Progresismo: estupidez crónica, histeria social y limitación intelectual

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    ara comprender la ideología progresista y entender por qué está tan alejada de la realidad, es fundamental analizar algunos de sus aspectos básicos.

    En primer lugar, la ideología progresista carece de un cuerpo intelectual coherente de ideas, premisas y fundamentos, precisamente porque su cosmogonía política exalta las emociones y los sentimientos como elementos preponderantes y fundamentales, por encima de la razón y de la realidad. En segundo lugar, como consecuencia de su motivación principal, el movimiento progresista atrae a personas extremadamente reactivas, con una gran predisposición a la histeria emocional.

    Evidentemente, este concepto político termina convirtiéndose en el catalizador de una verdadera bomba de laceración emocional, ya que reúne a personas impulsadas por sentimientos intensos y pasiones ideológicas viscerales. Personas totalmente dispuestas a ignorar los valores, los principios morales y el pragmatismo de la realidad, en nombre de la ideología y de pasiones políticas infantiles y exacerbadas.

    Es obvio que, en diferentes grados, ésto puede ser encontrado en cualquier ideología. Ésto es cierto para el fascismo, el marxismo, el liberalismo, e incluso el anarquismo clásico. Sin embargo, el progresismo se distingue de todas las demás ideologías existentes en hasta dónde está dispuesto a llegar en sus patológicos delirios ideológicos.

    Si bien ideologías sumamente malévolas y destructivas como el marxismo ‒que causó la muerte de cientos de millones de personas‒ se han alejado drásticamente de la realidad, nunca en la historia una ideología ha estado tan dispuesta a confrontar, corroer e incluso aniquilar la naturaleza humana como el progresismo. De hecho, el progresismo es tan peligroso que no debería ser simplemente considerado como una ideología política, sino como psicosis colectiva trágica y letal. Un trastorno mental grave del máximo peligro.

    Quizás les parezca extraño, bizarro o excesivo que diga ésto. De hecho, podrían argumentar: “Bueno, el marxismo asesinó a cientos de millones, el progresismo no … ¿cómo puede ser peor el progresismo?”

    Con gran satisfacción les explicaré.

    Por muy imperfecta que haya sido, la ideología marxista jamás atentó contra la naturaleza humana del mismo modo en que lo hace el progresismo. Este último intenta llevar a sus militantes a despreciar elementos inherentes a la naturaleza humana, al tiempo que busca normalizar todas las formas posibles e imaginables de abominación y bestialidad, inaceptables en cualquier otro momento de la historia y jamás normalizadas por ninguna otra ideología.

    Sin embargo, gracias a la acción política de sus militantes, y a los millones de dólares que reciben de filántropos aparentemente benévolos y de corporaciones comprometidas con la corrección política, el movimiento ideológico progresista ha ganado terreno en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad. Como resultado, la erradicación total de la libertad de expresión, el autoritarismo institucional, la tiranía estatal y la normalización de todo tipo de aberraciones extrañas y siniestras, se han vuelto cada vez más comunes.

    Pero analicemos meticulosamente la ideología progresista para comprender cómo sus niveles de depravación y locura no tienen precedentes en la historia de las ideologías políticas.

    La anatomía disfuncional de la secta progresista

    ¿Qué pasa con los hombres que se visten como niñas y exigen ser tratados como de seis años? ¿O con las personas que se visten como gatos y perros (“transespecie”) y exigen ser reconocidas como animales, no como seres humanos? ¿Y con las mujeres que quieren ser consideradas hombres, o los hombres que quieren ser considerados mujeres? O peor aún, ¿qué pasa con los hombres y las mujeres que quieren ser considerados “no binarios” o “agénero”, y pretenden controlar incluso los pronombres que deben ser usados al comunicarse con ellos?

