Una de las cosas más deplorables y dañinas que hace la política es inducir a las masas a creer en la dulce pero falaz ilusión de que sus opiniones, creencias y convicciones personales son importantes, y que pueden influir en el proceso electoral –y, por consiguiente, incluso en el gobierno y en las políticas públicas– mediante el voto.
La democracia representativa es una enfermedad social que no sólo alimenta, sino que también potencia el engaño político colectivo, llevando a las masas a creer que el gobierno se preocupa por cada uno de nosotros, y que la élite gobernante tiene un interés genuino en el bienestar general de la población. Sin embargo, tal interés no existe.
La creencia en el voto y la democracia demuestra una profunda ignorancia sobre cómo funciona realmente el estado. Es posible influir en el estado (aunque sólo relativamente) para el mal, pero nunca para el bien. Es posible influir en el estado para que acumule cada vez más poder autoritario sobre la población, pero no es posible influir para que reduzca la burocracia ni para que mitigue el nivel de intervención gubernamental en la sociedad, y mucho menos podrá el Leviathan ser persuadido para que deje a la población en paz.
Incluso en la primera opción, el estado tiende a expandirse y volverse cada vez más opresivo y autoritario, porque esa es su inclinación natural. No actúa así porque ciertos ciudadanos exigieran una conducta específica al gobierno. Si bien ésto puede influir sobre las autoridades constituidas para que anticipen políticas públicas opresivas, es algo que el estado haría de todos modos.
La pandemia del coronavirus ofrece el mejor ejemplo de este tipo de tendencia autoritaria. Muchos ciudadanos, contagiados por el miedo histérico propagado por los principales medios de comunicación corporativos, no sólo aprobaron las políticas autoritarias de confinamiento y cuarentena, sino que las exigieron expresamente. Pero ésto es algo que el estado haría de todos modos. El problema radica en que las inclinaciones autoritarias de una parte significativa de la población, coincidieron con las tendencias tiránicas y autocráticas del gobierno.
Evidentemente, las personas ignorantes, naturalmente ajenas a los estímulos verticales que impulsan la burocracia estatal, son incapaces de percibir los mecanismos de respuesta gubernamental ante las emergencias públicas. Realizan un análisis simplista y superficial de la situación, creyendo erróneamente que, durante la pandemia, al exigir confinamientos y cuarentenas el gobierno simplemente satisfacía los deseos del sector “prudente” de la población.
Desafortunadamente, las masas ignoran la verdadera naturaleza del estado. Lo que no comprenden es que el gobierno siempre encontrará excusas, pretextos, prerrogativas y razones, por cualquier medio posible, para implementar leyes, medidas y políticas estatales tiránicas, restrictivas y opresivas. En cualquier momento, bajo cualquier circunstancia, el gobierno tendrá una sola prioridad: expandir su poder y control sobre la población.
Sin embargo, si realmente se desea influir en el estado y exigir ciertas conductas a quienes ocupan puestos de poder y autoridad, existe una manera muy persuasiva de hacerlo. De hecho, hay un método que funciona.
Maletas llenas de dinero: la única forma de influir en el estado
Como fue anteriormente explicado, sólo las personas aparentemente ingenuas e ignorantes sobre la verdadera naturaleza del estado creen en la democracia y el proceso electoral. La verdad es que, al presionar un botón en una máquina, no se influye en absoluto en el estado. Para el estado, uno es simplemente otro mediocre e irrelevante ciudadano, y su opinión personal sobre cualquier asunto carece absolutamente de importancia.
Por otro lado, si se tienen maletas llenas de dinero, se puede influir en el estado para que favorezca y ayude a ejecutar los planes. En Brasil, el caso del conglomerado JBS, cuyo crecimiento lo convirtió en un “campeón nacional”, ilustra muy bien esta situación.
Curiosamente, trabajé para JBS durante algunos años, cuando trabajaba para una empresa que posteriormente fue adquirida por el grupo. Más tarde, mi curiosidad sobre cómo JBS creció tanto en tan poco tiempo, me llevó a hacer algunas preguntas. Estas preguntas me condujeron a los hermanos Wesley y Joesley Batista, los accionistas mayoritarios del grupo JBS. Inevitablemente, terminé aprendiendo mucho sobre cómo funcionan las grandes corporaciones.
