El circo político está montado en Brasil, ya que la secta democrática celebrará su gran ritual en Octubre: las elecciones presidenciales. Con una segunda vuelta ya definida, quienes decidan votar se verán inmersos en una espiral de discursos y terminarán alineándose con uno de los dos bandos: la derecha, representada por Flávio Bolsonaro, o la izquierda, representada por Lula. Sí, votar es una opción, no una obligación. Si bien existe la obligación legal de votar, se puede optar por no hacerlo y justificar la ausencia, e incluso quienes ni votan ni justifican su ausencia reciben una sanción mínima: una multa meramente simbólica de R$ 3,51. He optado por esta opción durante los últimos 20 años, sin votar ni justificar mi ausencia, ignorando por completo la liturgia de la democracia.
Ésto me situó entre los más de 32 millones de brasileños que se abstuvieron en las últimas elecciones, 20,9% del electorado. Sumando los 5,4 millones de votos en blanco y nulos, que representan 4,4%, tenemos 25% del electorado que no eligió ni a Lula ni a Bolsonaro en 2022. Sin embargo, 75% los eligió y volverá a elegir este año, entre Lula y el sucesor de Bolsonaro, su hijo Flávio. Dejando de lado a los fanáticos que deifican a sus políticos favoritos, la mayoría de los votantes utiliza el criterio del “mal menor” para elegir a su candidato, así que intentemos definir cuál de los dos es el peor.
A pesar de ser el mayor exponente del anarcocapitalismo y abogar por la abolición del estado, este era un ejercicio que Murray N. Rothbard solía realizar en cada elección. En el caso de las actuales elecciones presidenciales, ésto parece una tarea inútil, ya que el presidente ejerce poco poder, puesto que el país está controlado por una turba de magistrados del Supremo Tribunal Federal (STF) extremadamente corruptos y autoritarios. Un candidato presidencial debería, como mínimo, proponer hacer lo que Nayib Bukele hizo en El Salvador. Cuando los aliados de Bukele obtuvieron la mayoría en el Congreso, el Parlamento destituyó a los cinco magistrados de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia y nombró a otros. Sin embargo, la solución sería eliminar la institución misma, ya que un STF da como resultado un estado supremo. El sistema monopólico del STF es totalmente incompatible con el principio elemental de imparcialidad en la justicia. Es como si el árbitro de un partido entre River y Boca fuera elegido por las parcialidades de ambos. El sistema es intrínsecamente inapropiado, y Lula lo evidenció mejor que nadie al nombrar al abogado del PT Dias Toffoli, a su propio abogado Cristiano Zanin, y a su aliado político, el comunista y ex gobernador de los criminales confinamientos, Flávio Dino, como magistrados del STF. Ésto es completamente inaceptable; sin embargo, la oposición acepta este absurdo como un hecho consumado, y lo máximo que hace es anhelar ganar las elecciones para poder nombrar a sus propios magistrados del STF. Patético. Y puesto que ningún candidato propone cambiar nada de ésto, dentro del ámbito limitado de la presidencia, ¿quién sería peor, Lula o Flávio?
Tiranía sanitaria
Flávio Bolsonaro se presenta como la continuación del gobierno de su padre, Jair. En su programa de gobierno, se refiere al gobierno de Bolsonaro (2018-2022) como “nuestro gobierno”: ”Ya hemos demostrado que es posible hacer las cosas de otra manera: incluso ante la mayor pandemia en cien años, logramos reducir la deuda”. Sólo olvida mencionar que la calamidad económica de la llamada “pandemia” no fue un desastre natural, sino una catástrofe artificial, provocada por “su” propio gobierno. Jair Bolsonaro fue uno de los pocos presidentes que dijo la verdad durante la psicosis delirante colectiva que azotó al mundo en 2020, porque el covid era realmente sólo una “gripecita”, los tratamientos alternativos eran seguros y eficaces –a diferencia de las peligrosas e ineficaces “vacunas” que no se aplicó y las mascarillas que se negó a usar en varias ocasiones–, y quedarse en casa era inútil para contener el virus. Pero lo único que hizo fue hablar, porque Jair Bolsonaro no sólo promulgó una ley que permitía a las autoridades imponer la vacunación obligatoria, el uso obligatorio de mascarillas y las pruebas PCR obligatorias, sino que también posibilitó los confinamientos mediante la distribución del “subsidio covid”, que garantizaba un ingreso mínimo a millones de personas sin trabajo, desincentivando así rebelarse contra la tiranía de sus gobernadores y alcaldes. Ésto destruyó aún más la economía con la inflación que generó dicho subsidio. Y aunque Jair adoptó algunas posturas valientes durante la “fraudemia”, Flávio no siguió el ejemplo de su padre, siendo mucho peor que él, enorgullecido de ser más “moderado” y de haberse vacunado:
Lo cierto es que Jair pertenecía al grupo de riesgo, ya que el covid podía ser peligroso para personas mayores de 70 años y con comorbilidades, y Jair tenía 66 años y sufría numerosos problemas de salud derivados de la puñalada que sufrió, mientras que Flávio no corría riesgo de contraer covid y se vacunó, en esa ridícula escena que se muestra a continuación con mascarilla, inyectándose en el cuerpo la vacuna “inmunizante” de AstraZeneca, retirada del mercado en 2024 debido al alto riesgo de provocar coágulos sanguíneos e incluso la muerte súbita.