    Pero la cosa empeora. La ideología progresista predica que ni siquiera los niños deberían tener un género definido, y que si desean ser tratados con hormonas o someterse a una cirugía de mutilación genital, deben ser complacidos de inmediato, porque ser necesariamente reconocido por el género con el que nació, es “opresión” si uno no quiere ser asociado con él.

    Para colmo, el pasado Octubre el gobierno federal emitió un documento que declaraba oficialmente que incluso los niños pueden ser reconocidos legalmente como transgénero, adoptando una política pública alineada con las recomendaciones de las Naciones Unidas. Toda esta malévola conspiración global contra la infancia demuestra la necesidad de que los padres estén sumamente atentos a todas las políticas públicas dirigidas exclusivamente a los niños pequeños. Estas medidas no son benevolentes, y representan un ataque directo a la inocencia infantil.

    Siguiendo esta lógica depravada, malévola y distorsionada de normalizar la transexualidad, medicamentos, procedimientos cosméticos e incluso cirugías de reasignación de sexo podrían terminar estando disponibles para niños y adolescentes: seres humanos en formación que no están seguros de absolutamente nada, y que a menudo ni siquiera saben cómo se escribe su propio apellido.

    Las personas transgénero son generalmente reconocidas como “transgénero”; esta es la designación que se les da a las personas (tanto hombres como mujeres) que no están conformes con su sexo biológico y deciden identificarse con el género opuesto. No todos los casos necesariamente requerirán cirugía o procedimientos médicos. Incluso cuando son practicados, una cosa es aceptar a los adultos que desean someterse a ciertas intervenciones quirúrgicas, y otra muy distinta es intentar normalizar este tipo de prácticas en niños y adolescentes.

    Uno de los problemas fundamentales del progresismo radica en su insistencia en involucrar deliberadamente a adolescentes y niños en la agenda transgénero. Niños que, en muchos casos, pueden ser muy pequeños, de 4 o 5 años, a veces incluso más jóvenes.

    Desafortunadamente, ésto no sólo está siendo gradualmente normalizado, sino que se está extendiendo cada vez más. Entre quienes deciden someterse a cirugía y terapia hormonal, encontramos a muchos jóvenes que a menudo se arrepienten de su decisión. Algunos intentan revertir el cambio, y lo logran, con distintos grados de éxito (aunque ninguno consigue volver a su estado original).

    El arrepentimiento de las personas que se identifican como trans ‒que han realizado la transición con procedimientos cosméticos y terapia hormonal‒ parece ser considerablemente mayor que lo que muestran los medios. Y la tasa de suicidios entre estas personas también es considerable. Algo que los medios corporativos convencionales nunca muestran. ¿Por qué?

    Al investigar los casos de suicidio entre personas trans, los medios convencionales suelen atribuirlos al prejuicio social contra ellas. Y, si bien puede existir cierto prejuicio, sabemos perfectamente que no es la causa principal de los suicidios entre las personas trans.

    Quienes comprenden cómo funciona la ideología progresista saben perfectamente que permite a sus seguidores desconectarse de la realidad, bajo prerrogativas subjetivas extremadamente delirantes y fantasiosas. Pero absolutamente nada en el mundo puede anular la realidad. La realidad es implacable y suele causar graves daños a la salud psicológica de las personas consumidas por las fantasías progresistas.

    Evidentemente, el choque entre realidad y fantasía será proporcional al nivel de ilusiones cultivadas por el activista. Esto acaba teniendo graves consecuencias para la salud mental de quienes padecen esta patología progresiva.

    Entre las personas que se han sometido a procedimientos de reasignación de sexo y se han arrepentido, existe una clara confusión mental que no todas las personas trans tienen la capacidad psicológica para resolver. A menudo, el cambio es irreversible, y el grado de insatisfacción y malestar de la persona trans es tan grande, que no ve ninguna salida posible a la terrible situación en la que se encuentra. Y entonces, decide quitarse la vida.

