Dejen que los transexuales compitan en deportes femeninos

    0
    Tempo estimado de leitura: 16 minutos

    Uno de los asuntos más imbéciles que ha ocupado el debate público en los últimos años es el transgenerismo; o más precisamente, la ideología de género. Los hombres que se sienten mejor actuando y viviendo como mujeres, y viceversa, no son nada nuevo. Y ésto es todo lo que es el transgenerismo, algo que siempre le ha ocurrido a un muy pequeño porcentaje de individuos en todas las sociedades humanas, como lo muestran los escritos de las primeras civilizaciones y los estudios de los antropólogos. Al analizar la división sexual del trabajo de los pueblos precolombinos, Alexander Goldenweiser señala que:

    Numerosos informes atestiguan la presencia en varias tribus de hombres afeminados que evitan las ocupaciones masculinas y desprecian abolutamente lo masculino; se visten como mujeres y participan en actividades femeninas. No es infrecuente que estos hombres actúen como magos y videntes” (Alexander Goldenweiser, “Sex and primitive society”, Sex and civilization, ed. por Calverton & Schmalhausen, London, 1929).

    En otras palabras, el reconocimiento y la particularización de las personas transgénero es un hecho común de la humanidad. Estas personas reciben un trato diferente en cada momento y lugar. Por ejemplo, en las culturas autóctonas mencionadas anteriormente, “es probable que [los chamanes] fueran del tipo de hombres afeminados o invertidos que la mayoría de los indios de América alguna vez respetaron y temieron, en lugar de despreciar o aborrecer”.[1] En la actualidad, la homosexualidad es considerada un delito en unos 70 países, y en algunos puede ser castigada con la pena de muerte –como en Irán–, pero allí la persona transgénero es bendecida por el estado teocrático y alentada a someterse a una cirugía de reasignación de sexo (que en realidad es sólo una cirugía de mutilación, ya que nada es capaz de cambiar el sexo de un animal), y el estado garantiza la documentación con el sexo cambiado. Irán ocupa el segundo lugar después de Tailandia en número de cirugías de este tipo, mientras que Rusia las prohíbe por completo.

    Pero es en los países occidentales –donde no existe la criminalización contra las personas transgénero– donde el transgenerismo ha sido fuente de controversia, debido a la ideología de género que lo ha envuelto recientemente. Y la controversia no tiene nada que ver con la aceptación o discriminación de estos individuos. La razón es que los posmodernistas quieren que toda la sociedad considere que un hombre que quiere ser mujer es mujer, por el simple hecho de desearlo. Como si la manifestación del deseo de tener otro sexo tuviera el poder de alterar la materia y realizarse. Ahora, todos deben aceptar que una persona no es lo que es, sino que es lo que desea ser. Se trata de una propuesta tan idiota que lamento tener que abordarla. De hecho, ésto es abordado mejor por comediantes como Dave Chappelle, Rick Gervais, Bill Burr y Chris Rock, o la serie animada South Park, quienes la han refutado y ridiculizado de la manera más perspicaz posible.

    Sin embargo, quien efectuó la refutación más mordaz de esta delirante presunción posmodernista fue el comentarista conservador Matt Walsh cuando formuló una simple pregunta a sus defensores: ¿Qué es una mujer? Walsh efectuó esta pregunta a activistas, “expertos” y personas transgénero, y absolutamente nadie ha podido responderla. Eso es porque es un jaque mate a toda esta estupidez. La respuesta correcta es “una mujer es un ser humano femenino”, pero los ideólogos de género no pueden admitir esta verdad, porque destruiría los fundamentos de sus creencias. Quienes intentan dar una respuesta diferente, caen en razonamientos circulares diciendo que “mujer es alguien que se identifica como mujer”. Una psicóloga entrevistada por Walsh dice que no sabe qué es una mujer, porque no es mujer. Pero para que ella pueda decir que no es una mujer, necesita también saber qué es una mujer. Esta tontería llegó tan lejos, que incluso una candidata a la Corte Suprema de Estados Unidos respondió que no sabía qué es una mujer. Otra respuesta standard implica discutir una supuesta diferencia entre sexo y género, que también es circular, porque cuando dicen que un individuo con sexo biológico masculino se identifica como mujer, ¿con qué se identifica de todos modos?

