
“La suprema nobleza de un emperador romano no consiste en ser amo de esclavos, sino en ser señor de hombres libres, que ama la libertad incluso en quienes le sirven.”
—Julio Evola, Rebelión contra el mundo moderno
Para comprender este párrafo, es necesario aclarar qué entiende Evola por libertad y la tradición de la que surge dicho concepto, ya que pertenece a una concepción fundamentalmente diferente de la comprensión moderna del término.
Cuando en Rebelión Contra el Mundo Moderno ‒y en toda su obra en general‒, Evola habla de libertad, se refiere a la libertad en un sentido aristocrático y tradicional. Esta concepción no pertenece exclusivamente a la interpretación que Evola hace de la tradición perenne, sino a la herencia más antigua de la propia civilización aristocrática occidental. Es la libertad que conocían el guerrero indoeuropeo, el aristos griego, el patricio romano, el thane germánico, y el caballero medieval. Es la libertad del hombre que en primer lugar se gobierna a sí mismo.
Evola contrasta dos formas de libertad. Lo que la filosofía posteriormente denominó “libertad positiva”, es la antigua concepción jerárquica: la libertad de actuar de acuerdo con la propia naturaleza superior. Es la libertad de autodominio y dominio sobre las pasiones, lograda mediante la disciplina consciente y la soberanía interior. Esta libertad no es concedida desde fuera, sino que es cultivada desde dentro. Es lo que Aristóteles quiso decir cuando sostuvo que sólo el hombre capaz de gobernarse a sí mismo, es apto para gobernar a otros, y lo que los estoicos entendían como una libertad del alma que ningún poder externo puede extinguir por completo.
En contraposición con ésto se encuentra la “libertad negativa”, la noción igualitaria moderna de libertad definida no por el autodominio, sino por la ausencia de restricciones. Define la libertad como la eliminación de límites, en lugar del ordenamiento del yo. En la visión tradicional, esta libertad es vacía. Produce hombres gobernados por el impulso, en lugar de la voluntad. Un pueblo puede parecer liberado exteriormente, disfrutando de libertad de movimiento y elección sin restricciones, mientras que en su interior permanece esclavizado por el apetito, la vanidad, el miedo o la necesidad de aprobación; en resumen, todo lo que es “humano, demasiado humano”.
En la formulación anterior, Evola describe un orden en el que la libertad y la jerarquía alguna vez estuvieron unidas. El gobernante es grande no porque subyuga, sino porque gobierna a los demás como se gobierna a sí mismo. Quienes le sirven no son esclavos, pues su obediencia es voluntaria, pues surge del reconocimiento de una autoridad superior que refleja su propia disciplina interior.
Amar la libertad en quienes sirven, es afirmar en ellos el mismo principio de soberanía interior. En este sentido, el emperador romano no extingue la libertad ajena, sino que la integra en un orden coherente. Cada hombre se encuentra dentro de un marco de deber y obligación que lo trasciende, vinculado con un todo mayor, pero permanece interiormente libre porque conoce su lugar y medida, y vive conforme con su propio propósito.
Para Evola, la verdadera libertad reside en la forma y la proporción. Es la firmeza de espíritu que perdura sin ceder a la presión externa. Los antiguos consideraban esta libertad inseparable de la jerarquía, ya que sólo el orden le da sentido. El ideal romano ‒y es un ideal‒ era ser autónomo y soberano, manteniendo en sí mismo la misma disciplina que se encarnaba al mandar.
Aquel texto presupone esta comprensión. La nobleza consiste en gobernar a hombres libres en lugar de esclavos, ya que sólo quienes son interiormente libres, pueden sostener una civilización digna de reverencia, orientada más allá del presente fugaz hacia un principio superior. Evola situó ese principio en lo que trasciende la condición meramente temporal del hombre, y fue esta orientación vertical la que antaño dio legitimidad a la autoridad, y medida a la libertad. Cuando se pierde esa orientación vinculante, la libertad deja de ser una disciplina del alma, y se convierte en una licencia para la indulgencia, mientras que la autoridad sobrevive sólo como un cascarón vacío. Lo que queda es un orden sin forma interna, y una libertad sin autocontrol. No es un simple fracaso político, sino la disolución interna de un mundo que ha perdido toda orientación hacia lo que lo supera.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








