Ventana de Overton: concepto realmente estúpido

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    En nuestro campo, a la gente le gusta hablar de algo llamado la Ventana de Overton. Cada vez que alguien propone una iniciativa política, un movimiento de protesta, una petición o una campaña publicitaria manifiestamente inviable, contraproducente o imprudente, escuchamos que deberíamos apoyarla de todos modos porque, independientemente de los defectos de esta desafortunada empresa, sin duda “desplazará la Ventana de Overton”.

    Este vago concepto ha sido invocado tantas veces en tantos contextos, que se ha convertido en una parodia de sí mismo. Estoy cansado de oír hablar de la Ventana de Overton. Creo que es una teoría reduccionista y oscura sobre el discurso democrático de masas, promulgada sólo porque sirve a los intereses de personas específicas con grandes audiencias y agendas activistas. No se habla de la Ventana de Overton porque sea un modelo útil para la formulación de políticas o la formación de opinión. Se habla de la Ventana de Overton porque justifica la importancia de los activistas del discurso contracultural (propongo llamarlos “overtonianos”) y sus actividades: protestas, tuits, peticiones, podcasts, entrevistas, publicaciones e incluso la creación de subtítulos.[[1]]

    Superficialmente, la Ventana de Overton parece bastante inofensiva, si no obvia. El término denota (en la formulación neutral de Wikipedia) “el rango de asuntos y argumentos políticamente aceptables para la población general en un momento dado”. Además, “la clave del concepto es que la ventana cambia con el tiempo; puede desplazarse, encogerse o expandirse”. Por lo tanto, la Ventana de Overton está intrínsecamente ligada con la posibilidad de su desplazamiento, principalmente porque sus defensores sólo hablan de la misma en la medida en que afirman llevarla consigo, como una maleta. Menos intrusivas, pero más importantes, son las dudosas suposiciones y los vagos términos que conlleva la Ventana de Overton. La principal es la idea subyacente de que la Ventana de Overton es una entidad singular y delimitada. En cuanto a la ambigüedad de los términos, la mente curiosa se preguntará qué significa en la práctica “políticamente aceptable”, qué es esa entidad llamada “la población general”, y dónde puede ser encontrada.

    Algunos conceptos son tan poco sustanciales que apenas sobreviven a un análisis de su propia historia. Este es el caso de la “Ventana de Overton”. El nombre proviene de Joseph P. Overton, quien trabajó en el Centro Mackinac para Políticas Públicas, un pequeño centro de estudios a favor del libre mercado con sede en Michigan. En la década de 1990, Overton intentó explicar por qué las personas adineradas interesadas en el cambio político, debían financiar una organización como el Centro Mackinac, que producía numerosos documentos y análisis técnicos, pero no participaba en ninguna acción abiertamente política. Su argumento era que los políticos son seguidores que, en un momento dado, sólo pueden elegir entre un abanico de políticas públicamente aceptables, y que correspondía a expertos de centros de estudios como él modificar ese abanico de aceptabilidad mediante la producción de textos, o algo similar. Overton falleció en un accidente aéreo en 2003, antes de poder difundir ampliamente su modelo, dejando a su colega Joseph Lehman la tarea de popularizar la idea. Lehman bautizó el concepto y lo asoció con una escala igualmente cuestionable de etapas discursivas, según la cual cualquier idea política se sitúa en algún punto de una gradación que va de “impensable” a “radical”, pasando por “aceptable”, “sensato” y “popular”, hasta llegar a la etapa de “política pública”, todo ello dependiendo de cómo la idea se alinee con la denominada ventana que lleva el nombre de Overton.

    Aparentemente los seguidores de Overton aún no se han dado cuenta de que estamos rodeados de una gran cantidad de políticas profundamente impopulares.

