Por qué debe ser abolida la institución del banco central

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    Sobre las condiciones necesarias para el fenómeno del dinero

    La teoría monetaria es fascinante, y actualmente en el curriculum académico de toda carrera de Ciencias Económicas, es un tema estudiado en las disciplinas de macroeconomía, microeconomía y teoría monetaria. En macroeconomía, aprendemos que el Sistema Financiero Nacional es un brazo de la política monetaria, y cómo el estado interfiere en las relaciones económicas a través del dinero fiduciario. En microeconomía, aprendemos la importancia del dinero como “restricción presupuestaria”, lo que es sumamente importante para comprender la dinámica que conduce a los desajustes económicos provocados por las políticas monetarias. Por último, en la asignatura de teoría monetaria, se hace una introducción a lo que es el dinero, sus funciones y características, con la introducción del papel de las expectativas de los agentes económicos y, al igual que en la asignatura de macroeconomía, más contenidos sobre el Sistema Financiero Nacional.

    El “dinero” es como cualquier otro recurso –tiene una utilidad subordinada al fin individual–, pero su utilidad implica una consecuencia económica única: a diferencia de lo que ocurre con otros recursos, a medida que se añade más dinero a la economía, no aumenta la calidad de vida de las personas.

    Murray N. Rothbard demuestra que, al igual que en “El Estado”, de Franz Oppenheimer, y “El Principio de la Economía Política”, de Carl Menger, el dinero no surge de la normatividad gubernamental, sino a partir de relaciones de intercambio que llevan a la gente a esperar una utilidad extra para ciertos recursos: que sean aceptados a su vez como intercambio por otros recursos. En la antigüedad, una de las dificultades que tenían los seres humanos era mantener los alimentos conservados –puesto que los seres humanos actúan por provisión, es razonable concluir que había una cierta demanda esperada de conservación de alimentos. Había varios procesos que hacían ésto posible, uno de los cuales era la utilización de sal. El intercambio de recursos por sal creó un “grado histórico de divisibilidad” entre los recursos, también conocido como “precio”. Este historial de precios orienta, por tanto, las expectativas de las personas, permitiéndoles conjeturar los innumerables intercambios entre recursos y sal en el futuro.

    Fue este proceso de añadir una utilidad adicional a un recurso –la expectativa de “aceptabilidad futura”, dados los intercambios pasados– lo que permitió que surgiera el fenómeno del dinero. Por cierto, muchos “estados en formación” descuidaron al principio el dinero en circulación, en gran parte porque –como muestra Franz Oppenheimer– preferían recursos como el ganado, los recursos de la tierra y similares como “método de pago”, lo que el autor llamará economía natural.

    Oppenheimer argumenta que el magnate territorial, como maestro del estado territorial, tiene su poder reflejado a través de sus posesiones de tierras y personas. Dice:

    Para aprovechar plenamente esa propiedad, se vería obligado a abandonar su ciudad para establecerse en ella y convertirse en propietario regular, porque en una época en la que el dinero aún no se ha generalizado y no ha habido una división rentable del trabajo entre la ciudad y el campo, la explotación de las grandes propiedades de tierra sólo puede ejercerse mediante el consumo real de sus productos, y la propiedad, ausente como fuente de ingresos, es inconcebible.

    El estado continuaba vinculado con las “economías naturales”, frente a las “economías monetarias” que ya existían. Continúa Oppenheimer:

    Dondequiera que un estado viva en una economía natural, el dinero es un lujo superfluo tan superfluo, que una economía desarrollada para el uso del dinero vuelve a un sistema de pagos en especie tan pronto como la comunidad retorna a su forma primitiva […] Un sistema así bien puede prescindir del dinero como patrón de valor, ya que no tiene relaciones y transacciones desarrolladas. Los arrendatarios del señor proporcionan como tributo las cosas que el señor y sus seguidores consumen inmediatamente.

