Occidente necesita un cambio político radical hacia la libertad

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    A quienes están atentos a la política no debió pasárseles por alto que en las sociedades occidentales las amenazas a la libertad no tienen ahora precedentes. Ésto va mucho más allá de las presiones intervencionistas que con el tiempo han ido estrangulando lentamente a la mayoría de las economías occidentales. La élite oligárquica occidental está ahora decidida a implementar lo que un blogger influyente describió como “una sociedad herméticamente cerrada contra cualquier forma de rebelión, disidencia o cuestionamiento de la estructura de poder impuesta por la clase dominante”.

    Esta situación es tan grave, que poco a poco ha ido poniéndose en evidencia en partes de la “mayoría desinformada y desorganizada”, para usar la expresión de Gaetano Mosca. Ésto ha sucedido en gran parte gracias a la abundancia de información sin censura y análisis imparciales en Internet, lo que ha acelerado la pérdida de credibilidad de los principales medios de noticias, y la pérdida de confianza en los líderes políticos. No sorprende que la minoría gobernante occidental esté tomando medidas excepcionales para frenar y silenciar la libertad de expresión.

    Este ajuste de tuercas por parte de una élite globalista, aparentemente empeñada en implementar su autoritaria agenda de control, es a la vez causa y consecuencia de la comprensión gradual por parte de las poblaciones de Occidente de que sus derechos ya erosionados están en riesgo, tal vez de manera irreversible. En otras palabras, como parte de la mayoría occidental está despertando ante estos intentos adicionales de coacción, la minoría gobernante está redoblando su apuesta. Con más desfachatez que nunca, intenta acelerar la obtención de sus objetivos. Ésto, a su vez, está reforzando la reacción entre la mayoría, provocando un círculo vicioso de retroalimentación y tensiones crecientes.

    Está cada vez más claro que en Occidente es urgentemente necesario un cambio político radical para aflojar el control globalista sobre la agenda política internacional y las políticas intervencionistas nacionales. Lo que debería esperarse, como mínimo, es un eventual retorno al concierto al estilo decimonónico de estados-nación con gobiernos más pequeños, que eran mucho más respetuosos de los derechos individuales.

    Es poco probable que la violencia política funcione

    Cuando se evoca un cambio político tan radical, nos viene a la mente la revolución “clásica”: el derrocamiento violento del gobierno que condujo a profundos cambios políticos y sociales. Pero ésto es poco probable hoy en día en Occidente, ya que requiere personas lo suficientemente decididas, desesperadas e idealistas como para arriesgar sus vidas por una causa. Es poco probable que una población envejecida y relativamente acomodada recurra a la violencia política, cuando sus derechos de propiedad y su libertad de expresión están siendo pisoteados.

    Además, las revueltas armadas exitosas no sólo conducen a menudo a una reducción de la libertad, sino que suelen ocurrir en momentos en que las armas de que dispone el “pueblo” son equivalentes a las utilizadas por el estado, como teorizó el historiador Carroll Quigley. Hoy en día, el estado hiper-armado tiene tal superioridad en el uso de la violencia, que esa vía para un cambio político radical parece por esta razón también improbable.

    Sin embargo, un cambio político radical requiere inevitablemente un fuerte disenso social. Aunque la violencia política es a veces un desencadenante de ese cambio, normalmente es la expresión gráfica y superficial de una oposición más profunda y no violenta contra la minoría gobernante existente.

    Importa la opinión pública, no las elecciones

    No se puede contar con el proceso democrático parlamentario para revertir las políticas coercitivas que están siendo impuestas desde arriba. En primer lugar, la mayor parte de la celosa minoría gobernante actual, no ha sido electa y no es partidista. En segundo lugar, aunque las elecciones parlamentarias a veces permiten que un partido radical antisistema escape a los controles de los medios corporativos, es raro que logre una mayoría o forme un gobierno, y un partido así tiende a alinearse rápidamente con el establishment gobernante.

    La minoría gobernante ha utilizado la democracia como herramienta para dar a sus políticos un aura de legitimidad. Como señaló Mosca, pocos han tratado históricamente de justificar su dominio sobre la mayoría con una “fórmula política”. En una democracia parlamentaria, esta fórmula es la “democracia” misma, el idealizado pero en gran medida ficticio “gobierno del pueblo”. Como escribió Mosca en su obra maestra La clase gobernante: “La participación del pueblo en las elecciones no significa que tenga control sobre el gobierno, y que la clase gobernada elija realmente a los miembros de la clase gobernante”.

