Quién iba a decir que el genocidio podría ser tan caro

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    ¡El genocidio no es barato! Como estrategia, el genocidio de palestinos y ciudadanos libaneses en el sur del Líbano –palabras de Israel, no mías–es más costoso que lo que se podría pensar.

    El genocidio tiene un precio: vidas, niños muertos y moribundos, generaciones enteras aniquiladas, la demolición masiva de edificios grandes y pequeños, la destrucción de sitios históricos y departamentos recién construidos, el paisaje arrasado, los sistemas de agua y saneamiento destruidos, la industria abandonada y las tierras agrícolas irrecuperables. Lo hemos presenciado en Gaza durante casi tres años, está ocurriendo ahora en Líbano, y está siendo extendido a Cisjordania. El genocidio es pagado con deudas atípicas, hipotecas intransferibles, que no sólo provocan la bancarrota moral, sino también la financiera.

    El gobierno estadounidense –sometido a la tiranía israelí durante 70 años– utiliza un tipo diferente de tasador; un proveedor de servicios especializado que ningún estadounidense contrataría, y que ningún estadounidense del siglo XXI comprendería. Nuestros tasadores nos transmiten el mayor valor para nuestros hogares, negocios, tierras y potencial humano: para el gobierno estadounidense e Israel, la mirada del tasador sólo busca escombros, tierras envenenadas, colinas arrasadas y terraplenes artificiales, vidas vaporizadas y esqueletos reducidos a polvo.

    Debería haber sido tan sencillo. En lugar de décadas de hambruna lenta y estrangulamiento económico, salpicadas de ataques aéreos y de tanques para “limpiar el césped” en Gaza, Israel “ahorraría dinero” acabando con Gaza como enclave palestino y campo de concentración al aire libre, asesinando a toda la población en una sola operación. Como sospechaban Charlie Kirk y 1.000 millones de personas en el planeta, el 7 de Octubre de 2023 fue un plan calculado, una operación de falsa bandera, para simular una brutalidad tan atroz, que la población respaldara una guerra total; en este caso, un genocidio meticulosamente orquestado contra un pueblo ocupado, un robo de tierras como solución permanente a un problema de seguridad que, curiosamente, sigue desconcertando a la mayoría de los israelíes y a sus aliados en Washington.

    Si bien las violaciones y decapitaciones perpetradas por Hamas llegado en parapentes fueron una fantasía israelí, los ataques aéreos de helicópteros de las FDI contra su propio pueblo, fueron lamentablemente muy reales y concretos. Este costo operativo, junto con el de la deliberada negativa de Netanyahu a rescatar a los prisioneros de guerra israelíes, es sólo una pequeña parte de la guerra que estalló el 7 de Octubre.

    Israel está tomando conciencia del costo presupuestario y de seguridad del genocidio. Tan sólo las operaciones en Gaza durante los últimos tres años insumieron más de U$S 136.000 millones, lo que adicionó U$S 130.000 millones a la deuda nacional israelí. Para ponerlo en perspectiva, durante 55 años (entre 1970 y 2025), el gobierno israelí gastó un promedio de U$S 39.000 millones anuales. Este promedio incluye, sorprendentemente, los gastos de los primeros 18 meses del genocidio de Gaza, así como las numerosas guerras desde 1970: la Guerra de Yom Kippur (1973), la guerra contra Líbano (1971-2000), la primera y la segunda Intifada (1987-1993 y 2000-2005), la guerra entre Israel y Hezbollah (2006), las guerras en Gaza en 2008, 2012 y 2014, y las campañas de bombardeos contra el Líbano, Siria e Irán en 2024 y 2025. También incluye el costo de la expansión incesante de los asentamientos y de la defensa general.

    En este contexto de gasto estatal, el presupuesto de 2025 superó en casi cuatro veces el promedio, con más de U$S 150.000 millones. El costo de una guerra interminable recae sobre los israelíes, a pesar de las cuantiosas donaciones de los contribuyentes estadounidenses a Israel (U$S 21.700 millones en ayuda militar desde el 7 de Octubre de 2023), y de que los gobiernos locales y los fondos de pensiones estadounidenses hayan comprado casi U$S 2.000 millones en bonos estatales israelíes. Es comprensible que los problemas presupuestarios y el costo del genocidio sean temas de debate en las campañas en curso para controlar la Knesset.

    ¿Existen maneras de ahorrar dinero y, al mismo tiempo, eliminar a los habitantes de Gaza, ocupar el sur de Líbano y destruir Cisjordania? Ésta es la gran pregunta para el gobierno israelí, la que intenta responder con ahínco. Por ejemplo, ¿cuál es el costo de dejarlos morir de hambre y sin refugio ni ayuda durante el tercer invierno consecutivo? Hace casi 18 meses, el Dr. Marc Perlmutter observó cómo funciona ésto:

    “Al salir de Gaza, [Perlmutter]… vio una fila de camiones de ayuda que se extendía aproximadamente 50 kms, 8 en fila, con alimentos pudriéndose en su interior, ya que Israel les impedía el paso … Eso es suficiente para rodear Gaza de tres a cinco veces con camiones de suministros que Israel no permitía entrar”.

