Este artículo es la contribución de Hans-Hermann Hoppe al debate “Lo pequeño es bello”, publicado en Schweizer Monat el 4 de Junio de 2026. Hoppe utilizó la introducción de su artículo de 2022, “Descentralizado y neutral”, y concluyó con el caso suizo.

Independientemente de su constitución, los estados no son empresas económicas. A diferencia de éstas, los estados son financiados no mediante la venta de productos y servicios a clientes que pagan voluntariamente, sino a través de impuestos obligatorios: recaudados mediante la amenaza y el uso de la fuerza (y mediante papel moneda creado por ellos mismos, literalmente de la nada). Por ello, los economistas han denominado a los gobiernos –es decir, a quienes detentan el poder del estado–, bandidos estacionarios. Los gobiernos y todos sus empleados viven del botín robado a otros. Llevan una existencia parasitaria a expensas de una población sometida que los sirve como “anfitriones”.
Ésto nos conduce a varias otras reflexiones.
Por naturaleza, los bandidos estacionarios prefieren una presa mayor antes que una menor. Es decir, los estados siempre intentarán aumentar sus ingresos fiscales y, a su vez, incrementar su gasto mediante la emisión de papel moneda. Cuanto mayor sea el botín, más favores podrán concederse a sí mismos, a sus empleados y a sus partidarios. Sin embargo, esta actividad tiene límites naturales.
Por un lado, los bandidos deben tener cuidado de no sobrecargar a su “anfitrión”, cuyo trabajo y desempeño hacen posible su existencia parasitaria, hasta el punto de que aquéllos dejen de trabajar. Por otro lado, deben cuidarse de que sus “anfitriones” –especialmente los más productivos– emigren de su territorio y se establezcan en otro lugar.
En este contexto, pueden ser comprendidas varias tendencias y procesos históricos.
Primero, se entiende por qué existe una tendencia hacia la expansión territorial y la centralización política: los estados logran así someter bajo su control a un número cada vez mayor de “anfitriones”, dificultándoles la migración a territorios extranjeros. De este modo, esperan un botín mayor. Y queda claro por qué el resultado final de este proceso –el establecimiento de un estado mundial–, no sería en absoluto una bendición para toda la humanidad, como a menudo es afirmado. Porque de un estado mundial no es posible emigrar, y no existe ninguna posibilidad de escapar del control y del saqueo estatal mediante la emigración. Por lo tanto, es de esperar que con el establecimiento de un estado mundial, el alcance y la magnitud de la explotación estatal –indicados, entre otras cosas, por el monto de los ingresos y gastos estatales, la inflación monetaria, el número y la extensión de los llamados “bienes públicos”, y de los individuos empleados en el “servicio público”– continúen aumentando más allá de cualquier medida conocida hasta ahora. ¡Y ésto, sin duda, no es una bendición para la población que debe alimentar y sostener esta superestructura estatal!
En segundo lugar, se hace comprensible una razón fundamental del ascenso de Occidente a la principal región económica, científica y cultural del mundo. A diferencia de China en particular, desde la Alta Edad Media hasta tiempos recientes, Europa se caracterizó por el alto grado de descentralización política, con cientos o incluso miles de dominios independientes. Algunos historiadores han descrito esta situación como “anarquía política ordenada”. Y es común entre los historiadores económicos actuales ver en este estado quasi anárquico una razón importante del llamado “milagro europeo”. En un entorno con una gran variedad de pequeños dominios independientes muy próximos entre sí, resulta relativamente fácil emigrar y eludir la opresión de los gobernantes estatales. Para evitar esta amenaza y mantener a raya a los productores, estos gobernantes se ven sometidos a una presión constante para moderar su explotación. Esta moderación, a su vez, fomenta el espíritu emprendedor, la curiosidad científica y la creatividad cultural.
A la luz de las consideraciones anteriores, resulta posible la clasificación y evaluación histórica bien fundamentada de la Unión Europea (UE): La UE es un claro ejemplo de la mencionada tendencia hacia la expansión territorial y la centralización política, con las consiguientes consecuencias: aumento de las medidas estatales explotadoras y el correspondiente crecimiento de la superestructura estatal parasitaria (palabra clave: Bruselas).