    Por supuesto, existen diversas razones por las que las personas se suicidan, pero ‒entre la población trans que se ha sometido a procedimientos quirúrgicos y terapia hormonal‒ algo resulta radicalmente evidente: en su mayoría, se trata de personas extremadamente jóvenes, confundidas e inexpertas, que no saben absolutamente nada de la vida y que, como consecuencia de haber sido completamente adoctrinadas por propaganda ideológica progresista, tomaron una decisión impulsiva de la que luego se arrepintieron.

    Como toda ideología, el progresismo es un parásito pernicioso que busca entre sus víctimas a personas ingenuas, inexpertas e inocentes: aquéllos que carecen del conocimiento, el discernimiento o la capacidad intelectual para comprender en qué se están metiendo. En consecuencia, estas personas se convierten en presa fácil para la ideología.

    Pero se convierten en presa fácil precisamente por su inexperiencia y falta de conocimiento. Por eso la izquierda política logra cooptar con tanta facilidad a legiones de ingenuos entre estudiantes universitarios y jóvenes. Estos grupos están formados, en su mayoría, por personas completamente desprovistas de conocimiento, experiencia y perspectiva de vida. Y, por ello, caen con suma facilidad en las trampas ideológicas de sectas políticas nefastas y corrosivas, cuidadosamente diseñadas para controlar, manipular, consumir y destruir.

    Sin embargo, lo que hace que la ideología progresista sea tan vil, brutal y maligna es el hecho de que busca llevar a sus militantes a la autodestrucción. El origen del progresismo radica en la degradación sistemática y recurrente de la naturaleza humana. Básicamente, el progresismo consiste en lograr que la persona no se acepte a sí misma tal como es, que no acepte la naturaleza humana, y que crea ciegamente en idealizaciones utópicas completamente fantasiosas, imposibles de ser realizadas en el mundo real.

    El adoctrinamiento progresista se basa en la premisa de que la naturaleza humana es errónea, una anomalía, y debe ser “corregida” por cualquier medio necesario. El progresismo anima a las personas a verse a sí mismas como anomalías bestiales que deben ser corregidas, y a considerar la naturaleza humana como inherentemente deficiente y errónea. A las personas transgénero, por ejemplo, se les anima a “corregirse” mediante terapia, cirugía y procedimientos cosméticos.

    Debido a que muchas personas adoctrinadas adquieren esta visión terriblemente distorsionada de la naturaleza humana y de sí mismas, comienzan el proceso de “corregirse”. Y, en consecuencia, también intentan “corregir” el mundo.

    Como la ideología progresista carece por completo de valores éticos y morales, no impone barreras ni restricciones a las delirantes locuras de sus seguidores. Así que, si Ud. es un hombre de 45 años que quiere usar vestidos de niña y comportarse como tal, puede hacerlo. Si Ud. quiere usar pañales y comportarse como un bebé, puede hacerlo. Si quiere ladrar, usar un disfraz de perro y comportarse como un perro, puede hacerlo. Si es hombre o mujer, pero quiere declararse “agénero” o “no binario”, puede hacerlo.

    La ideología progresista es la ideología de la relativización total de todo. Según el progresismo, la realidad es opresiva. Pero los militantes pueden emanciparse de esta “realidad opresiva” refugiándose en un mundo de fantasías personales, seleccionadas según sus propios gustos.

    Uno de los problemas fundamentales del progresismo, sin embargo, es que esta ideología reúne a multitud de individuos inadaptados con graves problemas psiquiátricos, que se creen con derecho a obligar a todos a participar en la fantasía colectiva progresista.

    Dado que el progresismo ha sido absorbido aparentemente como ideología oficial del actual sistema político tiránico y autoritario, esta doctrina política se ha vuelto excesivamente opresiva para quienes desean vivir fuera de los límites de la perversidad políticamente correcta.

    Desafortunadamente no hay límites para la locura de la patología progresista. La desmedida creatividad de los seguidores de esta secta no conoce límites para la locura. De hecho, estoy bastante seguro de que, de ahora en adelante, veremos cosas cada vez más insensatas e increíbles, gracias a los “avances” de la secta progresista y su creciente conquista del espacio político.