    De hecho, “género” siempre ha sido una categoría gramatical hasta que, en 1955, el sexólogo John Money introdujo la idea de género como constructo social. Además de que su teoría incurrió en la antes citada falacia del razonamiento circular, también fue empíricamente probada en un monstruoso experimento, con resultado catastrófico que terminó con el suicidio de sus sujetos: dos hermanos, uno se suicidó con una sobredosis de antidepresivos, y el otro con un disparo de escopeta en la cabeza. Sin embargo, la ideología de género se basa en los crueles estudios fallidos del infame Money.

    La pregunta que permanece es ¿cómo es posible que algo tan execrable, estúpido y fácilmente refutable como la ideología de género, siga ocupando durante tantos años vastos espacios del debate público? En un clip de principios de 2023, que volvió a hacerse viral la semana pasada, Dave Smith ofrece una explicación convincente de este fenómeno. La discusión sobre un tema tan imbécil no surgió orgánicamente, sino que fue implantado desde arriba hacia abajo por parte de la élite gobernante, para desviar la atención del público desde asuntos realmente importantes que, si son discutidos, podrían significar una seria amenaza al poder de las castas. En 2012, tanto la izquierda –con el movimiento Occupy Wall Street–, como la derecha –con el movimiento Tea Party–, comenzaron a cuestionar cosas como el banco central, los rescates y la deuda pública masiva, y fue entonces cuando los medios controlados por las grandes corporaciones –que se benefician de estos esquemas extorsivos– comenzaron a arrojar al público términos como racismo, transgenerismo, privilegio blanco, justicia social, etc. Esta inundación es demostrada mediante gráficos que recopilan datos sobre menciones en publicaciones importantes. En otras palabras, no fueron las personas las que un día se despertaron con el deseo de tener una conversación nacional sobre si los hombres pueden quedar embarazados, y si las mujeres pueden tener pene, sino que estas discusiones fueron artificialmente impuestas.

    Y funcionó. Derecha e izquierda pasan años discutiendo sobre si debería permitírsele a un travesti utilizar los sanitarios de mujeres, ignorando por completo el ataque sistemático que sufren por parte de la Reserva Federal (uno puede ser considerado de derecha sólo por decir que los hombres son diferentes de las mujeres). Sobre ésto, Dave Smith cita a Piers Morgan, un tipo que abogó por los cierres, el desarme de la población, el arresto de personas por expresarse en contra de la narrativa oficial, la eliminación de los derechos de los no vacunados, la guerra por poderes de Estados Unidos contra Rusia en Ucrania, pero … trajo a una “mujer trans” a su programa, y le dijo en la cara que no era una mujer real. ¡Y por eso llegó a ser considerado un derechista!

    La distracción del transgenerismo tiene graves consecuencias, con víctimas reales, entre ellas, niñas que fueron violadas por “niñas con pene”, a los que se les permitió utilizar los vestuarios de niñas en las escuelas, y niños confundidos que fueron sometidos a tratamientos de reasignación de sexo y mutilaciones. Pero una de las presuntas víctimas de la ideología de género no es sólo víctima de un control de la realidad: las mujeres deportistas.

