Desde marzo, los ataques israelíes en Líbano han desplazado a más de un millón de civiles, y han asesinado o herido a más de 17.000 personas. Al Jazeera informó el mes pasado:
“Los bombardeos de la artillería israelí siguen provocando incendios incontrolables. Las fuerzas de defensa civil y los bomberos libaneses no reciben permiso de los israelíes para acceder a estas zonas y sofocar las llamas. Más de 60 localidades del sur del Líbano permanecen ocupadas por el ejército israelí, el que está llevando a cabo una campaña sistemática de demoliciones”.
La guerra contra Irán y la continua masacre en Gaza han desplazado la cobertura mediática estadounidense sobre los ataques israelíes en el sur de Líbano y Beirut. Sin embargo, Israel está repitiendo la misma estrategia –con igual relato– que ha utilizado para justificar sus ataques contra Líbano desde los inicios de la era Reagan.
En Junio de 1982, una organización terrorista encabezada por Abu Nidal (el Osama bin Laden de la década de 1980) intentó asesinar al embajador israelí en Londres. Las fuerzas de Nidal ya habían acabado con la vida de numerosos funcionarios de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) mediante tiroteos y atentados con explosivos, al considerar a Yasir Arafat como traidor por su disposición a negociar con Israel.
El primer ministro israelí, Menachem Begin, aprovechó el atentado de Londres para enviar a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) a Líbano con el fin de aplastar a la OLP. No obstante, como señaló Thomas Friedman en su libro From Beirut to Jerusalem (De Beirut a Jerusalén), “el número de bajas israelíes realmente ocasionadas por las guerrillas de la OLP en Líbano fue ínfimo (una sola muerte en los 12 meses previos a la invasión)”. La invasión israelí estaba inicialmente prevista para el verano anterior, pero fue pospuesta después de que el enviado estadounidense, Philip Habib, negociara un alto el fuego entre Israel y la OLP.
El ministro de Defensa, Ariel Sharon, aseguró al gabinete israelí que su “Operación Paz para Galilea” sólo se adentraría 40 kilómetros en territorio libanés. Sin embargo, Sharon envió sus tanques hasta Beirut, decidido a destruir a la OLP de una vez por todas. El director general del Ministerio de Asuntos Exteriores, David Kimche, declaró: “No tenemos aspiraciones sobre un sólo centímetro de territorio libanés. Nuestro único objetivo es librarnos de la amenaza del terrorismo”. Como señalaron David Martin y John Walcott en su excelente libro de 1988, Best Laid Plans: The Inside Story of America’s War Against Terrorism (Los planes mejor trazados: La historia interna de la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo), la embajada de Estados Unidos en Beirut “envió un cable tras otro a Washington, advirtiendo que una invasión israelí provocaría terrorismo y socavaría la posición de Estados Unidos en el mundo árabe; pero no recibieron respuesta alguna”.
La Media Luna Roja Palestina estimó que 14.000 personas –en su mayoría civiles– fueron asesinadas o resultaron heridas durante el primer mes del ataque israelí. Cuando los palestinos opusieron una resistencia tenaz, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) respondieron bombardeando Beirut de manera indiscriminada. Las FDI atacaron los edificios que albergaban las oficinas locales de Los Angeles Times, United Press International y Newsweek. Asimismo, los israelíes cortaron el suministro de agua y electricidad en Beirut e impusieron un bloqueo.
Las Naciones Unidas mediaron en un acuerdo de paz mediante el cual Estados Unidos y otras fuerzas multinacionales entraron en Beirut para garantizar el alto el fuego, permitiendo que la OLP embarcara hacia Túnez, país que había aceptado ofrecerles refugio. El gobierno estadounidense firmó un acuerdo con Arafat, comprometiéndose a que sus fuerzas protegerían a los civiles que permanecieran en la zona. Una vez que la OLP se retiró de Beirut, las tropas estadounidenses fueron evacuadas y nuevamente embarcadas en los buques de la Marina.
