Puede que Karl Popper ya no esté de moda entre los filósofos académicos, pero sin duda continúa siendo el filósofo más influyente entre los científicos activos: tanto entre los economistas y otros científicos sociales como, en particular, entre los científicos de la naturaleza. Su filosofía constituye la base de su autocomprensión; es decir, de cómo conciben lo que hacen cuando ejercen su oficio o profesión. Por ello, tal como señaló el ya fallecido filósofo de Marburg Peter Janich, Popper ha sido, probablemente, el promotor más influyente del relativismo en la filosofía teórica del siglo XX.[[1]]
En pocas palabras: según Popper, a excepción de las ciencias formales –la lógica y las matemáticas–, todas las proposiciones que aspiren a ser consideradas científicas deben ser, en principio, falsables mediante la experiencia futura (e incluso las experiencias que sirven para falsar son, en rigor, meramente hipotéticas: se trata de falsaciones que son, a su vez, falsables).
Por consiguiente, Popper excluye del ámbito de la ciencia cualquier conocimiento que pueda ser verificado o que sea inmune a una posible falsación mediante la experiencia futura. En otras palabras, sostiene que no existen verdades verificables o necesarias sobre el mundo real y empírico; o, empleando la terminología kantiana, que no existen certezas ni proposiciones “sintéticas a priori”.
La filosofía de Popper presenta numerosos problemas, pero el fundamental es el siguiente: ¿qué ocurre con el propio “falsacionismo” de Popper? Si la adopción de sus planteamientos no es más que una convención lingüística arbitraria para distinguir “ciencia” de lo que no lo es, difícilmente puede constituir un fundamento sólido para una filosofía. Las convenciones son, por definición, convencionales. ¿Por qué, pues, habría alguien de aceptar esta visión del mundo en lugar de cualquier otra? Sin embargo, si la postura de Popper es tomada en serio como afirmación empírica –es decir, como una hipótesis falsable en principio–, resulta fácil refutarla. Un solo contraejemplo –un único caso de conocimiento relativo a algo fundamentalmente “real” y “empírico” que, no obstante, sea no falsable o verdadero a priori– basta para hacer que todo el edificio del falsacionismo se derrumbe.
Janich ha denominado a este contraejemplo crucial el “principio de la coartada”[[2]]. Conocido por cualquiera que haya visto o leído una historia de detectives, este principio establece lo siguiente: una persona puede estar presente en un mismo lugar en momentos distintos, pero nadie puede estar presente en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Nadie, en un juicio ante un juez, pondría jamás en duda este principio. Se trata de un conocimiento no falsable sobre el mundo real (sólo en la ciencia ficción las cosas podrían ser de otra manera). Empleando la terminología de Ludwig von Mises, podríamos considerar el principio de la coartada como una ley de la praxeología. No se trata simplemente de una verdad formal o formalista, sino de una verdad a priori sobre la realidad empírica o, si se prefiere, de una ley necesaria de la naturaleza.
Por tanto: el falsacionismo de Popper queda falsado.
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[[1]] Peter Janich, Kultur und Methode: Philosophie in einer wissenschaftlich geprägten Welt (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2006), p. 162.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