    Sin embargo, un comerciante que desea intercambiar recursos, no siempre está en posesión de lo que la otra parte demanda y, por tanto, no puede efectuar el intercambio. Aquí es donde surge un denominador común entre estos comerciantes, basado en intercambios anteriores. Es un problema propio de los comerciantes, que fue resuelto por ellos mismos.

    Los magnates de la tierra sólo necesitaban la moneda cuando surgían problemas que la moneda podía resolver. Por ejemplo, cuando a medida que crecía su poder, la corona necesitaba vasallos para controlar la tierra y los campesinos, y el único recurso disponible para el pago era la tierra, los campesinos y el ganado. Esto significaba, en última instancia, compartir lo que constituía su poder.

    Cuanto más se expande el estado, más poder oficial debe delegar el gobierno central en sus representantes en las fronteras y en las marchas, constantemente amenazadas por guerras y brotes insurreccionales […] ¿Y cómo va a pagar a estos hombres? Con una posible excepción, que se mencionará más adelante, no hay impuestos que lleguen al tesoro del gobierno central y luego se vuelvan a verter sobre la tierra, ya que éstos presuponen un desarrollo económico que sólo existe allí donde se gasta el dinero. […] Por esta razón, el gobierno central no tiene más remedio que entregar los ingresos de su jurisdicción territorial a los condes, o a los guardias fronterizos, o a los sátrapas.

    Este poder “compartido”, que a menudo llevaba a la corona a ceder cada vez más privilegios políticos, la dejaba incapacitada para negociar, hecho que cambió por completo cuando, al cabo de mucho tiempo, el estado adoptó la economía monetaria.

    Aquí, como en el caso de los estados marítimos, la consecuencia de la invasión del sistema monetario es que el gobierno central se vuelve casi omnipotente, mientras que los poderes locales quedan reducidos a la más completa impotencia. […] Los vasallos revoltosos, que antaño hacían temblar a los reyes débiles, y tras un breve intento de gobierno conjunto durante la época del estado estatista, se convierten en cortesanos dóciles, mendigando favores a manos de algún monarca absoluto, como Luis XIV. […] El hecho es que el sistema de pagos en metálico reforzó el poder central de forma tan poderosa e inmediata que, incluso sin la interposición del levantamiento agrario, cualquier resistencia por parte de la nobleza terrateniente habría carecido de sentido.

    Obsérvese que este registro histórico está en consonancia con la función del dinero. El magnate de la tierra no era un “truequeador”; obtenía los recursos a través de los impuestos y no tenía por qué hacer trueques y enfrentarse al problema de la coincidencia de deseos hasta el punto de necesitar encontrar una solución al mismo. Inicialmente, eran los mercaderes quienes tenían esta necesidad, lo que corrobora la idea de que la moneda surgió con ellos. Sin embargo, a medida que los magnates de la tierra fueron perdiendo poder y necesitaron negociar con los vasallos, surgió el primer impasse que se resolvería por medio de una moneda, dando utilidad, a los ojos de estos magnates, al uso de la moneda.

    Sobre el proceso histórico del surgimiento de la moneda

    Es importante tener en cuenta que el proceso histórico de la aparición del dinero es empírico. Ésto implica que en la historia ciertamente ha habido civilizaciones en las que la aparición del dinero se produjo a través de sus gobernantes –como los magnates de la tierra, si establecemos un paralelismo con la contribución de Oppenheimer.

    Por ejemplo, según David Graeber en “Deuda: los primeros 5.000 años”, la aparición del dinero como resultado de un largo proceso de intercambio, es un mito. Para él, el dinero surge junto con la deuda.

    Cuando un economista habla del origen del dinero, por ejemplo, la deuda siempre viene después. Primero viene el trueque, luego el dinero; el crédito sólo se desarrolla más tarde.