Sin embargo, el ejército israelí colaboró con milicianos falangistas cristianos –conocidos por su crueldad–, brindándoles apoyo mientras perpetraban masacres en campos de refugiados palestinos, los que dejaron un saldo de 700 hombres, mujeres y niños asesinados.
El presidente Ronald Reagan envió de nuevo tropas estadounidenses a Beirut para estabilizar la situación. Poco después, el ejército de Estados Unidos terminó interviniendo de facto en la guerra civil libanesa, al bombardear a las fuerzas musulmanas. En respuesta, un conductor musulmán llevó a cabo un ataque suicida con un camión contra el cuartel donde se alojaban las tropas estadounidenses, causando la muerte de 243 marines. Tras este suceso, Reagan retiró a la mayor parte de sus tropas de Líbano. Sus acciones enfurecieron a los neoconservadores, quienes parecían creer que Estados Unidos tenía la obligación de pagar cualquier precio para asegurar el éxito de la “Operación Paz para Galilea” de Sharon.
Contaba con el comentarista ideal para analizar, paso a paso –bomba por bomba– aquella invasión. Poco después de mudarme al área de Washington, fui a parar a una pensión en Pentagon City, Virginia. Uno de los otros residentes era un agente retirado de la CIA llamado Virgil, quien había caído en un alcoholismo tan severo que a menudo terminaba rodando por las escaleras. Sin embargo, su mente seguía siendo, en muchas ocasiones, sumamente aguda, y poseía un talento innato para contar historias. Durante la mayor parte de su carrera, estuvo destinado en Beirut y Egipto; allí, según contaba, le enseñó a hablar inglés al futuro presidente egipcio Anwar el-Sadat (Sadat fue asesinado poco después de que yo me mudara a aquella casa).
Virgil también conocía a Hosni Mubarak y describió con precisión al sucesor de Sadat como alguien absolutamente despiadado, pero de mente fría a la vez. Virgil mantenía estrecha relación con el rabino antisionista más destacado de Estados Unidos, Elmer Berger. En su sala de estar se podían ver ejemplares antiguos del Washington Report on Middle East Affairs, boletín en el que Berger colaboraba como asesor. Los comentarios de Virgil sobre la masacre perpetrada por Israel en el Líbano servían como el antídoto perfecto frente a gran parte de la “sabiduría convencional” sobre aquel conflicto.
La invasión de Líbano –sobre la que Israel pretendía fuera una operación relámpago– se convirtió en un atolladero de 18 años, que costó la vida a más de 1.500 soldados israelíes. Israel mantuvo el control sobre una franja de territorio en el sur de Líbano, supuestamente para protegerse de los ataques terroristas de Hezbollah y otros grupos.
Asimismo, Israel entrenó, equipó y financió al Ejército del Sur del Líbano (ESL). Entre 1993 y 1999, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y sus fuerzas subsidiarias del ESL asesinaron al menos a 355 civiles libaneses, mientras que las guerrillas musulmanas en Líbano asesinaron a 9 civiles israelíes, según datos de B’Tselem, principal organización de derechos humanos de Israel. En 1993 y 1996, Israel llevó a cabo intensas campañas de bombardeo contra aldeas libanesas, forzando a cientos de miles de personas a huir hacia el norte, en dirección a Beirut.
El 18 de Abril de 1996, la artillería de las FDI bombardeó un recinto de las Naciones Unidas cerca de Qana, donde se agolpaban 800 civiles libaneses “que habían huido de sus aldeas siguiendo órdenes de las FDI”. El ataque fueron asesinados 102 refugiados, y dejó a cientos de personas heridas. Guerrilleros de Hezbollah habían disparado cohetes Katyusha a escasos cientos de metros del recinto. Un portavoz de las fuerzas de las Naciones Unidas en Líbano denunció de inmediato el ataque calificándolo como “masacre”. El general de división Dan Harel, comandante de la ofensiva israelí, insistió en que el bombardeo del campamento no podía haber sido deliberado, argumentando que “algo así no puede suceder en un país democrático como Israel”.