Tenemos claro que Flávio es peor que Jair, pero estamos aquí para determinar si es peor que Lula. En lo que respecta al covid, Lula parecía ser peor que Flávio. Lula recibió 5 dosis –dos de Coronavac, una de Janssen y una de Pfizer–, y no sólo apoyó todas las medidas tiránicas impuestas por los gobiernos durante la tiranía del covid, sino que incluso llegó a “agradecer a la naturaleza por crear el coronavirus (que en realidad fue creado artificialmente en un laboratorio chino con investigación de ganancia de función financiada por EE.UU.) para demostrar a los ciegos (¿libertarios?) –que creen que el estado debe ser desmantelado– que sólo el estado puede resolver crisis como estas”.
Sin embargo, Flávio anunció que su Ministro de Salud será el judío sionista que, durante la “fraudemia”, defendió las mascarillas y la tiranía del pasaporte de vacunación. Así que diría que Flávio es tan nefasto como Lula en este sentido. Se podría pensar que este tema es irrelevante, ya que el covid ha terminado y, de hecho, con la narrativa dominante sobre la pandemia finalmente desmantelada por las comparecencias del Dr. Anthony Fauci ante el Congreso estadounidense, parece difícil que el mundo vuelva a caer en esta trampa en un futuro próximo. Sin embargo, conviene recordar que la estupidez humana es infinita, y éste es un fantasma que siempre estará al acecho: una nueva tiranía sanitaria podría ser instaurada en cualquier momento.
Narcotráfico
Ambos candidatos prometen mano dura contra el narcotráfico: Flávio propone atacar las finanzas de las organizaciones criminales, construir cinco cárceles similares a las de El Salvador bajo el mandato de Bukele, y militarizar aún más las fronteras; Lula se compromete a fortalecer su Programa Brasil contra el Crimen Organizado. De hecho, su gobierno ha estado combatiendo a las organizaciones criminales; en su plan de gobierno, Lula señala que desde 2023, ha causado pérdidas por R$ 35.800 millones a estas organizaciones. A pesar de esto, el poder y la riqueza del crimen organizado siguen aumentando, y nada de lo que proponga Flávio cambiará eso; todo lo contrario: endurecer la lucha contra el narcotráfico no puede acabar con las drogas, sólo puede aumentar su precio y las ganancias de los narcotraficantes. La intensa política antidrogas de Lula ya es terrible, y las promesas de Flávio prometen ser aún peores, es decir, otorgarán aún más poder y dinero a las organizaciones criminales. Cualquier propuesta que no sea la derogación total de la prohibición de la fabricación y venta de todas las drogas es pura fantasía, que no hace más que agravar el problema de la delincuencia.
Ambos candidatos presentan planes para recuperar los territorios perdidos a manos del crimen organizado pero, como argumenté en otro artículo, tal vez sea mejor dejar los territorios en manos de las facciones que en manos de la mafia estatal brasileña; los narcotraficantes podrían ser menos malos que el estado bajo el mandato de Lula y Flávio.
