Qué es tan intolerable sobre dejar a la gente en paz

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    Quizás lo más admirable del libertarismo es su sencillez y, por ende, su facilidad de comprensión. La idea central es que cada persona debe dejar en paz a las demás, siempre y cuando éstas hagan lo mismo. Se trata de una reformulación de la Regla de Oro, principio con el que –irónicamente– la mayoría de la gente dice estar de acuerdo y que enseña a sus hijos.

    O, al menos, eso es lo que solían hacer.

    Compárese el concepto libertario –el principio de no interferir con los demás, siempre que ellos hagan lo mismo– con la caótica amalgama de posturas, a menudo contradictorias, que no llegan a definir qué es un republicano o un demócrata; y es que nada puede ser definido cuando se trata de un revoltijo caótico y cambiante de opiniones frecuentemente opuestas entre sí. Un ejemplo de ello es la costumbre republicana de “arreglar” –pero nunca eliminar– programas autoritarios como el Obamacare. En este contexto, “arreglar” equivale a aceptar el mérito fundamental del programa en cuestión, pero sosteniendo que es posible lograr que “funcione” mejor. Otro ejemplo es la “despenalización” –¡vaya caso de manipulación psicológica! – de actos que, por definición, no constituyen delito alguno: el mero consumo, posesión o venta de ciertas “drogas”, como la marihuana (o incluso el alcohol). Resulta exasperantemente incoherente presentar a un partido político como el partido de la “libertad”, cuando es el mismo que restringe y dosifica las libertades que permite que la ciudadanía ejerza. En realidad, lo que tenemos es un partido único, que simplemente discrepa ligeramente sobre qué libertades restringir y con qué fin.

    En otras palabras: se trata del mismo partido.

    Por eso, votar con más ahínco –ya sea a republicanos o a demócratas– no marca ninguna diferencia significativa. Cada vez más personas empiezan a comprender ésto y han decidido dejar de votar por completo. Se han dado cuenta de que votar no sólo es inútil, sino también destructivo, ya que otorga poder y legitimidad a lo ilegítimo.

    Por naturaleza, la mayoría de las personas sigue actuando –en su vida cotidiana– en consonancia con el principio de no interferir con los demás. No molestan a sus vecinos; de hecho, se esfuerzan por mantener una buena vecindad, pues desean recibir el mismo trato a cambio. Saludan, sonríen e incluso a veces se ofrecen a ayudar. No se dirigen a la puerta del vecino, tocan el timbre y le entregan una factura por “servicios” que éste no solicitó ni utilizó. Sin embargo, esas mismas personas, tan amables con sus vecinos, votan para que otros le haga eso mismo a ellos mismos y a su vecino. Si se reflexiona al respecto, ésto resulta profundamente esquizofrénico desde un punto de vista moral. Una acción que casi todo el mundo considera incorrecta cuando la realiza un individuo –quien sentiría vergüenza de hacerlo– pasa a verse como algo normal cuando es ejecutado a distancia, por parte de personas autorizadas para ello por esa construcción llamada estado.

    El concepto libertario sostiene que es incorrecto, en cualquier caso, emplear la fuerza contra personas que han respetado el principio de no interferir con los demás. Ésto último también puede ser expresado como no haber causado daño alguno a otra persona. Resulta sorprendente que genere controversia la idea de que las personas tienen derecho a que se las deje en paz, siempre que ellas respeten a los demás –es decir, que no hayan causado daño a nadie–, dado que la mayoría de la gente coincide con este principio en la vida cotidiana e incluso se lo enseña a sus hijos. No obstante, todo ésto es dejado de lado cuando las interacciones trascienden los límites de la propiedad vecinal. La misma persona que jamás se dirigiría a la puerta de su vecino para exigirle dinero por “servicios” no solicitados ni utilizados, no siente vergüenza alguna al hacer exactamente lo mismo con el resto de la comunidad a través de las urnas. Los derechos son individuales; por ello, se ven viciados cuando las cuestiones son colectivizadas. Esa es la razón por la que quienes pretenden socavar los derechos individuales, recurren al colectivo para promover el colectivismo.

    ¡Qué fácil –y qué difícil– resulta considerar a todo el mundo como un vecino que posee el mismo derecho a que se le deje en paz que uno desea para sí mismo, y que posiblemente es respetuoso en el trato con el vecino de al lado!

    Ahí reside la esencia del libertarismo. No se trata de libertinaje ni de librarse de la responsabilidad. No es más –ni menos– que ser un buen vecino para con todos.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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