Democracia, ilusión de Libertad

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    En cualquier país occidentalizado, durante el período pre-electoral los candidatos siempre nos recuerdan que el partido político opositor y sus candidatos tienen la intención de quitarnos la democracia. Se dedica mucho menos tiempo a advertirnos que la parte acusada nos impondrá fuertes impuestos, destruirá la economía, o nos quitará la libertad.

    Sea o no la democracia el asunto más importante para el votante, los partidos políticos quieren que incuestionablemente ocupe un lugar preponderante en la mente de los votantes … y quieren que los votantes tengan miedo de perderla.

    Entonces, retrocedamos un poco y echemos un vistazo a esta vaca sagrada. Consideremos el sistema al que reemplazó, y por qué ocupa un lugar tan destacado en la retórica política actual. La democracia ha existido de una forma u otra durante milenios, pero realmente cobró importancia después de la Edad Media. Reemplazó al sistema feudal, sistema hoy considerado bastante primitivo.

    En aquel entonces, muchas personas poseían pequeñas parcelas de tierra, las que generalmente cultivaban. Aquéllos que no poseían tierras, a menudo se acercaban a un noble que poseía grandes extensiones de tierra. Proporcionaría a los sin tierra una sección de tierra para cultivar. A cambio, el pago standard era “un día de trabajo cada diez”. En esencia, ésto significaba que el noble recibiría 10% de su cosecha, cualquiera que fuera. Los secuaces del noble servirían como recaudadores en los buenos tiempos, y como ejército, si se produjera una invasión.

    Lo más probable es que el siervo permaneciera en la propiedad de por vida, al igual que las generaciones posteriores. Entonces, ¿por qué cayó en desgracia este acuerdo?

    Bueno, no es sorprendente que cualquiera que estuviera en deuda con un noble posiblemente se molestara por el hecho de depender de él. El hombre rico del castillo era el demonio perfecto, fácil de ser considerado como la única causa de todo lo que estaba mal.

    Con el tiempo surgieron ciudades, y cualquiera que pudiera cubrir los gastos de construcción de una tienda, podía utilizarla para ejercer su comercio, independizándose de los nobles. No es sorprendente que esta nueva libertad atrajera a muchos y los pueblos crecieran, y algunos se expandieran hasta convertirse en ciudades. En el camino, los castillos cayeron en mal estado y los nobles ya no tuvieron la influencia económica que alguna vez tuvieran.

    Entonces, parecería que eso significaría el fin de los gobernantes privilegiados que vivían de los vasallos pobres. Pero eso no es lo que ocurrió. Siempre habrá quienes busquen vivir del populismo como garrapatas. Estas personas pronto se convirtieron en alcaldes y, en niveles superiores, miembros del parlamento, etc.

    Entonces, en lugar de resentirse con un solo noble, el hombre promedio tenía una gran cantidad de personas a las que apuntar. Y, después de todo, ¿quiénes eran estos líderes? ¿Qué derecho tenían a gobernar a los demás? Este problema fue brillantemente resuelto con la adopción de la democracia.

    Superficialmente, la democracia representa Libertad: libre elección. El hombre promedio, por pobre e insignificante que sea, tiene “igual derecho” a votar. En su opinión, ha participado en la elección sobre si quiere que lo gobierne el candidato A o el candidato B.

    El votante está tan satisfecho con la apariencia de su elección, que rara vez se le ocurre que ni el candidato A ni el candidato B tienen intención de representar sus necesidades. Todo lo contrario: ambos candidatos tienen la plena intención de representarse a sí mismos y al sistema que hizo posible su ascenso.

    Y aquí radica la belleza de la democracia para el aspirante a gobernante: una vez que el votante ha aceptado el sistema democrático, puede ser esclavizado en un grado mucho mayor que lo que podría un solitario noble. En el mejor de los casos, el votante puede cambiar de opresor cada pocos años en época de elecciones. Como dijera Thomas Jefferson:

    La democracia no es más que un gobierno de masas, en el que 51% de la gente puede quitarle los derechos al restante 49%”.

    Pero la verdadera belleza de la democracia es que, dado que el votante siente que se le ha dado una opción, todo lo que resulte de esa elección es de algún modo “justo”. Ahora tolerará cualquier nivel de opresión que se le imponga, incluso si el vencedor no fue el candidato por el que votó.

    Pero seguramente ésto es una exageración. Sin duda, el votante conserva su capacidad de razonamiento, la que continuará recordándole qué es “justo” y qué no lo es.

    Bueno, volvamos a aquéllo de “un día de trabajo cada diez”. De ninguna manera fue arbitrario: no fue impuesto bajo ninguna ley. Era el nivel de impuestos que parecía razonable para el mayor número de personas, y por eso se convirtió finalmente en el standard.

    Compare eso con el día de hoy. Impuesto sobre la renta, impuesto sobre la propiedad, impuesto sobre el clima, impuesto sobre las ganancias de capital, impuesto sobre las ventas, impuesto de sellos, impuesto sobre la herencia, impuesto sobre el valor agregado, impuesto sobre sociedades, y una lista interminable de impuestos y derechos sobre consumibles y servicios. Hoy en día, los impuestos cubren tanto terreno y son tan complicados, que es prácticamente imposible calcular cuál podría ser el total. Pero no quepa duda: el total supera con creces aquel 10% que el siervo medio considerara razonable. La democracia realmente paga.

    Y es significativo señalar que, si bien en la Edad Media el noble proporcionaba al menos tierras a sus siervos, ésto no ocurre con los gobiernos actuales. Los gobiernos son esencialmente parásitos. Lo poco que realmente aportan a la población casi siempre podría haber sido hecho mejor y más barato por la empresa privada. El resultado habría sido una economía más próspera para todos.

    Por si todo ésto no fuera suficiente, los líderes políticos utilizan la riqueza hecha suya mediante el saqueo, para robar continuamente sus derechos a la población. El elector no sólo no tiene la oportunidad de votar por un candidato verdaderamente “representativo”, sino que sus libertades son continuamente erosionadas. Entonces, ¿eso es todo? ¿No hay escapatoria del único sistema que pretende representar al hombre promedio?

    Bueno, de hecho, hay comunidades en todo el mundo que operan según el principio de que cuanto más pequeño, mejor. Los Amish, por ejemplo, definen una comunidad como “no más personas de las que se pueden reunir en un granero”. Todas las reuniones comunitarias se llevan a cabo en ese granero, y como la comunidad promedio no consta de más de cuarenta familias, ningún miembro tiene la oportunidad de sobresalir de los demás (cuando la comunidad crece más allá, se divide en dos comunidades, y cada una pasa a tomar sus propias decisiones en graneros separados).

    Los países pequeños también tienden a hacer que sea más difícil para cualquiera ascender tan alto como para volverse inaccesible.

    Pero cuanto más grande es el país, mayor es la separación y elevación de los líderes por encima de la población. Por extensión, los imperios son peores que los países.

    Si el lector vive en un país donde siente que no tiene conexión alguna con sus líderes, excepto la ilusión de que su voto tiene significado, no debería concluir que es culpable de pensar erróneamente (como bien podrían sugerir sus líderes, llamándolo subversivo o terrorista interno).

    De hecho, su pensamiento es bastante correcto. Simplemente está viviendo en el lugar equivocado y, durante las próximas elecciones, tal vez quiera renunciar a su viaje hasta las urnas y, en cambio, votar con los pies, alejándose de la promesa de democracia y avanzando hacia una mayor Libertad.

    La democracia no es su amiga.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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