
Si tuviéramos que identificar el dogma más sagrado de la modernidad occidental ‒aquél que nadie cuestiona‒, sin duda sería la democracia representativa. Asumimos automáticamente que es la mejor forma de gobierno que la humanidad ha inventado jamás: una especie de método de gobierno del “fin de la historia”, y el máximo “logro político”.
La democracia representativa no es democrática
El primer problema es conceptual y nefastol: la democracia representativa simplemente no es democrática. Una sola persona no puede representar a la perfección la libertad, los deseos, las necesidades ni la individualidad de otra. Consideremos a un individuo que representa a 100.000 personas, como ocurre en Francia.
Por su propia naturaleza, la representación democrática niega al individuo. Le impide expresarse directamente y lo obliga a delegar su soberanía en un intermediario cuyos intereses no pueden ser los suyos o, si lo son, sólo de forma temporal y especulativa.
La democracia es solo un método para elegir líderes. Sin embargo, es insuficiente para defender la libertad individual. La democracia representativa has sido basada en la idea del gobierno de la mayoría ‒la noción de que un hombre puede ser “representado” por otro, sin perder su identidad‒, pero esta idea carece de fundamento científico y moral. Sólo es una forma arbitraria de gobierno, razón por la cual la democracia puede volverse tiránica. ‒Pascal Salin, Liberalismo
En Liberalismo, Pascal Salin argumenta que el gobierno de la mayoría en el que está basado este sistema ‒”como si un hombre pudiera ser representado por otro sin perder su identidad”‒, es una aberración conceptual indefendible para el liberal. El gobierno de la mayoría constituye una regresión en la libertad individual.
Por lo tanto, la representación democrática debe ser analizada desde la perspectiva de las concesiones arbitrarias que la misma implica: la renuncia a la soberanía individual, y la incapacidad de representar la verdadera diversidad de opiniones. La democracia representativa es sencillamente una técnica de gobierno y, al igual que otras formas de gobierno centralizadas y de masas, es imperfecta, y su grado de imperfección varía en comparación con formas de gobierno más colectivistas y orientadas a las masas.
Un sistema estructuralmente irresponsable
La responsabilidad está ligada con el libre albedrío. Es una relación personal, no una posición o status dentro de una organización, sobre la que se supone que posee razón y voluntad. Por lo tanto, no somos responsables de algo, de alguien o de una institución, sino que somos responsables ante alguien. ‒Pascal Salin, Liberalismo
Siguiendo la línea de pensamiento de Salin, éste identificó otra limitación significativa de la democracia representativa: la dilución o ausencia de partes identificables y responsables.
En el pensamiento liberal, la libertad es inseparable de la responsabilidad. La responsabilidad obliga al individuo a alinear sus acciones con su entorno y su realidad; de lo contrario, sufrirá las consecuencias. Así, en una sociedad libre fundada en la responsabilidad individual, un individuo que no puede ser responsabilizado por las consecuencias negativas de sus actos ‒ya sean para sí mismo o para otros‒ no ha actuado libremente. Dado que la sociedad está compuesta por individuos, es importante recordar que siempre somos responsables ante alguien, nunca ante una entidad abstracta.
Por lo tanto, entendemos que, en una sociedad funcional, el objetivo siempre es vincular libertad con responsabilidad, algo que el modelo democrático de masas, delegado y representativo, no permite. La democracia de una masa anónima, junto con funcionarios electos ‒”representantes de la nación” (y, por ende, representantes de nadie)‒ diluye la responsabilidad, y borra la libertad individual. Lo vemos con frecuencia en las noticias: en la república, nadie es responsable de nada, y proliferan las investigaciones para determinar quién es el responsable. Ésto no es una falla temporal del sistema democrático tal como lo conocemos en Occidente, sino que es la lógica conceptual misma del sistema.
Un anacronismo tecnológico
El modelo representativo no sólo es filosóficamente cuestionable, sino también una reliquia del pasado. La que es presentada como la forma más avanzada de organización política es, en realidad, la menos mala de las soluciones técnicas ideadas por las sociedades de los siglos XVIII y XIX para hacer funcional la democracia de masas. Era un mundo en el que la velocidad de la comunicación aún estaba limitada por la distancia, en el que las poblaciones eran relativamente inmóviles, y en el que era físicamente imposible imaginar el voto directo a gran escala. Esas limitaciones ya no existen.
Hoy en día, surgen constantemente comunidades de interés que no se limitan a personas que comparten un mismo territorio. La tecnología permite que individuos con valores, actividades económicas o preferencias compartidas, formen comunidades políticas, independientemente de su ubicación geográfica. Esta reconfiguración espontánea del panorama político hace que la democracia representativa basada en la geografía sea cada vez más obsoleta. Ésto no se debe a que alguna ideología la haya declarado obsoleta, sino a que los individuos ahora pueden tener más en común con personas que viven a cientos de kilómetros de distancia, que con sus vecinos. La representación geográfica ‒una reliquia de una época en que la gente se desplazaba a caballo‒ no puede explicar esta nueva realidad, ni podrá hacerlo jamás. El auge de los estados-red y el nomadismo digital, son prueba suficiente de ello. James Dale Davidson y Lord William Rees-Mogg escriben en El Individuo Soberano:
La ciudadanía es obsoleta. Para optimizar sus ingresos a lo largo de su vida y convertirse en un Individuo Soberano, deberá convertirse en cliente de un servicio de protección, en lugar de ciudadano. En vez de pagar la carga impositiva que le impongan políticos codiciosos, deberá posicionarse para negociar un contarto privado que le obligue a pagar por los servicios no más que lo que realmente valen para usted … La democracia de masas y el concepto de ciudadanía florecieron con el crecimiento del estado-nación. Fracasarán con el estado-nación, causando tanta consternación en Washington como la erosión de la caballería en la corte del duque de Borgoña hace quinientos años.
Seamos claros: el argumento tecnológico por sí solo no implica que la democracia de masas centralizada sea viable. Sólo demuestra su obsolescencia. De hecho, una democracia directa digital a gran escala, podría acelerar y exacerbar los ataques contra la propiedad, las personas y las libertades civiles ‒ya estamos viéndolo con Peter Thiel y Alex Karp con su monstruosa Palantir Technologies. La mayor cantidad de información agregada de ninguna manera conduce a mejores decisiones colectivas, ya que la acción humana y la información revisten complejidad sistémica, y por lo tanto no funcionan de esa manera. De manera que el desafío no consiste en digitalizar la democracia de masas, sino muy a la inversa: el desafío consiste en utilizar las nuevas tecnologías para fragmentar la democracia de masas en unidades políticas mucho más pequeñas y viables.
Quienes desean mantener el modelo actual, saben perfectamente que se trata de un método de gobierno obsoleto, cuya única ventaja es filtrar y reprimir la expresión directa de cada ciudadano.
El libre mercado como verdadera democracia
Existe, sin embargo, una forma de democracia que nunca ha adolecido de estas deficiencias estructurales: una forma en la que cada voto cuenta (a favor, en contra, y abstenciones), sin delegación ni intermediarios: el libre mercado. Al consumir o abstenerse de consumir en el libre mercado, cada individuo influye directamente en cómo es asignado el capital, y cómo los empresarios satisfacen las necesidades de la población. Incapaces de escapar a la ley de ganancias y pérdidas, en el libre mercado los empresarios no tienen más remedio que someterse a estos referendums cotidianos.
En Human Action, Ludwig von Mises ofrece la formulación definitiva: en la democracia política, sólo los votos emitidos a favor del candidato mayoritario influyen en el curso de los acontecimientos.
En el libre mercado, ningún voto es en vano. La minoría está representada tanto como la mayoría, y la libertad es inseparable de la responsabilidad. La democracia de masas es estructuralmente incapaz de garantizar este vínculo entre libertad y responsabilidad. Promete la expresión de la voluntad general, pero produce la tiranía de mayorías efímeras.
En el libre mercado, esta realidad es manifiestada a diario, y puede ser extrapolada a la sociedad en su conjunto. Así como los individuos usan su dinero para decidir qué bienes comprar, también eligen ‒a través de su comportamiento y de sus asociaciones voluntarias‒ qué instituciones espontáneas adoptar en sus vidas. Pascal Salin escribe:
Es un error afirmar que ciertas actividades humanas ‒que llamaremos actividades económicas‒ pueden ser aisladas del resto. Desde esta perspectiva, no existe la economía propiamente dicha, sino más bien una ciencia de la acción humana ‒lo que los economistas austriacos denominan Praxeología.
Se trata de la “democracia de los muertos” de Chesterton ‒esa tradición viva, por la que las decisiones sedimentadas de generaciones pasadas, constituyen un voto que ninguna mayoría hoy elegida debería poder invalidar‒, y de la constante búsqueda de la verdad por parte de Carlyle. Thomas Carlyle se negó a someter la realidad a votación y, por lo tanto, a crear una “verdad consensuada”, contraria a la verdad misma. En lugar de pensar que “todo es político”, el liberal cree que todo es económico, en el sentido de que aplicamos las reglas de la acción y de la elección humanas a todos los aspectos de nuestras vidas. En otras palabras, la economía contable es simplemente una variante de las decisiones y de las acciones humanas que caracterizan nuestras vidas.
Por lo tanto, la verdadera democracia se encuentra aquí mismo, en las decisiones cotidianas que tomamos como individuos, las que ‒en su conjunto‒ tienen influencia duradera en lo colectivo. La representación política ‒producto del control introducido por el derecho positivo‒ es simplemente un paliativo imperfecto, que choca frontalmente con la ética liberal, individualista y humanista, y que ya no invoca la ley para proteger la propiedad privada, sino para orquestar su expolio.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









