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er libertario en un mundo estatista puede resultar agotador. Intentar que la persona promedio –el ciudadano “común”– comprenda los problemas inherentes e insubsanables del gobierno, es como tratar de explicar los colores a alguien que sólo ve en escala de grises; o, peor aún, a alguien que nació ciego.
Uno expone, con claridad y calma, los incentivos estructurales, los datos y el registro histórico; el interlocutor asiente cortésmente, sólo para volver a preguntar: “¿Pero quién construirá las carreteras?” o “Necesitamos regulaciones, de lo contrario las corporaciones nos envenenarán a todos”.
Es frustrante, y ocurre con mucha más frecuencia que lo que cabría esperar si el problema fuera simplemente una cuestión de falta de información.
Las razones más evidentes son reales: los políticos mienten constantemente. Durante la campaña prometen una cosa pero, una vez que están en el poder, hacen exactamente lo contrario.
Los medios de comunicación y los autodenominados “académicos” y “expertos” actúan, en su mayoría, como portavoces del régimen. Se encargan de encubrirlo todo: presentan cada expansión del poder estatal como una necesidad compasiva, mientras califican cualquier intento por reducirlo como extremismo insensible.
Y el engaño más grande –y más cruel– tiene lugar en las escuelas públicas donde, desde edades muy tempranas, los niños son adoctrinados con que una autoridad masiva y centralizada es lo único que impide que la civilización caiga en el caos.
Para cuando llegan a la edad adulta, la idea ya está profundamente arraigada: si el estado no gestiona prácticamente todos los aspectos de nuestras vidas, la sociedad colapsa. No es ninguna casualidad; es el plan de estudios impuesto por el propio estado.
Pero creo que existe un problema aún más profundo, el que difícilmente será resuelto con mejores argumentos, ni con memes más ingeniosos. Entre los libertarios existe desde hace tiempo una broma interna: “Somos todos muy autistas”. Y, sin duda, hay algo de verdad en este comentario autocrítico.
Las personas que se obsesionan con la teoría política y la economía no suelen ser, por lo general, individuos muy orientados a lo social. Apostaría, sin dudarlo, a que el porcentaje de libertarios que se encuentran “dentro del espectro” es mayor que en la población general. Divirtámonos un poco más con la teoría disparatada que voy a proponer: el Departamento de Salud y Servicios Humanos –bajo la influencia de RFK Jr.– ha estado vinculando el uso de Tylenol por parte de las madres durante el embarazo con tasas más elevadas de autismo.
La evidencia es, en el mejor de los casos, asociativa y, posiblemente, espuria en cuanto a causalidad. Existen muchos estudios que contradicen esta idea –y, al fin y al cabo, correlación no implica causalidad–, pero el anuncio ha generado revuelo; además, como dije: es un planteamiento divertido.
Si el consumo de Tylenol durante el embarazo realmente empuja a algunos niños hacia el espectro autista, y si los libertarios están sobrerrepresentados entre las personas con mentalidad cercana al autismo –el estereotipo existe por una razón: esa mente orientada a la sistematización, que valora las reglas claras, los principios coherentes, que tiene poca tolerancia a las señales vacías o a la palabrería, y una alta tolerancia a que le digan “así no funcionan las cosas”–, entonces tal vez el reciente aumento de ambos fenómenos esté relacionado. Sea causal o no, es una correlación curiosa con la que podemos jugar mientras esperamos datos más sólidos.
Ahora, pasemos a la parte más seria: si los libertarios son, en cierto modo, personas con rasgos autistas, ¿cómo demonios pueden convencer a quienes no tienen una estructura mental similar? O, si estamos equivocados, ¿cómo podrían las personas “comunes” –por llamarlas de alguna manera– convencernos a nosotros?
¿Y si el verdadero obstáculo no es simplemente la mala información o el adoctrinamiento durante la infancia, sino una discrepancia en la forma en que distintas mentes modelan a otras mentes y, por extensión, cómo conciben la sociedad?
Los libertarios tienden a pensar en términos de incentivos, intercambio voluntario, orden emergente y responsabilidad individual. Las personas “comunes” (término impreciso, pero útil) suelen inclinarse por la autoridad, la provisión colectiva y la intención declarada, por encima de los efectos sistémicos. Cuando estos dos grupos intentan comunicarse sobre el papel del estado, la comunicación se deteriora rápidamente.
Ésto no es terreno nuevo en la psicología. En 1985, Simon Baron-Cohen, Alan Leslie y Uta Frith llevaron a cabo la prueba “Sally-Anne” con tres grupos de niños: niños con desarrollo típico, niños con síndrome de Down, y niños autistas. En la prueba, se mostraba a los niños una representación con marionetas en la que Sally coloca una bolita en su caja y se marcha. Luego, aparece Anne y pasa la bolita a su propia caja. A continuación, se les plantea una pregunta a los niños: cuando Sally regrese, ¿dónde buscará su bolita?
Los niños con desarrollo típico acertaron: comprendieron que Sally tenía una creencia falsa. Lo mismo ocurrió con los niños con síndrome de Down, a pesar de tener una inteligencia general más baja.
Ahora bien, y aquí está el quid de la cuestión: la mayoría de los niños autistas fallaron, incluso cuando su inteligencia medida era superior.
