
Washington y Moscú celebraron con entusiasmo la victoria de la Gran Alianza Aliada sobre las potencias fascistas al final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, desde entonces ambas capitales se han posicionado generalmente en bandos opuestos en numerosas y complejas luchas geoestratégicas alrededor del mundo. También han aprovechado las oportunidades para colaborar con países y movimientos políticos extranjeros, con el fin de generar serios problemas a la otra gran potencia.
Un ejemplo reciente y crucial de esta estrategia ha sido la decisión de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN de utilizar a Ucrania como instrumento militar contra la Federación Rusa y su líder, Vladimir Putin. Este enfoque ha tenido cierto éxito. Mantener a Ucrania involucrada en la guerra ha debilitado a Rusia física y económicamente. No obstante, lograr tal resultado ha requerido un esfuerzo considerablemente mayor por parte de la gran potencia que ostenta la ofensiva, en comparación con las otras dos guerras subsidiarias más importantes: las de Vietnam y Afghanistan. Estados Unidos, otros miembros clave de la OTAN y la alianza en su conjunto, han participado activamente en el apoyo a las operaciones militares de Kiev, incluyendo ataques aéreos y con misiles en territorio ruso.
Con el inicio de la guerra en Irán, Moscú tiene ahora una nueva oportunidad para tomar represalias contra Estados Unidos y los demás aliados de Ucrania en la OTAN. Los líderes rusos no dudan en presionar a Washington. De hecho, ya están tomando medidas concretas para ello. Rusia estrechó de inmediato sus lazos alimentarios y económicos con Irán, ofreciendo un posible salvavidas a ese país asediado. A principios de Marzo de 2026, surgieron indicios de que Moscú incluso estaba prestando asistencia militar a Teherán, proporcionándole datos de inteligencia cruciales sobre los movimientos de tropas estadounidenses y otras maniobras. Al parecer, esta asistencia incluía el suministro a unidades iraníes de información sobre objetivos en bases estadounidenses en Oriente Medio. A principios de Mayo, The Economist informó de que Rusia estaba proporcionando drones militares de alta tecnología a Irán, lo que añade una nueva fase a la creciente colaboración en tecnología de drones entre Moscú y Teherán.
De ser cierto, los informes sobre el suministro de datos de inteligencia e información específica sobre objetivos por parte de Rusia a Irán, igualarían el amplio nivel de asistencia que Estados Unidos y otras potencias de la OTAN han brindado a Kiev en su guerra contra Rusia. Tal medida podría reportar un doble beneficio a Moscú: ayudar a Teherán a generar mayores dificultades operativas para Estados Unidos en Oriente Medio, e interferir con la capacidad de la OTAN para seguir apoyando a Ucrania en su esfuerzo bélico. El fortalecimiento de la capacidad de Teherán para resistir la ofensiva de Washington ya ha contribuido a agotar las reservas de armas del arsenal estadounidense. Este agotamiento, a su vez, ha reducido la capacidad de Washington para compartir ese armamento letal con otros miembros de la OTAN, principales proveedores de armamento para Ucrania. El ciclo aparentemente interminable de guerras subsidiarias podría estar entrando en una nueva etapa.
A lo largo de las décadas, las guerras subsidiarias anteriores han tenido una característica importante en común: las dos grandes potencias rivales han explotado con éxito las imprudentes iniciativas militares del otro. Aprovecharse de tales errores permitió al adversario obtener victorias relativamente gratificantes con mínimo riesgo y esfuerzo. La Unión Soviética se aprovechó de la desacertada decisión de varias administraciones estadounidenses de intervenir en la guerra civil de Vietnam. Moscú proporcionó ayuda financiera y militar al gobierno comunista de Vietnam del Norte, y a los insurgentes comunistas que intentaban derrocar al régimen aliado de Washington en Vietnam del Sur. Sin embargo, ese fue el límite del riesgo que Rusia asumió. La victoria final de las fuerzas comunistas en Vietnam (junto con resultados similares en Laos y Camboya) humilló a Estados Unidos, al tiempo que impulsó el prestigio y la influencia internacional de Moscú. Este éxito fué logrado con costo y riesgo mínimos para el Kremlin.
No obstante, en el siguiente escenario internacional, los papeles de las grandes potencias enfrentadas se invirtieron. Esta vez, Moscú cometió la imprudencia de asumir un compromiso innecesario e improductivo. A finales de la década de 1970, el Kremlin contribuyó al derrocamiento del gobierno monárquico de Afghanistan y a la instalación de un sucesor comunista. Esta desacertada maniobra política brindó a Washington la oportunidad de vengarse del éxito geopolítico de Moscú en el sudeste asiático.
El asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, impulsó un plan para ayudar a los insurgentes musulmanes extremistas, los mujahidin, que odiaban la ocupación militar soviética y toda la agenda política y social laica del Kremlin. La ayuda financiera y militar de Washington a las fuerzas rebeldes afghanas aumentó drásticamente durante la presidencia de Ronald Reagan. La decisión del gobierno de proporcionar a los mujahidin misiles antiaéreos Stinger, tuvo un impacto especialmente significativo. Los Stinger pronto derribaron numerosas aeronaves soviéticas de transporte de tropas, y la guerra de Afghanistan rápidamente se volvió muy impopular en toda la URSS. El gobierno reformista de Mijaíl Gorbachov pronto decidió poner fin a la misión, y la retirada soviética de Afghanistan en 1989 fue un reflejo de la humillante retirada estadounidense de Vietnam en 1974.
Aún es demasiado pronto para estar seguros de los resultados finales de las guerras subsidiarias en curso en Ucrania e Irán. Existen oportunidades para triunfos geopolíticos en ambos bandos, pero también existe la posibilidad de fracasos estrepitosos. Tanto Estados Unidos como Rusia se beneficiarían enormemente si trabajaran para lograr un acercamiento mutuamente ventajoso, en lugar de librar otra ronda de guerras indirectas. Sin embargo, la moderación y la sensatez necesarias para dar un paso tan prudente parecen faltar en ambos países.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