    Por lo tanto, desde su creación este concepto ha sido presentado por sus defensores no como una forma productiva de comprender la formación de la opinión o el consenso, sino simplemente como un argumento para atraer donaciones financieras. El término ganó gran popularidad después de que Glenn Beck publicara en 2010 una novela de suspenso escrita por un autor fantasma con ese título. Posteriormente, los debates en Internet sobre la primera campaña presidencial de Donald Trump en 2015 elevaron el concepto de la Ventana de Overton mucho más allá de su alcance original, transformándolo en una especie de teoría popular universal para explicar todo tipo de discurso. Durante una década, el debate ha girado casi exclusivamente en torno de la Ventana de Overton y su desplazamiento, lo cual es una lástima, porque existen formas mucho más productivas de analizar cómo se forman las opiniones y las políticas en los sistemas democráticos de masas.

    Para empezar, no existe una única “corriente principal” indiferenciada que influya en las políticas públicas. Existe una élite cultural responsable de moldear la opinión entre quienes detentan el poder político y, por debajo de ellos, las masas, subdivididas en diversos sectores discursivos. Las ideas pueden gozar de mayor o menor popularidad entre las élites o las masas, pero también poseen otra propiedad, algo desconectada de ésta y mucho más importante, que podríamos llamar “articulación”. Una postura determinada puede gozar de gran popularidad y, al mismo tiempo, ser esencialmente inexpresable o inarticulada en el discurso común; por el contrario, las élites pueden implementar –y de hecho implementan– políticas altamente articulables o expresables, incluso cuando estas son fundamentalmente impopulares. En este contexto, los sistemas ideológicos y morales imponen restricciones a las posturas que las personas pueden defender y a la forma en que lo hacen, al tiempo que niegan a los defensores de muchas posturas populares la autoridad intelectual –y a veces incluso las palabras– necesarias para promover sus puntos de vista.

    Desde la contención del covid hasta el cambio climático y la migración masiva, vemos que las élites implementan repetidamente políticas claramente erróneas mucho antes de que se forme la opinión pública, y a veces incluso antes de que se consolide la opinión de la propia élite. Se trata invariablemente de políticas fáciles de articular discursivamente; es decir, se prestan a una expresión sencilla dentro del sistema imperante de valores morales y políticos. Salvar vidas, proteger el medio ambiente y acoger a refugiados de tierras devastadas por la guerra, suenan como buenas ideas, reforzadas por todo un universo de creencias morales heredadas de la tradición progresista. Estas medidas, con nobles intenciones, traen consigo una euforia frenética, alimentada por los medios de comunicación, incluso antes de que se hagan evidentes las consecuencias totalmente predecibles que conllevan. A partir de ese momento, tales decisiones desacertadas comienzan a enfrentar la oposición silenciosa de un número creciente de personas: inicialmente entre las clases populares, pero luego también en sectores específicos de las élites. El aspecto crucial es que esta oposición se basa en argumentos difíciles de articular. En última instancia, en nuestras sociedades altamente igualitarias, no existe una manera sencilla de afirmar que salvar vidas no siempre es un objetivo razonable, que lo único peor que emitir un exceso de CO2 es emitir demasiado poco, y que la razón de ser de nuestros estados no es ayudar a los desfavorecidos del mundo.

    Expresé la capacidad de articulación en términos binarios, pero es mejor concebir esta propiedad como algo que varía sutilmente y depende del público en cuestión. Naturalmente, todas las ideas –desde el maoísmo hasta el anarcocapitalismo– poseen la capacidad de ser articuladas dentro de ciertas subculturas. Sin embargo, cuanto más depende esta capacidad de sistemas morales ajenos, terminología hermética o creencias previas desconocidas, menos se manifiesta fuera del grupo original que las sustenta. Las ideas que pueden ser eficazmente articuladas entre públicos diversos–y, específicamente, entre las élites– pueden lograr un gran impacto, independientemente de su popularidad. El grupo de Davos, en particular, demostró ser un prolífico recopilador de ideas sumamente elocuentes, aunque profundamente impopulares: desde el decrecimiento económico y la proteína de insectos, hasta el concepto de “ciudades de quince minutos”.