    El proceso de división del trabajo y el trueque, es un proceso que se ha desarrollado a lo largo de la historia. El intercambio de recursos siempre se basó en bienes no duraderos, y rara vez tuvo lugar entre pueblos que confiaran los unos en los otros hasta el punto de que surgiera un sistema basado en la confianza. La hospitalidad entre los pueblos parece ser un hecho para Graeber, hasta el punto de implicar que el sistema de la deuda surge al margen de los sistemas de intercambio. Es como si el ser humano siempre hubiera podido actuar sobre la base de la “provisión”, y no como un proceso que ha aprendido de las adversidades del entorno.

    El problema no radica en que Graeber descarte el proceso de intercambio porque no haya registros históricos porque, como ha demostrado Oppenheimer, los hay. El problema radica en que ignora todo el proceso histórico de las condiciones necesarias para el sistema que defiende -como la hospitalidad, la acción basada en la provisión, y los propios intercambios-, y toma estos aspectos como dados, incluso sin apoyo histórico; además de señalar esta misma actitud como indebida cuando se trata de economistas. Dice Graeber:

    “Es importante subrayar que ésto no se presenta como algo que ocurrió realmente, sino como un ejercicio puramente imaginario. Para entender cómo se beneficia la sociedad de un medio de intercambio”, escriben Begg, Fischer y Dornbusch (Economics, 200s), “imaginemos una economía de trueque”. “Imagínese las dificultades que tendría hoy”, escriben Maunder, Myers, Wall y Miller (Economics Explained, 1991), “si tuviera que intercambiar directamente su trabajo por los frutos del trabajo de otra persona”. “Imagine”, escriben Parkin y King (Economics, 1995), “que tiene gallinas pero quiere rosas”.

    En contrapartida, comenta lo siguiente:

    ¿Cuál es la diferencia entre una mera obligación, un sentimiento de que debes actuar de determinada manera, o incluso que le debes algo a alguien, y una deuda real? La respuesta es sencilla: el dinero.

    Sin embargo, según Graeber el proceso del dinero ocurre simultáneamente con el de la deuda, lo que hace contradictoria su tesis. Si la diferencia entre “obligación” y “deuda” es el dinero –proposición con la que estoy completamente en desacuerdo, y para la que no veo justificación alguna por parte de Graeber–, entonces se supone que el dinero surgió primero, en algún momento de la historia, y después vino el sistema de la deuda. Ésto nos conduce a cinco puntos que cuestionan la tesis de Graeber.

    • La deuda no puede ser el origen del dinero, porque el propio autor reconoce que la condición necesaria de la deuda es el dinero.
    • ¿Dónde está documentado el proceso histórico de aparición del dinero que permitió la aparición del sistema de la deuda?
    • Incluso un “sistema de deuda” presupone hospitalidad, división del trabajo, acción basada en la provisión, y un largo proceso de intercambio, para que dicho sistema surja en las relaciones económicas.
    • ¿Asume Graeber una abundancia injustificada de recursos, en la medida en que la gente pone recursos a disposición de otros con una “promesa de pago futuro”, en un periodo de escasez de recursos?
    • En mi opinión, Graeber no justifica la necesidad de que la deuda se exprese en dinero, ni demuestra cómo surge este dinero para que pueda existir el sistema de deuda. Además, la definición de dinero tampoco está clara y es el lector, a lo largo del libro de Graeber, el que debe deducir las características del dinero.

    Por otra parte, en la historiografía aparece, por ejemplo, el préstamo de ganado de los ricos a los miembros pobres de una tribu, lo que llevó a estos acreedores a vincular a estos pequeños propietarios a ellos como “sus hombres”. Este préstamo no tiene nada que ver con el fenómeno del dinero, porque el objetivo del magnate prestamista era tener a alguien que cuidara del ganado, con la ventaja de disponer de más recursos en el futuro.