    Permitir que los hombres participen en competencias femeninas es quizás la controversia más ruidosa en el transgenerismo: derecha e izquierda se han enfrentado por ésto, lo que demuestra el éxito de la estrategia de desviar la atención desde cuestiones importantes. Pero el asunto es tan obtuso, que se han invertido los papeles: es la derecha la que defiende el Girl Power, el “empoderamiento de las mujeres”, la lucha feminista por la igualdad entre hombres y mujeres, la máxima “el lugar de la mujer está en lo que ella quiera ser”; y la izquierda que está en el lado realista, defendiendo que hay cosas que las mujeres realmente no son capaces de hacer bien. Pero ambas partes están inadvertidamente en ésto. Por ejemplo, en una audiencia en el Senado de Estados Unidos, el senador conservador Ted Cruz cuestionó a la activista de extrema izquierda Kelley Robinson sobre la participación de travestis en los deportes femeninos. Robinson, partidaria de la ideología de género, no pudo admitir que existian diferencias entre hombres y mujeres, y se negó repetidamente a responder. Cruz presionó:

    Entonces déjame hacerte esta pregunta: ¿Por qué existen los deportes femeninos? Si no se puede definir una diferencia entre mujeres y hombres, ¿por qué no abolir los deportes femeninos, y simplemente decirle a las niñas que naden con los niños, y ver quién gana?

    Robinson no responde. Cruz insiste:

    ¿Por qué tener una categoría separada para las mujeres? Si no hay diferencia entre mujeres y hombres, ¿por qué tener deportes femeninos?

    Robinson continúa esquivando la pregunta. Entonces Cruz se rinde y se responde a sí mismo, citando:

    Un artículo de Duke Law, titulado “Comparación del rendimiento atlético de las mejores mujeres de élite con los de niños y hombres”, examina en 2017 los mejores records femeninos del mundo en varios eventos de atletismo. Así, por ejemplo, en los cien metros, el máximo record femenino del mundo fue de 10,71 segundos. Ahora bien, ese record de la mujer número uno del mundo en 2017 fue, en el año 2017, superado por 124 varones menores de 18 años. En ese mismo año, el record de la mujer número uno competidora en las 100 yardas y 100 metros llanos del mundo, fue roto por un total de 2.474 hombres. Si la agenda demócrata radical para destruir los deportes de niñas y deportes de mujeres tiene éxito, las niñas pequeñas no tendrán oportunidad de competir.

    Entonces, la respuesta que Ted Cruz buscó –y no obtuvo– es clara: los deportes femeninos existen porque las mujeres son malas en los deportes. Las competiciones deportivas son cosa de hombres. Las mujeres no tienen la más mínima capacidad para competir con los hombres. Para que las mujeres pudieran participar en competencias deportivas, se crearon las categorías femeninas, que son como una categoría de novatos. Cuando yo era niño, en los deportes o juegos físicos, los niños no podían usar toda la fuerza contra las niñas. Lo mismo para los niños más pequeños. La categoría femenina es donde los novatos pueden competir entre sí, sin que nadie tenga que esforzarse en sus capacidades.

    El deporte femenino es como el deporte para discapacitados. Un ciego no está en condiciones de jugar un partido de fútbol contra hombres videntes; por eso se creó el fútbol para ciegos, en el que sólo pueden jugar personas ciegas. Lo mismo se aplica al fútbol femenino. Las mujeres no están en absoluto en condiciones de jugar en un partido de fútbol contra hombres, por lo que fue creado el fútbol femenino, en el que sólo pueden jugar mujeres. En comparación con los hombres, tanto los ciegos como las mujeres tienen desventajas para el fútbol. Y el fútbol femenino es tan horrible –si no más– de ver, que el fútbol para ciegos. De hecho, los Juegos Olímpicos femeninos son una categoría de los Juegos Paralímpicos. Así como fueron creadas categorías de carrera para los cojos, baloncesto para lisiados, y natación para los sin brazos, fueron creados deportes femeninos para quienes no tienen el cromosoma Y, lo que es una deficiencia innegable para la práctica de la mayoría de los deportes.