    Lo que defiende su agenda, el comportamiento de sus seguidores y los resultados que produce la ideología progresista, demuestran a la perfección que su función principal es degradar, destruir y aniquilar la naturaleza humana. Estos son los objetivos fundamentales de la secta progresista. Un poco de prudencia y análisis objetivo bastan para ver lo evidente.

    Ninguna otra ideología a lo largo de la historia ha degradado la naturaleza humana de esta manera. Volvamos al marxismo: el marxismo reconocía a los hombres como hombres, a las mujeres como mujeres, y a los niños como niños. A pesar de la inmensa muerte y opresión que infligió a diversas naciones del mundo en el siglo pasado, el marxismo nunca llevó a sus seguidores al autodesprecio, buscando obsesivamente profanar la naturaleza humana en su esencia misma, impulsando a las personas a modificar sus cuerpos y alterar sus identidades en una patología disociativa obsesiva y degradante de implosión suicida de la cordura.

    La conclusión a la que llegamos al estudiar la anatomía del progresismo es bastante obvia. Mientras que todas las demás ideologías políticas buscan destruir al ser humano externamente, el progresismo ha llegado a un nivel mucho más extremo y cruel: busca destruir al ser humano desde dentro.

    Es evidente que la complacencia de la sociedad y las autoridades establecidas ante la ideología progresista, también constituye un grave problema. De hecho, el progresismo ni siquiera debería ser considerado ideología, sino trastorno psiquiátrico disfrazado de ideología política. Todos los activistas y militantes, todas las personas que se identifican como progresistas, deberían ser internadas en sanatorios de inmediato.

    Si ésto fuera hecho con rapidez, sin demora, gran parte de los problemas que aquejan actualmente a la civilización occidental serían rápidamente resueltos. El progresismo es un trastorno mental grave y requiere tratamiento urgente. Sus síntomas más latentes son: la judicialización total de todo, la criminalización de las opiniones contrarias al progresismo, la censura desenfrenada e ilimitada contra quienes no se someten al totalitarismo patológico progresista, un estallido de locura que compromete la normalidad y la cohesión social, y la infantilización de un amplio sector de la sociedad, que ve al estado como un protector glorioso y majestuoso, el que debe satisfacer las demandas de todos los “oprimidos” y salvaguardar, en un mundo de fantasías, a quienes, de alguna manera, se sienten subyugados por la realidad.

    Desafortunadamente, la sociedad ya ha normalizado tanto la locura, que resulta difícil que las masas vean el progresismo por lo que realmente es. Así como el feminismo fue absorbido como parte de la agenda institucional del sistema, también lo fue el progresismo.

    Pero quiero destacar que es interesante observar el tipo de personas que atrae el progresismo. En su gran mayoría, se trata de personas extremadamente coléricas y emocionalmente reactivas, muchas de las cuales muestran claros signos de sufrir graves problemas psiquiátricos. Personas que han perdido por completo la razón y se dejan llevar únicamente por las emociones. Ésto las hace extremadamente susceptibles a las ilusiones de la ideología progresista, que atrae a la gente diciéndole lo que quiere oír, no lo que necesita oír.

    Desafortunadamente, ésto dificulta enormemente el rescate de la mayoría de las personas contaminadas por el progresismo. Al no usar la razón, no consideran los contraargumentos prudentes ni los argumentos necesarios que una persona sensata puede presentar contra la patología progresista. En muchos casos, los militantes ni siquiera escuchan. En muchos otros, pueden volverse excesivamente histéricos, reactivos e incluso agresivos. Basta con observar cómo buscan activa y obsesivamente censurar a todos aquellos que no están de acuerdo con ellos. Los militantes progresistas están impulsados ​​por una hostilidad histérica y una furia irracional. Dado que estas personas carecen por completo de argumentos coherentes y racionales, necesitan recurrir al estado para silenciar a sus oponentes.

