Depredación con máscara de civilización

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    Las instituciones revelan su verdadera naturaleza en dos ámbitos: en las zonas grises donde las normas son incompletas, ambiguas o inaplicables; y aún más descaradamente a plena luz del día, cuando quienes ostentan el poder violan abiertamente sin pudor alguno las normas más claras. En una civilización viva, el poder está limitado por el cargo que ocupa. En un orden vacío, el cargo es convertido en una licencia para violar. La autoridad no existe para hacer cumplir las normas, sino para justificar su inobservancia. Por eso, la ley, la burocracia y la policía exponen el sustrato moral de una sociedad con una claridad implacable.

    India es el ejemplo paradigmático.

    Incluso en las naciones más civilizadas, los tribunales sólo deciden sobre una ínfima parte de la realidad humana. La gran mayoría de la civilización ‒la confianza, la moderación, la honestidad, los acuerdos tácitos que hacen posible la vida cotidiana‒ existe por debajo del umbral de la ley formal. Las promesas verbales y la decencia cotidiana nunca estuvieron destinadas a los jueces. Están basadas en un orden moral internalizado.

    En India, ese orden moral no existe.

    La burocracia india no administra normas. El sistema cobra precio por el acceso, castiga la resistencia, y exige sumisión. Los reformadores afirmaban que los burócratas eran corruptos sólo porque sus salarios eran demasiado bajos. Ésto era una justificación. Cuando los salarios del gobierno aumentaron drásticamente, la magnitud de los sobornos fue incrementada en consecuencia. Cuanto más alto ascendían, más privilegios adquirían. La honestidad no es un problema de remuneración: es un principio. Una sociedad proporciona ese principio a sus instituciones, o no lo hace.

    No recuerdo una sola visita a una oficina del gobierno indio que no implicara una exigencia de soborno. Los ciudadanos se humillan, se postran, se arrodillan y se rebajan para obtener los servicios más básicos. El burócrata no sólo quiere dinero: quiere sumisión. Quiere sentirse superior. El soborno es sólo una parte de la transacción: la humillación es el resto.

    Electricidad, agua, correo, certificados de defunción, certificados de matrimonio: todo tiene su precio. Negarse a registrar un matrimonio es en sí mismo un delito, pero registrarlo requiere otro soborno. Incluso entonces, el pago debe ser estratégico. Ante la falta de honor, quien recibe el soborno acepta el dinero, y aun así no realiza el trabajo. Uno termina pagando de nuevo, a más personas, para que muevan el mismo expediente.

    Un proveedor de papel fotográfico de mi ciudad se atrevió una vez a rechazar un soborno adicional exigido por una empresa pública. Un funcionario ordenó que arrastraran todo el envío a un patio abierto y lo dejaran bajo el sol abrasador durante una semana. Luego abrió los paquetes arruinados para una “inspección” teatral frente al proveedor, visiblemente afectado. El hombre nunca más se negó.

    Obtener un pasaporte es una prueba de compromiso. La verificación policial, supuestamente una medida de seguridad rutinaria, se convierte en una exigencia de pago. Cuando vivía en Delhi, una vez me negué a pagar y acudí a un alto mando policial. En cuestión de segundos, me dijo que los agentes de menor rango me estaban haciendo un favor, y que debían cobrar. La institución no estaba fallando en su función. Su función era la extorsión.

    Si Ud. se queja ante un superior, su primera pregunta siempre es la misma: “¿Cuánto se le pidió, y quién está involucrado?” No investiga las irregularidades; verifica si su parte está siendo transferida a los superiores. Como en un fractal, al ascender en la jerarquía, el mismo teatro grotesco es repetido en cada nivel, sólo que con mayor cantidad de sobornos. Si se avanza lateralmente ‒hacia los tribunales, los políticos u otra agencia‒, la misma banalidad continúa.

    La oficina anticorrupción es ampliamente conocida por ser la institución más corrupta de todas. Procesa a quienes han caído en desgracia política, no han entregado el tributo suficiente, o se han vuelto demasiado visibles en las redes sociales. Incluso entonces, el castigo suele ser una farsa; en cuestión de meses, el funcionario regresa discretamente a su puesto.

    La supervisión es convertida en otra capa de extorsión.

    Los puestos policiales son subastados al mejor postor, y cada agente de menor rango es responsable de enviar una cierta cantidad de dinero a los superiores. Por lo tanto, los oficiales superiores no ejercen ningún control disciplinario efectivo sobre las palizas, los robos, las violaciones y los saqueos perpetrados por los hombres que pagaron por sus puestos.

