
En 2015, el coronel del ejército británico Richard Kemp calificó a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI, nombre oficial de las fuerzas armadas israelíes) como “el ejército más moral del mundo”. Bernard-Henri Lévy, destacado intelectual público francés de origen judío, también se refirió a las FDI de esa manera. Desde entonces, políticos israelíes como Benjamin Netanyahu, líder del actual régimen del país, han mostrado una marcada predilección por utilizar esta calificación al hablar del ejército israelí.
Dada la historia de Israel, el nombre oficial del ejército israelí es incorrecto. Para empezar, durante las casi ocho décadas de existencia de Israel desde la proclamación de su independencia en 1948, las FDI han demostrado que bien podrían llamarse FIO (Fuerzas Ofensivas o de Ocupación de Israel) o FAI (Fuerzas de Asalto de Israel). Dada la destrucción sistemática de la ciudad de Gaza desde 2023 y el genocidio de sus habitantes por parte de las FDI, la abreviatura seguiría siendo válida, aunque la “D” podría significar entonces “Destrucción” o “Demolición”.
Al igual que muchos ejércitos históricos y contemporáneos, los soldados de las FDI tienen un historial de todo tipo de abusos y crímenes. De hecho, civiles palestinos desarmados, combatientes de la resistencia palestina que intentaban defender sus vidas y propiedades, civiles libaneses y sirios, y combatientes de Hamas y Hezbollah, han sido víctimas durante mucho tiempo de la sádica y excesiva violencia de los soldados de las FDI. Tales excesos, violaciones de los valores humanos universales básicos, son esperables de soldados que (como me han dicho varios veteranos de las FDI) consideran a los árabes, incluidos sus conciudadanos palestinos, poco más que animales.
¿Puede un ejército cuyos soldados y oficiales consideran a sus oponentes como animales, ser calificado como ético, de poseer valores morales? Si tales conceptos reflejan valores nacionales generalmente aceptados, es posible que esos soldados no se den cuenta de que sus ideas difieren de las del resto del mundo. De hecho, la mayoría de la gente en el mundo no consideraría moralmente defendible este concepto, generalmente aceptado en las FDI. Por lo tanto, sólo por este motivo, no parece merecer el título de “ejército más moral del mundo”. Dicha calificación implica un conjunto de normas morales universalmente compartidas. Si un ejército opera únicamente según normas válidas en su propio país, jamás podrá ser llamado el “ejército más moral del mundo”.
A pesar del estricto control de censura que ha protegido durante mucho tiempo a las FDI, ha resultado imposible evitar que se filtren historias de horror sobre los excesos y bestiales actos de crueldad perpetrados por las FDI. Estas historias han surgido constantemente durante las últimas dos décadas, y no pueden ser desacreditados como “propaganda antisemita”.
El hecho de que aparentemente los oficiales de las FDI toleren los excesos de sus hombres, e incluso en ocasiones participen en los mismos, agrava aún más el problema. Un ejército cuyos soldados pueden perpetrar abusos indiscriminados, carece de disciplina y, por consiguiente, tiene un valor de combate muy bajo. Éste es precisamente el caso de las FDI, que en 2006 apenas pudieron resistir a Hezbollah gracias a los numerosos rusos que se unieron a las FDI, tras huir a Israel para escapar de la miseria de la vida en Rusia después del colapso del “socialismo real existente” en 1991. En aquel momento, las FDI no eran precisamente un ejército con altos standards éticos. Un ejército así suele tener un mejor desempeño en el campo de batalla, porque una buena moral es esencial para una moral alta, y un ejército con una moral alta es un buen ejército.
¿Puede un ejército cuya principal tarea se reduce a patrullar sin cesar zonas urbanizadas, controlar puestos de control en carreteras, y expulsar a personas (palestinos) de sus propios hogares y granjas, tener altos standards éticos? Es poco probable, porque un ejército real, especialmente uno denominado “Fuerzas de Defensa”, idealmente sólo debería entrar en acción durante una emergencia nacional, cuando la nación está siendo atacada por un enemigo extranjero y corre el riesgo de ser invadida y ocupada. Un ejército nacional existe para defender y mantener la independencia nacional. Ciertamente, ese no es, ni ha sido, el caso del “ejército más moral del mundo”.
Otra razón por la que tanta gente tiende a pensar que las FDI son el “ejército más moral del mundo”, es el hecho de que muchas mujeres también realizan su servicio militar en las FDI. Portan fusiles de asalto y granadas de mano, y dan la impresión de que incluso participan en operaciones de combate, o al menos que disparan contra el enemigo. Según la corrección política actual, una organización que recluta mujeres, es intrínsecamente buena y de altos standards morales.