    De hecho, hay pocos deportes en los que las mujeres no estén discapacitadas, como por ejemplo el deporte ecuestre, en el que no existe categoría femenina. Las mujeres compiten contra los hombres a un alto nivel. También pueden ser incluidas algunas categorías de gimnasia olímpica en estos deportes, en los que la feminidad no es una discapacidad. Sin embargo, la gimnasia olímpica es más una competencia de baile, en el que los jueces otorgan calificaciones según criterios artísticos. Pero las mujeres no pueden competir con los hombres en prácticamente todos los demás deportes. Entonces podemos reformular la pregunta de Ted Cruz. Dado que las mujeres tienen deficiencias en los deportes, ¿por qué existen competencias deportivas femeninas? O, dicho de otro modo, ¿por qué hay competencias deportivas para discapacitados? Si alguien es malo en algo, ¿por qué se dedicaría a ello, en lugar de dedicarse a algo en lo que es bueno? Nadie ha destapado esta cuestión mejor que Carlos Ramalhete, quien dice:

    Bueno, en algún aspecto, todos somos peores que el promedio. De la misma manera, todos somos mejores que el promedio en algún otro sentido. Así funcionan los promedios: prácticamente nadie es promedio en un aspecto aislado, y casi todos son mediocres en el promedio de sus talentos, siendo las deficiencias contrarrestadas por las excelencias y viceversa. Lo que hacen los atletas olímpicos es … tomar aquéllo en lo que por naturaleza ya son mejores que el promedio, y entrenar … hasta que son extraordinariamente mejores que el resto en eso.

    Por otro lado, el discapacitado físico, en el sentido estricto del término que habilita para participar en los “Paralímpicos”, es aquel que, por alguna razón, está completamente fuera de los parámetros de la normalidad, y para mal. Un cojo, ciego, amputado, lo que sea … Para ellos, dada la gravedad de su lesión o trastorno, es imposible incluso alcanzar la normalidad con cualquier esfuerzo. A alguien que no tiene un pie, nunca le crecerá otro, por muy bien que se desenvuelva con una prótesis.

    Estos lisiados, sin embargo, como ocurre con cualquier deficiencia o excelencia humana, están localizados. No es porque el sujeto tenga una sola pierna que se vuelve incapaz de desarrollarse tremendamente en otro aspecto, en el que no tiene ninguna deficiencia, y de convertirse en parte de una élite habilidosa en esa otra área. Un mudo, por ejemplo, aún puede ser nadador olímpico si tiene el cuerpo necesario y entrena como debe. Una persona con una sola pierna puede, como el cantante Roberto Carlos, desarrollarse al máximo en la música o en cualquier otro campo que no dependa de la pierna que no tiene, y así vivir sanamente con su problema. Nadie conoce a Roberto Carlos cojo, ni es el “rey” cojo. Al contrario: hace todo lo posible para no llamar la atención sobre su discapacidad, y es como cantante con lo que se ha desarrollado a la perfección.

    Como lo demuestra este ejemplo, las personas con una sola pierna pueden ser excelentes cantantes, del mismo modo que los mudos o los tartamudos pueden ser excelentes atletas. Los “Juegos Paralímpicos”, sin embargo, son como un concurso de cantantes tartamudos o mudos …: una broma de mal gusto, en la que se llama la atención precisamente sobre aquello en lo que las personas perfectamente capaces, son deficientes en todo lo demás. Una carrera a una sola pierna es una parodia macabra de superación atlética, en la que la discapacidad, la ausencia, la incompletitud y la imperfección se convierten en el centro de atención. En ellos no se trata de superar los límites del cuerpo humano, sino de negar la discapacidad que realmente se tiene, en lugar de aceptarla ordenadamente y dedicarse a algo que efectivamente se puede hacer bien, algo en lo que no importa si uno tiene todos los deditos. Es un espectáculo casi freak de inadaptación a la condición de discapacitado, patético y triste como un enano que se pelea en los bares cuando bebe demasiado.