Los hermanos Batista hicieron crecer el conglomerado utilizando el método “tradicional” de la política nacional. Literalmente no hicieron nada diferente, aunque ejecutaron este tipo de esquema a una escala considerablemente mayor que sus predecesores. Lo que hicieron los hermanos Batista fue entregar grandes cantidades de dinero a algunos políticos. Eso es básicamente lo que hacen muchos corporativistas cuando quieren impulsar sus empresas: compran líderes políticos. Así es como las empresas se convierten en “campeonas nacionales”.
El acuerdo político es relativamente simple: es el viejo método del intercambio de favores, tan recurrente cuando las empresas privadas y públicas se entrelazan. El pegamento que une los sectores público y privado son las valijas con dinero. Al entregar grandes sumas de dinero a funcionarios gubernamentales, los corporativistas codiciosos y sin escrúpulos logran que el estado funcione según sus intereses personales.
Lo que hicieron los corporativistas como los hermanos Wesley y Joesley Batista (y ésto es mucho más común que lo que se cree) fue entregar grandes sumas de dinero a algunos políticos y financiar sus campañas electorales. A cambio, cuando estos políticos fueron elegidos y llegaron al poder, les devolvieron el favor otorgando cuantiosos fondos del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES) a los corporativistas que los habían comprado. En el caso de JBS, el esquema involucró incluso al ex presidente Michel Temer.
Además, el esquema de JBS implicó la creación de agencias reguladoras, lo que otorgó ventaja de mercado al creciente conglomerado. Invariablemente, las agencias reguladoras ahogaron la competencia con burocracia, impuestos y dificultades legales, lo que provocó la quiebra de numerosas plantas empacadoras de carne más pequeñas. Así, el conglomerado comenzó a expandirse vertiginosamente, creciendo sustancialmente con gran rapidez, comprando y absorbiendo empresas más pequeñas a una escala sorprendente, y dominando el mercado nacional de carne procesada sin oposición en tiempo record.
Para citar brevemente otro ejemplo: en 2016, el Supremo Tribunal Federal (STF) admitió una denuncia contra el senador Renan Calheiros por aceptar sobornos de la constructora Mendes Júnior Engenharia, de Minas Gerais, con el fin de favorecerla. A su vez, casi diez años antes, un artículo del diario Estado de São Paulo, publicado originalmente en 2007, reveló la relación del senador con la constructora. Es importante comprender que estas conexiones espurias entre el estado y el sector privado son habituales; forman parte de los acuerdos estratégicos a puertas cerradas que son frecuentes entre los distintos sectores del sistema económico y político, y sólo una pequeña fracción de estos hechos llega al público en general.
¿Quiere usted influir en el estado y hacer que funcione según su voluntad, sus intereses y sus convicciones personales? Entonces, entregue grandes sumas de dinero a políticos poderosos e influyentes (preferiblemente a nivel federal). Esa es la única manera de influir en el estado. Pulsar periódicamente un pequeño botón en una máquina puede parecer simpático, un “ejercicio de ciudadanía”, como dirían algunos, pero no sirve para nada. Hay que ser excepcionalmente estúpido y profundamente ignorante sobre la naturaleza del estado y la política para creer en algo tan absurdo como el “proceso electoral”. No sirve para nada. Cuando alguien vota, no es más que un mediocre extra en un teatro, que sólo sirve para engañar a las masas y perpetuar la omnipotencia del poder real.
Solo los libertarios tienen el derecho inherente a quejarse del estado
Los estatistas (sean marxistas, izquierdistas, neoconservadores, feministas o minarquistas) no tienen derecho a quejarse del estado ni de las políticas públicas, ni siquiera cuando son autoritarias. Quien cree en el estado es un utópico ingenuo. El estado es un monstruo incontrolable. El estado jamás obedecerá sus órdenes ni se doblegará ante su ideología predilecta. Como fue anteriormente explicado, sólo las maletas llenas de dinero pueden influir directamente en los funcionarios gubernamentales.