    Incluso si lo consideramos dinero por caridad argumentativa, el proceso del dinero no sería tan expresivo, porque la capacidad de ser acreedor requeriría abundantes recursos por parte del acreedor –lo que fue abordado en el punto “d”–, lo cual es un problema, ya que a lo largo de la historia, la capacidad económica para tal hazaña ha estado en manos de unos pocos. Además, ésto implicaría asumir que los agentes económicos con menos recursos son seres pasivos, que se enfrentan al aumento de la complejidad económica, y al problema de la ausencia de coincidencia de deseos mutuos, y no hacen nada para resolverlos –o necesitan una autoridad ilustrada que resuelva los problemas que no les preocupan.

    Podemos encontrar una “resolución” a este problema en “La gran transformación: los orígenes de nuestro tiempo”, de Karl Polanyi. Señala que la moneda surge en respuesta a necesidades sociales y políticas, impuestas por la autoridad central que pretende facilitar el comercio. Para él, la aparición del “mercado” sólo es posible con la determinación de estas autoridades centrales, expresada a través de regulaciones. Veamos:

    El trueque, el regateo y el intercambio, constituyen un principio de comportamiento económico que depende del patrón de mercado para su realización […] A menos que este patrón esté presente, al menos en parte, la propensión al trueque no tendrá suficiente alcance: no podrá producir precios.

    Este vínculo con la autoridad central también está presente en la argumentación de Graeber, en la que comenta que la moneda es un “trozo de metal valioso”, “conformado en una unidad standardizada” y “con algún emblema”. Aunque admite que la moneda fue inventada en un principio “por ciudadanos corrientes”, y que la acuñación “pronto fue monopolizada por el estado”, tiende a mantener que el origen de la moneda es el estado debido a su “eficacia”.

    Ahora bien, si las características de una moneda son las características de una moneda estatal, por definición terminológica, la moneda tiene ciertamente su origen en el estado. Ahora bien, si tenemos en cuenta todo lo que se ha dicho aquí, nos damos cuenta de que la moneda es el recurso a través del cual se alcanza la utilidad esperada de la moneda. Por eso, en la historiografía la sal, el tabaco, las piedras, las conchas y otros recursos, han sido considerados monedas.

    Parece que Graeber intenta a cada paso escapar del largo proceso de intercambio para explicar el fenómeno del dinero –aunque en algunos pasajes admite el proceso de intercambio como condición histórica–, pero ésto conduce a una laguna en la que el lector atento se da cuenta de que no hay ningún proceso histórico coherente que explique el origen del dinero. Es como si el fenómeno del dinero fuera algo “dado”, como si la gente ya fuera consciente de su función, y una autoridad estatal se diera cuenta de ello y decidiera distribuir moneda entre los ciudadanos.

    Por el contrario, Oppenheimer señala que el dinero surge primero entre los truequeros –mediante el proceso de intercambio antes mencionado–, y sólo se vuelve útil para el entorno político cuando éste advierte ventajas prácticas, como aumentar el poder de la corona a través del funcionariado, o acabar con la necesidad de pagar a los vasallos mediante “tierras y campesinos”.

    Si se lo analiza detenidamente, no existe ninguna razón real para que el estado cree un recurso “universalmente intercambiable”, ya que el estado obtiene los recursos por la fuerza. Esta necesidad surge debido al desarrollo desigual de los círculos económicos y políticos. A medida que las relaciones económicas se hacen más complejas, el entorno político también necesita desarrollarse y seguir tributando. Podemos observar el crecimiento de los pueblos sometidos, que llevó al estado a establecer sistemas de funcionarios, por ejemplo [Franz  Oppenheimer, El estado]. Sin embargo, a estos “vasallos” se les pagaba con tierras y campesinos, lo que reducía el poder de la corona. En este sentido, la aparición del dinero, que se produce a través de intercambios voluntarios, permitió al estado combatir la descentralización que se estaba produciendo.

