Lo que existe es la politización e ideologización del asesinato de mujeres.

¿Por qué existen las ideologías y por qué adoctrinan a las personas para que piensen de una manera determinada? Ésta es una pregunta que este artículo pretende responder con hechos objetivos. Desde que la ideología feminista comenzó a ocupar espacios cada vez más amplios en los medios de comunicación de la corriente dominante, en la política institucional, en la cultura y en las universidades, la sociedad se ha vuelto cada vez más alienada y más alejada de la realidad.
Actualmente se habla mucho de “femicidio”. Términos como “femicidio” y “misoginia” han sido incorporados al vocabulario cotidiano, gracias a su recurrente utilización por parte de los grandes medios de comunicación corporativos de la corriente dominante. Además de intentar reescribir y reinterpretar la realidad, estos términos conllevan una connotación ideológica perversa y nefasta; asimismo, han pasado a formar parte del macrocosmos sociocultural, definiendo jurídicamente las relaciones entre lo masculino y lo femenino. Evidentemente, tales términos no significan lo que la mayoría de la gente realmente cree que significan.
Estos términos son manifestaciones misándricas propias del léxico feminista, el que forma parte integral de un proceso ideológico que pretende subyugar al colectivo mediante un proyecto político de subversión de la realidad –algo inherente a todas las ideologías, dado que éstas buscan subvertir la realidad de manera deliberada, como parte de un proyecto de poder político orientado a dominar la sociedad y las instituciones.
Ésto sucede porque todas las ideologías son cosmogonías políticas basadas en narrativas fantasiosas, que buscan mantener a sus adeptos alienados, apartándolos de la realidad. Así es como las ideologías ganan seguidores y conquistan a las masas: a través de narrativas seductoras y sofisticadas. Minuciosamente elaboradas mediante el abuso emocional y manipulación psicológica evasivos, disimulados y dinámicos, estas palabras son proyectadas por medio de una ingeniería social eficiente, que distorsiona los acontecimientos reales para construir una cosmogonia ideológica que ofrece “soluciones” para todos los “problemas” del mundo. Sin embargo, estos “problemas” también deben ser analizados con rigor, de manera exhaustiva y minuciosa, ya que muchas ideologías presentan como “problemas” ciertos aspectos de la realidad que, en rigor, no lo son; se trata, más bien, de meras contingencias inherentes a las interacciones sociales y a la naturaleza humana. En esencia, las ideologías plantean la posibilidad de un mundo perfecto, totalmente libre de problemas, algo que resulta absolutamente imposible de ser llevado a la práctica.
Los medios de comunicación corporativos de la corriente dominante presentan constantemente casos de “femicidio”. La televisión y YouTube muestran tales casos con gran frecuencia. Se nos presentan casos de «femicidio» a diario, a cada hora, en todo momento. Existe ya una sobresaturación del tema, abordado bajo la etiqueta de “violencia de género”. Como resultado de esta exposición, una parte del público –especialmente susceptible a las impresiones– queda visiblemente desconcertada, pues llega a creer realmente que existe una gran ola de violencia dirigida, de forma exclusiva y deliberada, contra las mujeres. Sin embargo, la realidad dista mucho de todo este sensacionalismo mediático: las mujeres representan sólo 8% del total de personas asesinadas en Brasil.
No existe ninguna gran ola de “femicidios”. Lo que ocurre, en realidad, es la ideologización y politización del asesinato de mujeres. Lo femenino es instrumentalizado políticamente por una ideología que busca acumular cada vez más poder y control sobre la sociedad. Eso es lo que sucede, en efecto.
Ésto no significa que la vida de las mujeres carezca de valor, ni que no debamos preocuparnos por los asesinatos cometidos contra ellas, o que no debamos informar o dar a conocer tales sucesos. Lo que ocurre es que todo lo relacionado con este tipo de hechos es procesado, gestionado, ejecutado y difundido de una manera totalmente errónea. Y ésto es hecho de forma deliberada, bajo una perspectiva que pretende consolidar y fortalecer la narrativa política feminista dominante. Nada, absolutamente ninguna parte de este proceso de difusión mediática del “femicidio” es llevado a cabo de manera ética o racional. Más bien al contrario. Existe una politización e ideologización exacerbadas en todas las etapas del proceso –además de contenidos difundidos con gran sensacionalismo y emocionalidad (lo que es habitual en los medios de comunicación convencionales, cuya conducta profesional ignora sistemáticamente los principios de objetividad, imparcialidad y los datos concretos reales, en favor de una narrativa que prioriza la manipulación emocional).
