¿Es la violencia en Haití un anticipo de una sociedad libertaria?

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    A medida que el gobierno internacionalmente reconocido de Haití pierde el control del poder, el pequeño país caribeño se hunde en la violencia. Los informes de los medios sobre la situación se apresuran a culpar de la violencia -ya sea implícita o explícitamente- a la ausencia de instituciones estatales.

    Situaciones como ésta son a menudo utilizadas como excusa para rechazar a los libertarios. Antes de Haití, fue Somalia la que experimentó el llamado período apátrida entre los años 1990 y principios de los 2000.

    Si bien pocos sugerirán que los libertarios quieren el tipo de violencia y caos que vimos en Somalia y vemos hoy en Haití, con frecuencia se afirma que, independientemente de lo que quieran los libertarios, los cambios que defienden conducirán inevitablemente a esas condiciones violentas.

    Por más sencilla que parezca esta afirmación a primera vista, carece de fundamento en la realidad. En Somalia, por ejemplo, el economista Benjamin Powell ha descubierto que a finales de la década de 1990, después de que las facciones en conflicto abandonaron en gran medida la lucha por el control total de Somalia, el país experimentó un período de paz y crecimiento económico sin igual entre países países pobres comparables de la región.

    Aun así, está claro que eso no es lo que está sucediendo en Haití. El país está experimentando una violencia generalizada. Sin embargo, cuando se expone el contexto completo de la situación de Haití, queda claro que la culpa de la difícil situación actual del país recae en las acciones de los estados, no en su ausencia.

    La Haití que conocemos hoy nació, de una revuelta de esclavos en 1791. La revuelta se convirtió en una revolución contra los franceses que, después de trece años de lucha brutal, condujo al establecimiento del estado soberano de Haití en 1804. Pero los problemas del país apenas estaban comenzando.

    Debido a la política interna de esclavitud, el gobierno de Estados Unidos se negó a reconocer a Haití hasta 1862. En cambio, impuso un aplastante embargo comercial al pequeño país. Mientras tanto, el gobierno francés impuso duras reparaciones a los ex esclavos en Haití por la pérdida de ingresos.

    Estados Unidos invadió Haití en 1915, y directamente ocupó el país durante 19 años. Pero incluso después de que las tropas se marcharan, Washington todavía tenía el control. Durante las siguientes tres décadas, el gobierno estadounidense apoyó a la dictadura de Duvalier, pasando por alto su flagrante brutalidad hacia el pueblo haitiano.

    Jean-Claude Duvalier fue derrocado en 1986. Durante el resto del siglo XX, Haití estuvo marcada por gobiernos militares, golpes de estado y ocupación extranjera.

    Como detalló Marcel Gautreau en Poder y Mercado, el malestar político continuó en los años posteriores a la Guerra Fría, gracias en gran parte al gobierno de Estados Unidos: “Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos ha derrocado al gobierno de Haití tres veces. En 1991, para destituir del poder al presidente Jean-Bertrand Aristide. En 1994, para devolver a Aristide al poder. En 2004, para destituir nuevamente a Jean-Bertrand Aristide, seguido por una invasión de marines”.

    La inestabilidad política continuó durante la década de 2010, cuando Haití fue sacudida por un gran terremoto en 2010 y un huracán en 2016.

    Así, siglos de intromisión de estados extranjeros atraparon al pueblo de Haití en la pobreza, y lo condenaron a soportar ciclos interminables de regímenes impopulares respaldados por extranjeros. Y las cosas no son diferentes hoy.

    Los disturbios actuales se remontan a 2021, cuando el presidente haitiano Jovenel Moïse fue asesinado a balazos por un grupo de hombres fuertemente armados. Posteriormente, con el respaldo del presidente estadounidense Joe Biden, el primer ministro de Haití, Ariel Henry, asumió el poder.

    El hecho de que Henry se hubiera convertido en primer ministro dos días antes del asesinato de Moïse, estuviera en contacto con algunos de los sicarios antes y después del tiroteo, disolviera rápidamente el Consejo Electoral Provisional, y tuviera el respaldo del gobierno de Estados Unidos, dañó su legitimidad ante los ojos de muchos haitianos. Pero el último clavo en el ataúd llegó un año después, cuando Henry dio los primeros pasos descritos por el Foro Económico Mundial para comenzar la transición en Haití para alejarse de los combustibles fósiles.

