
Quien quiera que su país sea libre, debe primero abordar el estatismo en el corazón de su pueblo.
¿Quién pensó que deshacerse de los talibanes en Afghanistan, o de Saddam Hussein en Irak, pondría a estas sociedades en el camino de la paz y la prosperidad? ¿Quién piensa que cuando Bin Laden sea finalmente capturado o asesinado, el mundo será un lugar más seguro? ¿Quién piensa que sin Mugabe, Zimbabwe elegirá el camino correcto? ¿Que retocar el estado en Palestina y Arabia Saudita liberará a esos pueblos? ¿Que Nepal progresará rápidamente ahora que la “democracia” ha sometido a la “monarquía”? Quienes lo creyeron o lo creen, viven en un mundo de fantasía.
- Hay una parábola hindú en la que se le pidió al dios Shiva que matara a un demonio que había estado causando estragos. Shiva fue y lo decapitó. Pero para su sorpresa, Shiva descubrió que cada gota de la sangre del demonio que caía sobre la tierra daba origen a un clon del demonio. Shiva se dedicó a matar a todos los nuevos demonios. Para su consternación, ésto sólo empeoró su problema.
No se puede acabar con el mal tratando sus síntomas. De hecho, eliminar los síntomas sin abordar las causas subyacentes agrava el problema, porque los síntomas proporcionan una retroalimentación sensorial esencial. Los síntomas muestran qué está mal. El estado suele ser sólo un síntoma.
- Nuestras construcciones mentales crean nuestro entorno personal. Nuestras construcciones mentales colectivas crean a nuestros héroes y líderes, nuestra cultura, nuestras religiones y otras instituciones, incluido el estado. El estado es, sin duda, el mayor mal, pero es simplemente una expresión del estatismo y de la barbarie colectivos en la mente de los individuos de la sociedad.
- En septiembre de 1991 salí de India por primera vez para estudiar en el Reino Unido. Al llegar, tuve que tomar un tren desde el aeropuerto hasta Manchester. Una fila de personas esperaba frente a la boletería de la estación. El vendedor de tickets me dio tiempo suficiente para explicarle mi ruta. Los que estaban detrás de mí tuvieron suficiente paciencia como para dejarlo instruirme. Nadie me empujó, ni habló a mis espaldas, ni me apuró. Cuando llegó el tren, la gente esperó a que los pasajeros bajaran antes de subir ellos. Todo ésto me resultaba completamente ajeno.
El tren era sorprendentemente cómodo y limpio, o al menos eso me pareció entonces. Lo que vi por la ventana me inquietó. Mis ojos nunca habían visto con la claridad que tenían ahora; no había contaminación en comparación con la que existía en mi ciudad de origen. Sentí diferente la nariz.
Me desperté muy temprano al día siguiente y salí hacia Manchester. Llevaba un mapa grande de la ciudad en las manos, y lo estaba mirando cuando una persona bien vestida cruzó la calle, se acercó y me preguntó si podía ayudarme. Cuando fui al banco a abrir mi cuenta, no sólo fue rápido, sino que, lo que es más importante, la gente fue paciente y me trató muy bien. La oficina de alojamiento de la universidad fue igual de servicial. Tenía problemas económicos y no tuve ninguna dificultad para reunirme con el director de la facultad. Me apoyó, me trató como a un igual, y no esperaba que me humillase ante él. Habló con franqueza, sin rodeos, sin alardear del favor que me hacía, y salí de su oficina en cuestión de minutos.
Las culturas perduran. Se puede instaurar lo mejor del sistema capitalista, pero si la gente tiene una cultura totalitaria, su sistema político pronto la imitará. Logré en una sola mañana lo que me habría llevado semanas, meses o incluso una eternidad en India, y que habría requerido deshumanización, dramas, poses, manipulaciones y mentiras. Y en cada ocasión, me trataron no como a un animal ni como a un niño. No sólo eso; también vi que la gente trataba con respeto a los animales y a los niños.