    La casa de un amigo fue asaltada. La policía “capturó” a los ladrones, y luego le informó que sólo habían recuperado una parte de los bienes robados; el resto había sido repartido entre los agentes. Cuando se quejó a través de un familiar de alto rango, la respuesta fue escalofriante: debió haber denunciado inmediatamente después del arresto. Ahora ya no había nada que hacer. Todos los robos siguen el mismo guión.

    Una visita a una comisaría india es como una visita a zoológico humano de personas aterrorizadas y destrozadas. Los agentes se niegan a registrar los casos sin pago. Cuando son integradas en un sistema policial depredador, las leyes de protección no protegen a los vulnerables; crean nuevos mercados para la acusación, la extorsión y la negociación. Una ley que exige la remisión inmediata a los tribunales, y la detención en casos de denuncias por violación, simplemente ha ampliado el mercado policial. Las verdaderas víctimas aún necesitan dinero y contactos para ser escuchadas. Las falsas acusaciones, mientras tanto, se convierten en instrumentos de presión. El verdadero violador puede hacer desaparecer la denuncia si tiene contactos y ha pagado a las personas adecuadas; el falso acusador puede arruinar la vida de un hombre durante años. La institución no distingue la verdad de la mentira. Cotiza la vulnerabilidad.

    Las instituciones destinadas a proteger son convertidas en sistemas para explotar la vulnerabilidad.

    Los casos falsos son de dominio público, pero hombres inocentes deben pagar sobornos ruinosos para permanecer en libertad. Una visita a los tribunales es igualmente grotesca: se paga al guardia de la puerta, a menudo a la vista del juez. Dentro, el juez ‒demasiado indeciso, incompetente o corrupto como para dictar sentencia‒ concede otro aplazamiento. ¿De qué otra forma cobrará? Incluso el secretario que anota la próxima fecha debe cobrar, si se quiere saber.

    Los abogados de ambas partes se benefician con la dilación, a menudo hablando entre sí sin el conocimiento ni la aprobación de sus clientes. El acusado sabe que nunca tendrá una audiencia justa. Paga para evitar la cárcel, mientras el caso es prolongado durante décadas. Los pocos casos que son resueltos, lo son sólo cuando ambas partes, agotadas económicamente, llegan a un acuerdo extrajudicial y presentan el agotamiento como justicia.

    Para los proveedores del gobierno, hasta 50% de los ingresos desaparece en sobornos. La vergüenza alguna vez se aferró a tales pagos, cuando la sombra británica aún persistía. Hoy, los burócratas alardean abiertamente de sus ganancias ilícitas. La corrupción no es una desviación; es el entorno en el que todos deben operar.

    Incluso el vicio requiere estructura. Una mafia funcional depende de la lealtad, la disciplina, el silencio y la justicia interna. En India, la corrupción es más anárquica: cada oficina, comisaría y tribunal es un pequeño reino en sí mismo, pero incluso dentro de estos reinos, la lealtad es inexistente, y la traición es habitual. El estado se asemeja a una banda fallida: armado con poder coercitivo, pero carente de la jerarquía, la lealtad y la disciplina interna necesarias incluso para regular su propia depredación. El sombrío consuelo es que un sistema así tiene dificultades para producir un totalitarismo disciplinado. Puede brutalizar, extorsionar y degradar, pero no puede organizar la tiranía con la coherencia de Corea del Norte o de la Unión Soviética.

    La burocracia, la policía y los tribunales simplemente revelan de forma concentrada lo que ya existe en toda la sociedad. Las instituciones han mutado porque la cultura circundante proporciona los instintos que impulsan dicha mutación. Lo que en el gobierno es manifestado como soborno y depredación, en la vida cotidiana es manifestado como deshonestidad, estafa, atajos, indiferencia, jerarquía y la contaminación ambiental.

    Los indios no quieren que este sistema sea abolido; quieren tener acceso a él. Su ambición es alcanzar una posición desde la que puedan extraer beneficios, o casar a sus hijas con miembros de familias enriquecidas por la explotación. Cómo es obtenido el dinero, es irrelevante. La riqueza corrupta inspira respeto, a menudo más respeto que la misma riqueza ganada honestamente. El dinero y el poder son los únicos parámetros. Puede afirmarse con seguridad que el amor, un principio civilizatorio, brilla por su ausencia.

    Una sociedad sana debe dotar a sus instituciones con los instintos adecuados. La civilización no existe en la naturaleza. Es producida mediante el esfuerzo acumulado de personas racionales y morales que se moderan, se auto-disciplinan y disciplinan mutuamente y, poco a poco, normalizan una conducta superior.