Las FDI sostuvieron que desconocían que el campamento estuviera repleto de refugiados. Un informe de las Naciones Unidas replicó: “Contrariamente a las reiteradas negativas, dos helicópteros israelíes y un vehículo piloteado a distancia [drone] estuvieron presentes en la zona de Qana en el momento del bombardeo”. A la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Madeleine Albright, no le importaron en absoluto las muertes; sin embargo, se mostró indignada por el informe que criticaba a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). El portavoz de Albright declaró que ella se sentía “perturbada” por el hecho de que el informe “decidiera sacar conclusiones injustificadas sobre este incidente, las cuales sólo sirven para dividir y polarizar el ambiente, en lugar de extraer lecciones prácticas que ayuden a evitar que una tragedia así vuelva a ocurrir”.
Un informe de Amnistía Internacional concluyó que las FDI “atacaron deliberadamente las instalaciones de la ONU” en Qana. Pocas semanas después del ataque, dos de los artilleros israelíes que participaron en el bombardeo fueron entrevistados por un semanario de Jerusalén. Uno de ellos comentó: “En una guerra, estas cosas pasan … Al fin y al cabo, no son más que un montón de árabes”. Un segundo artillero relató que, tras bombardear el campo de refugiados, un comandante les dijo que “estábamos disparando bien, que siguiéramos así”, y añadió que, bueno, “hay millones de árabes”. Ari Shavit, columnista del diario Haaretz –quien había combatido en Qana dieciocho años antes, durante su servicio en las FDI–, explicó la masacre de la siguiente manera:
“Los matamos movidos por una cierta arrogancia ingenua. Creyendo, con absoluta certeza, que ahora –con la Casa Blanca, el Senado y gran parte de los medios de comunicación estadounidenses de nuestro lado– las vidas de los demás no valen tanto como las nuestras. Creyendo que realmente tenemos derecho a ordenar a 400.000 personas que abandonen sus hogares en un plazo de ocho horas. Y que, una vez transcurridas esas ocho horas, tenemos derecho a tratar sus viviendas como objetivos militares. Y que tenemos derecho a lanzar 16.000 proyectiles sobre sus aldeas y pueblos. Y que tenemos derecho a matar sin ser culpables”.
“Una masacre israelí se distingue, en la mayoría de los aspectos, de una masacre árabe, en que no es malintencionada, no es llevada a cabo por orden de las altas esferas, y no responde a ningún propósito estratégico … Una masacre israelí suele ser ejecutada después de que autorizamos un nivel de violencia injustificable, de modo que, en cierto punto, perdemos la capacidad de controlar dicha violencia. Por tanto, en la mayoría de los casos, una masacre israelí es una especie de accidente laboral”.
Aunque el ejército israelí justificó inicialmente la incursión de 1996 alegando que buscaba “erradicar nidos de terroristas” en el sur de Líbano, la posterior ocupación por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) provocó ataques terroristas contra las fuerzas israelíes que superaron con creces los que Israel sufría antes de la invasión. El legado más evidente de las invasiones israelíes del Líbano es Hezbollah.
A mediados de Julio de 2006, Israel lanzó otra campaña de bombardeos e invadió el sur de Líbano. Sin embargo, Hezbollah sorprendió al mundo al lograr un empate frente a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), a pesar de contar éstas con un sinfín de defensores de Israel en Washington. La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó, por 410 votos a favor y 8 en contra, una resolución que respaldaba la acción militar israelí. A finales de Julio, el ministro de Justicia de Israel, Haim Ramon, anunció en la radio del ejército israelí que las FDI tenían derecho a matar a cualquiera que permaneciera en el sur del Líbano. “Todos los que se encuentran ahora en el sur de Líbano son terroristas que están relacionados, de una forma u otra, con Hezbollah”, declaró Ramon.