Ya no presto mucha atención a estas cosas. Pero aquella mañana, con 24 años, fui a mi habitación y lloré. Nunca había experimentado tanta generosidad y franqueza.
Vivía en un barrio pobre de Manchester. Solía trabajar en la universidad hasta altas horas de la noche. No podía pagar un taxi, así que volvía caminando a casa. En varias ocasiones, la policía me siguió con las luces apagadas, probablemente porque sospechaban de mí; pero como no tenían pruebas, no tenían derecho a detenerme para interrogarme. En todos mis años de visitas al Reino Unido, jamás me pidieron mi documento de identidad. Podía registrarme en los hoteles y salir sin mi documento. Nadie me lo pidió nunca en vuelos nacionales ni al entrar en discotecas. Valoraba mucho esa sensación de libertad personal. El estado no me molestaba. La sociedad, en general, confiaba en mí.
He viajado al Reino Unido muchísimas veces y, por lo general, he encontrado a los agentes de inmigración actuando con cortesía. No es que siempre tuvieran una buena opinión de mí, sino que tenían pocas opciones para molestarme; el código de conducta social garantizaba que me trataran con respeto como persona.
Durante los primeros días tras mi llegada a Manchester, empecé a sentirme deprimido y solo, por primera vez en mi vida. Experimentaba una vida sin complicaciones ni problemas. No había estímulos ni perturbaciones en mis sentidos ni en mis emociones. No sabía cómo lidiar con semejante silencio. No sabía cómo concentrarme, ya que no había nada que me distrajera. Era adicto a la adrenalina e hiperactivo. No sabía lo que era la paz, aparte de la catarsis. Eso era lo que experimentaba cuando bebía o fumaba demasiado. Los dos años siguientes me enseñarían a vivir de verdad.
Mi cuerpo, mi vista, empezaron a cambiar. Mi mente podía pensar con más claridad. Empecé a comprender el significado del disfrute y de la paz. Quince años después, sigo encontrándome a menudo en Occidente con personas cuya honestidad, moralidad, espiritualidad y fortaleza de carácter me asombran.
- La sociedad india, como en gran parte del mundo no occidental, tiende instintivamente a tener problemas constantes, como si la vida fuera solitaria y el tiempo fuera difícil de pasar si no hubiera problemas que lo ocuparan.
Las culturas perduran. Se puede instaurar lo mejor del sistema capitalista, pero si la gente tiene una cultura totalitaria, su sistema político pronto la imitará. Incluso si individualmente no les gustara el estado, su conducta colectiva propiciará el surgimiento de un estado poderoso. Quieren libertad para sí mismos, pero también quieren esclavizar a otros. La constitución y las leyes son reinterpretadas para su conveniencia. Jueces y políticos se congraciarán con ellos. Las instituciones no pueden ser impuestas a una sociedad.
- En la India, un pariente lejano soborna habitualmente a la policía de tránsito, de modo que cuando pasa junto a ellos en la carretera, la policía lo saluda. Cuando trabajaba en India, uno de mis clientes más importantes hacía esperar a sus clientes fuera de su oficina durante días antes de dedicarles unos minutos. Una vez me dijo que sólo disfrutaba de la vida cuando su whisky era de mejor calidad que el de los demás.
Crecí en una sociedad sin valores. La deshonestidad está tan profundamente arraigada en India, que la gente ni siquiera suele ser consciente de ello. Durante los más de diez años que trabajé allí, conocí a cientos de políticos y burócratas de alto rango. Nunca conocí a un funcionario público honesto, responsable y orgulloso. En este sentido, la cultura política se diferenciaba poco del resto de la sociedad. En ella, vi muy poco respeto por la vida, los niños, las mujeres o los pobres. La falta de civismo era palpable. Reinaba el caos.