    ¡Y si Ray Charles, Steve Wonder y Andrea Bocelli, en lugar de dedicarse a la música, fueran futbolistas! La visión es fundamental para un futbolista. Utilizar el oído para intentar localizar la posición de una pelota con cascabeles, e intentar patearla hacia un arco, cuya dirección el ciego sólo puede saber porque detrás de él hay un guía que también utiliza sonidos, es realmente patético y triste. Ramalhete, quien también tiene una discapacidad física y es un autor con una mente brillante, calificó acertadamente los Juegos Paralímpicos como una “parodia macabra de los Juegos Olímpicos”. En ellos, dice, “en lugar de celebrar la salud, se celebra la discapacidad y la enfermedad”.

    La narrativa es que uno estaría celebrando la “superación”. Mentira. Superar es lo que hace un atleta olímpico, que va más allá de lo que un ser humano común y corriente es capaz de hacer. Una persona discapacitada vive con su discapacidad, y trata de subsanarla lo mejor que puede, pero no la “superará”. Si lo hace, ya no será deficiente, y el extraordinario esfuerzo que puso en ello servirá para convertirlo en una persona como todos los demás en ese sentido.

    Lo mismo ocurre con las mujeres. Para intentar superar sus carencias, se masculinizan. Si esta superación fuera posible, dejaría de ser deficiente, convirtiéndose en un hombre igual a los demás en ese aspecto. Un objetivo imposible de alcanzar, pero algunas se acercan. En la misma audiencia en el Senado mencionada anteriormente, Ted Cruz preguntó al nadador Riley Gaines –quien había empatado con la nadadora travesti Lia Thomas, y los organizadores del torneo decidieron entregarle el trofeo– si hay diferencia entre hombres y mujeres. A diferencia del ideólogo de género de izquierda, Gaines no rehuyó la pregunta y respondió:

    Por supuesto [hay una diferencia entre mujeres y hombres]. Creo que aprendimos ésto a muy temprana edad: ver incluso a niños de 12 años o menos atravesar la pubertad, genera una ventaja irreversible que, sin importar el entrenamiento, sin importar la dieta, sin importar cualquier cambio alterable que puedas hacer, superará esa ventaja masculina. Especialmente en deportes como la natación, donde la capacidad pulmonar es tan importante, incluso en algo tan tonto como el tamaño de la garganta, los hombres tienen en promedio una garganta 40% más grande, lo que suena como si no fuera nada; pero cuando estás tomando aire, esa garganta 40% más grande hace una gran diferencia en el éxito atlético, sin mencionar la altura. Ustedes conocen las diferencias.

    Un ejemplo de deportista que intentó superar su discapacidad femenina fue la nadadora Rebeca Gusmão, a quien de tantas hormonas masculinas inyectadas, le quedó el físico de un deportista masculino, hasta que la pillaron en el test antidoping y la expulsaron del deporte. De hecho, Gusmão ha conseguido ponerse más musculosa que Lia Thomas, el chico que compite en la categoría femenina de discapacitados y está ganando casi todo y batiendo los records de discapacitados. Rebeca Gusmão fue prohibida por aumentar su testosterona; pero ahora a los hombres, que nacieron con el nivel más alto de testosterona, se les permite competir con mujeres con deficiencia de testosterona (y otras características físicas superiores a los hombres).