La “teoría de la mente” –la capacidad de representar lo que otra persona cree, incluso cuando ésto difiere de la realidad– no va necesariamente unida con la inteligencia bruta. Es más bien un subsistema independiente.
“Teoría de la mente” es una expresión sofisticada, pero el mecanismo subyacente es, en realidad, bastante rudimentario. Por lo general, las personas (con la excepción de los jugadores de poker expertos) no construyen modelos complejos y autónomos sobre los demás. Para ganar en eficiencia y sencillez, lo que hacen es ejecutar su propia simulación mental, sustituyendo los datos originales por los de la otra persona.
Ésto funciona de maravilla cuando la otra mente es similar a la propia. Pero falla –y además, uno se siente plenamente convencido de su acierto– cuando no es así. Uno “sabe” lo que la otra persona debe estar pensando, porque es lo que uno mismo pensaría si estuviera en su lugar.
El concepto del “problema de la doble empatía”, propuesto por Damian Milton, arroja luz sobre ésto. Contrariamente a la intuición común, la ruptura en la comunicación entre personas autistas y no autistas no constituye un deficit unidireccional radicado en la persona autista; más bien, se trata de falta de sintonía que opera en ambas direcciones.
En 2020, Catherine Crompton y sus colegas pusieron ésto a prueba mediante el juego del “teléfono descompuesto”: una historia era transmitida a lo largo de una cadena de ocho personas. Tanto las cadenas compuestas exclusivamente por personas autistas, como las formadas sólo por personas no autistas, lograron preservar la historia con similar nivel de precisión. Sin embargo, en las cadenas mixtas, la historia terminó desvirtuándose por completo. El problema de comunicación residía en la brecha, en la falta de sintonía, y no en uno u otro grupo por separado.
Los libertarios y las personas neurotípicas (o “comunes”) reproducen una versión de esta cadena mixta cada vez que la conversación gira en torno del gobierno.
El libertario simula un mundo caracterizado por el conocimiento disperso, los incentivos perversos y las consecuencias imprevistas. La persona neurotípica, por su parte, simula un mundo en el que expertos y funcionarios bienintencionados suelen acertar, siempre que dispongan de suficiente poder y recursos.
Cada parte introduce los datos de la otra en su propio mecanismo mental y obtiene, a cambio, un resultado que le parece totalmente coherente, aunque en realidad sea un disparate. “Si tan solo comprendieras los efectos negativos del salario mínimo …” frente a “Pero, sin reglas, las corporaciones explotarán a todo el mundo”. El mensaje se degrada a medida que es transmitido.
Históricamente, las mentes no autistas (neurotípicas) han tenido dificultades para modelar mentes autistas o de tipo “sistematizador”. Ésto pasó desapercibido durante mucho tiempo ya que, durante décadas, la investigación sólo dirigió su mirada en una única dirección.
Los argumentos libertarios a menudo exigen que el interlocutor adopte, de forma temporal, una simulación muy distinta: una en la que la “ayuda” del estado genera los mismos problemas que pretende resolver; en la que la compasión visible puede derivar en daño invisible; y en la que la ausencia de control centralizado no equivale al caos.
Esa simulación no es ejecutada de forma nativa en el “hardware” mental de muchas personas. La proyección falla, y lo hace de una manera que, curiosamente, es percibida como una revelación: “Estos libertarios deben de odiar a los pobres”, “quieren el caos” o “son egoístas”.
No es que a un bando le falte la capacidad de modelar la mente ajena y el otro sí la posea. Es que dicha capacidad funciona, en gran medida, como un proyector; y la eficacia de esa proyección depende de qué tan bien encajen ambas mentes.
Cuando la discrepancia es profunda –especialmente en cuestiones tan fundamentales como el alcance legítimo de la coacción en la sociedad–, la conversación no sólo se vuelve tensa: se vuelve incomprensible.
Por eso, aportar mejores datos, una retórica más refinada, políticos más competentes (¡o incluso mejores memes!) rara vez logra el impacto que esperamos. La brecha no reside únicamente en lo que la gente sabe, sino en cómo sus mentes están configuradas para procesar información sobre las intenciones de los demás y el funcionamiento de la sociedad.
Superar esta brecha probablemente requiera algo más que ganar debates. Quizás exija encontrar la manera de que la simulación libertaria pueda ser ejecutada en una mente neurotípica –o, al menos, hacer visible esa discrepancia para que ambas partes dejen de asumir, sin más, que el otro es estúpido o malvado.
Comprender la dinámica de la “doble empatía” no convierte a nadie por arte de magia. Pero sí explica por qué el enfoque habitual sigue arrojando, una y otra vez, los mismos resultados decepcionantes.
Y, una vez que el mecanismo es identificado, la frustración deja de ser vista como falla personal, y pasa a ser entendida como característica predecible de sistemas cognitivos configurados de forma distinta que intentan debatir sobre una misma realidad.
Naturalmente, la conversación continúa, a pesar de todo. Algunas mentes salvan la brecha mejor que otras. El resto de nosotros seguimos intentándolo, mensaje telefónico distorsionado tras mensaje telefónico distorsionado.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