Crímenes reales
Las propuestas de Flávio para combatir a los verdaderos criminales (aquellos con víctimas) son mucho mejores que las que Lula propone e implementó en sus gobiernos. En Brasil, la impunidad es dramática; los criminales arrestados a menudo son liberados de las comisarías antes de que las víctimas terminen sus testimonios, y los condenados reciben penas leves, sin cumplir ni siquiera un tercio de ellas. La mayoría vuelve a delinquir, pues han comprobado que el crimen les reporta beneficios. Ésto se debe a la abyecta mentalidad del Partido de los Trabajadores (PT) de considerar a los criminales como “víctimas de la sociedad”, mentalidad que, tras 20 años de gobierno del PT, ha permeado todos los ámbitos de la justicia y la legislación brasileñas. Flávio propone que los criminales graves cumplan sus condenas, reducir la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años, y a 14 años para los delitos graves, y transformar el programa de “Bienestar Criminal” en “Bienestar a las Víctimas” (“Los recursos actualmente destinados a las familias de los presos serán redirigidos a las familias de las víctimas”). Estas propuestas no son muy buenas, ya que no sólo quienes cometieron delitos graves, sino todos los delincuentes deberían cumplir sus condenas; la edad de responsabilidad penal ni siquiera debería existir; y quienes deberían indemnizar a la víctima son los delincuentes, no toda la población. Sin embargo, son mucho menos malas que las propuestas y el historial de Lula.
Pero la mejor promesa de Flávio es la derogación de la ley de desarme, lo que facilitaría a la población la compra y la portación de armas. No es lo ideal, la liberación total de las armas (Flávio incluso propone ejecutar a cualquiera que porte un rifle, cuando todos deberían poder portar uno), pero permitir a los ciudadanos tener nuevamente la posibilidad, aunque limitada, de defenderse de las armas de fuego de los delincuentes con sus propias armas, sería una medida inmensamente efectiva para combatir la delincuencia.
Feminismo
Pero esta intensificación punitiva no siempre es positiva, ya que las definiciones del estado –la mayor organización criminal de la sociedad– de delito se basan en principios dudosos. En la propuesta de reducir la edad de responsabilidad penal a 14 años para delitos graves, Flávio incluye el narcotráfico en la lista de estos delitos. ¡Imaginen a un adolescente que sólo quiere ganar dinero trabajando en el narcotráfico, ilegal pero totalmente legítimo, y que es arrestado y condenado a 30 años de prisión por este delito sin víctimas! Flávio también propone la castración química como castigo para los violadores y, de nuevo, la definición de violador para el sistema de justicia estatal progresista puede ser la de un hombre simplemente acusado de violación, donde la única prueba es la palabra de la mujer. Uno de los puntos principales del plan de gobierno de Flávio es “Brasil para Ellas”, una serie de medidas que privilegian a las mujeres, tratándolas de manera diferente a los hombres. Como senador, Flávio ya ha demostrado ser incluso más feminista que su padre, Jair –quien se jactaba de haber aprobado 71 leyes feministas durante su gobierno, aunque una verificación de datos reveló que sólo fueron 41–, y votó a favor de la aberrante ley contra la misoginia. Como todos los izquierdistas, Lula es feminista, pero Flávio logra ser incluso peor que Lula en lo que respecta al feminismo, que es una de las principales causas de la destrucción de la familia, a la que dice defender.
Socialismo
El socialismo es el sistema defendido tanto por la izquierda como por la derecha en Brasil. El sistema de salud soviético, los servicios de seguridad socialistas y la educación pública, gozan de consenso en ambos espectros políticos. Por supuesto, para que estas tres funciones sean proporcionadas universalmente por el estado, los impuestos deben ser altos, la burocracia gigantesca, y el estado enorme, pero la izquierda y la derecha no se limitan a ésto. Cultura, turismo, beneficencia, transporte, deportes, agricultura, vivienda, guarderías, calles y caminos, y mucho más: el socialismo es defendido por igual tanto por la izquierda como por la derecha brasileñas. En el programa de gobierno del “derechista” Flávio, podemos constatar sus profundas convicciones socialistas:
“Toda familia brasileña desea lo mismo: que su hijo tenga una vida mejor que la suya. Es el pacto tácito de cada padre y madre que se levantan temprano, trabajan duro, y ahorran en su propia comida para que su hijo pueda estudiar y progresar.
