En resumen: el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no tiene intención de abandonar Gaza, ni antes de las elecciones generales israelíes –que posiblemente tengan lugar en Octubre– ni después. Ceder un ápice del aproximadamente 70% del territorio que su ejército ocupa actualmente en Gaza, sería considerado una debilidad por la mayoría de los votantes israelíes, y provocaría una revuelta abierta dentro de su coalición extremista.
En repetidas ocasiones ha dejado claras sus intenciones. Las recientes declaraciones de la cúpula política israelí no han hecho sino reforzar esta realidad, con funcionarios que insisten en que Israel debe mantener dominio militar indefinido sobre la Franja, y rechazan explícitamente cualquier acuerdo que exija la retirada total de las tropas. Para Netanyahu, la presencia militar en Gaza es permanente, no una moneda de cambio temporal.
Algunos podrían argumentar que las declaraciones de Netanyahu son simplemente propaganda política destinada a prolongar su carrera y evitar las desastrosas consecuencias que le esperan –en términos de investigaciones estatales y juicios– si fuera destituido del poder. Sin embargo, sus políticas extremistas a lo largo de toda su trayectoria al frente de la política israelí demuestran lo contrario. Nunca ha habido un momento en la historia de Netanyahu en el que haya mostrado genuina voluntad de llegar a un compromiso o participar en un proceso político auténtico con los palestinos.
Ésto reduce prácticamente a la irrelevancia la función de la Junta de Paz liderada por Washington y sus subsiguientes órganos administrativos. Estas entidades –incluido el Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG) y la Fuerza Internacional de Estabilización (FIE) multinacional– fueron creadas supuestamente con el único objetivo de gestionar una fase de transición, proporcionar ayuda humanitaria, y desplegar una zona de amortiguación para el mantenimiento de la paz que facilitara una retirada militar israelí gradual.
Parece que se están configurando dos caminos distintos e irreconciliables. Uno es el camino israelí de guerra continua, ocupación militar arraigada, y genocidio prolongado. El otro es un camino internacional, firmemente controlado por Washington, cuyo objetivo principal es encontrar formas alternativas de gestionar Gaza en nombre de Israel.
Aun con sus evidentes limitaciones, la primera fase del plan para Gaza promete teóricamente un reposicionamiento militar israelí gradual, un alto el fuego sostenible, una afluencia masiva de ayuda para la reconstrucción, y la transferencia progresiva de la administración civil a una autoridad palestina no faccional.
En la práctica, poco de ésto ha sido cumplido. Si bien Estados Unidos y los enviados internacionales afirman que el alto el fuego depende del desarme, Israel ha aprovechado el estancamiento diplomático para avanzar sus tropas hacia la Franja, en lugar de retirarlas. La ayuda sigue bloqueada en las fronteras, y la prometida reconstrucción ni siquiera ha comenzado.
Se están llevando a cabo conversaciones indirectas en El Cairo, aunque parece que sólo es exigida responsabilidad a los palestinos, o se espera que hagan grandes concesiones. Además, tras 19 años de gobierno de Hamas en Gaza, el movimiento anunció el 6 de Julio la disolución oficial del Comité de Emergencia que administraba la Franja. El movimiento declaró su plena disposición a transferir el gobierno al Comité Nacional, destinado a administrar Gaza en el marco del plan mediado por Estados Unidos.
En teoría, ésto sugiere que finalmente se está produciendo una transición política. En realidad, no está ocurriendo tal cosa.
Israel impide activamente que este gobierno tecnocrático asuma funciones reales. En lugar de facilitar la transferencia de poder civil, el gabinete de seguridad política israelí ha rechazado por completo la transición. El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, calificó abiertamente la medida como “engaño”, argumentando que una administración tecnocrática estaría limitada a realizar tareas municipales como la recogida de basura, permitiendo así la persistencia de las redes de resistencia.
Por el contrario, la estrategia militar israelí sigue alimentando las condiciones que socavan cualquier posibilidad de estabilizar la devastada Franja. Su objetivo no es simplemente rechazar una administración palestina alternativa, sino asegurar que no pueda surgir ninguna autoridad gubernamental palestina funcional. Al hacerlo, Tel Aviv pretende crear un permanente vacío de gobierno, sembrando aún más caos y fragmentación.
Si no es permitido que ningún órgano político palestino alternativo estabilice Gaza, el colapso inevitable obligará a las facciones locales a recuperar el control sobre la supervivencia diaria, lo que dará a Israel aún más pretextos para infligir mayor castigo a una población indefensa.
Tras la maniobra política de Hamas, Israel respondió con su táctica habitual: violencia inmediata. Ésto quedó claramente demostrado el 9 de Julio, cuando las fuerzas israelíes llevaron a cabo un ataque aéreo selectivo contra un vehículo en la ciudad de Gaza en un intento fallido por asesinar al portavoz de Hamas, Hazem Qassem. Si bien el atentado fracasó, el ataque envió un mensaje claro: Israel no tiene intenciones de respetar las transformaciones políticas ni los altos el fuego.
Mientras no son construidas casas, ni escuelas, ni son reabiertos hospitales, las únicas cifras que siguen aumentando son las de muertos y heridos. El costo humano ha alcanzado proporciones incalculables: el número de palestinos muertos en Gaza ha superado los 73.000, y el de heridos, los 173.200. Trágicamente, estas cifras siguen aumentando a diario: más de 1.100 palestinos han muerto desde que fue inicialmente acordado el supuesto alto el fuego, lo que demuestra que la tregua sólo existe en la retórica mediática, no en la realidad.
Ésto nos lleva a una única e ineludible conclusión: la vía política destinada a reconstruir Gaza y poner fin a la presencia militar israelí, tiene poca o ninguna repercusión en la cruda realidad que se vive sobre el terreno.
La única salida es una voluntad internacional más fuerte e independiente, que arrebate el futuro de Gaza al control de Netanyahu, traduciendo los acuerdos políticos en resultados humanitarios inmediatos, y el fin definitivo de la ocupación israelí.
Mientras Israel no se vea obligado a renunciar a su control militar sobre Gaza, todo nuevo comité, mecanismo de reconstrucción o iniciativa diplomática corre el riesgo de convertirse en poco más que teatro político.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









