Éste es otro de esos artículos mordaces que critican al activismo progresista y a la dictadura de lo políticamente correcto. Un artículo que pretende exponer la cara más absurda del autoritarismo: la censura gubernamental. Pero, sobre todo, este artículo es una denuncia que muestra cómo y por qué la censura es una estrategia de personas extremadamente estúpidas, carentes de toda capacidad analítica, que viven en un mundo de fantasías ideológicas, completamente incapaces de comprender cómo funcionan la realidad y la naturaleza humana.
Los lectores habituales del sitio saben perfectamente que fui demandado por la fiscalía por un artículo publicado aquí el 2 de Diciembre de 2021. El artículo fue censurado por decreto judicial. Posteriormente, las autoridades federales interpusieron una demanda en mi contra. El proceso comenzó oficialmente en primera instancia en Enero de 2024 y finalizó en Noviembre de 2025, tras haber pasado por las tres instancias.
En el Supremo Federal Tribunal (STF), el caso fue juzgado por Luís Roberto Barroso, un judío progresista, quien seguramente se sintió muy complacido de penalizarme por el “crimen” de no ser un progresista alienado y sumiso a la dictadura políticamente correcta.

Al parecer, Barroso no quiere que nadie defienda el derecho inalienable de los individuos a cuestionar el absurdo irracional de la secta ideológica progresista sobre la que se fundamenta nuestra legislación. No es de extrañar. Barroso es un dictador totalitario, al igual que sus cómplices malvados, perniciosos, hipócritas y autoritarios del STF. Y una dictadura es una dictadura, independientemente de la apariencia de legalidad que intenten conferir al régimen actual.
Además, sabemos perfectamente que en la actual dictadura totalitaria del arcoíris resplandeciente, los progresistas gozan de múltiples derechos. Los hombres blancos, cristianos y conservadores, en cambio, tienen derecho a ser oprimidos y a guardar silencio. Ésta es la mentalidad de Barroso, el STF y la tiranía institucional de la actual autocracia federal. En la lista de prioridades de las autoridades federales, lo que realmente valoran –ante todo– es incrementar significativamente su propia riqueza, mediante un sistema de clientelismo político que les garantiza importantes fuentes alternativas de ingresos, además del poder institucional, que les proporciona una protección efectiva contra la ira popular, considerada por las magnánimas deidades gubernamentales como una colectividad vulgar y despreciable, compuesta por individuos que deben ser sometidos, censurados y oprimidos sumariamente, porque así piensa la mafia gubernamental. Y el modus operandi de los tiranos en el poder lo confirma.
Después del enriquecimiento ilícito, la censura ocupa el segundo lugar en la lista de prioridades de la camarilla gobernante. La censura es un elemento importante en la estrategia institucional de la autocracia para intimidar a la opinión pública. Por lo tanto, sólo debe ser expresado lo que el sistema permite. Lo que no está permitido, no puede ni debe ser comunicado. Al mismo tiempo, quieren hacernos creer que no vivimos en una dictadura. Pero se trata de una dictadura, con todas sus características, restricciones, amenazas y opresión sistemática formalmente institucionalizada contra los disidentes, independientemente de lo que afirmen las autoridades o cómo clasifiquen al régimen actual.
De hecho, ninguna dictadura se reconoce como tal. El nombre oficial de Corea del Norte República Popular Democrática de Corea. Aquí en Brasil, vivimos en una dictadura que las autoridades llaman “estado de derecho democrático”. Pero es la misma basura grotesca, opresiva, autoritaria y despótica, sólo que con diferentes colores y discursos ideológicos.
Analicemos el problema fundamental de la censura, que es lo que este artículo se propone hacer.
En el caso brasileño, es posible identificar de inmediato dos problemas fundamentales, totalmente interconectados: una ideología progresista y un gobierno autoritario que concede a los militantes todo lo que piden. Ésto ha malcriado a los más vulnerables. Al fin y al cabo, el estado-papá y el gobierno les conceden todo lo que piden. Por lo tanto, los activistas progresistas viven con una actitud de superioridad, frecuentemente consumidos por su propia arrogancia narcisista y la perniciosa presunción de tiranía ideológica. Son histéricos, autoritarios, exaltados, furiosos y agresivos, porque cuentan con poderosos patrocinadores. Se consideran dueños de la razón, porque el estado totalitario progresista prioriza su ideología.
