
En los últimos años he escrito extensamente sobre las masas de ciudadanos sumisos y obedientes que infectan la sociedad, y sobre el origen de su incondicional sumisión. Se trata, de hecho, de un fenómeno social que debe gran parte de su existencia a técnicas eficaces de distorsión de la realidad y manipulación de la información. Mediante la ingeniería social integrada en la programación de los medios de comunicación corporativos, han sido meticulosamente moldeados comportamientos y creencias, para integrarlos en un programa ideológico colectivo. En consecuencia, ha sido generada una inversión en el orden de los valores. Así, comportamientos altamente perjudiciales, han sido transformados en la máxima demostración de virtud.
En efecto, no podemos negar que vivimos en una sociedad en la que la obediencia incondicional a las autoridades establecidas es considera la cualidad más virtuosa, y también la más celebrada. Ya no celebramos el heroísmo, el coraje, la honestidad, la verdad ni el sacrificio desinteresado. Hoy en día, una persona es considerada correcta, benevolente y prudente, en la medida en que demuestra obediencia al gobierno y a la narrativa político-ideológica oficial del sistema actual, generalmente difundida y respaldada por los medios de comunicación, especialmente la televisión.
Desafortunadamente, la gran mayoría de las personas en nuestra sociedad no sólo cree, sino que está dispuesta a construir toda su estructura cognitiva y su visión del mundo, basándose en lo que ve en la televisión. Quienes no son así, constituyen la excepción, no la regla general.
Últimamente, estas masas amorfas y homogéneas he empezado a llamarlas sirvientes patológicos del sistema, simplones y matriciales. Pero, ¿en qué creen exactamente estas personas, completamente desprovistas de pensamiento crítico?
Los simplones y los matriciales creen, básicamente, en todo aquéllo que constituye la base del sentido común. Creen en la democracia, votan cuando el gobierno se los indica, creen que hace seis años el mundo fue azotado por una terrible pandemia de covid, creen que las vacunas son productos milagrosos, creen en la integridad y confiabilidad de los conglomerados farmacéuticos, creen en el calentamiento global, creen en la superpoblación, piensan que la “corrupción” es algo vago y abstracto que sólo ocurre ocasionalmente, creen que casi todos los burócratas son personas puras, generosas y honestas, sinceramente comprometidas con el bienestar general de la nación, y creen que los impuestos son el precio que pagamos por vivir en sociedad.
Obviamente, podría seguir citando indefinidamente muchas otras cosas en las que creen los ingenuos y los que viven en la Matrix. Pero lo más importante que debemos entender al hablar de este tipo de personas, es que el sentido común constituye la base de todas sus creencias y de toda su visión del mundo. Nunca cuestionan el sentido común, y creen en absolutamente todos los elementos que constituyen el fundamento de las creencias fantásticas para que los han “sensibilizado”, y que los han inducido a cultivar como verdades absolutas. En su totalidad, estas personas son ingenuas y carecen casi por completo de características consideradas fundamentales en las personas inteligentes, como el escepticismo, la reflexión independiente y el pensamiento individual. De hecho, la gran mayoría cree prácticamente todo lo que ve en la televisión. Y con frecuencia utilizan expresiones como “negacionista” o “teórico de la conspiración” para referirse a quienes, a diferencia de ellos, tienen el valor de razonar más allá de los límites impuestos por el sistema, hacer preguntas incómodas, y cuestionar conceptos establecidos como verdades absolutas por el consorcio político-mediático.
Antes de la decretada y falsa pandemia, ya sabía que la televisión mentía. Pero lo que la dictadura de los conglomerados farmacéuticos me hizo comprender es que la televisión miente constantemente. Los principales medios corporativos son, de hecho, un sistema de difusión ininterrumpida de mentiras patológicas, diseñado deliberadamente para construir una narrativa conveniente que sirva a un vil juego de poder, control y, sobre todo, manipulación de la percepción de la realidad.
Sin embargo, lo que vi durante la falsa pandemia me dejó atónito. Lo que cualquier persona cuerda ‒con un razonable grado de capacidad cognitiva‒ podía constatar, era que la realidad concreta se manifestaba como algo completamente distinto de todo lo que era emitido por televisión. Los principales medios de comunicación propagaban el pánico, el terror y el miedo generalizado de forma incesante y repetida. Y afirmaban repetidamente que ésto era “ciencia”. Pero la ciencia real nos proporcionaba información drásticamente distinta de todo lo que era emitido por televisión. Tan distinta, de hecho, que cualquier persona sensata sólo podía elegir entre dos opciones: creer en la televisión o creer en la ciencia (la real, no la “ciencia” al servicio de la propaganda).