    La masculinización de las mujeres es tan extraña, que en 2015 se suspendió el concurso Ms. Olympia. Un número cada vez mayor de atletas masculinos que se identifican como mujeres compiten contra mujeres y baten records en el camino. Pero esta idea no es nueva. En la década de 1960, la URSS inscribió a dos hombres para competir en atletismo femenino, las “hermanas” Irina y Tamara Press. Ambos batieron muchos records y ganaron varias medallas de oro. Y ambos terminan sus carreras abruptamente, casualmente en el momento en que comenzó la exigencia de prueba de sexo en los campeonatos internacionales. También se especula que podrían ser hermafroditas; mujeres con vaginas, aunque con cuerpo de hombre. En Brasil tuvimos una vez un atleta así, la judoca intersexual Edinanci Silva quien, desde su nacimiento, tenía características de ambos sexos, pero con físico y niveles de testosterona masculinos. Con genética masculina, Edinanci se sometió a una cirugía de sus genitales dobles, le extirparon los testículos, y pasó una prueba de feminidad. Y su complexión física de hombre no la hacía destacar entre las deportistas de su categoría. Edinanci se enfrentó a mujeres que eran auténticas bestias, que muchas veces la derrotaban. Sin embargo, ¿qué impulsa a tantas mujeres a practicar deportes aptos para hombres?

    Hace 100 años, el filósofo español José Ortega y Gasset infirió que cada época está calificada por el predominio de la vejez o la juventud, y la masculinidad o la feminidad. Definió a su propia época (escrito en 1927) como ascendente en el cuadrante “juventud”; para afiliar el sexo a una época, sería necesario analizar cómo se define un sexo según su comportamiento en relación con el otro sexo. Así, “el tipo de hombre dominante en 1890”, que se definía “ante todo por su anhelo de mujeres, revela por sí solo que en aquella época [antes de su época] predominaban los valores de la feminidad”. En su época, ésto se había invertido, y era que la mujer no podía “definirse sin hacer referencia al hombre”, quien entonces tenía el privilegio de ser “completamente independiente de si la mujer existe o no”. La ciencia, la tecnología, la guerra, la política, el deporte, etc., son cosas en las que el hombre se ocupa del centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva alguna”. Ortega y Gasset señala cómo el masculinismo culminó en la Atenas de Pericles:

    Un siglo sólo para hombres. Vives en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro contempla los juegos de los efebos desnudos y se acostumbra a discernir las más finas cualidades de la belleza varonil, que el escultor comentará en el mármol … ¿La mujer? … Sí, a última hora, en el banquete varonil, aparece bajo las especies de flautistas y bailarinas que interpretan sus humildes habilidades de fondo, muy de fondo de la escena, como apoyo y pausa a la languideciente conversación. A veces, la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por qué? Porque aprendió el conocimiento de los hombres, porque se masculinizó. Si bien los griegos sabían esculpir cuerpos de mujeres famosas, su interpretación de la belleza femenina no podía desligarse de la preferencia que sentían por la belleza del hombre. La Venus de Milo es una figura masculino-femenina, una especie de deportista con busto.

    Volviendo a su época, Ortega y Gasset señala que “la mujer de 1927 dejó de acuñar valores para sí misma, y acepta el punto de vista de los hombres que en esa fecha sienten, en realidad, entusiasmo por la espléndida figura del deportista. Podemos ver en ésto, por tanto, un síntoma de la primera categoría, que revela el predominio del punto de vista varonil”. En una época masculina, las mujeres emulan los gustos y valores de los hombres. Ella “se esfuerza en los deportes físicos”, y “acepta en la conversación los temas de preferencia de los jóvenes y habla de deportes y automóviles” por una razón: “asimilación al hombre”. Un siglo después, hoy en 2024, me parece que hemos vuelto a una época masculinizada, pero no sin la ayuda del estado. Al inicio de su cuestionamiento, el senador Ted Cruz citó una legislación de hace 50 años:

    El Título IX fue una ley histórica de derechos civiles. Ayudó a crear la increíble variedad de deportes de niñas y deportes de mujeres que vemos en todo el país. Creo en los deportes de niñas. Creo en los deportes de mujeres. Soy el orgulloso padre de dos hijas, ambas atletas. Creo que participar en deportes competitivos es algo maravilloso para una niña. Creo que es algo maravilloso para una mujer y creo que, lamentablemente, el Partido Demócrata de hoy ha decidido que los deportes para niñas y para mujeres ya no importan, y están dispuestos a impulsar una legislación radical diseñada para destruir los deportes para niñas y para mujeres.

