Claro que estoy frustrado. Tras años de litigios, exhaustivas auditorías y extraordinaria dedicación por parte de quienes sufrieron daños a causa de las inoculaciones, hoy contamos con un documento de 1.048 páginas que detalla atroces y generalizadas lesiones provocadas por inyecciones que la gente fue obligada a recibir. Muchos murieron. Muchos padecen sufrimientos de por vida. Muchos han visto cómo sus vidas, sus finanzas y sus familias quedaban destrozadas.
No se trata de estadísticas publicadas en un servidor de pre-publicaciones, a la espera del arduo proceso de revisión por pares anónimos. No es otro modelo que plantea posibles escenarios. Tampoco es un frío panel de datos con probabilidades y conjeturas.
Son las historias de vida de personas reales, tal como fueron comunicadas a los CDC a través de su propio sistema de vigilancia de la seguridad de las inoculaciones, denominado “V-safe”. Estas personas no eran antivacunas; todo lo contrario. Muchas estaban encantadas de dar un paso al frente y aportar su granito de arena.
Las autoridades afirmaron que estos preparados eran eficaces (no lo eran) y seguros. Aseguraban que los efectos adversos eran “extremadamente raros”, y que los beneficios –consistentes, supuestamente, en no contraer ni transmitir el covid– superaban con creces cualquier riesgo. Eso jamás fue cierto. Fue una atroz mentira.
Decenas de millones de personas dieron el paso. Luego llegaron las migrañas, los silbidos agudos en los oídos, erupciones en la espalda y el cuello, ronchas en las piernas, dolores paralizantes en los brazos, taquicardias y peligrosas oscilaciones de la presión arterial, pérdida de visión –primero en un ojo y luego en ambos–, entumecimiento facial y, a menudo, deterioro generalizado del organismo que ningún especialista lograba explicar.
El sistema prometía una llamada de seguimiento. Nadie llamó. Las personas afectadas quedaron abandonadas a su suerte, clamando en el vacío por una ayuda que nunca llegó. Los CDC –que recibieron un auténtico tsunami de sufrimiento humano– intentaron mantener estas historias ocultas. Sólo las hicieron públicas cuando un juez federal les obligó a ello.
En aquel entonces existían grupos en las redes sociales en los que los afectados y los sobrevivientes podían reunirse y hablar. Las empresas de redes sociales censuraron estos grupos y los eliminaron. Bajo la administración Biden, la Casa Blanca calificó los relatos verídicos sobre los daños ocasionados por las inoculaciones como “información malintencionada” (malinformation), argumentando que tales testimonios fomentarían las dudas sobre la inoculación. Se vieron obligados a sufrir en soledad: incapaces de salir a comprar víveres, arruinados por los gastos médicos, con la vista tan deteriorada que no podían ni ver la televisión, y con el corazón latiendo a un ritmo que les impedía conciliar el sueño, provocando meses de profunda privación de descanso.
Ahora, por fin, estas personas –amigos, vecinos, familiares, conciudadanos– han podido alzar la voz. Por sí solo, este libro documenta un escándalo histórico. Una sociedad sana se volcaría por completo a revelar la verdad, identificar a los responsables, esclarecer cómo y por qué mintieron, y buscar justicia para garantizar que algo así no vuelva a ocurrir jamás.
No olvidemos que estas inyecciones fueron presentadas como la vía de salida. Durante casi un año, los gobiernos –en todos sus niveles– sometieron a la sociedad a un calvario: confinamientos, protocolos absurdos, destrucción de millones de negocios, privación de educación a los niños, prohibición de viajar, anulación de celebraciones festivas, y cruel imposición del uso de mascarillas, las que en realidad no servían para frenar una infección respiratoria.
Tras todo ésto, llegaron las “inyecciones milagrosas”, fabricadas por empresas que obtuvieron exención de responsabilidad ante cualquier daño causado. Muchos se negaron a recibirlas, pero el gobierno no estaba dispuesto a aceptarlo. La administración Biden obligó a todas las empresas con más de 100 empleados a imponer la vacunación a su personal, de nuevo, sin que las compañías asumieran responsabilidad alguna. Los tribunales intervinieron para bloquear esta medida, aunque mantuvieron la obligatoriedad para los militares, empleados públicos y trabajadores del sector sanitario.
Cinco ciudades impusieron una segregación basada en el status de vacunación. En Boston, Washington D.C., New York, Chicago y New Orleans, nadie podía entrar en un bar, restaurante, teatro o biblioteca sin presentar un comprobante de inoculación. Aunque las iglesias quedaron exentas de este mandato, muchas optaron por aplicar la segregación de todos modos.
Cuando la primera ronda de inoculaciones falló –el virus mutó–, los fabricantes lanzaron una dosis de refuerzo. Luego otra. Y otra más. Con cada dosis, las lesiones aumentaban y se propagaban, al igual que las muertes. El exceso de mortalidad se incrementó tras las vacunas que supuestamente nos salvarían del covid. Tuvieron el efecto contrario, cobrándose la vida de estrellas del deporte, influencers, músicos y muchas otras figuras públicas. Esos fueron los casos que vimos. Hubo millones que no vimos.