    Estallaron disturbios en todo el país, con llamamientos a la dimisión de todo el gobierno. Pero los disturbios fueron rápidamente más allá cuando una coalición de “pandillas” de Port-au-Prince, capital de Haití, construyó un bloqueo alrededor del principal puerto de combustible del país. Jimmy Chérizier, el carismático líder de la coalición, exigió que a algunos de su pueblo se les concedieran puestos en el gobierno.

    En respuesta, Ariel Henry comenzó a trabajar frenéticamente para reclutar una “fuerza policial internacional” que ayudara a acabar con estas “bandas” y el malestar general que sus acciones previas habían provocado. Pero la óptica de pedir ayuda extranjera sólo destruyó aún más su legitimidad. Luego, a principios de este mes, cuando Henry estaba de visita en Kenia para organizar la intervención multinacional, Chérizier pidió la dimisión de todos los funcionarios gubernamentales restantes, y el arresto de todos los que no cumplieran.

    Chérizier y sus militantes impidieron entonces la entrada de Ariel Henry al país. Amenazan con matarlo si intenta regresar sin renunciar primero. Henry huyó primero a New Jersey, antes de establecerse en Puerto Rico, donde permanece. Mientras tanto, el gobierno de Haití reconocido internacionalmente ha perdido el control sobre gran parte del país.

    Entonces, aunque muchos simplemente etiquetan a Haití como un estado fallido, es más exacto decir que Haití se encuentra en las primeras etapas de una guerra civil. Específicamente, una guerra entre el régimen respaldado por Estados Unidos, y una serie de facciones que aspiran a convertirse en el nuevo estado de Haití. Lo que hace que esta incipiente guerra civil sea única, es que la “comunidad internacional” sólo se refiere a grupos como el de Chérizier como “bandas” -lo que implica que no son ni serán considerados políticamente legítimos. Pero hasta ahora, estas “bandas” están ganando.

    A ésto se suma el hecho de que no están siendo financiados por la CIA ni por ninguna otra agencia de inteligencia extranjera, por lo que estos militantes no están ataviados con todo el costoso equipo militar financiado por los contribuyentes estadounidenses que estamos acostumbrados a ver en levantamientos exitosos contra los gobiernos establecidos. Es desorientador. Sin embargo, algunos de estos grupos, como la llamada coalición G9 de Chérizier, controlan territorios con fronteras claramente definidas, donde disfrutan del monopolio de la violencia. Eso los convierte ya en un estado de facto.

    Por supuesto, la guerra siempre será mala para la población civil, especialmente para aquéllos que viven en territorios en disputa. Y, como ocurre con cualquier guerra, los criminales oportunistas se están aprovechando del colapso social. Curiosamente, en respuesta ha surgido un movimiento que trabaja para armar a todos los civiles haitianos para que puedan defenderse a sí mismos y a sus familias. Aun así, la violencia que azota a Haití es brutal y no se vislumbra un final rápido.

    Entonces, para resumirlo, Haití ha sido atormentada por una dura intervención estatal extranjera durante más de dos siglos, dejando a su gente pobre y a sus instituciones paralizadas. Después del asesinato del ex presidente en 2021, el primer ministro respaldado por Estados Unidos tomó el poder de una manera que muchos haitianos consideraron ilegítima. Y más tarde, cuando el gobierno intentó implementar algunas reformas ambientalistas, los haitianos se rebelaron. Ahora las facciones luchan por el control del aparato estatal de Haití, mientras el primer ministro respaldado por Estados Unidos trabaja para reclutar una coalición de estados extranjeros para invadir Haití y reinstalarlo en el poder.

    Sin embargo, de alguna manera ésto pretende desacreditar a aquéllos de nosotros que argumentamos que instituciones importantes como el dinero deberían volver a estar libres del control estatal, o que las personas deberían tener la capacidad de optar por un proveedor de seguridad diferente si no reciben un buen servicio, o que ningún grupo debería tener la última palabra en todas las disputas, incluidas aquellas en las que ellos mismos están involucrados.

    Claro, es posible que alguna hipotética sociedad libertaria pueda evolucionar hacia un estado de naturaleza hobbesiano -aunque muchos libros convincentes cuestionan la idea de que ésto sea posible. Pero está claro que eso no es lo que ha ocurrido en Haití. La situación violenta y caótica que enfrenta el pueblo haitiano, es el resultado directo de doscientos años de estados extranjeros trabajando para definir y controlar el arreglo político de la nación caribeña. Quizás, por primera vez en su historia, esa decisión debería ser dejada en manos del pueblo de Haití.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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