En consecuencia, estos activistas adoptan un comportamiento narcisista, porque saben perfectamente que el estado paternalista les cambiará los pañales, les dará chupetes y biberones, y satisfará todas sus demandas, por muy histéricas, infantiles y egocéntricas que sean. Pero la verdad es que, sin el apoyo del estado, el activismo progresista se reduce a la nada. Sólo pueden ser lo que son, porque cuentan con el gobierno para financiarlos, complacerlos y satisfacer todos sus caprichos. Si el gobierno es eliminado de la ecuación, los activistas progresistas se reducirán a las criaturas histéricas e insignificantes que realmente son.
Es evidente que estos activistas progresistas no se dan cuenta de que las autoridades satisfacen todos sus deseos y anhelos únicamente porque el gobierno quiere conservarlos como capital político y base electoral. Nada más. No es porque el gobierno se preocupe por ellos, ni porque admire profundamente su ideología, ni porque quiera acabar con la desigualdad, ni porque pretenda establecer la “justicia social”. Estas son las prerrogativas que el gobierno utiliza para persuadirlos. Para el gobierno, los activistas progresistas son un activo social estratégico que puede ser fácilmente manipulado según las circunstancias y la conveniencia del momento. Nada más.
Obviamente, los activistas progresistas son seres excepcionalmente estúpidos, completamente carentes de competencia intelectual. La estupidez progresista no conoce límites, porque el activismo –siempre guiado por la histeria colectiva e impulsado por prerrogativas emocionales– es totalmente incapaz de razonar, y se niega ostentosamente a usar la lógica –algo que ni siquiera saben que existe. Éste es un hecho que ya se ha enfatizado exhaustivamente en numerosos artículos de este sitio.
No esperen que los activistas progresistas entiendan cómo funciona realmente el gobierno, y mucho menos qué motiva a la sociedad y a los individuos como unidades autónomas plenamente funcionales con sus propios pensamientos, creencias y objetivos. Continuarán ejerciendo una fe irracional en el estado “divino”, y se someterán totalmente al gobierno paternalista, a menudo comportándose como las criaturas histéricas, egocéntricas, narcisistas e infantilizadas que son.
Estas criaturas son adoctrinadas, condicionadas y entrenadas para ser las aberraciones histriónicas que son, ya que el progresismo es una ideología fundamental para mantener la dictadura actual, pues permite al estado expandir sus poderes plenipotenciarios de forma ilimitada e irrestricta, con la posibilidad de ejercer una opresión institucional cruel y virulenta contra los individuos, bajo prerrogativas aparentemente benevolentes.
Mi condena por el “delito” de escribir un artículo contundente contra la secta totalitaria progresista, fue una multa de tres salarios mínimos, más una sanción pecuniaria de R$ 445,00, además de 730 horas de servicio comunitario. Ésta es la llamada pena alternativa, ya que –para el gobierno federal– el delito que supuestamente cometí conllevaría una pena de tres años de prisión. El delito, según la extravagante interpretación de las autoridades, fue promover el racismo e incitar a los lectores del sitio a practicar la discriminación. Una interpretación bastante creativa. La estupidez patológica combinada con el sesgo ideológico y el autoritarismo institucional, no podía producir otro resultado. Las autoridades realizan increíbles malabarismos legales para intentar alegar que cometiste algo que no hiciste, y que violaste las inútiles normas burocráticas que ellas mismas crearon. Imagínate a alguien tan presuntuoso y arrogante como para creer que sabe más sobre el contenido de un artículo que el propio autor. Pues bien, no sorprende que el estado esté plagado de gente así. El poder atrae a personalidades autoritarias, histriónicas, narcisistas y patológicas.
El verdadero “crimen”, sin embargo, consistió en mi expresión personal de oposición a la tiranía totalitaria, progresista y políticamente correcta, plasmada en el artículo censurado. La reacción histriónica de la secta progresista, junto con la censura, reveló lo que realmente son los militantes: un colectivo de autoritarios patológicos, histéricos, sarcásticos, malignos, despóticos y estúpidos, emocionalmente dependientes de la tiranía para mantener la hegemonía ideológica de la secta totalitaria políticamente correcta.
De hecho, es innegable que vivimos bajo una tiranía progresista abiertamente opresiva y atroz, y la censura institucionalizada ha sido normalizada desde hace tiempo. Si hemos llegado al punto en que los sacerdotes deben tener cuidado con sus sermones para no ofender la ideología de género, y los humoristas deben ser cautelosos con los chistes supuestamente ofensivos que cuentan –porque el ministerio progresista federal puede procesarlos–, es porque hemos alcanzado un nivel de autoritarismo excesivamente brutal, malévolo y peligroso, que exige vigilancia constante, no perdona a nadie y, a menudo, incluso conduce a la autocensura.