Si ésto es aplicable a algún país, ese es Brasil, ya que el coecho, las comisiones ilegales, los regalos y la corrupción generalizada, no sólo abren puertas, sino que forman parte de la cultura estatal. Lejos de ser una anomalía, la corrupción –en todas sus formas y variantes, ya sea activa o pasiva, sea cual sea su clasificación (malversación, engaño, tráfico de influencias)– es la norma en el estado brasileño. En este preciso instante, mientras Ud. lee ésto, puede estar absolutamente seguro de que al menos algunos políticos (ya sean concejales, alcaldes, gobernadores, representantes o senadores), e incluso funcionarios públicos influyentes (a nivel municipal, estatal o federal), en diversas partes del país, están recibiendo actualmente una o más maletas llenas de dinero a cambio de favores para algún poderoso corporativista.
Izquierda, derecha y centro son conceptos políticos nacidos de la ilusión de que la población puede ejercer algún tipo de influencia sobre las políticas públicas. Y la democracia representativa, a pesar de su rotundo fracaso, sigue gozando de enorme popularidad entre los votantes porque –a través del voto, el activismo y la participación política– alimenta la ilusión del ejercicio personal del poder.
Pero dicha con claridad y sencillez, la verdad es ésta: al estado Ud. no le importa. Y –a menos que disponga de muchas maletas llenas de dinero– no podrás influir en el estado. Para el estado Ud., sus opiniones políticas, tus convicciones ideológicas y sus ideas particulares sobre cómo debería funcionar el estado, son completamente irrelevantes. No es importante para el estado de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia. De hecho, es totalmente prescindible e irrelevante. Si no lo cree, es porque se ha dejado engañar por la propaganda democrática, y ni siquiera tiene la más mínima idea de cómo funciona realmente el estado.
Como fue anteriormente explicado, incluso una influencia popular aparentemente malévola sobre el estado simplemente coincide con sus intereses de poder y control. Los deseos y aspiraciones tiránicas de una parte significativa de la sociedad, coinciden con las inclinaciones tiránicas del estado, el que implementa ciertas medidas autoritarias para expandir la opresión institucional sobre la población.
Analicemos por un momento a la izquierda política. Es interesante analizar su enfoque de la libertad de expresión. Revela mucho sobre cuán limitada intelectualmente, drásticamente ignorante, y completamente desinformada está la izquierda política sobre la verdadera naturaleza del estado.
Sabemos que la izquierda progresista contemporánea está totalmente a favor del control gubernamental sobre la libertad de expresión (lo que, por asociación, los convierte en partidarios de la censura). Tienen una profunda obsesión con frenar el llamado “discurso de odio”. Pero estas personas son tan excepcionalmente estúpidas que no se dan cuenta de que terminan respaldando, aprobando y consintiendo abiertamente trampas legales autoritarias que, a la larga, los castigarán. Sí, los izquierdistas son lo suficientemente estúpidos como para defender políticas públicas autoritarias que, a la larga, los perjudicarán.
Los activistas progresistas –y los izquierdistas en general– adoptan una postura de control autoritario precisamente porque aparentemente son personas ignorantes, que ni siquiera tienen la más mínima idea de cómo funciona realmente el estado. Cuando están de acuerdo con la censura institucional del “discurso de odio”, olvidan que al menos muchos de ellos también serán víctimas de esta trampa gubernamental.
Estas personas son tan descaradamente estúpidas que expresan su total aprobación de ciertas leyes restrictivas, porque creen que sólo los activistas de derecha serán castigados por el estado. Los militantes de izquierda adoptan esta conducta porque ingenuamente creen que pueden influir en el estado para que adopte su ideología predilecta, sus preferencias políticas y sus convicciones personales. Pero no pueden: ¡el estado es un monstruo que no puede ser controlado! Sin embargo, sería extremadamente irrealista de mi parte considerar la posibilidad de que los estatistas acérrimos pudieran comprender ésto.
De hecho, somos plenamente conscientes de la tenacidad con la que la izquierda política ha combatido en los últimos años el llamado “discurso de odio”. Sin embargo, la definición de lo que constituye “discurso de odio” es abiertamente arbitraria y excesivamente flexible. Al final, en un proceso judicial, la definición de lo que constituye o no constituye “discurso de odio” termina siendo establecida unilateralmente por el estado.
