
En su libro Ilusiones colectivas: Conformidad, complicidad y la ciencia sobre por qué tomamos malas decisiones, el profesor Todd Rose explica que las personas “Nos retorcemos constantemente, intentando adaptarnos a lo que falsamente creemos que los demás esperan de nosotros”. Buscando la aceptación del grupo, nos adaptamos en lenguaje, comportamiento, creencias y prácticas. Como resultado, perdemos nuestra individualidad y nos convertimos en masas. Dentro de nuestro grupo, creamos una realidad alternativa que se ajusta a la mentalidad colectiva a la que nos adherimos, e interpretamos el mundo a través de esa perspectiva ‒nuestro deseo innato de pertenecer prevalece sobre la realidad.
Rose afirma que estas ilusiones “se han convertido en un rasgo distintivo de nuestra sociedad moderna”. En otras palabras, la mentalidad colectivista es un excelente vehículo para la propagación de ilusiones; por lo tanto, es la forma de gobierno preferida por los políticos.
Rose señala estudios en psicología y neurociencia que demuestran que nos autoengañamos creyendo lo que cree la mayoría, incluso si no es lo que deseamos o sabemos que es cierto. Problemas sencillos ‒e incluso opiniones sobre nuestras comidas favoritas‒ se ven afectados por la presión social. Cuando estamos aislados, nos desempeñamos muy bien, pero como parte de un grupo de prueba, a menudo damos la respuesta incorrecta para conformarnos a la mayoría. Ni siquiera lo hacemos para ser aceptados; más bien nos autoengañamos, y los scanners cerebrales muestran que, en realidad, estamos de acuerdo con algo que es claramente falso. Incluso separados de los demás participantes (quienes desconocen nuestra inconformidad), seguimos adaptándonos a la mayoría una vez que conocemos sus opiniones. Sí, cambiamos nuestras opiniones y creencias para evitar el ostracismo, pero nuestro cerebro las ajusta para hacernos creer que deseamos lo que desea la mayoría. Rose escribió: “Nuestro impulso interno de seguir a los demás es tan poderoso que, si no tenemos cuidado, terminamos desechando nuestro propio juicio”.
Nuestro autoengaño se agrava cuando la política es mezclada con la opinión pública. Los estudios demuestran que, cuando estamos emocionalmente involucrados, evitamos inconsciente e incluso conscientemente, la información que refuta nuestra postura. Rose afirma que, al enfrentarnos con una verdad que potencialmente perturba nuestra realidad interna, nuestra “ilusión”, “hacemos todo lo posible por evitarla”. Rose explica:
Cuando nos sentimos emocionalmente apegados a ciertas opiniones … terminamos usando cualquier prueba que encontremos para simplemente reforzar las conclusiones persistentes de nuestro grupo … cuando la pertenencia se convierte en parte de nuestra identidad, nos volvemos protectores de su visión del mundo, la que nos hemos esforzado por reforzar. También podemos volvernos hostiles hacia quienes no pertenecen a nuestro grupo.
Cuando los estudios contrastan las dos principales políticas para abordar un asunto controvertido, las personas que no tiene opinión definida cambian de postura una vez que les es revelada cuál es la “izquierda” y cuál la “derecha” ‒independientemente de si ésto es cierto o no. Inmediatamente se identifican con las posturas de su grupo preferido y las aceptan. No sólo intentan encajar; realmente creen que es la forma correcta de abordar el problema, sólo después de que les es explicado qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Una vez más, la solución que adoptan no siempre es la de su partido; sólo necesitan creer que lo es, y eso cambia su forma de pensar.
La afiliación partidista influye enormemente en cómo las personas interpretan la información y los hechos. Constantemente distorsionan los hechos para “encajar” en la narrativa del partido y del pensamiento grupal. En su libro Democracia para realistas: Por qué las elecciones no generan un gobierno responsable, los profesores Christopher H. Achen y Larry M. Bartels descubrieron que, incluso en cuestiones puramente fácticas con respuestas correctas claras, los ciudadanos a veces están dispuestos a creer lo contrario, si eso les hace sentir mejor respecto de su afiliación partidista y sus decisiones de voto. Si a ésto le sumamos nuestro autoadoctrinamiento, y medios de comunicación dispuestos a mentir y distorsionar la realidad para presentar la imagen que sus consumidores desean, tenemos el caldo de cultivo perfecto para que la gran mayoría de los votantes sean engañados. Los votantes crean su propia Matrix cultural.
Podemos seguir a la multitud y mantener nuestras ilusiones, sepamos decidir que la verdad es más importante que pertenecer a nuestra Matrix cultural. Cuando un gran porcentaje de nuestra sociedad ha adoptado lo que durante miles de años fue casi universalmente considrado opresivo y antinatural en todo el mundo, es hora de preguntarnos si estamos siguiendo una ilusión.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