En consecuencia, una persona prudente y despierta descartará todo aquello que difunden los medios corporativos mainstream, pues sabe que todo lo que allí es divulgado está saturado con premisas ideológicas que ignoran, de manera proverbial, la realidad y los hechos concretos. Los medios mainstream están cimentados de tal forma que toda su estructura está meticulosamente organizada para ignorar deliberadamente todo aquello que es considerado inconveniente. Lo importante es mantener la narrativa política vigente, sin importar si los hechos apuntan en la dirección contraria.
De hecho, resulta sumamente evidente que a los medios corporativos mainstream les encanta generar un gran revuelo cuando una mujer es asesinada. Ésto ocurre como consecuencia del impulso político y la visibilidad que la ideología feminista otorga a la causa feminista. La repercusión es considerable, y la tendencia de las agencias de noticias es sacar provecho de dicha causa ideológica. Ésto otorga visibilidad a las grandes corporaciones mediáticas, y les proporciona un enorme capital político ante las autoridades establecidas (lo que, en países como Brasil, resulta fundamental para obtener fondos públicos destinados a las cadenas de televisión).
Lamentablemente, muchas personas no comprenden un elemento conocido como “cultura política” y, definitivamente, desconocen cómo esta define la sociedad en la que vivimos. Para entenderlo, es esencial comprender cómo las ideologías políticas orientan la cultura y el statu quo vigente.
En la batalla de las ideologías, el feminismo ha salido victorioso y ha conquistado el sistema político (existen otras ideologías, como el progresismo y el ambientalismo, que también dominan al establishment político; cuestionar abiertamente estas ideologías puede resultar extremadamente peligroso para quien lo hace).
Cuando una ideología conquista el sistema político, termina dominando la cultura, las artes, la sociedad, las instituciones, las universidades y los medios mainstream (entre otros ámbitos de la sociedad). En consecuencia, la ideología dominante ejerce el control sobre la narrativa cultural establecida. De modo que, cuando usted ve una noticia difundida en los medios de comunicación mainstream, no está presenciando una exposición objetiva y concreta de los hechos. Lo que ve es una información presentada conforme con la perspectiva de la ideología dominante.
Los asesinatos de mujeres son tratados, invariablemente, con gran estrépito por los medios mainstream. Existe, de hecho, una politización sistemática de la muerte violenta de mujeres, especialmente cuando el autor del crimen es un hombre. Además, cuando una mujer muere, a menudo son aplicadas definiciones arbitrarias que llevan a clasificar el fallecimiento como “femicidio” (incluso si la mujer muere atropellada o a causa de un accidente). Si una mujer es asesinada por su marido, novio o pareja, la politización feminista del suceso es inmediata. Ésto ocurre en la misma medida en que los medios convencionales tienden a omitir –o a restar importancia– a los casos en los que miembros de parejas homosexuales asesinan a sus respectivas parejas; especialmente cuando una mujer mata a otra mujer.
Esta omisión deliberada se explica porque tales sucesos no encajan en la agenda política establecida; por tanto, resulta preferible suprimirlos, omitirlos o darles la menor repercusión posible en aquellos casos de asesinato en los que el autor no es un hombre. Si la autora es una mujer, lo mejor es omitir el hecho. Los medios de comunicación no desean sufrir costo político o descrédito social, y el gobierno, sin duda, no va a poner en riesgo la narrativa vigente (ya que ello supondría la pérdida de fondos y de popularidad). En los casos en los que no es posible omitir el crimen, los medios publican un video muy breve en YouTube –de dos o tres minutos de duración– y, acto seguido, olvidan el suceso, como si nunca hubiera ocurrido.
Evidentemente, hablar de “femicidio” (término que ni siquiera debería existir) es algo esencialmente ideológico. Esta palabra sólo existe porque la ideología feminista se ha vuelto omnipresente. Lo femenino es utilizado como arma de destrucción masiva. Como en toda ideología, la realidad es sistemáticamente ignorada en favor de una fantasía ideológica simplista, que reduce la complejidad del organigrama social humano a una fórmula convencional: la de la eterna víctima de las circunstancias, que lucha contra un villano sórdido e implacable.
En el caso del imaginario mitológico feminista, la narrativa ideológica retrata a la mujer como personaje de un drama que nunca tiene fin: ella es siempre la pobre víctima de un patriarcado machista, sexista y misógino que, periódicamente, se reúne en algún lugar secreto para perjudicar y oprimir a todas las mujeres. Pero en la predecible e interminable fantasía del feminismo político institucional (con una trama muy similar a la de una telenovela mexicana), la mujer tiene la gran oportunidad de ser la protagonista de un drama; así, vive una historia en la que no necesita ser un personaje secundario, viviendo a la sombra de un protagonista masculino que encabeza la trama. Del mismo modo que el socialismo es la ideología que institucionaliza en la política la envidia hacia los ricos, el feminismo es la ideología que consolida la envidia que lo femenino cultiva respecto de lo masculino.