- Mi primer recuerdo de la infancia no es de jugar con juguetes ni con mis amigos, sino de la tiranía y del autoritarismo que sufrí por parte de mis maestros y de la sociedad. Todos me decían qué hacer. Tenía que sonreír cuando la autoridad lo exigía. Tenía que dejar de llorar cuando me lo ordenaban. Mis maestros nunca fomentaban las preguntas. Jugar y hablar con otros niños estaba mal visto. Me exigían que fuera amable con todos.
Se suponía que debía dar buena imagen ante la sociedad. El bienestar de la nación debía ser mi máxima prioridad. Crecí como un hombre rígido, inexpresivo y sin emociones, socialmente inadaptado, y eso que pertenecía a la clase privilegiada. No sabíamos trabajar en equipo. Teníamos problemas para relacionarnos.
Así es como la sociedad colectivista adoctrina desde el principio. Y aquí es donde el colectivismo falla en su declarado principio fundamental de igualdad. Todos creen saber cómo deben vivir los demás. Todos abusan de los demás, y lo justifican diciendo que les hacen un bien. Desde la infancia, esta mentalidad impregna todas las vidas. No hay igualdad; solo jerarquías. Y, por supuesto, inconscientemente sabemos lo que está pasando, así que nadie confía en nadie.
Vivíamos según las reglas. Cuando nos encontrábamos ante un dilema, consultábamos el reglamento. No sabíamos cómo conectar con nuestra conciencia. Yo no sabía qué quería. No es que todos en una sociedad libre lo sepan, pero nuestros deseos estaban enterrados bajo tierra. Nos enseñaron a desconectarnos de nuestra consciencia. Si disfrutábamos estudiando o ayudando a los demás, nuestros profesores y los demás sectores de la sociedad se aseguraban de que dejáramos de disfrutarlo. ¿Cómo podía algo tener valor si lo disfrutábamos? ¿Y cómo podía la sociedad controlarme si no controlaba mi felicidad?
De adolescente, mientras mis compañeros en Occidente salían con chicas y se iban de fiesta, yo escuchaba canciones patrióticas y era profundamente religioso. Amaba a India y estaba dispuesto a morir por ella, aunque en silencio odiaba a los indios. Para mí, y para la mayoría, India era la cuna de la civilización. Tras la independencia, dio grandes pasos en el progreso material. Estábamos orgullosos de ser uno de los pocos países con capacidad para enviar cohetes al espacio. A mediados de los años ’80, cuando India y Pakistán estaban al borde de la guerra, consideré alistarme en el ejército como voluntario.
- Fui a una universidad en una ciudad del tamaño de Vancouver llamada Indore. No muy lejos de mi casa había una comisaría. Los policías ataban regularmente las manos de los detenidos a una rama fuerte de un árbol, de tal manera que los presos tenían que mantenerse de puntillas o dejar que la cuerda les tirara dolorosamente. Cientos de automóviles, incluidos los de jueces e intelectuales, pasaban a diario; pero nadie se quejaba. Los más instruidos me decían que así era como debían tratar a los delincuentes.
- Obtuve una licenciatura de cinco años en ingeniería. Los dos primeros años fueron de ingeniería general; después, la universidad decidía quién estudiaba orientación civil, quién mecánica y quién eléctrica. Éramos como arcilla que las autoridades podían moldear a su antojo. Todos lo habíamos aceptado como algo normal.
En las universidades indias existe la tradición de las novatadas, o abusos, a los nuevos estudiantes. Al entrar en la universidad, durante el primer año uno se convierte en propiedad de los estudiantes de cursos superiores. Lo maltratan a uno emocional y sexualmente. A los estudiantes de primer año les exigen que se masturben delante de otros o que orinen sobre cables eléctricos con electricidad. Se cree que ésto fomenta la cohesión social y elimina las inhibiciones. Los estudiantes de primer año lo odian. Algunos intentan suicidarse. Algunos pierden la audición por las palizas que reciben.
Pensé que quienes habían sido maltratados no perpetuarían la costumbre. Pero no funciona así. Para aceptar semejante tortura, hay que desconectar la humanidad. Al año siguiente, quienes habían sido los más maltratados el año anterior, eran precisamente los peores maltratadores.
