Hablar de conservadurismo político en el Brasil contemporáneo resulta bastante problemático. La actuación de la derecha institucional brasileña –especialmente en los últimos años– ha sido una sucesión de fracasos a gran escala, y sigue siéndolo. De hecho, un análisis amplio del panorama político revela que han sido obtenidas pocas victorias, y un resultado general irrelevante. No ha habido cambios significativos en el statu quo.
En líneas generales, sabemos perfectamente que la derecha política brasileña no tiene absolutamente nada que celebrar. Constituye un colectivo deplorable de personas totalmente desorientadas, que ni siquiera saben por qué defienden lo que defienden, y que carecen por completo de cohesión política y coherencia moral.
En resumen, estas personas no saben discernir ni siquiera por qué están luchando. Simplemente luchan, y muchas de ellas lo hacen en piloto automático. Actúan así, ya sea porque llevan mucho tiempo en política, o porque tendrían mucho que perder si se detuvieran a reflexionar y reevaluar seriamente su activismo ideológico.
Muchos iconos de la derecha brasileña están demasiado ocupados capitalizando su propia imagen pública como para realizar una reflexión seria y madura sobre esta cuestión. Para muchas de estas criaturas, lo importante es seguir “luchando”, sin importarles los resultados concretos. La prioridad es mantenerse bajo los focos, recibiendo el apoyo de los electores a través de las redes sociales y los innumerables beneficios que ello conlleva.
Más allá de las apariencias, al analizar la derecha política brasileña se percibe claramente su falta de estrategia y de contenido. En consecuencia, resulta fácil comprender por qué la derecha actual es tan insignificante y produce resultados tan mediocres.
Como confirman las acciones de prácticamente todos los parlamentarios autodenominados “de derecha”, hablar de una derecha política en Brasil resulta, incluso, algo bastante arbitrario. Ésto se debe a que, en un análisis general, percibimos que no tenemos una derecha política propiamente dicha: en Brasil no existe conservadurismo político cohesionado, consistente, intransigente y combativo que defienda agendas políticas verdaderamente de derecha.
La propia manera en que el feminismo se ha extendido desmesuradamente por la derecha política en los últimos años, es prueba concreta de que lo que llamamos “derecha” en Brasil no es más que una versión algo más civilizada del izquierdismo. Los políticos brasileños que afirman ser “de derecha” no son más que izquierdistas que aprendieron a usar el inodoro y a hablar sin gritar ni escupir.
De hecho, hemos llegado a un punto en el que no tiene ningún sentido hablar de una derecha brasileña, porque ésta no existe. Tiene más sentido hablar de progresismo hard y progresismo soft. Tenemos dos grupos aparentemente opuestos entre sí, pero en realidad están exactamente en el mismo bando y siguen claramente el mismo camino. No existen divergencias reales entre estos dos grupos políticos. Difieren en la cantidad, pero no en la sustancia. Las agendas propuestas, por lo general, son las mismas.
Al analizar a las legisladoras que se autodenominan de derecha, la situación resulta verdaderamente vergonzosa. A Damares Alves le encanta autoproclamarse “conservadora”, pero al examinar su discurso y las causas que defiende, queda drásticamente evidente que es una feminista radical abiertamente misándrica; no sólo cultiva un odio profundo hacia los hombres, sino que busca constantemente sacar provecho del discurso feminista que presenta a la mujer como eterna víctima de la crueldad masculina.
Toda la carrera política, todas las posturas ideológicas, y todas las enmiendas parlamentarias propuestas por Damares Alves, dependen ostensiblemente del victimismo femenino para existir. Si ella no es el estereotipo perfecto de una militante feminista radical profesional, entonces el cielo no es azul ni la hierba es verde.
Para Damares Alves, la mujer es siempre una víctima, sin importar las circunstancias. Para esta legisladora “conservadora”, la realidad es completamente irrelevante. El género femenino es totalmente incapaz de cometer actos de crueldad. Para Damares Alves, la crueldad, la malevolencia y la agresividad son rasgos exclusivamente masculinos. Las mujeres nunca cometen ni han cometido el mal, jamás. Las mujeres son ángeles puros y sacrosantos que perdieron las alas y cayeron del cielo. Este es un concepto inmutable en el fantasioso y místico imaginario personal de Damares Alves.
Por otro lado, “iconos” femeninos de la derecha brasileña, como Ana Campagnolo y Pietra Bertolazzi, poseen un alma y una esencia tan radicalmente feministas, que –sólo porque no llevan un aro en la nariz ni el pelo teñido de azul– creer que son de derecha, no es ingenuidad sino estupidez en grado sumo. Analice su discurso enfermizo y excepcionalmente ginocéntrico: ambas creen que el tradicionalismo debe girar en torno de las necesidades femeninas, y que cualquier agenda moral, social, política o ideológica sólo tiene utilidad cuando sirve a lo femenino.