    El problema inmediato de India es, sin duda, su gobierno; es políticamente conveniente culparlo. Pero el problema más profundo es la sociedad que lo alimenta. Si los indios se negaran a humillarse ante políticos y burócratas, si dejaran de tratar a los funcionarios públicos como amos, mucho cambiaría rápidamente. Pero la mentalidad india no distingue entre respeto y servilismo. Oscila entre la sumisión y la dominación. Si carece del sentido práctico de justicia y equidad, ¿por qué lucharía?

    Una costumbre india, pequeña pero reveladora, es el uso compulsivo de “señor”. Para los oídos occidentales, puede sonar cortés, incluso encantador. En India, sin embargo, a menudo no denota respeto, sino jerarquía y control. Quien lo pronuncia se sitúa por debajo del poder, lo halaga, lo apacigua, y espera obtener protección o favores. El respeto presupone dignidad por ambas partes. La servilidad no. Cuando el equilibrio de poder cambia, la misma persona que antes se dirigía a uno como “señor”, puede comenzar a maltratarlo. El tratamiento nunca fue por respeto; sólo por posicionamiento.

    Toda interacción social ‒en la sociedad y en la familia‒ se convierte en una prueba de rango. ¿Quién es superior? ¿Quién es inferior? ¿Quién debe someterse? ¿Quién manda? Rara vez es permitido que una relación siga siendo simplemente humana; rápidamente es reorganizada en una estructura de opresor-oprimido. El estado no crea este instinto; lo formaliza.

    Mi familia compra verduras sólo a agricultores conocidos, porque los productos que son vendidos en los mercados son habitualmente lavados con aguas residuales sin tratar; una práctica que, grotescamente, les da un brillo artificial. ¿Cómo son perseguidas estas cosas en los tribunales? Pueden ser redactadas las leyes más severas imaginables, pero las leyes son inútiles a menos que la policía, los tribunales y la sociedad que las respalda, tengan la voluntad de hacerlas cumplir. Las sociedades no se despiertan una mañana y eligen la virtud. La alcanzan ‒si es que alguna vez lo hacen‒ a través de siglos de autodisciplina acumulada, y de una dolorosa interiorización de la moderación. O nunca la alcanzan.

    Cuando la conducta cotidiana no está internamente regulada, ningún sistema legal puede rastrear ni corregir el daño. Los pequeños compromisos, repetidos por millones, se acumulan hasta convertirse en una catástrofe. Un envoltorio de plástico desechado aquí, un puñado de basura arrojado al río allá, un atajo en la construcción, una falsificación silenciosa en los registros: cada acto parece trivial. Sin embargo, los puentes terminan derrumbándose, las carreteras se convierten en campos de exterminio, los ríos mueren, y la tierra misma se convierte en un páramo tóxico que ninguna ley puede restaurar.

    Aprendí la misma lección de las máquinas. La imprenta de mi padre aún utilizaba maquinaria de la época británica, fabricada a principios del siglo XX. Funcionaba a la perfección. Una compleja máquina sueca que compramos más tarde también funcionaba con una precisión asombrosa. De niño, las observaba sin cesar en funcionamiento, como si les rindiera un culto mecánico: decenas de miles de piezas moviéndose en armonía, cada una cumpliendo su función. Revelaban algo del espíritu de quienes las habían diseñado y fabricado. El trabajo no había sido realizado simplemente por dinero; conllevaba orgullo, disciplina y devoción.

    En medio del inmenso caos de India ‒su instinto de que la fuerza hace el derecho, sus reglas nebulosas, su ausencia de formas fiables‒, anhelaba comprender ese espíritu: la disciplina interna que hacía que las cosas funcionaran, el orgullo que hacía que cada pieza cumpliera su función.

    Entonces convencí a mi padre para que comprara una copia india de la máquina sueca por una fracción del precio. A los pocos días, se rompió un engranaje. Fue reparado a bajo costo, pero luego apareció otro pequeño defecto, y después otro. La máquina no era catastróficamente mala de forma obvia; era mala de miles de maneras sutiles. Cada pieza tenía una pequeña deficiencia. En poco tiempo, estábamos pagando salarios de operarios por una máquina que apenas funcionaba, y cuando lo hacía, la calidad era pésima. Al cabo de un año, la vendimos como chatarra.

    Las consecuencias sociales y económicas son inmensas. La gente no trabaja correctamente a menos que esté constantemente supervisada, y el propio supervisor carece del orgullo por su trabajo. Son necesarias decenas de personas para producir lo que un trabajador disciplinado en otro lugar podría lograr, e incluso así, la calidad roza lo aceptable. Durante mi MBA, me enseñaron que los incentivos importan. Quizás sea cierto. Pero los incentivos sólo funcionan cuando la responsabilidad ya existía previamente. India no es una sociedad de zanahorias. Es una sociedad de palos.

    Las sociedades colapsan de la misma manera. Cuando cada engranaje toma atajos, todo el sistema se vuelve inviable.

    Pero una sociedad no colapsa simplemente porque los individuos tomen atajos. Colapsa porque nadie los corrige. La cuestión decisiva es si la gente común proporciona retroalimentación: si resiste el desorden, lo avergüenza, lo castiga o participa silenciosamente en el mismo.

    Por eso uno se siente seguro en Occidente, no principalmente por sus instituciones, sino porque la propia sociedad sigue proporcionando una retroalimentación constante a esas instituciones. Cuando ocurre un delito, alguien, en algún lugar, se levantará y exigirá justicia. En el Tercer Mundo, uno aprende a no esperar eso.

    Cuando era estudiante universitario en India, solía viajar en autobús los fines de semana entre la ciudad donde vivían mis padres y la ciudad donde estudiaba. Los autobuses de esa ruta tenían televisores, y mis viajes coincidían con una popular serie semanal. Los conductores paraban el autobús durante cuarenta y cinco minutos en carreteras llenas de baches, para que los pasajeros pudieran verla sin que la imagen se entrecortara. Cuando protesté y amenacé con quejarme, todo el autobús se enfureció conmigo. Juraron que negarían que la parada hubiera ocurrido, y me dejaron claro que me arriesgaba a una paliza. Nadie estaba dispuesto a defender el acto básico de civilización de mantener el transporte público puntual. La ironía era grotesca: la serie era “profundamente espiritual” ‒supuestamente.

    Los términos morales occidentales ‒honestidad, lealtad, honor‒ cambian de significado cuando son trasplantados a sociedades cuyo sustrato moral nunca los produjo. Tales sociedades no son inmorales en el sentido habitual; son amorales. El hombre inmoral distingue el bien del mal, y lo viola. El hombre amoral nunca ha interiorizado estas categorías. Es sin culpa no porque sea inocente, sino porque la conciencia jamás ha adquirido autoridad sobre el apetito. Ésta es la mentalidad en la que el poder, no la conciencia, organiza el comportamiento.

    La misma distorsión es aplicada a palabras como amor, felicidad, respeto y paz. En un orden moral civilizado, no son meros sentimientos ni gestos sociales; son logros de la psique, que requieren autocontrol, autoconciencia y preocupación por el bienestar de los demás. En un orden primitivo, pueden parecer similares para alguien de una sociedad civilizada, pero su esencia es diferente. El amor es convertido en posesión, dependencia o fusión tribal contra un enemigo común. El individuo desaparece entre la multitud, y experimenta esta pérdida de sí mismo como catarsis. La felicidad es convertida en hedonismo, sensualidad, glotonería o distracción. El respeto es convertido en servilismo hacia el poder y tiranía hacia la debilidad. La paz es convertida en estupor, evasión o escape de la ansiedad. Las palabras permanecen, pero su esencia interna es primitiva.

    Cuando Ud. habla de moralidad o veracidad con los indios, se burlan de Ud. y le preguntan: “¿Te estás convirtiendo en un santo?” O sugieren que la religión pertenece al templo, no a la vida cotidiana. Le tachan de ingenuo, desorientado ante la vida real. En su mente, la bondad y la honestidad no son deberes de la gente común; pertenecen a los santos, mientras que esperan que la vida cotidiana sea corrupta. No entienden la santidad como una elevación moral; la entienden como un alejamiento de la vida real. Esta frase sobrevive como reflejo verbal en una sociedad donde la moralidad misma carece de autoridad ordinaria.

    En una sociedad así, la conversación cotidiana no se eleva hacia la reflexión moral. Permanece atrapada en chismes, espectáculos, política ilusoria y las desgracias ajenas.

    En esta cultura, la competencia no es el ideal organizador; lo es el poder. La educación es buscada no para la formación, sino para obtener certificados que abran las puertas a cargos, dinero y status. Los padres ayudan a sus hijos a hacer trampa, porque lo que importa es el certificado, no la disciplina que se supone que representa. Una vez que estos hombres ingresan a las instituciones, no adquieren respeto por el cargo ni por sus responsabilidades. El puesto es convertido en un recurso para explotar. Al carecer de autoridad interna, lo compensan con fría arrogancia, mezquina tiranía y sadismo; cuanto más alto ascienden, más perversa se vuelve su inseguridad.