- Durante mi último año en la universidad, unos hombres que conocía decidieron pagarle a una mujer para que los entretuviera. Así que negociaron un precio con una prostituta y la llevaron a un hotel. Desafortunadamente en India, un país supuestamente “espiritual”, la prostitución es delito. Llegó la policía y los arrestó a todos. Los hombres pagaron un soborno considerable y se fueron a casa. La chica se quedó en la comisaría esa noche. Mis amigos me contaron que, a pesar de estar sana, no podía caminar bien a la mañana siguiente. El juez convenientemente ignoró su situación. Hombres y mujeres de la llamada clase social respetable no tienen interés en mujeres así. En su opinión, estas mujeres son libertinas y merecen lo que les hagan.
Los libertarios occidentales creen que el estado es la raíz de todos nuestros problemas. El estado es, sin duda, el símbolo del mal, pero no es la raíz del mal.
Un año, tuve que renovar mi pasaporte y, como es costumbre, un agente de inteligencia vino a visitarme. Me negué a ofrecerle un soborno, algo considerado muy normal. Así que no tramitó mi solicitud. Me mantuve firme. Fui a hablar con el jefe de inteligencia de esa zona de Delhi. En un instante, me dijo que era un maleducado, que no iba a tramitar mi solicitud, y prácticamente me echó de su oficina. Escribí a los altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores para informar del asunto. No pasó nada.
Un familiar tuvo un accidente y fue llevado a un hospital público. Tenía una grave lesión en la pierna. El médico le pidió un soborno para decidir si le operaba la pierna o se la amputaba.
En India trabajé para una empresa británica durante cinco años, y durante aproximadamente dos años para una empresa suiza. Cuando los directivos de la empresa me visitaban allí, era una época terrible. Sufrí racismo flagrante por parte de personas de mi mismo color en diversas ocasiones. Varias veces mantuvimos negociaciones formales en la sede de una empresa pública. Mientras estábamos sentados a la mesa de conferencias, los empleados nos traían té. Por supuesto, desde nuestra espalda no podían ver quiénes éramos blancos o indios. Así que se inclinaban para mirarnos a la cara. Si era blanco, le ofrecían té en tazas de porcelana; si no, en vasos de plástico. Podría contarles muchas variantes de este tipo de racismo.
Aquí les cuento una historia reciente. El 6 de Junio de 2005, una mujer musulmana casada, Imrana, fue presuntamente violada por su suegro. Los clérigos musulmanes, con una insensibilidad irracional, decidieron separarla de su marido e insistieron en que se casara con el violador. Mulayam Prasad Yadav, ex ministro de Defensa de India y actual primer ministro del estado de Uttar Pradesh, donde tuvo lugar este incidente, declaró: “La decisión tomada por los líderes religiosos musulmanes en el caso Imrana debió de haber sido meditada profundamente. Al fin y al cabo, son personas muy instruidas”.
- En una época, me gustaba reflexionar durante los vuelos sobre la lamentable pobreza y miseria de India. A menudo me preguntaba si éramos un pueblo inherentemente inferior, algo de lo que mucha gente de países pobres está convencida.
Me encantaba viajar y recorrí diferentes partes del mundo, tanto por negocios como para reflexionar sobre esta cuestión. Observé repetidamente que muchos europeos del este, en particular los rusos, se comportaban mal. Los procedentes de los países del Golfo y de la mayor parte de África se comportaban mucho peor que los indios.
Una y otra vez, he visto una sola cosa que diferencia a las personas. No es su origen, su raza ni su historia. Lo que las diferencia es el nivel de coerción en sus sociedades.