Después de empezar a leer artículos escritos por médicos, científicos, epidemiólogos y virólogos, que proporcionaban información muy relevante sobre lo que realmente estaba sucediendo ‒y al darme cuenta de que los medios ignoraban sistemáticamente toda la información verdaderamente importante‒ algo cambió en mí. Y cambió para siempre.
Como ya dije, sabía que los principales medios corporativos mienten, con una persistencia perversa y patológica, todo el tiempo. Pero la falsa pandemia me hizo comprender que el problema era mucho más profundo, mucho más grave y mucho más intenso que lo que inicialmente pensé. De hecho, el problema es excepcionalmente grave. Los principales medios mienten constantemente, sin interrupción, sin parar, y lo hacen de maneras tan creativas, y a menudo sutiles, que no siempre es fácil identificar la manipulación.
La situación es tan grave, que incluso cuando informan algo aparentemente cierto ‒como un hecho o un evento que realmente sucedió o que está en curso‒, habrá incluso una o más mentiras ocultas. Ésto se debe a que todo, absolutamente todo lo que los principales medios emiten en sus noticieros, invariablemente estará vinculado con una agenda ideológica. Y, si bien los medios de comunicación convencionales, en general, tienen inclinaciones perversas hacia la izquierda, es crucial recalcar que ésto va mucho más allá de la simple división política entre derecha e izquierda.
Lo que presentan los medios convencionales no es un simple sesgo izquierdista (ese es el síntoma aparente, pero no el problema central). Toda su programación está basada en una ignominiosa manipulación de la realidad. El objetivo fundamental de cualquier canal de noticias es moldear la visión del mundo de su audiencia cautiva, inclinándola a creer, defender y apoyar intereses específicos, haciéndoles creer que dichos intereses son públicos y fundamentales para el bien común.
Veamos un ejemplo básico.
Pensemos en cuántas guerras participó Estados Unidos durante el siglo XX. Ahora consideremos: ¿cuál era la estrategia que utilizaba el gobierno antes de que el ejército estadounidense invadiera un país “enemigo”?
La estrategia siempre era la misma: aterrorizar al pueblo estadounidense con una amenaza, a menudo inexistente, para justificar una invasión. Con su eficaz y voraz herramienta de propaganda, los principales medios de comunicación aterrorizaron al pueblo estadounidense, haciéndole creer que la única forma de mitigar la amenaza era invadir el país que supuestamente amenazaba a Estados Unidos. Convencido de la supuesta amenaza, la mayoría del pueblo estadounidense apoyó la invasión, creyendo ingenuamente que defendía un interés nacional.
En cuanto el apoyo popular se hizo palpable, la maquinaria bélica de Washington se puso en marcha para servir a los intereses de la agenda expansionista de los burócratas neoconservadores, con contratos multimillonarios que llenarían los bolsillos de los lobbistas profesionales y satisfarían las demandas artificiales del complejo militar-industrial. Es un caso típico en el que una agenda particular, mediante una excelente labor de propaganda y publicidad, logra ser disfrazada como interés colectivo. El público ingenuo, desprevenido e inconsciente, se muestra incapaz de percibir la malicia del juego y es fácilmente utilizado como peón.
Éste es un ejemplo muy básico y bastante obvio. Al analizar con mayor profundidad el problema de la manipulación mediática, queda claro que una parte significativa de los conflictos, intrigas y disputas que existen actualmente en la sociedad, son artificiales. Son deliberadamente fabricados para servir a intereses particulares.
Éste fue el caso durante la falsa pandemia del covid. Intereses privados fueron disfrazados como intereses públicos. Fue creada una demanda artificial para que los conglomerados farmacéuticos ‒los que forman parte de la industria más corrupta y criminal que existe‒ pudieran obtener exorbitantes ganancias, y adquirir prerrogativas para expandir su influencia corporativa sobre los gobiernos.
En este contexto, cada uno tenía un papel específico. La función de los principales medios de comunicación era sembrar el pánico, el terror y el miedo entre la población. La función de la clase política era proporcionar la “solución”, garantizando vacunas “gratuitas” para todos. La función de las compañías farmacéuticas era trabajar en favor de la “ciencia” y producir la inyección. El papel de los centros de salud era almacenar las (supuestas) “vacunas” e inmunizar a las masas. Y así sucesivamente.