En la práctica, las acciones de las FDI se han limitado a patrullar, controlar y bombardear objetivos civiles en Líbano, Siria y Gaza. Por lo tanto, tras un examen más detenido, parece que las FDI no pueden reclamar ese título honorífico.
Sin embargo, resulta interesante preguntarse si tal título sería aplicable a algún otro ejército moderno y, de no ser así, ¿quizás a algún ejército histórico?
¿Qué tipo de ejército podría aspirar a tal distinción? Diría que ningún ejército contemporáneo la merecería. Si se puede confiar en la evidencia histórica disponible, probablemente sería un ejército europeo del siglo XVIII el que podría merecerla póstumamente. En el siglo XVIII, especialmente en la segunda mitad del siglo, algunas grandes potencias europeas, en particular Prusia, Francia y, en cierta medida, también Austria, buscaban que la guerra fuera lo más independiente posible de las fuentes locales de alimentos y suministros. Hasta entonces, los ejércitos en campaña solían subsistir con los recursos del terreno. Ésto significaba que no existía un mando logístico centralizado, y que las unidades individuales, desde pelotones hasta regimientos y divisiones, obligaban a los agricultores locales a entregar todos los alimentos necesarios. Cuando un ejército abandonaba una zona, con frecuencia la economía local quedaba devastada, y los agricultores y sus familias no tenían la certeza de sobrevivir al invierno siguiente.
Fue el rey prusiano Friedrich der Große (Friedrich II) quien perfeccionó este modus operandi. Imponiendo una estricta disciplina y estableciendo una red nacional de almacenes bien abastecidos, manteniendo la red de carreteras en buen estado, y asegurándose de que los puentes estuvieran en buenas condiciones, Friedrich II hizo todo lo posible para garantizar que sus súbditos civiles no sufrieran las consecuencias de las operaciones militares y de la guerra. Ésto sin duda le valió a su ejército el título como “ejército más moral del mundo”.
Durante las Guerras Revolucionarias y Napoleónicas (1793-1815), los ejércitos franceses operaban según el adagio “la guerra alimenta la guerra”. En consecuencia, los ejércitos franceses marcharon por toda Europa, desde España hasta Rusia, y desde los Países Bajos hasta Italia, tomando todo lo que necesitaban de quien fuera, en cualquier lugar. Durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), las tropas francesas sacrificaban sistemáticamente a todos los animales de las granjas donde se alojaban, y quemaban todos los muebles, vigas y puertas para mantenerse calientes. El único valor que inspiraba tal comportamiento era el mero deseo de sobrevivir. En el proceso, muchos campesinos también perderían la vida. No existía ningún valor moral ni ético. Desde luego, en aquella época, nadie en su sano juicio se atrevería a llamar a un ejército “el ejército más moral del mundo”, ni siquiera los más fervientes partidarios del ejército francés, ya fuera revolucionario o napoleónico.
Durante el siglo XIX, las guerras en Europa eran escasas y espaciadas, sobre todo en comparación con los siglos anteriores. Salvo la Guerra de Crimea, también eran de corta duración. Por lo tanto, en general, la población europea sufrió menos a causa de las guerras y de los ejércitos que las atravesaban, que en cualquier otro momento anterior o posterior.
Las primeras historias concretas sobre soldados que perpetraban actos de violencia inmoral y gratuita contra civiles, surgieron durante las primeras etapas de la Primera Guerra Mundial. Estas acusaciones eran referidas a soldados alemanes que perpetraban actos violentos de crueldad indescriptible en Bélgica. Aunque pronto se hizo evidente que estas historias eran fabricadas y difundidas por la propaganda inglesa, contribuyeron a crear una imagen que perduraría durante muchas décadas: la de los soldados alemanes como bárbaros enloquecidos y sedientos de sangre. En realidad, con Alemania ostentando el índice de alfabetización más alto del mundo, y un ejército compuesto por soldados muy disciplinados y bien formados, con oficiales tanto de carrera como de reserva que operaban según elevados standards morales y militares, el ejército alemán merecía quizás más el título como “ejército más moral del mundo” que los ejércitos inglés, francés, ruso o estadounidense.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las historias sobre los excesos alemanes, a menudo exageradas, distorsionadas o simplemente fabricadas, volvieron a proporcionar una base fértil para la propaganda angloamericana y soviética sobre esos malvados alemanes. La fuerza de élite de las Waffen-SS se convirtió en el principal foco de estas acusaciones, que posteriormente justificaron que el Tribunal de Nürenberg la declarara organización criminal. El juez Roy Bean y sus aliados en Nürenberg comprendieron que las Waffen-SS eran un ejército con standards morales incuestionablemente altos. No sólo según los valores nacionalsocialistas alemanes, sino según los standards militares universalmente aceptados.
