secesión estructural y la construcción de contra-instituciones. Ésto significa:

    • La propiedad privada como escudo: Rothbard argumentó que la propiedad privada es la libertad en forma física. Así, el libertario se centra en acumular capital, adquirir tierras, y crear relaciones contractuales privadas que minimicen la exposición al estado. Una empresa que opera únicamente con contratos y arbitraje privados, es un germen de anarquía dentro del estatismo.
    • Apoliteísmo: Hoppe defiende la figura del “apolítico”: aquel que se retira lo máximo posible de la esfera política. No vota, no solicita licencias innecesarias, no recurre a la policía para resolver disputas privadas, y no acepta subsidios. El apolítico es un ser que vive como si el estado no existiera, lo que lo obliga a coexistir con una creciente zona de autonomía.
    • Educación y desobediencia cognitiva: El arma más poderosa contra el estado es la verdad. Cuando el libertario enseña a sus hijos que los impuestos son robo (no “contribuciones”), que las leyes son amenazas (no “normas”), y que los políticos son gangsters electos (no “servidores públicos”), está socavando la infraestructura ideológica del estado.
    1. La aparente contradicción es una victoria para la filosofía

    Quienes afirman que “una sociedad libertaria no es posible”, confunden dos cosas: la dificultad práctica de lograr un orden de polilegalidad competitiva (anarcocapitalismo), y la imposibilidad lógica de ser libre hoy. Una sociedad plenamente libertaria puede tardar décadas o siglos. Pero el individuo libertario es posible ahora.

    Saber que el mundo nos trata como esclavos, es liberación. Ésta es una verdad existencial que evoca a los estoicos, pero con un radicalismo político que los antiguos no se habrían atrevido a adoptar. El libertario moderno es un estoico de la acción: no puede, por sí solo, derrocar al IRS ni a la OTAN, pero puede negarse a internalizar su legitimidad. Y esta negativa es un acto de soberanía individual.

    Rothbard lo denominó “estrategia de construcción de sociedades paralelas”. En lugar de intentar conquistar el estado (lo que sólo resulta en su perpetuación bajo una nueva bandera), el libertario se refugia en la sociedad civil. Crea escuelas privadas, agencias de seguridad rivales, tribunales de arbitraje, sistemas de seguros mutuos, criptomonedas. Cada una de estas instituciones representa un pequeño arrebato al monopolio estatal.

    1. Esclavitud consentida vs. Libertad consciente

    No hay mayor esclavo que aquel que se cree libre. Los defensores del estado, ya sean socialdemócratas o conservadores son, desde la perspectiva libertaria, los más esclavizados. Cantan himnos a la nación, pagan sus impuestos con orgullo, se sienten ciudadanos de una democracia virtuosa, y condenan a los evasores fiscales como “egoístas”. Estos esclavos no sienten realmente las cadenas, porque las han adornado con flores.

    El libertario, en cambio, siente cada cadena. Cada impuesto laboral es un recordatorio de que su tiempo no le pertenece por completo. Cada licencia comercial es una declaración de que su talento necesita permiso. Cada ley que le obliga a usar casco o a tomar un fármaco experimental, es una invasión de su cuerpo. Sentir este dolor a diario no es señal de fracaso; es señal de lucidez.

    Y es esta lucidez la que permite al libertario practicar la libertad. Sabe que la libertad perfecta es incompatible con el estado. Pero se niega a aceptar la conclusión derrotista de los críticos: “ya que no podemos tener libertad total, aceptemos una esclavitud moderada”. Al contrario: precisamente porque no podemos tener libertad total hoy, cada pequeño acto de resistencia, cada Bitcoin minado, cada niño educado en casa, cada disputa resuelta sin policía, cada proyecto financiero no declarado a las autoridades fiscales, es un ensayo para un futuro sin estado.

    Conclusión: El optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la razón estatista

    Los enemigos de la libertad se presentan como realistas, mientras que a nosotros, los libertarios, nos tachan de soñadores o radicales irresponsables. Pero la historia demuestra que todas las grandes transformaciones sociales ‒el fin de la esclavitud, la caída del Muro de Berlín‒ fueron inicialmente consideradas “imposibles” por los “realistas” de su época.

    ¿Es posible una sociedad libertaria? Rothbard, Hoppe y la tradición anarcocapitalista afirman que sí, porque no viola ninguna ley de la naturaleza ni de la razón. Sólo exige un cambio radical en la conciencia y en las instituciones. Mientras ese cambio no se materializa, el libertario vive en la tensión creativa entre el ideal y la realidad. No espera a que el estado se disuelva por sí solo; construye los cimientos del nuevo orden dentro de las fisuras del antiguo.

    Que no quepa duda: todo libertario que, en el mundo del estado, se niega a considerarse súbdito, que trata los impuestos como extorsión y las leyes como amenazas, ya es libre en un sentido que el ciudadano conformista jamás comprenderá. Como escribió Murray N. Rothbard: “La libertad no es un regalo que nos otorgan los gobernantes; es un derecho que ejercemos, incluso cuando nos apuntan con un arma”.

    La prisión existe. Pero saber que es una prisión, es el primer paso hacia su abolición. Y este conocimiento, este acto de conciencia inquebrantable, es ya el comienzo de la liberación.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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