El público en general, estúpido, idiota y embrutecido, permaneció enmascarado y confinado. Estaban todos aislados en sus casas, impedidos de llevar una vida normal. Las masas fueron rehenes de las cuarentenas, imposibilitadas para trabajar y obtener ingresos, preocupadas por los protocolos de distanciamiento social en lugares concurridos. Y teniendo que aprender a lidiar con los arrebatos histéricos de personas neuróticas, carentes de inteligencia.
Es crucial recalcar, sin embargo, que los ingenuos y aquellos atrapados en la “matriz”, fueron víctimas de su propia estupidez. Sólo necesitaban darse cuenta de la trampa y desobedecer las absurdas órdenes. Y eso es precisamente lo que hicieron algunos grupos valientes en diversos países del mundo.
Al estudiar los medios de comunicación convencionales, es esencial comprender que son, ante todo, una fábrica de consenso. El objetivo es lograr que la mayoría de la gente crea ciegamente en todo lo que conforma la agenda de los poderosos oligarcas que controlan el sistema. Y persuadirlos para que piensen que crean en estas cosas y que tomen ciertas decisiones (como vacunarse) por voluntad propia, y no porque hayan sido condicionados para ello. Los ingenuos y aquellos atrapados en la “matriz” creen que están siendo informados, cuando en realidad están siendo adoctrinados.
Los poderosos saben que no todos creerán los embustes difundidos por los medios de comunicación convencionales. Pero también saben perfectamente que las personas inteligentes son una minoría. En consecuencia, no necesitan convencer a todo el mundo, porque quienes controlan el juego de la manipulación saben perfectamente que la multitud de ignorantes supera en número a las personas inteligentes, que son relativamente pocas y están dispersas por toda la sociedad. Debido a su escasez, estas personas inteligentes siempre pueden ser menospreciadas y ridiculizadas como excéntricas y mal informadas o, peor aún, como “negacionistas” y “teóricos de la conspiración”.
Los medios de comunicación tradicionales son una fábrica de consensos, y ese es su propósito fundamental en la sociedad contemporánea. Difunden embustes las 24 horas del día, sin descanso, y su objetivo principal es inducir a las masas a cultivar creencias, hábitos y decisiones que se alineen con los intereses corporativos dominantes.
Los medios de comunicación tradicionales existen para condicionar a la gente a pensar de cierta manera, llevándola a adoptar una visión del mundo acorde con los intereses del poder establecido. Los medios de comunicación logran ésto mediante el uso y abuso de una maquinaria propagandística visceral e ignominiosa que difunde intereses, fantasías e ideologías, promovidas deliberadamente como si fueran elementos de una verdad absoluta, persistente e inmutable, impuesta por encima de cualquier manifestación de duda o cuestionamiento. Todo lo contrario: en este contexto, cualquier disidencia es resaltada como herejía, cuyo castigo es el ostracismo y la exclusión social.
El objetivo principal de los medios corporativos dominantes es restringir intelectualmente a las masas y suprimir el uso de la lógica y la razón. Es decir, su propósito fundamental es impedir que las personas piensen, cuestionen y razonen, ejecutando una hipnosis colectiva masiva que induce a las masas a adoptar ciertas actitudes y tomar ciertas decisiones sin reflexionar, ya sea porque han sido condicionadas a adoptar comportamientos específicos, o porque temen la exclusión grupal y la desaprobación de sus pares.
Durante la fraudulenta campaña del covid, muchos de quienes optaron por creer ciegamente en los conglomerados farmacéuticos y la maquinaria propagandística de la “ciencia” dominante, pagaron con sus vidas. Trombosis, ictus, pericarditis y miocarditis ‒entre muchos otros problemas de salud‒ fueron y siguen siendo consecuencias directas de las vacunas.
Y, aunque ésto es un hecho innegable para quienes conocen y estudian la ciencia, la mayoría lo ignora. ¿Por qué? Porque las masas siguen anestesiadas a diario por las mentiras de los principales medios de comunicación. La mayoría está bajo el efecto de la ilusión mediática, y seguirá sumida en una aparente insensibilidad colectiva, sin adquirir jamás ningún conocimiento concreto sobre la realidad.
Estar despierto en un mundo de personas adormecidas, es un lujo para unos pocos. Aprender a razonar, cuestionar, ejercer el escepticismo con la debida prudencia, y buscar el verdadero conocimiento, son habilidades únicas que pocos podrán desarrollar.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