    Pero ¿qué es el Título IX? Se trata de un proyecto de ley firmado por Ricard Nixon, que prohibía la discriminación sexual por parte de entidades deportivas que recibieran subvenciones gubernamentales. Así, los deportes que antes eran cosa de hombres, dejaron de prohibir estos elementos foráneos y pasaron a aceptar y fomentar la participación de las mujeres. Gracias a una subvención estatal, el deporte femenino ha ascendido:

    El Título IX entró en vigor durante la segunda ola de feminismo, una época en la que las mujeres luchaban por la igualdad de trabajo, la igualdad de oportunidades y la ampliación de los servicios de cuidado infantil. La participación de las mujeres en el deporte era limitada, principalmente a nivel universitario. Antes de la introducción del Título IX, se hicieron algunos esfuerzos para fomentar el deporte interuniversitario entre las mujeres. Esto incluyó el nombramiento de una Comisión de Deportes Intercolegiales para Mujeres en 1966 y 1969, junto con el anuncio de varios campeonatos nacionales para mujeres.

    Sin embargo, después de la implementación del Título IX, la participación de las mujeres en los deportes en los EE.UU. aumentó significativamente en el atletismo de las escuelas secundarias y universitarias. Los datos de 2010-11 sugieren que 41% de los atletas de secundaria en los EE.UU. eran mujeres en comparación con la participación antes de la implementación del Título IX, que era de sólo 7%. De manera similar, en el atletismo universitario, la participación femenina aumentó 456%, de 29.972 en 1971-72 a 166.728 en 2007-08.

    Ted Cruz se muestra como un verdadero conservador, en el sentido de defender el status quo, sea lo que sea –subsidios progresistas, legislación feminista y leyes contra la discriminación: si algo existe desde hace tiempo, debe ser ser preservado. Prefiere mantener la ilusión de sus dos hijas de que son atletas competitivas, protegiéndolas del mundo real, donde los hombres destrozarían sus esfuerzos infantiles.[2] Si Cruz realmente apoya a sus hijas atletas, quiere verlas masculinizadas al máximo. Tiene razón en que los izquierdistas destruirán las competencias de las mujeres al permitir que los hombres compitan contra las mujeres, pero eso sólo revelaría las verdaderas capacidades inferiores de las mujeres, y las pondría en su lugar. La izquierda, de manera tortuosa e irreflexiva, se compromete a mostrar la realidad de que el lugar de la mujer no es donde ella quiera estar. Las mujeres pueden competir en pie de igualdad y superar a los hombres en muchos ámbitos de la vida; los deportes no son uno de ellos.

    Como libertario, apoyo que se permitan todas las formas de discriminación; y sí sin subsidios y protecciones estatistas y cuasi-estatistas de las grandes corporaciones fascistas, florecen las competencias privadas exclusivas de mujeres, pues que así sea. Personalmente, no podría importarme menos si el disparate de la ideología de género extinguiera las competencias deportivas femeninas. Los transexuales participan en deportes femeninos, lo que sea.

    ¿Podemos cambiar de tema, y hablar de poner fin a la Reserva Federal y al complejo industrial de guerra/bienestar?

     

     

    _________________________________________

    [1] Los Amos y los Esclavos: Un Estudio sobre el Desarrollo de la Civilización Brasileña, Gilberto Freyre.

    [2] El Daily Wire ha producido una comedia para defender las competencias femeninas (Lady Ballers, con Walsh, Ben Shapiro, y cameos de Ted Cruz y el nadador Riley Gaines). En el climax de la película, un equipo de baloncesto masculino profesional juega contra un equipo de niñas de 8 años, y les deja ganar por lástima. Esto traduce perfectamente la quimera del deporte femenino que pretenden proteger.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

    DEIXE UMA RESPOSTA

    Por favor digite seu comentário!
    Por favor, digite seu nome aqui