El resentimiento femenino nace con la descripción de la creación en el libro del Génesis. Leemos en el Libro Sagrado que Dios creó primero al hombre y, después, a la mujer –a partir de una costilla del hombre. La mujer es un personaje secundario y nace, invariablemente, vinculada con un hombre. He aquí el origen del resentimiento femenino: ocupar el segundo lugar y estar, indefectiblemente, asociada con el elemento masculino. En consecuencia, el feminismo ha intentado liberar a la mujer de Dios y del hombre, pero lo que ha logrado es sólo entregarla al demonio y a la perversidad.
Desde que comenzó su trayectoria política, el feminismo ha intentado emancipar a las mujeres. Emanciparlas del hombre y de la familia, para entregarlas al desenfreno y al estado. Las mujeres son emancipadas de la realidad para sumergirse en el delirio histriónico de una ilusión que siempre termina en frustración. La emancipación femenina acaba en gatos, benzodiazepinas y parafernalia erótica. Engañadas por el sistema político y por la demagogia disimulada del estado paternalista, muchas mujeres parecen ser completamente incapaces de percibir que, al igual que cualquier otra ideología, el feminismo se preocupa única y exclusivamente por el poder. El poder político absoluto es su objetivo primordial. La mujer es, sencillamente, un instrumento utilizado en la búsqueda del poder. Una vez alcanzado el objetivo, la condición real de la mujer poco importa. Que las mujeres estén felices o no, satisfechas o no, realizadas o no, es apenas un irrelevante detalle. La ideología continuará su batalla por la hegemonía política total, tratando de enterrar, sabotear y suprimir las ideologías competidoras.
La estrategia ideológica de subversión de la realidad aplicada por el feminismo es bastante simple: lo masculino debe ser vinculado con todo lo que es malo, maligno, nefasto, detestable, peligroso, perverso, desagradable y agresivo. Lo femenino, por el contrario, debe ser siempre asociado con todo lo que es bello, delicado, gracioso, lírico, hermoso, gentil, sonriente y víctima de injusticias. Y, algo igualmente importante: lo femenino debe ser siempre presentado como víctima de lo masculino.
Como toda ideología, el feminismo es manifestado a través de una narrativa simplista y reduccionista: el hombre representa siempre el mal, y la mujer, siempre el bien. Las complejidades de la realidad y las innumerables variables de la existencia humana son totalmente ignoradas y rechazadas, como si ni siquiera existieran. No es de extrañar: éste es el procedimiento habitual de prácticamente todas las ideologías. Consiste en ignorar sistemáticamente la realidad en favor de una fantasía simplista y reduccionista, que presenta dogmas ideológicos como herramientas capaces de instaurar el paraíso en la Tierra. Las ideologías políticas son, en esencia, ilusiones delirantes para utópicos desesperados; una forma de escapismo infantil para personas incapaces de desenvolverse de manera saludable en la realidad. Pero, ¿será que el vórtice ideológico feminista tiene, de algún modo, algo de verdad? La realidad demuestra categóricamente que no.
En primer lugar, debemos comprender que no vivimos en una sociedad que entienda, de hecho, cómo funciona realmente la realidad. La gran mayoría de las personas vive en una gran ilusión delirante, sin tener la menor noción de la realidad. Vivimos en una sociedad de seres humanos ostensiblemente infantilizados, que viven en base a proyecciones emocionales. Y la gran mayoría de las personas estará siempre plenamente dispuesta a ignorar la realidad si ésta presenta hechos y evidencias que desmoronan y desmienten creencias personales profundamente arraigadas. La proyección emocional, sin embargo, estará fuertemente influida por el inconsciente colectivo.
La verdad es que ni la percepción colectiva sobre lo masculino, ni la percepción colectiva sobre lo femenino, están fundamentadas en la realidad. Más bien al contrario: la sociedad idealiza ambos. La sociedad concibe lo masculino conforme con el arquetipo del guerrero. El hombre debe ser viril, combativo, valiente, audaz, fuerte, autosuficiente y proveedor. Todo hombre que no haya desarrollado estas virtudes y no se ajuste a este estereotipo, es visto como un fracasado.