    La misma lección comienza en la escuela. La autoridad se transforma pronto en poder de presión: clases particulares, regalos, favoritismo y manipulación de exámenes. El estudiante aprende el verdadero currículo mucho antes de la edad adulta: la autoridad no es respetada, sino que es manejada; las reglas no son interiorizadas, sino que son gestionadas; el poder existe para extraer.

    Hay poca noción de valor añadido, contribución, o formación del carácter. La formación del carácter suele estar en conflicto directo con la mentalidad de que la fuerza hace el derecho. Los mayores enseñan a los niños que no es posible coger manteca sin un dedo “torcido”. Pero los niños no reservan ese dedo torcido para los extraños. Una vez adultos, lo usan con sus propios mayores, quienes entonces se preguntan cómo han criado a una serpiente. El resultado es una sociedad completamente atomizada, en la que nadie confía en nadie. Cuando la obtención de recursos es el único principio organizador ‒cuando los principios, los valores, la moral y la razón carecen de autoridad‒, la sociedad se disuelve en individuos atomizados. Uno se siente solo incluso en los espacios más concurridos. Las máquinas no funcionan, las instituciones no funcionan, las familias no funcionan. No hay cohesión, ni armonía, ni expectativas compartidas de conducta. Cada uno está por su cuenta.

    El mismo instinto no puede limitarse a un solo ámbito de la vida. Si uno trata a extraños, clientes, funcionarios y empleados como objetos para ser explotados, la familia no puede quedar indemne. Los padres no pueden confiar en los hijos, y los hijos no pueden confiar en los padres. Sin el vínculo de la moral y la razón, el capital intelectual y financiero no puede ser acumulado. La vida se convierte en un bucle sin fin: sin aprendizaje, sin culpa, sin retroalimentación, sin causalidad.

    Los negocios también son concebidos no como creación de valor, sino como transferencia de dinero de un bolsillo a otro. El servicio es secundario. La calidad es mera fachada.

    Una vez visité una empresa que fabricaba excipientes farmacéuticos: el polvo blanco portador con el que luego sería mezclado el principio activo. Esperaba instalaciones estériles y reguladas. En cambio, entramos con zapatos de calle; el suelo e incluso el aire estaban impregnados con el polvo. Los trabajadores, con ropa sucia, llenaban bolsas manualmente. Peor aún, era mezclado polvo caducado con material nuevo para cumplir con una norma específica. El gerente lo reveló no con vergüenza, sino con orgullo. El objetivo no era producir valor, sino satisfacer la apariencia de un standard.

    Por sí solo, el excipiente no era la solución definitiva. Pero en una economía compleja, cada compromiso de este tipo se propaga a través de la cadena de suministro. Cada pequeña evasión es convertida en otra pieza comprometida de un sistema mayor que ya es incapaz de confiar en sí mismo.

    El mismo patrón es repetido en todas las instituciones: la apariencia de cumplimiento sobrevive, mientras la sustancia es silenciosamente destruida. Existen normas, existen procedimientos, existen documentos, pero todos están vaciados por el mismo instinto de evadir, extraer y salir impunes.

    Las leyes escritas y las estructuras superficiales legadas por los británicos controles y equilibrios, derecho consuetudinario, procedimiento y estado de derecho permanecen en gran medida vigentes. Pero una vez que estas instituciones pasaron a manos indias, el espíritu que las animaba fue invertido. Lo que fue diseñado para limitar el poder, fue convertido en una maquinaria de explotación y expropiación.

    Las instituciones no han desaparecido. Sus envolturas externas ‒oficinas, uniformes, sellos, procedimientos‒ permanecen, pero su función ha sido grotescamente invertida. Ésto no fue una casualidad. Era inevitable en una cultura aún regida por la ley de hierro de la ley del más fuerte, en la que la conveniencia es el principio rector, y la razón, la moralidad y la responsabilidad individual jamás echaron raíces.

    Si la sociedad india se hubiera mantenido en unidades más pequeñas y localizadas, una justicia tribal rudimentaria pero inmediata, podría haber preservado un orden mínimo más acorde con su naturaleza. La terrible posibilidad es que, cuando el andamiaje occidental, vacío de contenido, finalmente se derrumbe, lo que surja de las ruinas resulte más funcional precisamente por ser más primitivo, por muy aterrador que parezca a los ojos civilizados.

    Éste es el lento e inexorable apocalipsis de la modernidad de segunda mano: instituciones importadas que son tornadas putrefactas desde dentro, hasta que no queda más que la depredación disfrazada de civilización. Las formas sobreviven. El alma ya ha muerto.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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