Para empezar, sus soldados estaban sujetos a rigurosas normas de selección (estatura mínima, buena salud y condición física, prohibición de usar gafas), eran físicamente más aptos que los de la mayoría de los demás ejércitos, y recibían un entrenamiento más completo y exhaustivo para superar sistemáticamente al enemigo. Algunas unidades, como las Divisiones 9ª y 10ª de las SS, tenían una edad media de 18 años. La mayoría de los hombres procedían de entornos rurales y solían ser protestantes, lo que confería a toda la organización una sólida base. Éstos y muchos otros detalles relevantes se encuentran en el estudio de Jean-Luc Leleu sobre las Waffen-SS durante la Segunda Guerra Mundial: Waffen-SS. Soldats politiques en guerre (París: Perrin, 2014). El hecho mismo de que esta obra fundamental no haya sido traducida al inglés, puede indicar que muchas de sus conclusiones, basadas en hechos, discrepan de las opiniones predominantes sobre las Waffen-SS en el Imperio estadounidense. El juicio negativo predominante en el Imperio estadounidense sobre las Waffen-SS (y la Wehrmacht) ha sido resumido por el historiador israelí Omer Bartov (El Frente Oriental, 1941-1945: Tropas alemanas y la barbarización de la guerra, London: Palgrave Macmillan, 2001).
Que los miembros de las SS cometieron crímenes de guerra no es ningún secreto. Tales actos son cometidos por soldados de todos los ejércitos en todas las guerras. Pero mientras sean incidentales y no sistemáticos, la organización en su conjunto puede mantener su capacidad de combate. Centrándose casi exclusivamente en las fechorías alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, la historiografía en el Imperio estadounidense y la Unión Soviética, y sus estados sucesores (incluido el antiguo Pacto de Varsovia), no ha examinado el comportamiento de los ejércitos aliados durante la guerra. Con el mismo rigor académico aplicado a la investigación sobre las fuerzas armadas alemanas, un enfoque más amplio sin duda habría dado lugar a un juicio más equilibrado.
Los soldados de las unidades marroquíes y argelinas del Segundo Ejército francés que operaron en Italia entre 1943 y 1945 (Jean-Christophe Notin, La campagne d’Italie, París: Perrin, 2002) tendían a ser más eficaces cometiendo actos de violencia contra civiles italianos que combatiendo al enemigo. Tampoco hubo consecuencias legales para los oficiales y soldados de los ejércitos estadounidense y francés que supervisaron la hambruna masiva de más de un millón de prisioneros de guerra alemanes en el campo de concentración de Rheinwiesenlager tras el fin de la guerra, como demuestra James Bacque en Other Losses. An Investigation into the Mass Deaths of German Prisoners of War after World War II (Toronto: Stoddart, 1989).
Si bien las Waffen-SS han sido oficialmente condenadas como la encarnación del mal en Occidente y la antigua Unión Soviética, han seguido siendo consideradas un modelo de valor y destreza militar. Como me dijo una vez un ex mercenario belga que luchó en Katanga, y que se formó como paracaidista de élite en el ejército belga: “Durante el entrenamiento, nuestros oficiales nos decían que seríamos mejores que las SS”.
Teniendo en cuenta que, tras la invasión alemana de la Unión Soviética el 22 de Junio de 1941, cientos de miles de jóvenes entusiastas de toda la Europa ocupada por los alemanes se alistaron en las Waffen-SS, impulsados por la genuina determinación de luchar contra el comunismo, podría decirse que, en aquel momento, las Waffen-SS representaban fundamentalmente valores europeos tradicionales y profundamente arraigados. Si hoy esos valores son ridiculizados y pisoteados por las élites gobernantes en aras de sus intereses de género, el clima, la corrección política y otras locuras, no significa que no merezca la pena luchar por ellos. Si esos valores tradicionales básicos, aunque fuera de forma rudimentaria, siguieran siendo respetandos hoy, Europa sería un lugar mejor.
Si las FDI insisten en ostentar el título como “ejército más moral del mundo”, es lógico pensar que, en su época, las Waffen-SS también habrían compartido esa distinción. Si pueden ser ignorados los crímenes de guerra de las FDI y los crímenes perpetrados contra civiles en tiempos de paz, también pueden ser ignorados los crímenes de guerra cometidos por las Waffen-SS.
En cualquier caso, la conclusión definitiva es que todos los ejércitos se rigen por los mismos principios morales, y que la única diferencia real entre ellos radica en su desempeño y eficacia en combate real contra otros soldados. En todo caso, las FDI no son, sin duda alguna, el “ejército más moral del mundo». Si destacan en algo, ciertamente no es en un comportamiento que la gran mayoría del mundo consideraría moralmente elevado.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