Por su parte, la sociedad percibe lo femenino como una criatura sencilla, graciosa, delicada, sensible, poética y amable. Se espera que todos traten a las mujeres con una delicadeza afable, pues son considerada criaturas dóciles y puras que necesitan –y merecen– ser cortejadas de manera amorosa y benevolente.
Sin embargo, tanto la visión de lo masculino como la de lo femenino son, en esencia, erróneas. Las descripciones mencionadas no son más que proyecciones emocionales basadas en idealizaciones utópicas. En el mundo real, hombres y mujeres no son sino simples mortales que intentan sobrevivir lo mejor que pueden. Trabajan arduamente, duermen poco, luchan contra enfermedades terribles y debilitantes, envejecen, pierden a seres queridos y viven el duelo; toman medicamentos, sufren ataques histéricos, son perseguidos por gobiernos autoritarios y opresivos, y padecen en silencio. En términos generales, hombres y mujeres nunca llegarán a encajar en sus respectivos arquetipos, ya que no son más que seres mortales e imperfectos que luchan contra dificultades externas y dilemas internos. Ambos son seres humanos, aunque rara vez se les percibe como tales.
No obstante, es cierto que la sociedad idealiza mucho más lo femenino que lo masculino. Prueba de ello es que la sociedad se muestra mucho más tolerante ante las críticas dirigidas a lo masculino que ante aquellas dirigidas a lo femenino. La proyección emocional que el colectivo cultiva sobre el estereotipo femenino está invariablemente ligada con elementos oníricos, que tienden a sobreponerse a las injerencias de la realidad, elevando lo femenino a un plano metafísico de matices románticos y grandilocuentes, que a menudo recuerdan a poemas líricos y fábulas medievales. Las mujeres son seres gráciles, virtuosos, ingenuos y puros. No pueden ser criticadas; hay que tratarlas como las criaturas dóciles, afables, sencillas y delicadas que son.
En consecuencia, la sociedad reacciona de manera excepcionalmente negativa ante los movimientos de “verdades incómodas” y las críticas generales hacia las mujeres –incluso aquellas que son justas y realistas–, porque percibe a lo femenino de forma poética, conforme con una proyección emocional idealizada que no se corresponde con la realidad. Es el inconsciente colectivo el que habla, cimentado enteramente en una proyección emocional romántica e idealizada.
Cuando alguien critica a las mujeres, o ciertos aspectos negativos del comportamiento femenino (como la hibristofilia), la sociedad lo interpreta como un ataque al estereotipo de la criatura dócil y sencilla –conjunto de virtudes que el colectivo ha sido adoctrinado a cultivar como parte del arquetipo femenino. Aunque tales críticas sean coherentes y estén fundamentadas en hechos, la sociedad las percibe como ataques agresivos y deliberados contra el estereotipo de la hembra dócil y delicada, incapaz de defenderse por sí sola frente a un depredador demente y furioso que pretende acabar con ella.
La sociedad reacciona instintivamente ante las críticas dirigidas a las mujeres, ya que ha sido programada colectivamente para proyectar sobre lo femenino una idealización que se ajusta a ese estereotipo fantasioso, romántico y sensible que la cultura dominante cultiva en torno de ellas. La mayoría de las personas olvida que las mujeres son meros mortales: enferman, son hospitalizadas, envejecen, recurren a la manipulación emocional, son consumidoras compulsivas que terminan profundamente endeudadas, a menudo se muestran increíblemente frívolas y superficiales, se preocupan de manera excesiva y ostensible por su apariencia, perpetran alienación parental, abortan a sus propios hijos, envenenan la comida de sus maridos, formulan falsas acusaciones, y pueden perpetrar innumerables y variados actos de crueldad.
Lo importante es entender que las mujeres de la vida real no son las hadas encantadas que la sociedad ha sido inducida a creer y a cultivar como proyección emocional de un estereotipo romántico colectivo, totalmente idealizado y alejado de la realidad. Más bien, todo lo contrario. En la vida real, las mujeres pueden ser agresivas, malintencionadas, crueles y amargadas. Las mujeres también asesinan (es cierto que lo hacen mucho menos que los hombres), siembran la discordia y el conflicto, provocan intrigas y sufren de innumerables trastornos psiquiátricos. Observe a un grupo de mujeres y no encontrará en el mismo absolutamente ningún rastro de esa supuesta “sororidad femenina”. Compiten entre sí y, a menudo, hablan mal unas de otras. Aquello de “si tocan a una, nos tocan a todas” tenía fecha de caducidad, y ésta expiró hace mucho tiempo.