En estas circunstancias, es prácticamente imposible sentir lástima o compasión por los activistas de izquierda cuando son censurados. Así, activistas como Brenda Laranja, Isabella Cêpa e Isadora de Aquino forman parte de la izquierda censurada y procesada por haber dicho algo prohibido por las leyes restrictivas y autoritarias vigentes. Leyes con las que la izquierda política es no sólo totalmente cómplice, sino que fue protagonista en la redacción e implementación de la gran mayoría de ellas (o, muy posiblemente, de todas).
Brenda Laranja podría enfrentar un proceso judicial por supuestas declaraciones antisemitas. Una grabación de audio en la que criticaba abiertamente, con duras palabras, el genocidio israelí contra los palestinos, tuvo una enorme repercusión en las redes sociales hace varios meses. Abiertamente antisionista, fue acusada de difundir antisemitismo. Escuché el audio; es innegable que muchas de sus quejas y demandas están bien fundamentadas.
En una red social, la CONIB respondió a Brenda Laranja y amenazó con demandarla por sus declaraciones. Guto Zacarias, diputado estatal de São Paulo, presentó una denuncia formal contra la activista de izquierda ante la Fiscalía. No cabe duda de que todo su arrebato histérico, plagado de insultos excepcionalmente agresivos contra los judíos, puede ser fácilmente clasificado como “discurso de odio”, un adagio semántico de la izquierda. En otras palabras: es muy probable que la ahorquen con la misma soga que ella misma ayudó a fabricar.
Ahora, esta joven y genérica activista de izquierda se verá inmersa en un largo y arduo proceso iniciado en su contra por la comunidad judía la que, para condenarla, hará un amplio uso de leyes que la propia izquierda política redactó, respaldó y aprobó, creyendo ingenuamente que sólo los activistas de derecha serían castigados. Aún es pronto para saber adónde conducirá ésto; los juicios en Brasil pueden tardar varios años en concluir (siempre que no se llegue a acuerdos extrajudiciales). Sin embargo, a juzgar por el poder e influencia que la comunidad judía tiene en Brasil, las probabilidades están en su contra.
También hay dos casos que comenzaron en 2020, y ambos son muy interesantes de analizar.
La activista feminista Isabella Cêpa tuvo que huir de Brasil y solicitar asilo político en un país europeo tras ser demandada por referirse indirectamente a Felipe Santos Silva (conocido popularmente como Erika Hilton) como hombre, lo cual es rigurosamente cierto. Isadora de Aquino, por su parte, es una activista feminista de Paraíba que fue condenada a multas y cinco años de prisión por compartir dos publicaciones en redes sociales en las que cuestionaba la ideología de género.
Estos dos casos resultan particularmente interesantes porque estas dos mujeres no dijeron ni publicaron nada fuera de lo común. Simplemente cuestionaron (de forma muy moderada, cabe destacar) la ideología de género. Los casos de Isabella Cêpa e Isadora de Aquino fueron desestimados. Sin embargo, ambos casos sólo fueron desestimados tras generar considerables repercusiones internacionales –de carácter excepcionalmente negativo– para Brasil.
Gilmar Mendes desestimó el caso de Isabella Cêpa, incluso después de que Felipe Santos Silva (a) “Erika Hilton” interpusiera un recurso contra la desestimación. El caso de Isadora de Aquino fue desestimado en Marzo de este año por la Tercera Sala del Tribunal Federal Regional de la 5ª Región. No obstante, la Fiscalía puede apelar la desestimación. Desde 2020, Isadora de Aquino ha tenido que soportar el peso de la opresión estatal debido a dos publicaciones en redes sociales en las que simplemente expresó su opinión sobre la ideología de género.
Posteriormente, Isabella Cêpa expresó su indignación, afirmando que la izquierda política ha “abandonado a las mujeres”. Qué criatura tan extraordinariamente ingenua. Podría ser un personaje encantador de un cuento de hadas. Realmente cree (o creía) que la izquierda política siente genuina preocupación por las mujeres. No: a la izquierda política le importa el poder. Una vez consolidado el poder, todos somos desechados como basura orgánica. Al fin y al cabo, no somos más que peones engañados y manipulados: criaturas ingenuas y pueriles que creemos en la fábula del estado benevolente, redentor y festivo.