- Presenté una versión diferente de estas ideas en Octubre de 2005 en el Instituto Fraser de Vancouver, en Marzo de 2006 en el Mises Institute de Auburn, y en Junio de 2006 en el Partido Libertario de British Columbia, también en Vancouver. Debo confesar que en mi primer trabajo, me referí al estado como “la fuente de todo”. Tras meses de reflexión, ya no creo que sea así. Nuestro sistema político refuerza nuestra cultura y viceversa. Cuando el estado fracasa en una sociedad totalitaria, podemos alegrarnos de que el estatismo haya llegado a su fin. Sin embargo, tal “fin” del estatismo nunca dura. Basta con mirar a África y Asia. Generalmente surge un nuevo y más corrupto estado. De la misma forma, pueden nombrar a Saddam Hussein primer ministro de Canadá, y tener la seguridad de que no durará ni una hora.
- Si su experiencia le dice que la gente de los países colectivistas, en general, carece de conciencia e integridad, no piensa por sí misma, es grosera o servil (dependiendo de cómo fueron colectivizados) e infeliz, tiene razón. Viven una vida lastrada por deudas morales y psicológicas: por karmas. Estos son los karmas que la juventud occidental está acumulando poco a poco.
Los libertarios occidentales creen que el estado es la raíz de todos nuestros problemas. El estado es, sin duda, el símbolo del mal, pero no es su raíz. Los totalitarios –más conocidos como liberales en Norteamérica [progresistas]– conocen mejor cuáles son las raíces y, por lo tanto, han hecho un trabajo magnífico para lograr sus fines.
A lo largo de un siglo, utilizando los proyectos de igualitarismo de apariencia agradable –bienestar social, acción afirmativa, educación gratuita, sanidad gratuita y desarrollo sostenible–, han estado manipulando la raíz del problema: la cultura.
Su labor es insidiosa y está llevando lentamente a Occidente por el mismo camino que las sociedades totalitarias de Oriente. No es de extrañar que los progresistas encuentren a Oriente tan espiritual, afinidad que descubren fumando furiosamente marihuana a orillas del Ganges.
En Occidente, en muchas ocasiones me han preguntado por qué hay que decirle a las personas pobres y a las mujeres de India que son dueñas de sus cuerpos. Les respondo que ésto no es tan ajeno. Debieran preguntarse por qué hay que decirles a los generadores de riqueza en Occidente que son dueños de su propia riqueza.
- Cada nueva situación de coerción social sienta las bases para el desarrollo del siguiente nivel de totalitarismo.
En Occidente casi no he conocido a alguno que no diga que nuestro medio ambiente está empeorando. Les pregunto a las personas mayores si recuerdan cómo eran Londres, Newcastle, Manchester o New York hace 50 años, y que lo comparen con lo que ven ahora. La respuesta es invariablemente que el medio ambiente está peor. He visto las fotos y películas antiguas, y me cuentan una historia completamente diferente.
- Muchos occidentales me dicen lo mucho que lamentan la situación de quienes viven en África con menos de un dólar al día, y que los países occidentales deberían hacer algo al respecto. Yo sostengo que deberían empezar por reducir su propio nivel de vida a un dólar diario y enviar el resto a África. Rápidamente pierdo su atención.
He visto la hipocresía del cantante de U2, Bono, quien quiere que Canadá destine 0,7% de su PBI a la ayuda internacional. Me pregunto por qué él y sus seguidores nunca consideran reducir sus presupuestos familiares al PBI per capita de Canadá, liberándose así de toda esa innecesaria riqueza.
Aunque parezca inofensivo, en Occidente han sido sentadas las bases de la deshonestidad, la falta de integridad y la hipocresía. Y las deudas morales percibidas tienen tendencia natural a acumularse en la mente humana.
En Occidente, la gente generalmente cree que está bien gravar fuertemente a los ricos. Para ellos, robar a los ricos ya no es una cuestión ética. Y quienes perciben salarios de seis dígitos en grandes empresas, no tienen escrúpulos morales a la hora de utilizar el dinero de sus accionistas para todo tipo de actividades contrarias a los accionistas, incluido el financiamiento de organizaciones anti-empresarias.