Cuando publicamos Cryes for Help (Gritos de ayuda), una versión gratuita en línea, dos volúmenes y una versión para Kindle y audiolibro, me propuse leer el libro completo en una serie de videos. Tras diez horas de lectura, sentí que algo no iba bien en mi mente y en mi corazón. Tuve que parar. Era demasiado doloroso.
En cualquier caso, tenía plena confianza en que este lanzamiento sacudiría los medios. Rápidamente compartí el archivo completo con mi red de contactos en los medios. Pensé que sería noticia de primera plana. Por fin habría justicia. Se acabarían los debates derivados de informes contradictorios e incertidumbres.
Quizás incluso serían suspendidas las inoculaciones. Después de todo, en esta forma el dolor, las lesiones y la muerte serían innegables. Es imposible que la FDA y los CDC sigan apoyándolas después de todos estos datos. En cuanto a los bebés, ni siquiera lo mencionemos. Es abominable siquiera pensar en tal práctica.
¿Dónde estamos hoy? Ningún medio de comunicación importante ha cubierto nuestro libro ni su contenido, todos testimonios directos de las víctimas, tal como los reportaron directamente a los CDC. Ni una sola mención. Ningún grupo de expertos del viejo establishment ha mencionado el libro. Ni uno solo. Ninguna sociedad profesional se ha molestado en contactarnos o difundir este contenido. Ni una sola.
Ha habido un silencio casi total. Las únicas menciones han venido de nuestras organizaciones asociadas, con escasos recursos y muy marginadas: IMA, ICAN, CHD, HFDC, React19, Feds for Freedom y algunas cuentas de Substackers y X. Por lo demás, silencio absoluto.
En cuanto a los CDC, su sitio web ha sido actualizado para ampliar las recomendaciones, llegando incluso a negar (a pesar de la abrumadora evidencia) la existencia de cualquier riesgo para la fertilidad.
En este punto del debate, necesitamos una discusión abierta sobre el papel de la mentira en una sociedad como la nuestra. Vivimos lo más parecido al totalitarismo en nuestras vidas entre 2020 y 2023 (si es que terminó). Me detuve un momento a examinar lo que F. A. Hayek tenía que decir al respecto en su libro de 1944, The Road to Serfdom (El camino de la servidumbre).
El famoso capítulo “Por qué los peores llegan al poder” habla del inevitable fracaso del totalitarismo. En este caso, los planes totalitarios para inocular a toda la población no lograron su objetivo. No detuvieron la propagación. No impidieron el contagio. No eran seguros. Dejaron millones de heridos e incontables vidas truncadas en el vientre materno.
¿Qué sucede ahora, según Hayek? Afirma que quienes idearon los planes deben elegir entre admitir el fracaso o rechazar la moral común. Optan por mentir y seguir adelante. Quienes son expertos en mentir ascienden y se afianzan en el poder. El sistema necesita la mentira para sobrevivir. Así, se arraiga y se extiende de institución en institución.
“El ascenso dentro de un grupo o partido totalitario depende en gran medida de la voluntad de cometer actos inmorales”, escribe Hayek. El principio de que el fin justifica los medios, que en la ética individualista es considerado la negación de toda moral, en la ética colectivista se convierte necesariamente en la regla suprema. Literalmente, no hay nada que el colectivista consecuente no esté dispuesto a hacer si sirve al “bien común”, porque ese es para él el único criterio de lo que se debe hacer.
Desde finales del siglo XIX, una férrea ideología utilitarista se ha apoderado de la vacunología. Se debe vacunar al mayor número posible de personas para lograr la inmunidad colectiva, incluso si ello conlleva un costo en forma de lesiones y muertes. Es un cálculo que debemos hacer, sin importar que las inoculaciones covid en particular nunca fueran esterilizantes, ni útiles para detener la transmisión, ni de amplio espectro, ni duraderas, ni siquiera en el mejor de los casos.
Aun así, la ética puramente utilitarista sigue presente aquí. Los derechos individuales deben desaparecer, y la verdad también, para no comprometer el objetivo colectivo de la máxima inoculación. Nada de esta filosofía encaja con la noción de libertad tal como la entendemos en Occidente. Este libro debería poner fin al debate para siempre. Desafío a cualquier persona con conciencia a que lo lea, abra una sola página y se sienta completamente satisfecha con lo que encuentre. Estas personas estaban siendo envenenadas, gritando de dolor, pidiendo auxilio, suplicando la verdad, sufriendo un profundo dolor espiritual por la traición de los líderes de la industria y el gobierno. La promesa de “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad” fue pisoteada en nombre de la ciencia.
Y sin embargo, aquí estamos, con inoculaciones aún en el mercado, aún altamente recomendadas por nuestras propias agencias gubernamentales, sus fabricantes aún protegidos de toda responsabilidad, y las empresas y escuelas aún imponiéndolas a la gente evitando cualquier consecuencia legal. Éste es nuestro mundo hoy, mientras nadamos y nos ahogamos en la mentira.
¿Qué podemos hacer? Hacemos todo lo que está a nuestro alcance. Decimos la verdad. Ayúdennos a difundirla.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