    Para el cambio político, más importante que el sufragio es la opinión pública, algo que muchos pensadores del pasado han reconocido. Como Ludwig von Mises escribió en La acción humana: “Los gobernantes, que siempre son una minoría, no pueden permanecer en el cargo de manera duradera si no cuentan con el consentimiento de la mayoría de los gobernados”.

    Todo poder político, incluso el más tiránico, se basa en el apoyo pasivo de la opinión mayoritaria, como reconoció hace mucho tiempo el joven Étienne de la Boétie en su famosa obra de 1577, Sobre la servidumbre voluntaria: “No hay necesidad de luchar [contra el tirano], ni siquiera de defenderse de él; es derrotado por sí mismo siempre que el país no consienta en la servidumbre. No se trata de quitarle nada, sino sólo de no darle nada”.

    Drenar el apoyo a la minoría gobernante

    La actual minoría en el poder en Occidente también requiere el continuo apoyo pasivo de la mayoría sobre la que gobierna con tal sensación de impunidad y derecho. Pero este apoyo podría menguar si la mayoría entendiera que ha sido engañada y esquilmada durante décadas por esta minoría estatista y moralmente decadente. Como acertadamente escribió Mosca:

    Una clase dominante que puede salirse con la suya y hacer cualquier cosa en nombre de un “soberano”, padece de una verdadera degeneración moral. Es esta degeneración, común a todos los hombres cuyas acciones están exentas de limitaciones y controles, la que usualmente les  impone la opinión y la conciencia de sus semejantes.

    Lo que Mosca quiso decir es que, inherente a toda sociedad, existe un mecanismo contraintuitivo pero autorregulador hacia la moderación del poder político. Las tiranías no duran. Si la minoría gobernante es lo suficientemente inteligente como para moderar su voluntad de poder, su dominio sobre la mayoría puede continuar, pero dentro de límites. Sin embargo, si va demasiado lejos e intenta imponer políticas coercitivas que reducen drásticamente la libertad individual, pronto puede convertirse en víctima de su propio “éxito” al cambiar la opinión pública. Cuando eso sucede, la minoría gobernante pierde esa “servidumbre voluntaria” que necesita para permanecer en el poder.

    Teniendo en cuenta la agenda autoritaria que se está imponiendo agresivamente –incluso de manera un tanto desesperada y temeraria– a las poblaciones occidentales hoy en día, podría decirse que la actual élite oligárquica occidental ha perdido gran parte de la sabiduría restrictiva y la moderación autoimpuesta que alguna vez pudo haber tenido. Al mismo tiempo, lo que David Hume llamó la “sumisión implícita” de la mayoría occidental, está ahora en duda gracias al acceso sin precedentes a información y análisis independientes. Por supuesto, ésto es una amenaza significativa para una minoría gobernante que solía controlar e incluso moldear la opinión pública.

    Por lo tanto, el cambio político radical tiene lugar cuando la minoría gobernante pierde el apoyo pasivo de la mayoría. Cuando la opinión pública comienza a distanciarse significativamente de los líderes existentes y de las instituciones establecidas, se empodera a una nueva minoría según el concepto de circulación de élites de Vilfredo Pareto, una minoría que es más respetuosa de los derechos de la mayoría. Esa es la idea detrás de la siguiente frase de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “Siempre que cualquier forma de gobierno se vuelva destructiva de estos fines [de libertad], el derecho del pueblo es modificarla o abolirla”.

    Ya es hora de poner en práctica estas palabras en Occidente, para revertir urgentemente la actual agenda autoritaria. Este objetivo puede no ser tan descabellado como parece, ya que al menos en Estados Unidos la mayoría ahora rechaza en gran medida los valores y políticas provenientes de la minoría gobernante. Y el actual período de declive económico y geopolítico sin precedentes de Occidente en los asuntos mundiales puede abrir una ventana de oportunidad. La minoría gobernante occidental, responsable de los actuales tiempos decadentes y antiliberales, debería quedar desacreditada y desempoderada mediante un cambio político radical hacia la libertad.

     

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko