El secreto del Leviathan: en qué acertó Hobbes y qué pasó por alto

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    Según Thomas Hobbes, la vida en el estado de naturaleza era “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”: una guerra permanente de todos contra todos, que sólo termina con el surgimiento de un poder soberano. Los libertarios llevan tres siglos respondiéndole con una réplica optimista: la condición natural de la humanidad es la cooperación, el intercambio y la división del trabajo, y no el sombrío homo homini lupus (“el hombre es un lobo para el hombre”) que imaginó Hobbes. Los desconocidos comercian en lugar de matarse entre sí, porque el comercio resulta más rentable que el saqueo. El progreso es la historia de contratos en los que ambas partes salen ganando –una sociedad basada en la confianza–, y no la historia de un “Leviathan” que impone la paz desde arriba.

    Pero, ¿y si Hobbes hubiera tenido razón? ¿Qué ocurriría si la vida fuera, efectivamente, desagradable, brutal y corta porque, en el estado de naturaleza –término con el que nos referimos a la mayor parte de la historia humana, antes de la aparición de gobiernos y estados–, ante la disyuntiva entre “medios económicos” (apropiación original, producción e intercambio voluntario) y “medios políticos” (apropiación fraudulenta o violenta de la riqueza ajena) [[1]], muchos –o la mayoría– eligieran el atajo de la violencia y el fraude para desenvolverse en un mundo de recursos escasos? Ahora bien, ¿qué haría un individuo brutal para que sus actividades delictivas fueran más eficaces y seguras? La primera respuesta es que recurriría a una red de alianzas y crearía una organización criminal. El ladrón primitivo que actuaba por su cuenta, golpeando a sus semejantes en la cabeza para robarles los huesos de mamut, tenía una eficacia limitada. El envejecimiento, el encuentro con otros individuos más fuertes o, simplemente, la mala suerte, podían convertir su empresa criminal en algo demasiado arriesgado. Por eso, la primera respuesta ante las condiciones imaginadas por Hobbes habría sido una alianza entre individuos brutales.

    La división del trabajo es moralmente neutra. Funciona como un multiplicador de la eficiencia, independientemente de aquello a lo que sea aplicada: ya sea la fabricación de zapatos o la comisión de delitos. Un bandido solitario es una molestia; una jerarquía de bandidos –con exploradores, ejecutores, contadores y una cadena de mando– constituye una “economía de la depredación”. Y, al igual que las economías de la producción, las economías de la depredación se benefician con la especialización. Por tanto, si aceptamos la premisa de que los seres humanos, abandonados a sí mismos y a sus inclinaciones naturales, recurrirían a la violencia y al fraude, entonces el primer paso tras el inicio de la “guerra de todos contra todos” es la formación de organizaciones criminales. Bajo su amparo, los individuos despreciables que conforman la sombría visión de Hobbes sobre la humanidad primitiva, habrían gozado de la protección del grupo y de la mayor eficiencia propia del crimen organizado –el que triunfa por la misma razón que triunfa la industria organizada. Hobbes vio la guerra, pero no se percató de que sus peores protagonistas no eran individuos caóticos, sino instituciones consolidadas.

    La organización, por sí sola, explica la existencia de una banda. Pero, tarde o temprano, los miembros de estas bandas buscarían hacer sus vidas aún más fáciles y mejores que lo que permitiría el simple uso de una organización compleja. Decidirían transformar sus bandas en instituciones permanentes, fundamentadas no ya en el principio brutal de que “la fuerza da el derecho”, sino en un método mucho más refinado y astuto.[[2]] Lo que permite a una organización criminal cobrar impuestos en lugar de limitarse a robar, reclutar forzosamente en lugar de simplemente secuestrar, o ejecutar legalmente en lugar de asesinar, es un logro adicional –y más sorprendente: la convicción, arraigada en la mente de las propias víctimas, de que la banda tiene derecho a realizar tales actos. No sólo que tiene la capacidad de hacerlo, sino que tiene la legitimidad para ello. Éste es el verdadero cambio de paradigma, y ​​a la organización dominante no le cuesta prácticamente nada generarlo pues, una vez instaurado, el sistema es sostenido gracias al esfuerzo de los propios dominados. Un recaudador de impuestos cuya legitimidad es dada por sentada, no necesita guardaespaldas. Una ley considerada justa se hace cumplir por sí misma, mediante el sentido de la vergüenza y la conciencia cívica de personas a quienes ni siquiera se les pasaría por la cabeza resistirse. La legitimidad es una forma de depredación a crédito: las víctimas financian tanto el robo como la vigilancia necesaria para asegurar su propia sumisión. Además, al apoyarse en el instinto gregario –que lleva a los individuos a identificarse naturalmente con el grupo–,[[3]] las organizaciones estatales embrionarias sólo precisaban dos elementos para garantizar la obediencia: convencer a los miembros del grupo de que la organización y el grupo eran una misma cosa (es decir, la identificación entre estado y sociedad civil) y explotar el miedo –instinto primordial– para llevar a las víctimas del estado a unirse con otros en una estrategia de defensa colectiva bajo el estandarte de dicha organización. Para lograrlo, necesitaban construir un relato.