    La ideología progresista predica la preeminencia y prioridad de las emociones, en detrimento de la razón. Por lo tanto, si una persona se siente bien haciendo algo, debería hacerlo. No importa si es moralmente correcto o no. El progresismo se trata de hacer cosas que le hagan sentir bien consigo mismo. Las consideraciones morales son por completo ignoradas y excluidas de la ecuación. Podemos afirmar categóricamente que el progresismo es la religión política del libertinaje, la autocomplacencia y la alienación social.

    De hecho, disciplinas de suma importancia como la moral y la ética, son inexistentes para la ideología progresista. Lo que importa es sumergirse de lleno en la fantasía ilusoria de la propia preferencia, sin importar las consecuencias. Para la ideología progresista, los sentimientos y las emociones son la referencia fundamental de todo. Lo que realmente importa es la percepción subjetiva que el militante tiene de sí mismo y de sus preferencias personales. Todo lo demás puede ser aparentemente ignorado, porque el progresismo se basa en la inmadurez patológica y la autocomplacencia radical. Nada más importa.

    Quien intente imponer la realidad como parámetro fundamental para interpretar los hechos y los acontecimientos, debe ser rechazado con vehemencia, pues la realidad es demasiado opresiva. Lo que importa es que las ilusiones personales de cada activista sean impuestas a la realidad.

    Si quiere vestirse como mujer e identificarse como tal (aunque sea hombre), hágalo. Si le hace feliz, eso es lo que importa. Si quiere exigir que los demás le reconozcan como mujer, incluso determinando qué pronombres deben usar al dirigirse a Ud., hágalo. Si no obedecen a sus órdenes y no se unen a ese delirio histriónico y neurótico, demándelos por “transfobia”.

    Si quiere usar el sanitario de mujeres en un centro comercial, aunque sea hombre, hágalo. Si alguien protesta, demándelo por transfobia. Si quiere usar pañales y comportarse como un bebé recién nacido, hágalo. Si a alguien no le gusta, solicite una investigación a la Fiscalía y muestre en redes sociales su propia disposición a demandar a cualquiera que se niegue a colaborar con ese delirio histriónico.

    Para comprender plenamente la ideología progresista, debemos reconocer su intransigencia a la hora de asimilar conceptos de orden moral y ético. Ésto significa que, para los activistas progresistas, lo correcto y lo incorrecto son detalles irrelevantes. Su brújula moral se basa en emociones personales de naturaleza subjetiva, y en el manual ideológico de la agenda progresista. Estas personas también apoyarán todas las acciones gubernamentales, siempre y cuando estén en consonancia con el credo de la secta progresista. Lo cual ocurre actualmente, al menos en la gran mayoría de los países occidentales.

    Conclusión

    La ideología progresista atraerá a sus filas a activistas con escasa o nula capacidad intelectual. Personas con un nivel de competencia cognitiva tan ridículamente bajo, que terminarán siendo fácilmente adoctrinadas por la ideología, por muy alejada que esté de la realidad.

    La consecuencia natural de la ideología progresista es ésta: multitudes de ciudadanos adoctrinados, que públicamente afirman defender la “ciencia”, pero que rechazan la biología natural porque consideran superior la ideología de género.

    En otras palabras, se trata de personas dispuestas a negar categóricamente el hecho innegable e inmutable de que la naturaleza humana se clasifica en dos unidades distintas y complementarias ‒masculina y femenina‒, en favor de una percepción personal y subjetiva de la realidad que apunta claramente a trastornos psiquiátricos.

    El progresismo es una enfermedad, una disfunción disociativa, un trastorno mental. No es ni ha sido nunca nada más que eso. El progresismo no debería ser considerado una ideología política. Los militantes progresistas son seres enfermos que necesitan intervención psiquiátrica urgente. Sólo quienes ya han sido contaminados por la locura patológica de esta secta no se dan cuenta de ello.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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