Más concretamente: La UE y el Banco Central Europeo (BCE) constituyen el primer paso hacia el establecimiento de un superestado europeo, el que eventualmente será fusionado en un gobierno mundial dominado por Estados Unidos y su banco central, la Reserva Federal. Contrariamente a las bienintencionadas declaraciones políticas, la UE y el BCE nunca han estaod centrados en el libre comercio internacional ni en la competencia. ¡Ésto no requiere miles y miles de páginas de documentos repletos de reglamentos y ordenanzas! Más bien, siempre se ha tratado, ante todo, de la armonización ascendente de impuestos, legislación y normativas de todos los estados miembro, con el fin de reducir o eliminar así toda competencia económica local. Si los tipos impositivos y las regulaciones gubernamentales son iguales en todas partes, o son armonizadas cada vez más, existen cada vez menos razones económicas para que los individuos productivos –los “anfitriones”– trasladen sus actividades a otro lugar, y los bandidos estacionarios pueden continuar con su actividad de saqueo y distribución de riquezas con mayor impunidad. Además, como cartel de diversos gobiernos, la actual UE se mantiene unida únicamente porque los bandidos más ricos, que pueden aprovecharse de una población “anfitriona” más productiva –sobre todo el gobierno alemán–, están dispuestos y son capaces de apoyar financieramente, de forma permanente y a gran escala, a sus colegas más necesitados del Sur y del Este, los que tienen “anfitriones” menos productivos. ¡A costa de los productores nacionales!
Así pues, la UE y el BCE son monstruosidades morales y económicas. No pueden ser continuamente castigados la productividad y el éxito económico, mientras son premiados el parasitismo, el despilfarro y el fracaso económico, sin provocar un desastre. La UE irá de una crisis económica a otra y, finalmente, se desintegrará.
En este contexto, la posición especial de Suiza se vuelve comprensible. Por un lado, como pequeño estado rodeado de estados miembro de la UE, Suiza debe ofrecer ventajas de ubicación más atractivas que la UE a las personas productivas o generadoras de valor, a fin de evitar su éxodo y el consiguiente declive económico. En otras palabras, la tasa de explotación estatal debe ser comparativamente menor. De hecho, así ha sido hasta ahora: mientras que por ejemplo Alemania, miembro de la UE, pierde personas productivas, Suiza experimenta la afluencia de individuos productivos, pagadores netos de impuestos. Y la cuota estatal comparativamente menor, y la consiguiente ventaja económica de ubicación, han ayudado a la otrora pobre Suiza a alcanzar un nivel de prosperidad que supera claramente el de todos los estados vecinos de la UE. Esta competencia es una espina clavada para la UE, y Bruselas, por lo tanto, intenta forzar a Berna a unirse a la UE mediante incentivos y presiones. Para la clase política –los oportunistas políticos–, la adhesión promete ventajas considerables: más autoridad y cargos, más competencias, más viajes, contactos más lucrativos y más dinero; y estos gobernantes, por lo tanto, se encuentran ante constante tentación. Por otro lado, para Suiza en su conjunto, la adhesión implicaría una notable pérdida de prosperidad, ya que al unirse a la UE, Suiza no sólo renunciaría a la ventaja geográfica propia, sino que también debería subvencionar financieramente la mala gestión en otros lugares.
En segundo lugar, Suiza ofrece un ejemplo ilustrativo de centralización política y sus consecuencias. Suiza no es sólo un estado pequeño. Con un gran número de cantones independientes, también presenta un alto grado de descentralización interna. Sin embargo, este alto grado de descentralización y la competencia intercantonal que la acompaña, con sus efectos dinamizadores a nivel nacional, se han ido reduciendo progresivamente con el tiempo. El gobierno central ha usurpado cada vez más competencias cantonales. Y si bien ésto ha propiciado el constante crecimiento de la superestructura estatal parasitaria en Berna, al mismo tiempo la competencia intercantonal por la ubicación de empresas se ha visto cada vez más restringida por numerosas medidas de armonización, subvención y la denominada equiparación financiera. Básicamente, Berna aplica internamente la misma política que Bruselas, pero a una escala mucho menor. Y la misma razón por la que Berna se ha negado hasta ahora a unirse a la UE y a someterse a Bruselas, también es aplicable a la relación entre el cantón y el gobierno central: un cantón económicamente próspero no tiene motivos para unirse a un gobierno central y someterse incondicionalmente a sus órdenes. ¿Por qué, entonces, no habría de querer también, como expresión de la razón económica, romper esa conexión existente con el gobierno central, o recuperar del mismo las competencias que le corresponden?
Si bien el pequeño tamaño de Suiza y su descentralización interna son razones esenciales para su prosperidad y fortaleza económica, la democracia –directa o indirecta– tiene poco o nada que ver con ello, contrariamente a lo que suele creerse en el folklore suizo. De hecho, ocurre lo contrario.
La democracia implica el gobierno de la mayoría y, por lo tanto, es una forma de socialismo o comunismo. La propiedad privada es convertida en propiedad común. Una mayoría decide qué me pertenece y qué no, y qué puedo hacer con ello. La democracia legitima y promueve lo que prohíbe el décimo mandamiento bíblico: la envidia y el igualitarismo. Permite que las mayorías se apropien y se enriquezcan a costa de la propiedad ajena, genera resentimiento y crea una clase de personas (políticos) que se dedican a buscar mayorías para imponer diversos privilegios populares: expropiaciones y medidas de redistribución para su propio beneficio y el de sus partidarios. Un entorno democrático, por lo tanto, siempre y en todas partes, representa una carga y una amenaza para los propietarios privados y, especialmente, para todos los empresarios productivos dedicados a la actividad privada (ésto no ocurre sólo si los miembros de una asociación han acordado unánimemente un procedimiento de toma de decisiones por mayoría para la gestión de su propiedad común, y sólo la suya).
Sin embargo, la amenaza que la democracia y el principio de las mayorías representan para los propietarios y los empresarios económicos, puede variar: es mayor cuanto mayor sea la mayoría decisiva, y viceversa. En consecuencia, causa menos daño a nivel local. Allí, donde todos se conocen, es difícil encontrar mayorías para las expropiaciones y medidas de redistribución. Más aún cuando quienes defienden tales medidas no permanecen en el anonimato, sino que deben mostrar su rostro en votaciones públicas. Porque cuando uno se encuentra regularmente con las personas cuyos bienes pretende manipular, y tiene que mirarlas a los ojos, se muestra reacio a expresar públicamente ese deseo. Por otro lado, cuanto mayor y más anónima sea la mayoría, y más impersonales las víctimas de sus decisiones, más se desvanecen las inhibiciones morales para codiciar la propiedad ajena.
De hecho, la democracia rural, en la que la mayoría decide sólo sobre asuntos locales, generalmente presenta un menor grado de impuestos obligatorios y medidas redistributivas que la democracia urbana. La democracia cantonal, que se ocupa de asuntos cantonales y locales, suele ser más de izquierda –con mayor recaudación de impuestos, mayor gasto público, y medidas redistributivas– que la democracia local. Los cantones grandes tienden a ser más de izquierda que los pequeños. Y, con diferencia, la mayor parte de la tributación obligatoria y la redistribución de todo tipo es el resultado de elecciones democráticas generales y decisiones mayoritarias que afectan a toda Suiza. Ocasionalmente, las decisiones de las autoridades democráticas indirectas son contrarrestadas y anuladas mediante referendum por la democracia directa, pero ésto no altera la tendencia declarada de que la expansión de la democracia (por ejemplo, con la introducción del sufragio femenino) va acompañada de un creciente giro hacia la izquierda, o de izquierda ecologista, de todo el espectro político. Y, por lo tanto, de la hostilidad progresiva hacia la propiedad privada, la carga cada vez mayor para la iniciativa empresarial y, a la inversa, el crecimiento constante de toda la parasitaria superestructura estatal. Sin duda, Suiza sigue rezagada respecto de los países vecinos de la UE en esta marcha aparentemente imparable hacia el socialismo. Pero también aquí, la influencia de las fuerzas políticas de izquierda y ecologistas que promueven esta marcha ha ido en aumento, como puede ser fácilmente apreciado en los resultados de diversos referendums.
Para revertir esta tendencia (si eso es lo que se desea), y promover el poder económico suizo en lugar de seguir debilitándolo, es urgente abstenerse de cualquier otro “fortalecimiento de la democracia” (por ejemplo, el derecho al voto para los extranjeros y la reducción de la edad para votar), ya sea de forma directa o indirecta. El principio de las mayorías es un principio socialista y promueve el socialismo. Y también promueve el centralismo político. Porque si en sí misma, una decisión mayoritaria goza de dignidad especial, entonces una mayoría más amplia (por ejemplo, la UE) es obviamente más valiosa aún que una más pequeña. En cambio, es necesario reflexionar sobre el verdadero secreto del éxito suizo: su descentralización interna. Asimismo, es preciso que todos los esfuerzos hacia la transferencia progresiva de competencias y poderes que con el tiempo el estado central se ha arrogado democráticamente, sea redirigido de vuelta a los distintos cantones y localidades. Y si, por razones nostálgicas y folklóricas, no es posible abandonar por completo la democracia, al menos debe ser descentralizada: la democracia cantonal y local debe ser fortalecida frente a la democracia centralizada y omnipotente, e incluso a expensas de la misma.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








