
Tengo un amigo, profesor de universidad, que repite una y otra vez que la mayor tragedia del presente es el estado, convirtiéndose cada día más en el peor enemigo del ciudadano. Y, para sustentar su tesis, lanza una serie de interrogantes de gran calado:
¿Quién nos exprime con impuestos?
¿Quién se sirve de los ciudadanos, a los que debería servir?
¿Quién ha autorizado o permitido a los banqueros que nos estafen?
¿Quién nos priva del derecho a trabajar y a mantener nuestra familia con dignidad?
¿Quiénes son sino los políticos y sus cómplices, dueños del estado, los que nos han succionado la prosperidad, han endeudado al país por varias generaciones, y han acabado con nuestra esperanza, nuestra confianza y nuestra alegría?
¿Qué ha hecho el estado para impedir la masiva corrupción de las instituciones, la degradación moral de la clase política, y la sucia dictadura de partidos, sin controles al poder y contra los ciudadanos?
El “estado protector”, el “papá estado” que nos cuida y nos protege del abuso y del mal es, en realidad, el maligno abusador, el predador que miente, abusa, avasalla, roba, saquea, aplica la ley de manera interesada, y rige los destinos de la sociedad cuidando los intereses de los políticos y de sus amigos poderosos, nunca los del ciudadano. Ese estado depredador es el que convierte la vida de millones de ciudadanos en un infierno.
Resulta que siempre hay disponible legiones de policías, para guardar y defender a los irresponsables políticos, a los poderosos, a la banca, pero nunca hay policía para prevenir, impedir y defender a los ciudadanos de la violencia contra sus vidas y contra sus patrimonios. Esa policía que demuestra una eficacia extraordinaria a la hora de cuidar a los políticos y a sus secuaces, es la misma que está ausente frente al diario asedio de los delincuentes contra quienes van o vuelven de sus trabajos, o que sólo desean pasear sencillamente con sus familias.
Así, el peor enemigo y problema mas grave es la clase política la que, organizada en partidos políticos que sólo son bandas organizadas para controlar el poder, se adueñan del estado y lo gestionan en provecho propio y en contra de las intereses de los ciudadanos. Algunos ya denominan terrorismo de estado a este comportamiento agresivo, dañino y contrario al ciudadano por parte del estado y de sus amigos y aliados poderosos, sobre todo cuando practica con saña sus grandes vicios: abuso de poder, corrupción y arbitrariedad en todos los campos y ámbitos.
Los políticos, los dueños de ese estado del que pretenden que “es de todos”, sí que tienen bien claro que su principal enemigo es el ciudadano. Evidencia es que rearman y equipan con sofisticación a su sistema de seguridad [véase el caso Palantir en los EE.UU. y otros países], y aprueban leyes cuyo objetivo no es “el bien común”, sino el mantenimiento en el poder de las dos clases que dominan y controlan al estado: los políticos y sus secuaces ‒la banca, la prensa, el aparato de justicia y las fuerzas de seguridad.
Hay algunos pensadores que creen que la profunda enemistad entre estado y ciudadanos, fenómeno que cada día se evidencia más como la guerra que es, será el gran signo de los tiempos durante el presente siglo XXI. Esa guerra es la espina dorsal de mi libro “Políticos, los nuevos amos” (ed. Almuzara 2007), premonitorio del terrible deterioro político actual, del avance de la corrupción y del enfrentamiento del poder político contra la ciudadanía, el que hoy ya es el gran fenómeno de nuestro tiempo.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