Se puede apreciar que el feminismo, cuando es analizado de manera meticulosa, tiene más que ver con una guerra asimétrica contra los hombres que con beneficios reales para las mujeres. Evidentemente, el feminismo no se limita únicamente a atacar al hombre; esta ideología de muerte y destrucción, cimentada en el antinatalismo, ataca los tres pilares de la sociedad: el hombre, la mujer y la familia.
Más allá del constante y recurrente discurso misándrico –de odio hacia los hombres– es fundamental subrayar que el feminismo actúa como un virus que infecta a las mujeres de una manera sumamente perjudicial. Las mujeres jóvenes contagiadas por la “enfermedad” feminista muestran una clara tendencia a destruir su propia apariencia: a menudo deciden arruinarse el cabello tiñéndolo de verde, púrpura o morado, o bien optan por un corte de pelo deliberadamente espantoso (cuando no se rapan la cabeza por completo). Además, se colocan innumerables piercings en el rostro y aros en la nariz, y comienzan a vestir prendas excéntricas, extravagantes o hipersexualizadas, en colores de dudoso gusto. Muchas recurren a la pornografía o exploran fetiches sexuales extremos, y hablan abiertamente de ello en las redes sociales.
Invariablemente, estas personas terminan incorporando términos feministas a su vocabulario, tales como “patriarcado”, “machismo” y “sexismo”. Irónicamente, estas personas –pobres de espíritu– llegan a considerarse seres excepcionalmente únicos y singulares, sin darse cuenta de que han sido radicalmente adoctrinadas y de que el feminismo constituye, a gran escala, una verdadera fábrica de mujeres disfuncionales. Algunas de ellas arruinan su apariencia, mientras que otras conservan un aspecto femenino; sin embargo, su ruina espiritual se hace evidente en cuanto empiezan a hablar.
Conclusión
Hombres y mujeres no son más que simples mortales, pero rara vez son percibidos como lo que realmente son: seres humanos. Ambos están, invariablemente, encasillados en sus respectivos estereotipos, y se enfrentan con críticas cuando no se ajustan al arquetipo establecido (ya sea por motivos físicos, sociales, económicos o de cualquier otra índole). La diferencia radica en que los hombres suelen sufrir en silencio; no se dedican a lamentarse en las redes sociales ni a exigir privilegios a un estado paternalista (aunque los hombres de ideología progresista sí lo hacen con frecuencia).
En términos generales, los hombres saben que, si se quejan o hablan abiertamente de sus problemas, serán vistos como seres débiles. A los propios hombres les desagradan aquéllos que se muestran llorones o que se quejan constantemente de todo. Es un hecho.
El “femicidio” –tan cacareado por los grandes medios de comunicación y utilizado a menudo como capital político por diversos parlamentarios oportunistas– no es más que otra maniobra del feminismo institucional para obtener más poder y privilegios. Como se señala en este artículo, las mujeres representan 8% del total de personas asesinadas en Brasil. No existe tal “femicidio” en curso. No existe ninguna gran campaña de exterminio de mujeres en Brasil. El slogan sensacionalista “paren de matarnos” dice más sobre la histeria patológica de la secta feminista que sobre la realidad concreta de la mujer brasileña.
Brasil es un país excepcionalmente violento, y todos los grupos terminan sufriendo a causa de la violencia: niños, adolescentes, hombres, mujeres y ancianos. Absolutamente nadie está a salvo en un país extremadamente violento como Brasil. Sin embargo, la mayor parte de esta violencia (más de 90%) es ejercida por hombres contra otros hombres (siendo la parte más sustancial la de policías contra delincuentes). Lo que hacen los medios de comunicación convencionales es tomar una porción ínfima de esta violencia –la de hombres contra mujeres– con el objetivo de politizar e ideologizar estos sucesos, a fin de fortalecer y justificar la narrativa feminista dominante.
Los medios mainstream presentan y politizan un microcosmos minúsculo dentro de un macrocosmos inmenso e infinitamente complejo, el cual nunca es analizado, explicado o aclarado de manera correcta, integral, eficiente o realista. En consecuencia, la mayoría de las personas que se informan a través de estos medios adquieren una percepción drásticamente distorsionada de la realidad.
Los medios corporativos de la corriente dominante lo engañan a tiempo completo. Y el feminismo institucional busca que Ud. quede totalmente dominado por el sistema ginocéntrico. El feminismo es la ideología que ha triunfado y que domina, de forma completa y total, el establishment político-ideológico, de una manera ostensiblemente férrea y monolítica. La cuestión es ésta: si el feminismo institucional aún no le ha dominado, la ideología seguirá luchando arduamente hasta lograr someterlo por completo, de manera total y absoluta.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