No creo, como muchos libertarios occidentales, que los activistas progresistas de Occidente sean personas equivocadas pero bondadosas. Veo mentes criminales e hipócritas tras esa apariencia de compasión. Pregúntenle a un delincuente común por qué hace lo que hace; seguro también les contará una historia conmovedora.
- Las normas de cortesía, esas costumbres que han sido la base de la civilización occidental, deberían haber enseñado a la sociedad occidental que lo que hacen los progresistas es violento e injusto. Cualquier persona debería estremecerse cuando defienden la violencia, sutil o directa, para robar el dinero de algunos y así arrebatar la independencia a otros, mientras se arrogan un poder arbitrario.
Hace 16 años, cuando comencé a viajar, me impresionó la confianza que vi en los occidentales. Vi a funcionarios mostrando respeto a los viajeros. Vi a occidentales de mente abierta oponiéndose a las violaciones de sus derechos. Vi al público aplaudiéndoles con gestos de aprobación. Eso es historia. Ahora la gente se desnuda sin reparo alguno ante el más mínimo gesto de un empleado descortés en el aeropuerto. Si alguien se opone, es probable que sus compañeros de viaje lo consideren un alborotador. La actuación de los agentes se ha vuelto culturalmente aceptable.
- La joven estrella del tenis indio, Sania Mirza, musulmana, recibió recientemente una fatwa de algunos clérigos por usar pantaloncillo corto. Hace apenas una década, el gobierno indio acataba dichas fatwas “para mantener el orden público”. No hace mucho, la policía acosaba constantemente a las parejas jóvenes. La generación de mis padres tenía que llevar consigo el certificado de matrimonio cuando salían de noche. Desde entonces, ninguna ley ha cambiado, sólo su interpretación.
A mediados de la década de 1980, el público indio fuera de las grandes ciudades comenzó a ver televisión por primera vez. Observaban lo que sucedía en Occidente. Las expectativas de la gente sobre su gobierno y sus vidas comenzaron a cambiar. Bajo presión, el estado indio empezó a interferir menos en la vida privada de las personas.
Hace apenas unos meses, varias parejas en un parque de Meerut, ciudad cercana a Delhi, fueron golpeadas públicamente por la policía por ir de la mano y estar juntas. En esta ocasión, el estado invitó a las cámaras de televisión para avergonzarlas. Diversas organizaciones fundamentalistas hindúes y partidos políticos de todo el espectro político apoyaron las acciones del estado; pero cuando la sociedad en general condenó lo sucedido, el estado y las organizaciones fundamentalistas se retractaron rápidamente.
Padres con conciencia social en las grandes ciudades insisten en que sus hijos ya no sean golpeados en la escuela. Los maestros ahora pueden ir a la cárcel. La economía ha progresado pero, más importante aún, también lo ha hecho la moralidad, ahora que hay menos opresión. La generosidad que experimenté por primera vez en el Reino Unido ya no es desconocida en India. La gente está reafirmando su humanidad. Son más creativos y de mente abierta.
Cuando los indios interactuaron con el mundo, comenzaron a suceder cosas asombrosas. Vivieron y visitaron Occidente, y regresaron a India sintiéndose fuera de lugar en un sistema coercitivo (tras un par de cervezas, muchos indios –y de otras nacionalidades– coinciden con ésto). Se dieron cuenta de que Occidente no se trataba sólo de James Bond, sus armas y su promiscuidad, sino de una cultura que respetaba al individuo.
El comportamiento snob y autoritario empezó a ser visto como algo menos atractivo. La compasión y el respeto comenzaron a ser considerados comportamientos apropiados. Llegó una pequeña dosis de globalización, introducida por personas de Occidente que no respetaban el colectivismo de India. Estrechaban la mano de los sirvientes con la misma frecuencia que la de los jefes políticos. Cuando el director general de mi empresa británica nos visitó en Delhi, estrechó la mano de nuestro empleado de oficina. Fue un gesto que el empleado nunca había experimentado. Sudó y se sintió incómodo. Durante los dos años siguientes que trabajó con nosotros, ganó confianza en sí mismo como persona. Por primera vez, las personas de castas inferiores podían entrar en restaurantes (gestionados por multinacionales) y esperar una bienvenida, aunque fuera una mera cortesía superficial.