    Sobre la necesidad de un banco central

    Antes de proseguir, es importante establecer que la estabilidad financiera no implica necesariamente la estabilidad de precios. Como es bien sabido, los individuos tienen múltiples objetivos que consideran más valiosos que su situación actual. De estos objetivos se derivan los medios que los individuos consideran más adecuados, en función de sus propias valoraciones, para alcanzar el objetivo deseado. Cuando este medio es un recurso en posesión de otra persona, se inicia una relación intersubjetiva cuando el individuo busca obtener este fin. Si esta relación presupone simetría en la lógica de la relación, y respeto mutuo por la propiedad de los participantes, estamos ante una relación voluntaria.

    Cuando implica el intercambio de recursos, esta relación voluntaria genera una relación económica. La divisibilidad entre estos dos recursos es el fenómeno que llamamos precio. Por lo tanto, los precios que surgen de esta acción, comúnmente denominados precios naturales, son un mecanismo resultante de las preferencias de los individuos. Dado que las preferencias de los individuos pueden cambiar y de hecho cambian, la “estabilidad de precios” sería poco probable. Teniendo en cuenta que determinadas estructuras económicas sólo son atractivas a determinados niveles de precios, la “estabilidad obligatoria” genera desinformación, poniendo en peligro toda la estructura productiva.

    Resumiendo, intentar imponer la estabilidad de precios es como perderse con una brújula. Se necesita ir hacia el norte y, en lugar de orientar el cuerpo en la dirección correcta y de seguir la brújula, se fija la aguja magnética en la dirección deseada y se cree ir hacia el norte.

    Dicho ésto, volvamos a la historia del sistema financiero, más concretamente a la historia del sistema bancario escocés del siglo XVIII. En aquella época y a diferencia del sistema inglés, el sistema escocés no contaba con un banco privilegiado encargado de emitir dinero, lo que hoy conocemos como banco central. De hecho, en aquella época el “Bank of Scotland” recibió la primera autorización para operar servicios bancarios, pero por razones específicas, el parlamento permitió la creación de un banco competidor: el “Royal Bank of Scotland”. Ésto, a su vez, permitió la apertura de otros muchos bancos capaces de emitir billetes de banco.

    Fue precisamente este paso el que hizo que Escocia destacara en términos de estabilidad financiera. Esta estabilidad se produjo gracias a la práctica casi sagrada de los bancos de presentar los billetes de los bancos competidores en las cámaras de compensación, donde los funcionarios averiguaban cuánto debía cada banco al otro.

    En “Estabilidad financiera sin bancos centrales”, George Selgin et al. comentan que ésto generaba una especie de disciplina como la de una “cadena de prisioneros”. Si se tomaba a varios prisioneros y se los encadenaba entre sí, sin tener que atarlos nada más, sería casi imposible escapar, dada la necesidad de coordinar los pasos de cada uno.

    Esto funcionó tan bien que hubo un ejemplo de banco que intentó tomar un camino menos moderado: Ayr Bank. A mediados de la década de 1770, Ayr Bank y todas sus sucursales empezaron a prestar grandes sumas de dinero en condiciones muy generosas. El objetivo era convertirse en el mayor banco escocés. Su práctica consistía, por ejemplo, en cambiar sus propios billetes de banco por pagarés (I Owe You) de los prestatarios. Si no entiende la gravedad, se lo explico. Los pagarés son documentos que reconocen deudas. Documentos informales, por cierto. En otras palabras, los prestatarios, las personas que recibían el préstamo, podían entregar un documento de “reconocimiento de deuda” para obtener préstamos, creando un sistema financiero escalonado. Un sistema financiero inflado, por cierto.

    Al recibir estos billetes, ésto llevó a los demás bancos a buscar el Ayr Bank para liquidarlos. Y, como pueden imaginar, Ayr Bank acabó siendo aplastado por los bancos que adoptaron prácticas menos agresivas.