¿Qué nos enseñan estos tres casos de censura y ataques directos contra la libertad de opinión?
En un microcosmos bastante singular, demuestran la ignorancia generalizada de la izquierda política sobre la naturaleza del estado.
Estas tres figuras de izquierda son activistas feministas que siguen directamente –o son, como mínimo, plenamente cómplices de– la religión secular progresista de lo “políticamente correcto”, y de todo el manual ideológico de moda. Ninguna de ellas es libertaria; ninguna defiende la libertad de expresión absoluta; y todas se han mostrado, en algún momento, totalmente a favor de las leyes contra el “discurso de odio”, lo que invariablemente conlleva censura, persecución legal y castigo gubernamental. Sin embargo, al final, todas cayeron en la misma trampa legal que creían que se cobraría víctimas exclusivamente entre los del otro bando (la derecha política).
Ante ésto, sólo puedo decir una cosa: ¡fantástico! Si se aboga por el control estatal del discurso público y –directa o indirectamente– se apoya la censura, no se tiene absolutamente ningún derecho a quejarse cuando la censura gubernamental se vuelva en su contra. Porque, en algún momento, eso es exactamente lo que sucederá.
En efecto, una vez que el Estado posee el poder de controlar el discurso público, regular la libertad de expresión (haciendo que, de hecho, deje de existir) e institucionalizar la censura, no le importará si Ud. es de derecha, de centro o de izquierda. Lo castigará con extrema severidad si ha dicho algo prohibido por las leyes vigentes.
Brenda Laranja, Isabella Cêpa e Isadora de Aquino son ejemplos perfectos del tipo de estupidez estatista que abunda en los círculos ideológicos (los cuales, de ninguna manera, se limitan a la izquierda política). Estas criaturas extraordinariamente ingenuas y engañadas creen realmente que es posible controlar al estado. Por eso son activistas convencidos que creen en la fábula de la democracia, en el poder del voto, y en el ejercicio de la ciudadanía. Por eso acuden periódicamente a las urnas para votar por sus políticos predilectos. Creen ingenuamente que pueden influir en el poder mediante el voto y la democracia representativa. Son como hadas encantadas en la tierra resplandeciente de los ponies centelleantes, donde todo brilla y sabe a arcoíris.
Cuando crezcan (si es que eso sucediera), alguien tendrá que hablar seriamente con ellas sobre lo que hace el estado, lo que es y cómo funciona realmente. Alguien debe revelar a estas delicadas criaturas algunas lecciones fundamentales sobre cómo opera el mundo real. Nada demasiado profundo ni sombrío, eso sí: no querríamos asustarlas. Sin duda, no podrían soportar la fatídica realidad del abismo de depravación que representa el estado.
Como bien sabemos, los izquierdistas son criaturas excepcionalmente estúpidas. Se oponen a la libertad de expresión no sólo porque creen que tiene “límites”, sino también porque se aferran a la vana ilusión de que pueden influir en el estado y controlarlo. Pero repito: no pueden. Porque nadie puede. El estado es un monstruo imposible de ser controlado.
Conclusión
Es evidente que la estupidez estatista no se limita a la izquierda política, sino que también está presente en la derecha, así como entre estatistas de todas las tendencias. Lo que los une es la ilusión de que el estado puede ser domesticado, que se preocupa por la población y que, mediante el voto y el proceso democrático, el ciudadano tiene pleno control sobre el estado y puede ejercer una influencia considerable en la creación de leyes y políticas públicas.
Estas ilusiones colectivas son, sin duda, extremadamente absurdas. Pero los utópicos, por supuesto, son los libertarios: los únicos que comprenden verdaderamente la esencia y la naturaleza real del estado. Y los libertarios intentan persuadir a la gente para que no crea en las mentiras del Leviathan, y no se deje contaminar por la sórdida malevolencia del bestial monstruo estatal.
Sí, tal vez los libertarios sean realmente utópicos al creer que las masas algún día desarrollarán la inteligencia suficiente como para ver al estado por lo que realmente es: un monstruo opresor, sanguinario, autoritario, brutal y asesino que está en guerra permanente contra la civilización y contra el individuo.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