    Resulta tentador atribuirlo todo a la debilidad del progresismo occidental, pero la simple aceptación social es posiblemente el factor más poderoso que influye en el alcance de los argumentos e ideas. A primera vista, las ideas más fáciles de articular parecen amigables, frugales, inclusivas, caritativas, altruistas, amables, acogedoras, moderadas y abiertas. Parecen tratar sobre compartir en lugar de acaparar, sobre igualar en lugar de diferenciar. Todo aquello que puede ser defendido en términos tan moderados, goza de una aceptación social desproporcionada y, en consecuencia, de una enorme ventaja. Por otro lado, las ideas que parecen excluyentes, egoístas, hostiles, complejas o basadas en supuestos jerárquicos, conllevan un estigma social y sufren un grave daño a su articularidad, por muy prudentes y aconsejables que sean en realidad. En condiciones de democracia de masas, lo moderado e infantilizador será repetidamente preferido a lo duro y necesario.

    Los estados y los políticos que pretenden gobernarlos no se limitan a recibir e implementar el contenido de la opinión pública. En cambio, actúan a través de instituciones sumamente complejas y burocratizadas que controlan no sólo lo que los políticos pueden hacer, sino también qué problemas pueden percibir y, fundamentalmente, cómo conciben su propio ámbito de acción. Es evidente que las opiniones que llegan a las élites pueden influir en el comportamiento institucional –y, por consiguiente, en el del estado– pero, a través de sus acciones mediadas institucionalmente, los estados a su vez dan forma al discurso político.

    El filtro institucional, por lo tanto, es otra pieza crucial de este rompecabezas. Las instituciones estatales poseen una enorme inercia; fijan y mantienen ortodoxias durante años y generaciones, incluso cuando el consenso cambia dentro de sus esferas internas. Monopolizan la mayoría de las áreas de la política estatal y operan principalmente al margen de la opinión pública, porque la mayoría de las acciones estatales no están sujetas a debate político. En numerosas áreas, estas instituciones implementan políticas de acuerdo con paradigmas dominantes (lo que dos teóricos han denominado “imágenes políticas”[[2]]) que explican qué problemas deben ser resueltos y cómo.

    Estos paradigmas y los monopolios políticos asociados con ellos benefician a personas específicas pero, como en todo, inevitablemente hay perdedores perjudicados por ellos. Cuando las políticas fracasan o el consenso cultural cambia, aumenta el número de perdedores e insatisfechos. Un punto crucial es que, inicialmente, ésto no importa –y a veces nunca importa–; las instituciones están bien protegidas de la opinión pública, carecen de nociones morales humanas, y no les importa empobrecer, arruinar o matar personas. Los opositores sólo pueden tener éxito mediante la renovación generacional o despertando el interés de instituciones rivales en su causa. Las posturas opuestas, por muy populares que sean, sólo pueden ejercer influencia tras obtener este apoyo institucional decisivo. A partir de ahí, surge la esperanza de romper el paradigma anterior; nuevas imágenes políticas, acompañadas de monopolios institucionales con alineamientos distintos, emergen para ocupar el nuevo espacio. Los estados no calibran sus acciones en función de ajustes graduales de ninguna “ventana”. En cambio, experimentan largos períodos de estancamiento institucional y político, salpicados por momentos de realineamiento repentino.

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    Notas

    [[1]]  Para que quede claro, no todo aquel que participa en protestas, tuitea, firma peticiones, realiza podcasts, concede entrevistas, publica y comparte contenido en redes sociales es un “overtoniano”. Tampoco todo aquel que dispara un rifle es un soldado. Los overtonianos generalmente persiguen fines políticos activistas, los cuales afirman lograr mediante todas estas actividades.

    [[2]]  Frank Baumgartner y Bryan Jones, Agendas and Instability in American Politics (1993).

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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