    Murray N. Rothbard lo vio con claridad: dado que el dominio del estado es de naturaleza explotadora, éste debe comprar la alianza de “intelectuales de corte”, cuya tarea consiste en engañar al público para que acepte y celebre su mandato, moldeando la opinión hacia la necesidad, la validez y la benevolencia del orden existente.[[4]] La legitimidad es el único pilar fundamental, despojado de cualquier otro elemento: ni una banda ni una cooperativa pueden convertirse jamás en un “gobierno”, a menos que la gente crea que alguien entre ellos tiene derecho a gobernar. Sin esa creencia, la fuerza bruta por sí sola no proporciona poder duradero. Con ella, en cambio, los políticos y sus agentes coercitivos se vuelven “indistinguibles de un gigantesco sindicato del crimen organizado”, salvo por la percepción que el público tiene de ellos.[[5]] Por tanto, aunque Hobbes tuviera razón respecto de las perversas tendencias que surgirían en el “estado de naturaleza”, no supo ver que estados y gobiernos, lejos de ser una solución al problema del crimen y la violencia, constituyen la culminación y el perfeccionamiento de dichas tendencias. No existe ese mítico estado de naturaleza en el que los seres humanos prosperaban felices gracias a que decidieron cooperar. Es cierto que la vida de los seres humanos primitivos era desagradable, brutal y breve, pero dicha situación se vio considerablemente agravada por el surgimiento de los estados y los gobiernos.

    Por consiguiente, la solución al problema del crimen reside –cabe esperar– en el futuro, y no en un pasado remoto.

    Si la organización, el instinto gregario y la legitimidad constituyen los pilares de la violencia y el fraude, la resistencia conlleva dos tareas equivalentes. La primera es antigua y carece de cualquier atisbo de “glamour”: consiste en crear una contraorganización (formar un grupo alternativo) y ejercer la negativa. Los plebeyos romanos no suplicaron a los patricios un trato mejor; simplemente se retiraron al monte Aventino como comunidad y dejaron de participar: sin ejércitos ni negociaciones, se limitaron a retirar la cooperación de la que dependía todo el sistema. Étienne de La Boétie ofreció la primera –y, hasta la fecha, la más incisiva– formulación teórica de esta negativa: el tirano no posee más poder que aquél que sus súbditos le otorgan mediante su propio consentimiento y obediencia convertida en hábito. Decidan no servir más y, como un coloso al que le han arrebatado su base, el estado se derrumba por su propio peso.[[6]]

    Todo freno histórico serio al poder se ha parecido más a ésto que a una batalla: huelgas, rebeliones fiscales, la anulación de leyes por parte de jurados, silenciosa falta de cooperación que se manifiesta en miles de negativas cotidianas. Cualquier estructura de poder se desmorona sin nuestra participación porque, a diferencia de las iniciativas voluntarias, no produce nada por sí misma.

    La segunda tarea es más difícil y, a la vez, más importante: atacar directamente su legitimidad. Aquí es donde las teorías conspirativas y la historia revisionista –categorías ante las cuales la “sociedad educada” ha sido condicionada a reaccionar con desprecio– cumplen su verdadera función. Toda historia oficial es, en realidad, un relato legitimador: la fundación del estado fue necesaria, sus guerras fueron justas, sus leyes reflejan la voluntad general. El objetivo del revisionismo no es caer en la fantasía, sino hacer lo que cualquier historiador honesto debería hacer: cuestionar los mitos fundacionales y sacar a la luz la coacción, el interés propio y la violencia arbitraria que se esconden tras la fachada ceremonial. Cada mito que es desmantelado, es un ladrillo menos en un muro que nunca se sostuvo únicamente por la fuerza.

    Baudelaire escribió que el mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existe.[[7]] El estado ha logrado una hazaña aún más audaz: convencer al mundo de que es necesario y bueno –o, al menos, inevitable, dadas las alternativas. La respuesta a esto es simétrica a la observación de Baudelaire: para derrotar a los estados, hay que demostrar que esa banda permanente de ladrones no posee más poder que el que nosotros mismos le otorgamos. Hobbes creía que el “Leviathan” era el remedio para la “guerra de todos contra todos”; nunca consideró que el propio Leviathan pudiera ser su exponente más eficaz: organizado y, lo que es peor, aceptado como algo real.

    Desmitifiquen a estos brutos. No desaparecerán, pero perderán su poder más grande y peligroso: la creencia de que ellos son la solución a los problemas y peligros que, en realidad, ellos mismos han creado.

     

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    Notas

    [[1]] Franz Oppenheimer, The State (1908), sobre la distinción entre los “medios económicos” y los “medios políticos” de adquisición.

    [[2]] Hans-Hermann Hoppe, Democracy: The God That Failed (2001), y The Economics and Ethics of Private Property (1993), sobre el estado como monopolista último de la toma de decisiones y de la jurisdicción obligatoria: el juez supremo en todos los conflictos, incluidos aquellos en los que él mismo es parte.

    [[3]] Wilfred Trotter, Instincts of the Herd in Peace and War (1916).

    [[4]] Murray N. Rothbard, Anatomy of the State (Auburn, Alabama: Mises Institute, 2000; pdf); sobre el papel de los “intelectuales de la corte”, p. 20 y ss. También incluido en Rothbard, Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays (2000). Publicado originalmente en Rampart Journal of Individualist Thought, vol. 1, nº2 (verano de 1965): 1–24.

    [[5]] Larken Rose, The Most Dangerous Superstition (2011).

    [[6]] Étienne de La Boétie, Discourse on Voluntary Servitude (c. 1548/1576).

    [[7]] Charles Baudelaire, Le Joueur généreux, Petits Poèmes en prose, (Michel Lévy Frères, 1869), IV; Petits Poèmes en prose, Les Paradis artificiels ( (pp. 87–91).

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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