De hecho, la llamada “derecha” brasileña es tan progresista y tan feminista que podría ser apropiadamente clasificada como una izquierda un poco más “civilizada”. Es la izquierda que puede actuar sin miedo, pues tiene una apariencia más decente, más comedida, más razonable. Son izquierdistas que no parecen izquierdistas, del mismo modo que los socialistas fabianos no parecían socialistas. Pero la derecha brasileña es de izquierda. Negar ésto es negar los hechos y negar categóricamente la realidad. Un hombre genuinamente de derecha no se siente representado por la derecha política institucional brasileña. Muy por el contrario: siente repulsa, rechazo y total aversión hacia la misma.
Visto con realismo, el escenario político brasileño no es más que una pérfida disputa entre dos izquierdas: una más moderada y otra más radical. Por eso digo que prefiero llamar a estos dos grupos “progresismo hard” y “progresismo soft“. No bromeo cuando digo que no existe conservadurismo político en Brasil. De hecho, no existe (en el ámbito político). Nosotros, los brasileños, somos huérfanos de una derecha política aguerrida, sólida, consistente y genuina.
En realidad, lo que tenemos en Brasil son dos alas progresistas. La diferencia es que, mientras uno de estos grupos es más radical y quiere imponer un nivel desmesurado de agendas progresistas a la sociedad –con intensidad exacerbada–, el otro grupo es más light, y considera que las agendas y medidas progresistas deben ser implementadas de forma más gradual y delicada, sin machacar la cabeza de los ciudadanos a base de golpes dolorosos. Es mejor ser más sutil. Ese es el modus operandi de los progresistas soft. Es sólo en eso en lo que discrepan estos dos grupos: en la cantidad y la intensidad del progresismo que ha de ser implementado en la sociedad mediante leyes, decretos e ingeniería social política. No existe una divergencia real de valores o de agendas ideológicas. Los dos grupos políticos existentes –a los que llamamos izquierda y derecha, pero que yo prefiero denominar progresismo hard y progresismo soft– comparten las mismas prioridades y los mismos intereses: ambos son feministas, ambos son excesivamente ginocéntricos, ambos son populistas, ambos apoyan el activismo de género, ambos desean un estado hipertrofiado, ambos son fanáticos de la burocracia institucional, ambos sienten aversión por la libertad, ambos adoran recibir fondos públicos, ambos aman la fama y la celebridad, ambos conciben la política como un espectáculo, ambos disfrutan volviéndose virales en las redes sociales, y ambos están desesperados por el poder.
De hecho, no existe un conflicto real de intereses, objetivos o valores entre estos dos grupos. Podríamos decir que incluso están muy unidos en su lucha por oprimir a la población y someterla a la tiranía del estado.
Muchos ciudadanos tienen la ilusión de que estos dos grupos se oponen entre sí, porque en el Congreso y en la Cámara es posible ver a parlamentarios discutiendo, expresando divergencias y protagonizando choques de personalidades aparentemente irreconciliables. Pero, en realidad, las discordias no son más que un exhibicionismo narcisista, vulgar y patológico, en la disputa por el liderazgo político, sumado a intereses personales. En la práctica, todo se reduce a estos dos grupos que no se oponen realmente el uno al otro, sino que recorren exactamente el mismo camino. Sólo difieren en el ritmo de avance: mientras uno marcha lentamente, el otro lo hace a una velocidad mucho mayor.
Para ilustrarlo, imagine que ambos grupos –los progresistas hard y los progresistas soft– están realizando un viaje. La diferencia no radica en la ruta, sino en la distancia recorrida. Ambos grupos siguen exactamente el mismo camino, en la misma dirección y en línea recta, pero la diferencia es que los progresistas hard llevan una ventaja de quince kilómetros sobre los soft.
De hecho, es fundamental comprender que ambos grupos están emprendiendo exactamente el mismo viaje, siguiendo el mismo camino y avanzando en la misma dirección. Uno llegará antes a la meta, mientras que el otro tardará un poco más.
Por consiguiente, es ingenuo esperar una solución política para la agenda progresista, ya que ambos grupos que conducen la política institucional del estado, son progresistas. A fin de cuentas, no importa en absoluto si un grupo busca un progresismo más agresivo y el otro pretende implementar una versión más moderada. El cáncer es cáncer, y esta enfermedad debe ser vista como lo que es: un serio problema que requiere tratamiento.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









