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a idea implícita de que los actuales acuerdos de financiamiento para los U$S 31 billones en bonos del Tesoro estadounidense en manos del público, representan el orden natural de las cosas en los mercados financieros, es un completo disparate.
Y eso sin mencionar la gigantesca tarea que tenemos por delante: encontrar destino para otros U$S 142 billones en bonos del Tesoro estadounidense para mediados de siglo, con una rentabilidad sostenible que no provoque el colapso del mercado de bonos.
Lo cierto es que el actual mercado global de bonos del Tesoro estadounidense es una construcción totalmente artificial e improvisada, resultado de la impresión de dinero por parte de los bancos centrales del mundo, liderados por la Reserva Federal. Esta última ha generado tres formas de demanda artificial de bonos gubernamentales, que marcan la diferencia entre las rentabilidades ultrabajas e insostenibles de los bonos gubernamentales actuales, y los niveles mucho más altos que prevalecerían bajo un régimen de moneda sólida y precios justos basados en la oferta y la demanda.
Estas tres fuentes de demanda artificial de bonos del Tesoro estadounidense incluyen:
- El propio balance inflado de la Reserva Federal.
- Los bancos centrales de los países exportadores mercantilistas, y los países exportadores de petróleo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).
- Las enormes tenencias de fondos de cobertura globales y otros inversores y especuladores centrados en el valor relativo.
Antes de profundizar en los detalles de estos tres factores artificiales de demanda, y el papel que desempeñaron en el financiamiento del aumento de más que nueve veces en la deuda pública federal, de U$S 3,4 billones en 1995 a U$S 31,3 billones en la actualidad, es necesario recordar que los rendimientos que prevalecieron durante este período de 30 años distaron mucho de ser naturales, racionales o sostenibles.
De hecho, el gráfico del rendimiento ajustado a la inflación del bono de referencia del Tesoro estadounidense –T-bond a 10 años– habla por sí solo. Cuando la Reserva Federal finalmente redujo el rendimiento real del bono más importante de todo el mercado financiero global al nivel absurdamente bajo de -4,2% en Agosto de 2022, el rendimiento real ya llevaba casi tres décadas cayendo en picado, ¡acumulando una caída de más de 900 puntos base!
Exactamente. No existe la más mínima posibilidad de que un desplome de 30 años en los rendimientos de los bonos ajustados a la inflación, como se muestra a continuación, pudiera haberse producido en un mercado honesto, regido por la oferta y la demanda, y con una moneda sólida respaldada por oro.
En cambio, este es el sello distintivo del modelo keynesiano de los bancos centrales. Es decir, el modelo ilusorio que supone que la prosperidad es impulsada inundando la economía con deuda fácil, en lugar de fortalecer los verdaderos fundamentos de la prosperidad y la creación de riqueza: la generación de más empleos, capital, tecnología y espíritu emprendedor.

Analizaremos el papel del propio balance de la Reserva Federal en la generación de esta distorsión insostenible de los mercados de bonos, pero primero revisaremos el papel de las tenencias internacionales de bonos del Tesoro estadounidense y el papel clave que desempeñan los exportadores mercantilistas.
Incluso en 1995, en el Capitolio cuando aún eran libradas batallas por la disciplina fiscal y la reducción del deficit, las tenencias de bonos del Tesoro estadounidense de los dos principales exportadores mercantilistas –China y Japón– eran insignificantes. Sus U$S 205.000 millones en tenencias de bonos del Tesoro estadounidense representaban sólo 6% de los U$S 3,4 billones de deuda pública en circulación.
Sin embargo, 20 años después, en 2015, sus tenencias combinadas eran completamente diferentes. Las tenencias de bonos del Tesoro estadounidense de Japón y China ascendían a U$S 1,25 billones cada una, lo que significa que el total de U$S 2,5 billones representaba 18,4% de la deuda pública total en manos del público a nivel mundial.
Huelga decir que, en el margen, la absorción de U$S 2,23 billones de la prodigiosa emisión de deuda estadounidense de U$S 10,2 billones durante ese período de 20 años, marcó una enorme diferencia en los rendimientos. Ésto se debe a que ni Japón ni China compraron deuda estadounidense en función de su precio durante ese intervalo, ni lo hacen ahora.
Por el contrario, ambos son mercantilistas clásicos dispuestos a hacer lo que sea necesario para promover las exportaciones y, por ende, su modelo de prosperidad interna. Terminaron con tenencias por U$S 2,5 billones de la deuda del Tío Sam para 2015, por lo tanto, como premio de consolación por las intervenciones en el mercado de divisas, no como consecuencia de estrategias de inversión acertadas. Y ciertamente no fue porque idolatraran el rotundo éxito de la economía estadounidense y quisieran participar en el negocio, como argumentan quienes niegan la importancia de los deficits.
Durante este período, los mercantilistas de la Cuenca del Pacífico fueron compradores voraces de dólares y vendedores de sus propias monedas, incluso mientras la Reserva Federal emitía pasivos en dólares sin control. En efecto, entre 1995 y 2015, el balance de la Reserva Federal creció en más de U$S 4 billones, lo que representa un aumento de casi 13% anual.
En igualdad de condiciones, las monedas de países exportadores con grandes superavits comerciales, como China y Japón, se habrían apreciado considerablemente frente a la avalancha de dólares estadounidenses y el consiguiente aumento exponencial del deficit de la balanza de pagos de Estados Unidos. A su vez, el costo en dólares de los productos manufacturados chinos y japoneses habría aumentado drásticamente, reduciendo así su ventaja competitiva en los estantes de Walmart, etc.
Sin embargo, en un mundo dominado por las monedas fiduciarias, los bancos centrales pueden fácilmente eludir las leyes de la economía. En este caso, el Banco de Japón y el Banco Popular de China compraron dólares estadounidenses a raudales, reduciendo así la apreciación de sus propias monedas frente al dólar. El resultado fue el bloqueo del impacto adverso que, de otro modo, habría tenido la debilidad del dólar en sus cuentas comerciales. Es decir, con su supuesta sabiduría (o no), intercambiaron el esfuerzo de sus trabajadores y el ingenio de sus fabricantes y empresarios, por una creciente montaña de bonos del Tesoro estadounidense.
Así, al comprar U$S 2,3 billones en emisiones de deuda estadounidense durante estas dos décadas, no actuaron como inversores dispuestos a basar sus decisiones en el precio de los bonos del Tesoro estadounidense, sino como mercantilistas mal encaminados. De esta forma, endeudaron a sus propios países con el dudoso papel que los políticos del Partido Unido emitían a un ritmo creciente a orillas del Potomac.
Exportadores de petróleo del CCG
El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, etc.) destaca con una ganancia de más de U$S 340.000 millones en bonos del Tesoro estadounidense desde 2008. De esta cantidad, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos representan en conjunto aproximadamente 60-65% (entre U$S 200.000 y U$S 220.000 millones). En este caso, el mercantilismo exportador también explica esta situación.
Dados los grandes superavits comerciales de estos exportadores de petróleo, sus monedas tenderían a apreciarse considerablemente frente al dólar, en igualdad de condiciones. Por supuesto, no es así. A cambio de lo que las naciones del CCG consideraban la protección militar de las bases de Washington y la Quinta Flota –al menos hasta que Trump desbarató el acuerdo atacando militarmente a Irán y cerrando por completo el Estrecho de Hormuz–, compraron dólares y acumularon bonos del Tesoro, al igual que los exportadores asiáticos de productos manufacturados.
Sin duda, esta versión de la política mercantilista de los exportadores de petróleo nunca fue económicamente viable: en esencia, los productores del Golfo intercambiaban el valioso regalo de la naturaleza, enterrado bajo las arenas de su desierto, por el dudoso papel moneda de Washington. Sin embargo, sí tuvo la ventaja de mantener el precio del petróleo en dólares más bajo que lo que habría sido de otro modo, lo que frenó los incentivos para invertir en otras regiones petroleras del planeta o en energías alternativas.
En definitiva, los operadores de Wall Street y Washington parecen dormir tranquilos bajo la ilusión de que el actual mercado global de bonos del Tesoro estadounidense, improvisado y de mala calidad, es el orden natural y sostenible de los mercados. De hecho, deberían estar aterrorizados ante la perspectiva de que U$S 142 billones adicionales en bonos del Tesoro estadounidense se sumen al castillo de naipes en el que ya se encuentran.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