- No idealicemos lo que está sucediendo en India. Mi descripción de los acontecimientos exagera los cambios que se han producido. En India, todavía se sufre acoso constantemente. Sin embargo, el cambio en las expectativas sociales ha impulsado la transformación de la conducta del estado. Todo ésto a pesar de que el carácter general de los políticos y burócratas indios está empeorando, no mejorando.
Los intolerantes, antes abiertamente racistas, ahora humanistas, siguen considerando a los africanos como infrahumanos; no pueden creer que los africanos puedan sobrevivir sin la ayuda occidental. Lo mismo podría decirse de los políticos de Occidente. ¿Pero qué hay de su cultura?
- Durante mi formación en el Reino Unido, me repetían constantemente que no existían culturas buenas ni malas. ¡Qué disparate! Los progresistas occidentales tienen una ideología que está cegando moralmente a Occidente. La única manera de detenerlo es comprender que el colectivismo involuntario, cualquiera que sea su forma, no es espiritual, ni en sus ideales ni en su práctica, sino que es perverso en todos los sentidos.
Cuando era niño, mi espíritu se resistía cuando me pedían que controlara a otros; se rebelaba cuando alguien intentaba controlarme. El conocimiento de la libertad es a priori y no requiere ningún conocimiento previo de economía ni de políticas públicas. La moralidad asociada con este conocimiento debería destruir todas las formas de colectivismo involuntario, y jamás debería permitir que esas formas sean restablecidas. Pero eso es lo que precisamente está ocurriendo en Occidente.
- En Occidente, la gente cree tener cada vez más derechos sobre la propiedad ajena. La intolerancia contra quienes generan riqueza es cada vez más aceptable. Las empresas sobornan a las comunidades para poder operar, algo que corrompe psicológicamente a todos. En nombre de la seguridad social, los mendigos exigen limosnas como si fueran su derecho de nacimiento. Los intolerantes, antes abiertamente racistas, ahora humanitarios, siguen considerando a los africanos como infrahumanos; no pueden creer que los africanos puedan sobrevivir sin la ayuda occidental. Quieren la intervención benévola de Occidente en los “puntos conflictivos” del mundo.
La mayoría de quienes clamaban en las calles de New York para que Estados Unidos interviniera en Darfur, ahora tendrían problemas para recordar qué es y dónde está. Ya se han volcado en asuntos más de moda. Pero si bien la hipocresía siempre está disponible para proporcionar una liberación emocional, añade otra capa a la corrupción cultural y política. Haciendo honor al sentir social, el gobierno estadounidense, tras una intervención a medias, sigue adelante, dejando las cosas peor que al principio.
Una vez que se les dan las herramientas, los políticos y burócratas encontrarán cada vez más áreas que controlar. Pero, ¿quién tiene la culpa?
El ecologismo demuestra cuán nublados se han vuelto los procesos de pensamiento de los occidentales. La gente se horroriza si alguien ofrece una visión alternativa; es imposible un debate racional sobre el asunto. Proporciona una justificación moral para la envidia, el pesimismo y la incapacidad de participar productivamente en la sociedad. Pero, de nuevo, ¿a quién o a qué se debe culpar: a los burócratas y funcionarios electos, o a la cultura que los promueve?
Hace apenas unas décadas, esta situación habría horrorizado a los occidentales. El horror ha cesado.
- Cada vestigio de totalitarismo en nuestra mente, por inofensivo que parezca, contribuye a crear una sociedad compleja, corrupta y coercitiva, que se refleja sin cesar en el funcionamiento del estado. La gente debería aprender a ver esta conexión. Los libertarios deberían aprender a verla. Deberían aprender que la raíz de la opresión no es el estado, sino la cultura.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko








