¡Patriotas del mundo, uníos!

    0

    Agricultores y camioneros irlandeses están bloqueando importantes vías principales como parte de las crecientes protestas contra las políticas de inmigración masiva de su gobierno, las regulaciones sobre “energía verde”, y los impuestos por el “cambio climático”. Largas caravanas de conductores alemanes han bloqueado las calles que rodean la residencia del canciller alemán Friedrich Merz en Berlín para exigir su destitución. En Manchester, miles de británicos patriotas siguen saliendo a las calles con un mar de banderas blancas con cruces rojas: la Cruz de San Jorge, la bandera nacional de Inglaterra.

    En toda Europa, protestas similares contra la inmigración masiva, las costosas regulaciones burocráticas, y las políticas energéticas económicamente desastrosas, surgen sin previo aviso, y rápidamente se apoderan de las carreteras nacionales y las calles de las ciudades. Una de las características comunes y visualmente impactantes de estas protestas es la multitud de banderas nacionales. Para un observador que contempla la multitud de manifestantes ondeando las banderas de sus países, la escena parece un mosaico interminable de patriotismo desenfrenado.

    En general, las redacciones corporativas europeas y norteamericanas se niegan a cubrir estas protestas de interés periodístico. Sus esfuerzos concertados por ocultar lo que sucede en Occidente contrastan con la forma en que promueven activamente pequeñas concentraciones de provocadores financiados por ONG que impulsan los proyectos predilectos del globalismo: tildar a las personas blancas de “racistas”, apoyar el aborto financiado con impuestos, amenazar con asesinar a “populistas”, exigir el fin de la propiedad privada, demandar amnistía para los inmigrantes indocumentados, y equiparar el uso de combustibles fósiles con el genocidio.

    Cuando la familia Söros u otros multimillonarios globalistas pagan a manifestantes para que salgan a las calles, las redacciones corporativas (a menudo propiedad, directa o indirectamente, de los mismos multimillonarios que financian el espectáculo callejero) cubren el caos antioccidental como si los berrinches globalistas fueran noticias de última hora (cuando, en realidad, los ciudadanos occidentales son muy conscientes de que los globalistas son expertos en quejarse, destrozar cosas, allanar propiedades, robar y agredir a la gente). Cuando multitudes a favor de la inmigración ilegal se presentan para quemar las banderas nacionales de Gran Bretaña, Francia, Dinamarca, Alemania, Suecia y los Países Bajos, las cámaras de noticias captan la acción. Cuando esas mismas multitudes de extranjeros ondean las banderas de sus países de origen, las cámaras graban la escena como si se tratara de una lucha justa e histórica por la “diversidad” y el “multiculturalismo”. Sin embargo, cuando los pueblos de Europa, cuyos ancestros han habitado el continente durante miles de años, ondean las banderas de sus estados, los “periodistas” fingen que la asamblea de ciudadanos no hace más que “fomentar el odio”.

    ¡Qué tiempos tan curiosos nos ha tocado vivir! A lo largo de la historia de la humanidad, cuando un grupo de extranjeros ocupaba el territorio de otro pueblo y exhibía los emblemas de sus estados extranjeros ante los nativos, reconocíamos ese evento como una “invasión”. Hoy, los gobiernos occidentales ‒sumidos en los venenos de la globalización y promoviendo una religión de autodestrucción‒ tratan a los invasores como ciudadanos, y a los ciudadanos como una molestia. En Europa, Norteamérica y Australasia, los gobiernos globalistas han abierto sus fronteras a los extranjeros, mientras que a los ciudadanos nacionales los aíslan por completo. Es fácil imaginar al presidente francés Emmanuel Macron, al primer ministro británico Keir Starmer, o a la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, escondidos en fortalezas medievales, ordenando a guardias con baja autoestima que disparen flechas únicamente contra quienes ondean banderas francesas, británicas o europeas. ¿Cómo se podría esperar que actuaran los “líderes” europeos, cuando los gobiernos europeos permiten que extranjeros violen y asesinen a sus ciudadanos, mientras arrestan a quienes se oponen a ser violados y asesinados? Cada vez más ciudadanos reconocen el total desprecio que los gobiernos globalistas tienen por su seguridad.

    Este “despertar” que se está produciendo en todo Occidente ‒en el que los ciudadanos de a pie han comenzado a rebelarse contra las políticas suicidas de sus gobiernos‒ está cobrando fuerza. Parece reflejar una conciencia social cada vez más perceptible de que los gobiernos nacionales llevan mucho tiempo comportándose como enemigos. “Enemigo” es una palabra fuerte reservada para aquéllos que se oponen a nosotros con gran hostilidad o malicia. Generalmente, los “enemigos” se encuentran al otro lado de las fronteras de un país o al otro lado de océanos enteros. Pero cuando los gobiernos occidentales invitan a enemigos mortales a entrar en sus fronteras, esos gobiernos ayudan y encubren a quienes desean hacernos daño. Tradicionalmente, llamamos “traidores” a los funcionarios públicos que traicionan a los ciudadanos. Los traidores, por supuesto, también son enemigos.