Claramente, para la izquierda política (la que, debido a su inmoralidad crónica, es la personificación de la hipocresía ideológica), todo tiene doble rasero. Después de todo, para los militantes la censura gubernamental no puede ser considerada censura si ocurrió durante el “régimen democrático”. Justifican sus exigencias autoritarias alegando que lo que estamos viviendo no es un “estado de excepción”, sino una “democracia defensiva”. A la izquierda política le encanta inventar nombres bonitos cuando está en el poder, haciendo precisamente aquéllo de lo que suele acusar a los demás.
Llegados a este punto, sabemos cómo funcionan las cosas: cuando la derecha está en el poder, haga lo que haga, es una dictadura. En cambio, cuando la izquierda está en el poder, por muy opresiva y tiránica que sea su conducta política, entonces es una democracia.
Lo que los activistas no entienden es que seguir un guion ideológico no es lo mismo que aplicar la justicia. Todo lo contrario: es una forma eficaz de perpetuar la injusticia, ya que conduce a la supresión de las libertades y los derechos individuales, y consolida el camino hacia el totalitarismo estatal. Pero no esperen que los hipersensibles progresistas lo entiendan. Están demasiado ocupados haciendo alarde de virtudes en las redes sociales, y gritando histéricamente contra cualquiera que no siga el guion ideológico progresista políticamente correcto.
Pero vayamos al objetivo principal de este artículo: explicar por qué la censura (así como todas las formas de coerción estatal) es una actitud estúpida, defendida, aprobada, sancionada y aplicada por personas excepcionalmente estúpidas, completamente desprovistas de inteligencia.
En primer lugar, cuando alguien es censurado, esa persona y las ideas que defiende no dejan de existir. Todo lo contrario. El efecto que se genera es precisamente el opuesto: el resentimiento genera aún más resistencia. En mi caso, ésto resultó en una considerable profusión de artículos (más de 20) contra el activismo progresista, contra la ideología de género, y contra la dictadura totalitaria políticamente correcta.
Cuenten cuántos artículos he escrito contra la irracionalidad progresista, bestial, degradante, desastrosa y malévola (abordando sus más diversos aspectos, desde lo psicológico hasta lo político, desde lo ideológico hasta lo sentimental), y comprenderán cómo –mucho más allá de una simple ideología– el progresismo es una terrible y malévola metástasis social, abiertamente opresiva, tiránica y totalitaria en prácticamente todos los sentidos posibles e imaginables.
De hecho, censurar a alguien, especialmente mediante una demanda, sólo confirma una cosa: la persona censurada está luchando contra un movimiento totalitario y tiene todo el derecho a luchar y resistir. Ser censurado, demandado y castigado por una opinión personal, demuestra que se vive bajo una tiranía totalitaria. La censura sólo motivará aún más a la víctima a luchar contra la tiranía. El efecto generado es precisamente el contrario al deseado, ya que la víctima no será silenciada, sino que se sentirá cada vez más motivada a luchar contra la opresión y la tiranía.
Consideremos lo siguiente: incluso si alguna agenda progresista fuera correcta (ninguna lo es), seguiría siendo inmoral imponerla por la fuerza, mediante ley o decreto. Ésto se debe sencillamente a que ningún ser humano tiene derecho a obligar a otros a ser buenos, virtuosos, moralmente correctos o decentes, sea lo que sea que eso signifique según la brújula moral del marco ideológico progresista (que es radicalmente diferente de la de la gente común).
Practicar la virtud no es una obligación. Al intentar imponer un código de conducta mediante legislación, son automáticamente invalidadas las supuestas virtudes que sustentan esa ley, debido a la imposición gubernamental tiránica. En otras palabras, no hay manera de ser bueno, practicar el bien o exigirlo mediante la acción afirmativa gubernamental. La agresividad que exige la imposición vertical de una ley, invalida todas sus supuestas buenas intenciones. Ésto hace que los activistas progresistas estén absurdamente equivocados, en todos los sentidos posibles e imaginables.
En segundo lugar, al censurar a un individuo, las ideas que defiende no dejarán de existir. Pueden ser defendidas, y muy probablemente lo serán, incluso por otras personas. La censura es muy similar al prohibicionismo. Son distintas manifestaciones del mismo engaño: la ilusión de que prohibir ciertas cosas las hace desaparecer, como por arte de magia.
A los prohibicionistas les encanta imponer normas morales como leyes constitucionales: les gusta prohibir el alcohol, las drogas sintéticas, las hierbas naturales y la prostitución. Cuando se implementan leyes que prohíben todo esto, los prohibicionistas (que suelen ser conservadores) creen haber cumplido su cometido.