    50 kilómetros de camiones de ayuda, 8 en fila, con la entrada a Gaza bloqueada. Los bloqueos económicos, si bien son actos de guerra, pueden ser rentables si el objetivo del bloqueo es limitado y geográficamente controlable, y nadie se resiste ni evade. El prolongado bloqueo israelí de alimentos y suministros a Gaza está bien establecido desde hace décadas, y aunque es asesino e inmoral, la guerra de asedio, también conocida como guerra de desgaste, suele funcionar hasta que se rompe, colapsa o el objetivo del asedio se rinde.

    Israel ha preferido las guerras de desgaste, desde una posición de relativa riqueza, con ayuda incondicional de Estados Unidos y Gran Bretaña, y sólida infraestructura bélica. Sin embargo, preferir no es lo mismo que prepararse: Israel ha agotado sus municiones, equipos, capacidad defensiva y soldados con aparente falta de previsión. La plataforma de Netanyahu de “genocidio en todas partes” está desacreditada. Su coalición se está convirtiendo cada vez más en el símbolo del fracaso israelí, y todos, desde los países vecinos hasta los contribuyentes israelíes, parecen estar de acuerdo.

    La deuda es real. La destrucción brutal de Gaza, y ahora del sur de Líbano, es real, y el costo de mantener esa destrucción, impedir la recuperación –o, aún más descabellado, reconstruir como un paraíso israelí– es inimaginable. Oxfam estima un costo de reconstrucción de U$S 71.000 millones, incluyendo a los habitantes de Gaza, lo que claramente contradice el propósito del genocidio. Para ser más honestos, el plan de Trump para la “Riviera de Gaza”, que contempla que los gazatíes emigrados o en campos de concentración, sean utilizados como mano de obra barata, costará U$S 100.000 millones, con una nota casi nazi que indica que cada gazatí (hombre, mujer o niño) que se vaya (o muera), le ahorra a Estados Unidos e Israel otros U$S 23 millones.

    Cada viaje de lujo de Netanyahu a Washington es financiado con el presupuesto de 17 gazatíes muertos. ¿Hasta cuándo puede ser mantenida esta lógica?

    Ahorrarse U$S 23 millones por cada civil asesinado podría ayudarnos a comprender los persistentes tiroteos y bombardeos contra no combatientes y niños por parte de soldados de las FDI y contratistas estadounidenses, más allá de la mera psicopatía y perversión.

    “Ahorrar U$S 23 millones” por cadáver no es una buena inversión. Pero guarda un parecido inquietante con la retórica que escuchamos de nuestros amos globales sobre los “comedores inútiles”. Claramente, las cifras erróneas de la muerte masiva interesan a ciertos sectores de la sociedad.

    El ejemplo de Israel revela que destruir vidas y territorio no es tan barato ni fácil. Independientemente del nivel de objetividad científica y los cálculos matemáticos empleados para garantizar el éxito, los resultados hablan por sí solos. La seguridad, la economía y el ejército de Israel son más débiles que nunca, su dependencia de Estados Unidos es mayor, y sus perspectivas de paz se han reducido drásticamente. Tras haber apostado su futuro a un genocidio cada vez mayor, y haber avivado el discurso de la destrucción de civilizaciones –tanto la suya como la de sus enemigos–, el Israel sionista se encuentra en una situación muy difícil.

    El proyecto israelí en Palestina está fracasando ante nuestros ojos. La codicia animal y el pánico han empujado a Israel a un abismo sin salida. Los israelíes han sido contaminados espiritual e intelectualmente por sus decisiones pasadas, por generaciones de racismo y arrogancia cuidadosamente cultivados, y ya no son capaces de convivir con nadie en la región.

    Por esta razón, preveo que Israel se reformulará y se trasladará a climas más receptivos en la Patagonia y Perú, en Canadá y Estados Unidos, dejando a una pequeña población de tribalistas económicamente insolventes para que libren su última resistencia en Palestina y, finalmente, vivan como una minúscula y despreciable minoría bajo un estado palestino.

    La abierta inversión en la muerte y la destrucción permanente e intencionada de la tierra y el medio ambiente por parte de una pequeña población de israelíes políticamente divididos y desequilibrados, transmiten a muchos observadores que los israelíes, 75% de los cuales no son semitas, y 66% son alérgicos a los olivos, realmente no tienen intención de quedarse. Por ahora, se comportan como perros en un pesebre, porque pueden. Ensuciar el lugar donde se come no es una estrategia de seguridad nacional, y el arma estatal de genocidio de Israel se parece cada vez más a un boomerang.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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