    El globalismo, por definición, busca destruir las fronteras nacionales. Sus defensores persiguen este objetivo mediante métodos cada vez más evidentes. En Europa, los tratados de Schengen y las normas incorporadas al derecho de la Unión Europea han eliminado los controles fronterizos internos entre la mayoría de los países. Originalmente presentado como una forma de permitir que los ciudadanos de las naciones europeas viajaran libremente por todo el continente, siempre fue un arma de migración masiva que ha permitido a los globalistas inundar las distintas naciones de Europa con extranjeros de África, Asia y Oriente Medio. En Norteamérica, las Naciones Unidas y las ONG financiadas por globalistas, gastan miles de millones de dólares cada año en ayudar a migrantes de América del Sur y Central a viajar a través de México y saturar Estados Unidos. Tanto en Europa como en Norteamérica, los mismos globalistas ricos y poderosos persiguen un objetivo: reemplazar a los ciudadanos nativos con tantos extranjeros, que resulte imposible para cualquier nación mantener una identidad propia.

    Los globalistas son internacionalistas. Buscan crear un nuevo orden mundial con un gobierno global, agencias internacionales y derecho internacional. Una forma de lograr estos objetivos es borrar las fronteras nacionales e invitar a una población internacional a reasentarse dentro de una nación que antes era soberana. De este modo, tanto las alianzas extranjeras como las leyes internacionales se introducen en el sistema de gobierno interno, independientemente de que la población local lo desee o no.

    Así como el diablo es el padre de la mentira, el globalismo es la filosofía de los mentirosos. Estos mentirosos llaman a los inmigrantes ilegales “solicitantes de asilo”. Llaman a los extranjeros que dependen económicamente de la asistencia social “contribuyentes”, “pagadores de impuestos” y “beneficios económicos”. Llaman “racistas”, “intolerantes”, “fascistas”, “nazis” y “xenófobos” a los ciudadanos que desean proteger las fronteras y la cultura de su país (como si los extranjeros fueran conocidos por emigrar a tierras racistas, intolerantes y fascistas, plagadas de nazis que discriminan a los forasteros). Los mentirosos globalistas pretenden que las fronteras son reliquias anticuadas del “colonialismo” y el “imperialismo”, aunque son los extranjeros quienes colonizan las naciones mediante la creación de pequeños imperios étnicos que se niegan a asimilarse.

    En algún momento, los pueblos que están siendo lentamente conquistados mediante la doble estrategia de “fronteras abiertas” y “migración masiva” (o lo que podríamos llamar “suicidio nacional asistido por globalistas”) se darán cuenta de que los países que alguna vez conocieron, están desapareciendo rápidamente. Si las tendencias actuales continúan, las diez ciudades más grandes del Reino Unido tendrán mayorías musulmanas en las próximas décadas. Tendencias similares están transformando por completo la demografía y la cultura de Francia, Alemania, España y todas las demás naciones europeas que intercambiaron soberanía por el caballo de Troya del Acuerdo de Schengen.

    En Estados Unidos, Minnesota y Maine cuentan con enclaves somalíes que han adquirido tal poder político, que el alcalde de Minneapolis (y globalista del Partido Demócrata), Jacob Frey, pronunció parte de su discurso de victoria el pasado Noviembre en somalí. Mientras los globalistas mentirosos demonizan a los estadounidenses tildándolos de “colonizadores”, los somalíes (con la ayuda de sus patrocinadores globalistas y la predilección de los demócratas de Minnesota por el fraude en las ayudas sociales) han colonizado la que alguna vez fue una de las regiones con mayor población blanca del país. Cada vez que inmigrantes ilegales cometen delitos en Estados Unidos, los fiscales globalistas los encubren, los medios de comunicación globalistas fingen que nunca ocurrieron, y los políticos globalistas repiten hasta la saciedad: “La diversidad es nuestra fuerza”.

    La “diversidad” puede ser una fortaleza. Es útil contar con un arsenal diverso cuando se sufre un ataque. Un equipo diverso de expertos es valioso al diseñar maravillas arquitectónicas, como murallas gigantescas. Sin embargo, es improbable que muchas personas tras las puertas de un castillo hayan visto a un ejército acercándose y hayan concluido: “No sobreviviremos sin más diversidad”. Quienes se preocupan por proteger sus civilizaciones no invitan a otras a apoderarse de sus castillos.

    Los globalistas, en cambio, están en guerra con la civilización occidental. Esos mentirosos nos traicionan a todos. Son nuestros enemigos.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

    LEAVE A REPLY

    Please enter your comment!
    Please enter your name here