Pero, como todas las criaturas ilusas que se empeñan en ignorar la realidad, olvidan que, en la práctica, han creado un gran número de obstáculos y adversidades de diversa índole (tanto legales como sociales y logísticas). ésto es precisamente lo que crean los progresistas cuando piden al estado que implemente un sinfín de leyes estúpidas, vulgares, utópicas, tiránicas, opresivas e innecesarias, basadas en sus preferencias personales y su ideología predilecta.
Consideremos lo siguiente: prohibir el alcohol, las drogas sintéticas, las hierbas naturales y la prostitución no hará que estas cosas dejen de existir. Tampoco desaparecerán las personas que las buscan. Todo el comercio relacionado con la venta de estos productos o servicios simplemente se traslada a mercados paralelos. En muchos países, todo ésto está prohibido. Y en todos esos países, es posible comprar alcohol, drogas sintéticas, hierbas naturales y contratar los servicios de una prostituta.
En los países donde todo ésto está prohibido, su adquisición resulta más arriesgada que en los países donde es legal. Aun así, en países donde todas estas cosas están prohibidas por la legislación vigente, quienes están decididos a adquirir estos productos u obtener estos servicios ilegales, están dispuestos a correr los riesgos implícitos para conseguirlos. ¿Por qué? Porque quienes desean obtener estos productos o servicios creen sinceramente que la satisfacción obtenida compensa el riesgo. Y, en muchos casos, ésto puede ser cierto.
Y no piense, lector, que estoy a favor de prácticas nefastas, como el consumo de drogas sintéticas o la prostitución. Para mí, estas cosas son inmorales. Pero lo inmoral no se puede clasificar automáticamente como ilegal. Además de que el prohibicionismo es intrínsecamente erróneo, es muy fácil comprender que prohibir estas cosas genera más problemas que soluciones para la sociedad.
La verdad es que el estado no tiene competencia ni margen ético para imponer cuestiones morales a la sociedad. Intentar imponer la moralidad a través del estado no es, en definitiva, una utopía muy distinta del comunismo. Ésto es propio de quienes imaginan un mundo ideal, aparentemente ignoran la naturaleza humana, y creen que el estado puede materializar en la realidad, mediante leyes restrictivas, el mundo perfecto idealizado por estos autoproclamados utópicos.
Desafortunadamente, muchas personas son incapaces de comprender que existe una enorme diferencia entre algo que debería ser repetidamente clasificado como ilegal y punible, y una actividad inmoral, cuya decisión afecta únicamente al individuo. Los vicios personales y los defectos de carácter no son delitos en sí mismos, y realmente no deberían ser clasificados como tales.
Desafortunadamente, los defensores del estado, de la censura, los prohibicionistas, los progresistas, y todos aquéllos que defienden un gobierno omnipotente, parecen incapaces de comprender una verdad evidente: la realidad no desaparece simplemente porque uno decida ignorarla o prohibirla por ley. Las opiniones diferentes a las suyas no desaparecerán ni dejarán de existir simplemente porque usted le pida al estado que censure a alguien que tiene creencias opuestas.
A la realidad no le importa usted. Lo único que el estado puede lograr mediante una ley restrictiva, es volverse autoritario, transformándose así en un obstáculo para los individuos. Y, sin duda, una parte significativa de las personas afectadas por leyes restrictivas y opresivas sorteará todos los obstáculos creados por el estado para alcanzar sus objetivos. A las víctimas de la opresión estatal no les importa su ideología, y no se someterán a la tiranía del estado.
Ninguna empresa entera desaparecerá simplemente porque un grupo de legisladores decida declararla ilegal. Las ideas no desaparecen porque un grupo de activistas histéricos y autoritarios presione a las autoridades para que censuren el artículo de un autor en particular, ni los chistes dejarán de ser contados porque esos mismos activistas persigan y procesen a un comediante. Los sacerdotes valientes, genuinamente devotos de Cristo, no se dejarán intimidar en sus sermones dominicales por la dictadura de la corrección política y de la ideología de género.
Además de que la lucha contra la opresión se vuelve más enérgica a medida que afecta a más y más personas, la censura y la tiranía gubernamental desplazan los discursos no deseados a entornos marginales, donde encuentran espacio para fomentar la resistencia (ya sea en reuniones clandestinas en el mundo real, donde hay más libertad y verdadera tolerancia, o en el entorno virtual, en foros y sitios web donde existe una auténtica libertad de expresión).