    En aquel momento, no existía la sensación de “Too Big To Fail”. Incluso si la hubiera habido, la ausencia de un banco central habría impedido hacer nada. Tras la caída del Ayr Bank, Escocia vivió un largo y notable periodo de estabilidad financiera, y lo único que el Ayr Bank dejó atrás fue la lección de las prácticas que adoptó.

    Otro ejemplo fue Canadá. Hasta 1935, Canadá no tuvo banco central. Su sistema era bien conocido y un claro ejemplo de Sistema Bancario Libre [Free Banking]. Los billetes en circulación eran emitidos por diversos bancos comerciales, la mayoría de los cuales contaba con una amplia red de sucursales en todo el país.

    Junto a los billetes en circulación, había papel moneda emitido por el gobierno, conocido como “Dominion”. Ambos billetes se aceptaban como pago en especie, aunque los del Dominion eran de curso legal. A diferencia de los billetes estadounidenses, que tenían que estar “garantizados” por determinados bonos del gobierno de EE.UU., los billetes bancarios canadienses estaban respaldados por los activos generales de sus emisores. Además, los bancos canadienses no tenían obligación de mantener ningún tipo de reserva.

    En el periodo comprendido entre 1867 y 1895, tres de los cincuenta y cinco bancos de Canadá quebraron, lo que supuso un total de 485.000 dólares en deudas impagadas. En términos reales, ajustados por inflación, esta cantidad equivaldría aproximadamente a 14,2 millones de dólares en 2021.

    En comparación, la cantidad total pendiente en aquel momento era de 25 millones de dólares la que, ajustada por inflación, sería de aproximadamente 730 millones de dólares en 2021. Por lo tanto, el importe impago debido a las quiebras, representaba alrededor de 2% de este total.

    En el caso de los bancos en Estados Unidos, entre 1863 y 1896 se produjeron 330 quiebras de bancos nacionales. El importe total de las reclamaciones acumuladas contra estos bancos ascendía entonces a U$S 98 millones. Ajustada por inflación, esta cantidad sería de aproximadamente U$S 2.960 millones en 2021. De las reclamaciones acumuladas, menos de 64% habían sido pagadas al final de este periodo, lo que resulta en un saldo pendiente de aproximadamente U$S 35 millones (ajustado a U$S 1.060 millones en 2021).

    Además, otros 1.234 bancos estatales quebraron, dejando U$S 120 millones en deudas impagas. En términos reales, ajustada por inflación, esta cantidad sería de aproximadamente U$S 3.630 millones en 2021. El valor total de las deudas acumuladas por los bancos estatales era de U$S 220 millones en aquel momento (ajustado a U$S 6.650 millones en 2021).

    Por lo tanto, puede concluirse que, en términos reales, el rendimiento del sistema de banca libre de Canadá fue relativamente mejor que el del sistema bancario de Estados Unidos durante este periodo.

    La práctica de la banca de reserva fraccionaria en el sistema financiero actual poner en peligro la propiedad privada y tiene consecuencias no deseadas. Hasta ahora se han discutido puntos relacionados con la teoría monetaria y el sistema financiero, mostrando que estos argumentos no son consistentes. Basándonos en lo anterior, parece razonable admitir:

    • El dinero no surge del estado y, por tanto, el estado no es una condición necesaria para su existencia.
    • El estado ignoró durante mucho tiempo la importancia de la economía monetaria.
    • La hipótesis de que el dinero surgió a través del trueque aún no ha sido superada.
    • No hay pruebas suficientes para afirmar que el dinero surge de la deuda, y ésta no es un fenómeno exclusivamente monetario.
    • Incluso si el dinero surgiera de la deuda, ésto no invalidaría la necesidad de un proceso de intercambio como condición necesaria para el desarrollo de este sistema financiero.
    • Los sistemas financieros pueden ser estables incluso sin la presencia de un banco central.

     

     

    Traducido por el Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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