Un mes después del inicio de la guerra, Seymour Hersh reveló, en un excelente artículo publicado en The New Yorker, que la guerra de Israel contra Líbano no era más que un preludio de una posible guerra de Estados Unidos contra Irán. La administración de George W. Bush estuvo “estrechamente involucrada” con la planificación de los ataques israelíes contra Líbano. Un antiguo alto funcionario de inteligencia informó a Hersh que, desde la primavera anterior, “planificadores de la Fuerza Aérea de Estados Unidos –bajo presión de la Casa Blanca para desarrollar un plan bélico destinado a lanzar un ataque decisivo contra las instalaciones nucleares de Irán– comenzaron a consultar con sus homólogos de la Fuerza Aérea israelí”. Hersh señaló:
“La sorprendente fortaleza de la resistencia de Hezbollah, junto con su capacidad constante para lanzar cohetes hacia el norte de Israel a pesar de los incesantes bombardeos israelíes … supone un duro revés para aquéllos en la Casa Blanca que abogan por el uso de la fuerza contra Irán. Asimismo, quedan desautorizados quienes sostienen que los bombardeos provocarán disidencia interna y una revuelta en Irán”.
El equipo de Bush estaba impaciente por aprovechar las “lecciones” aprendidas en la guerra de Israel para su propia contienda contra Irán. Un ex oficial de inteligencia comentó a Hersh: “Le dijimos a Israel: Si tienen que actuar, los apoyaremos incondicionalmente. Pero creemos que debería ser cuanto antes; cuanto más esperen, menos tiempo tendremos para evaluar y planificar una operación contra Irán antes de que Bush deje el cargo’”. Al parecer, el equipo de Bush consideraba que tenían derecho a provocar unas cuantas catástrofes más antes de que terminara el mandato de Bush.
En Marzo de 2007, el ex embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, John Bolton, declaró a la BBC que se sentía “tremendamente orgulloso” de cómo Estados Unidos bloqueó deliberadamente los esfuerzos para lograr un alto el fuego mientras Israel bombardeaba Beirut y muchas otras localidades en el Líbano. Bolton afirmó que era “perfectamente legítimo y una buena estrategia política” que Israel intentara aplastar a Hezbollah. El hecho de que los israelíes utilizaran bombas estadounidenses para sembrar la muerte y la destrucción por todo Líbano, resultaba moralmente irrelevante. Más de 1.000 civiles libaneses murieron a manos del gobierno israelí, mientras el equipo de Bush celebraba cada detonación. El Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC), el grupo de presión más poderoso en Washington D. C., se jactó de su papel a la hora de impedir cualquier alto el fuego.
Bolton encarnó la arrogancia y la hipocresía absoluta de la “Guerra Global contra el Terrorismo”. En una reunión celebrada en Agosto de 2006, Bolton “dio a entender que, dado que Líbano albergaba a Hezbollah, las vidas de los libaneses carecían de valor”, según un funcionario de las Naciones Unidas que escuchó a Bolton hacer tales comentarios en aquel entonces.
Ni el AIPAC ni el equipo de Bush sufrieron represalia alguna por parte de los fundamentalistas cristianos, a pesar de que los bombardeos israelíes alcanzaron también aldeas cristianas. La mayoría de los cristianos libaneses detestaban a Hezbollah y se le oponían; pero, al ser libaneses, al parecer merecían morir.
Veinte años después, muchos –si no la mayoría– de los cristianos estadounidenses vuelven a ignorar la difícil situación de los cristianos libaneses, o bien los culpan por su propia muerte, como si todo ésto formara parte del plan divino para un “gran Israel”. Desde la administración Reagan, los responsables políticos en Washington no han intentado, con la debida firmeza, poner freno al ejército israelí, el que es financiado y armado por el gobierno de Estados Unidos.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