Lamentablemente, todo este asunto relacionado con la censura y la regulación del discurso público por parte de las autoridades, parece ser algo que los idólatras del estado jamás comprenderán. No se puede alterar el tejido social, la expresión intelectual creativa ni las interacciones humanas, sin esperar consecuencias. Todas las leyes, todos los decretos y todas las regulaciones estatales opresivas, tendrán efectos secundarios drásticos. Y dondequiera que la libertad se vea restringida, amenazada de hecho, encontrará la manera de sortear todos los obstáculos para seguir existiendo.
El estado, las leyes, la censura institucional, el prohibicionismo y todos los absurdos legales creados por los gobiernos, no promueven el orden en la sociedad, sino que generan una profusión de barreras, dificultades y obstáculos para los individuos. Como toda acción genera una reacción quienes, por fuerza de las circunstancias, se ven obligados a lidiar con estos obstáculos, simplemente buscarán maneras de sortear estas adversidades para hacer lo que necesitan y desean.
Así que censuren a un columnista, pero tengan la absoluta certeza de que no dejará de escribir lo que tiene que escribir, simplemente porque unos histéricos, egocéntricos y autoritarios quieran imponerle su ideología favorita a él y a todos los demás. Censuren a un comediante, pero convénzanse plenamente de que no dejará de contar todos los chistes que quiera, porque ustedes los consideren ofensivos. Censuren a un sacerdote, y verán cómo el sermón del Domingo siguiente se vuelve aún más enfático en su defensa de la fe y su oposición a las bestialidades opresivas del mundo libertino progresista y secular.
Es un hecho innegable: toda censura, restricción o prohibición generará innumerables efectos colaterales en la sociedad. Solo los idólatras del estado, en su estupidez patológica y su devoción ciega al tirano, son incapaces de percibir ésto.
Prohíban la prostitución; los hombres y mujeres lascivos que desean vender sus cuerpos no cambiarán sus inclinaciones, comportamientos ni necesidades, sólo porque su político favorito haya creado una ley moralista. Prohíban el tráfico de sustancias ilegales, y luego se asombrarán al ver cómo crece sin cesar, expandiendo sus actividades a territorios y regiones cada vez mayores, incluyendo lugares donde la policía puede ser fácilmente sobornada para hacer la vista gorda ante la venta de drogas.
Por lo tanto, les digo, queridos progresistas hipersensibles: pidan más censura al estado cuando se alteren emocionalmente y se pongan histéricos por una opinión diferente a la suya. Pero entiendan una cosa: esa opinión no desaparecerá ni dejará de existir. Todo lo contrario: no se sorprendan si se fortalece y gana cada vez más adeptos. La tiranía que alimentan se convierte en combustible para la resistencia.
En fin, sólo puedo agradecer a los activistas progresistas por ser tan excepcionalmente estúpidos, histriónicos, infantiles, irracionales, bestiales y carentes de inteligencia. Ésto ha inspirado una colosal cantidad de artículos que he escrito contra la tiranía progresista, y muchos más que aún pretendo escribir contra la sardónica y maligna dictadura de la corrección política.
La estupidez, la infantilización patológica, la dependencia emocional respecto del estado paternalista y el autoritarismo histérico de los activistas, constituyen formidables fuentes de inspiración. Existe una profusión de análisis profundos que pueden llevarnos a una mejor comprensión del comportamiento individual de los activistas, que abarca desde la adoración compulsiva del estado y la fe incondicional en el gobierno, pasando por el odio y la intolerancia irracional hacia todo lo que no se ajusta a los dogmas progresistas, hasta la mordaz hostilidad hacia el conocimiento y la racionalidad, una de las características más marcadas de esta secta política.
Pero éstos son sólo análisis. Desafortunadamente, no hay cura para la estupidez patológica e histriónica de los progresistas. Lo que espero de los activistas progresistas es que sigan siendo estúpidos, idiotas, histéricos e infantiles. En cuanto a mí, pretendo seguir criticándolos y diseccionando su secta indefinidamente.
En su estupidez visceral, invencible y titánica, estas criaturas parecen completamente incapaces de comprender que ninguna dictadura es permanente. La actual dictadura progresista, totalitaria y políticamente correcta, acabará por caer. Y me propongo contribuir abierta, decisiva y persistentemente a este objetivo. Y nadie me detendrá. Ningún activista, ningún gobierno, ninguna medida arbitraria de la dictadura. La guerra contra la ideología progresista depravada, sarcástica, opresiva y totalitaria, no ha hecho más que empezar.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