Preparar a una familia para la vida implica que el niño aprenda a leer a la edad adecuada y que el joven, al terminar sus estudios, sepa hacer algo que el mercado laboral necesite. Implica a la madre, que sólo puede trabajar si tiene dónde dejar a su hijo pequeño, y al hijo, que sólo progresa en su carrera si tiene a alguien que cuide de su padre anciano. Implica la salud, porque un niño enfermo no aprende y un adulto enfermo no trabaja. Implica el deporte, que aleja a los jóvenes de las calles y les enseña lo que el aula por sí sola no enseña. Todo ésto forma parte de lo necesario para que una familia salga adelante en la vida por su propio esfuerzo.
El estado brasileño ha fallado en casi todo ésto: hubo falta de educación de calidad, falta de guarderías para madres trabajadoras, falta de atención médica preventiva, y falta de apoyo para las familias que cuidan a una persona mayor. Se gastó mucho y se obtuvo poco, debido a la falta de compromiso con los resultados y al exceso de ideología.
¿Quién necesita una familia cuando se tiene un estado socialista omnipresente y omnipotente como éste? Flávio incluso promete una “Internet socialista”, con la “instalación de más de 21.000 puntos de inclusión digital a través del programa Wi-Fi Brasil”. Contrariamente a lo que afirma su programa, el problema no fue que se gastara mucho para obtener pocos resultados debido a la falta de compromiso o al exceso de ideología; más bien, el problema deriva de un defecto intrínseco de la ideología socialista que Flávio –al igual que Lula– defiende. El estado siempre gastará más y ofrecerá menos que el mercado; si Flávio pretende mejorar la calidad de los servicios estatales, tendrá que gastar aún más que lo que ha gastado Lula. Y ésto será financiado mediante impuestos más altos y mayor inflación. Resulta difícil ver de qué manera Flávio sería menos socialista que Lula. Su programa declara que no revertirá los derechos laborales, promete financiamiento a través del BNDES, se compromete a mantener los programas sociales existentes, y presume de haber triplicado la cuantía de Bolsa Família (ahora Auxílio Brasil). Flávio nunca ha pronunciado una palabra en contra del sistema de moneda fiduciaria del banco central y mantendría plenamente operativo ese esquema fraudulento. Las grabaciones filtradas de sus conversaciones con Vorcaro demuestran que él, al igual que Lula, está bajo el control de las élites bancarias que realmente dominan Brasil. Podrían ser señaladas las propuestas de Flávio más orientadas al libre mercado –centradas en la reducción de la burocracia–, las que ofrecen cierto alivio al emprendimiento; sin embargo, sus promesas de recortes fiscales son una completa farsa, dado que los servicios estatales de alta calidad que desea ofrecer, conllevan un costo elevado. No obstante, el mero hecho de que Flávio aborde la cuestión de la burocracia y prometa reanudar y completar la privatización del Servicio Postal, lo hace menos socialista que Lula. Un punto a favor de Flávio.
Censura
La libertad de expresión no existe en Brasil. Vivimos bajo una dictadura que criminaliza la opinión, encarcelando a personas por contar chistes o simplemente por expresar ideas que, por ejemplo, podrían ser consideradas homófobas, racistas o antidemocráticas. Mientras Lula promete agravar aún más el régimen de censura con normas más estrictas para las grandes tecnológicas, destinadas a frenar la “propagación de noticias falsas, desinformación, discursos de odio y ataques a la democracia”, Flávio habla de un “recorte masivo de la censura”, avanzando en dirección opuesta a Lula. Por tanto, Flávio sería mucho menos perjudicial que Lula en este aspecto. Pero no tan rápido. Las alineaciones internacionales de Flávio con Israel y Estados Unidos plantean serias dudas sobre cómo gestionaría su administración la libertad de expresión. A diferencia de Brasil, Estados Unidos siempre ha gozado de una sólida libertad de expresión, consagrada en la Primera Enmienda de su Constitución. Sin embargo, la subordinación estadounidense al Estado de Israel está socavando una de las pocas libertades que quedan en ese país cada vez más sovietizado; allí también son detenidas personas por expresar ideas críticas hacia un estado y un pueblo extranjeros, o incluso por contar chistes. Con Flávio en la presidencia, y a pesar de sus promesas, la censura también podría ser intensificada en Brasil. Flávio ya ha demostrado su falta de compromiso con la libertad de expresión al aprobar la ley que penaliza las opiniones misóginas –como señalamos anteriormente al hablar de su feminismo–, y no dice nada sobre poner fin a la censura de ideas racistas, homófobas o nazis; por ello, considero que ambos están empatados en esta cuestión: tanto Flávio como Lula son partidarios de la censura.
Relaciones internacionales
Este es quizás el ámbito en el que más difieren ambos candidatos; sin embargo, la diferencia tiene poco que ver con el comercio internacional, dado que ambos son mercantilistas opuestos al libre comercio y defienden “acuerdos de libre comercio” fuertemente regulados y sujetos a aranceles. Los países no comercian con otros países; son la Persona X del País A y la Persona Y del País B quienes realizan transacciones entre sí. El papel del gobierno debería ser apartarse del camino, eliminando las restricciones y los impuestos a la importación y exportación. No obstante, los dos sinvergüenzas mercantilistas que aspiran a la presidencia de Brasil quieren esquilmar a importadores y exportadores, y participar en acuerdos entre bastidores para favorecer a capitalistas amigos o a quienes ejercen mayor presión mediante el cabildeo ($$). Ni siquiera estoy seguro de si Flávio es mejor que Lula en lo que respecta al “impuesto sobre la ropa barata”. Mientras que Jair Bolsonaro eliminó el impuesto federal a las importaciones inferiores a U$S 50, Lula lo restableció y luego, recientemente, volvió a eliminarlo. Sin embargo, el gobernador bolsonarista de São Paulo, Tarcísio de Freitas, comenzó a aplicar el impuesto estatal (ICMS) a estas compras más o menos al mismo tiempo que era implementado el impuesto federal; no obstante, mantuvo dicho gravamen incluso después de que Lula estableciera la exención.
Lo que los distingue a ambos son sus orientaciones ideológicas. El mundo se divide en países neutrales, países subordinados al imperio global estadounidense, y países soberanos que se niegan a alinear sus políticas exteriores, económicas o de seguridad con las directrices de Washington. Brasil, al igual que India y Sudáfrica, forma parte del Sur Global, países en desarrollo que evitan tomar partido, manteniendo relaciones pragmáticas con Estados Unidos, pero también con China y Rusia, persiguiendo sus propios intereses económicos y estratégicos. Brasil es un miembro importante de los BRICS, que funcionan como el principal motor político y financiero del Sur Global, dando voz a quienes no están alineados con el imperio. Mientras que Lula quiere fortalecer el bloque y seguir desafiando la hegemonía estadounidense, creando alternativas financieras al dólar (que, obviamente, siempre han existido, como el oro, la plata y ahora las criptomonedas), Flávio aboga por un cambio drástico, vaciando el papel de los BRICS en la política exterior brasileña y convirtiendo a Brasil en un vasallo total del imperialismo.
Dejando clara su intención de someterse a Estados Unidos, Flávio, junto con su hermano Eduardo y el periodista Paulo Figueiredo, se reunió con Donald Trump en la Casa Blanca. Esta reunión resulta extraña, ante todo, porque poco antes Trump los había traicionado y humillado al ceder ante Lula y excluir al tirano Alexandre de Moraes, a su esposa y a la institución familiar de la lista de personas sancionadas por la Ley Magnitsky en Diciembre de 2025, mientras que los tres se jactaban de que la Ley Magnitsky se endurecería y ampliaría para incluir a más criminales del estado brasileño. Como resultado, Jair Bolsonaro, el favorito para derrotar a Lula, permaneció encarcelado ilegalmente e inhabilitado para la presidencia. Pero la reunión se torna aún más grotesca por todo lo que Trump representa actualmente.
Puede que Trump haya simbolizado causas importantes en el pasado, con su confrontación a los medios corporativos, las hordas de inmigración masiva y la locura del movimiento woke, y los libertarios siempre estaremos agradecidos por la migaja que nos dio al conceder el indulto presidencial a Ross Ulbricht. Pero hoy Trump no es más que un socialista, un estafador y un corrupto empedernido que fue elegido prometiendo acabar con las guerras, y no sólo mantuvo la guerra en Ucrania y continuó apoyando y financiando el genocidio israelí en Gaza, sino que también atacó Irak, Yemen, Nigeria, Siria y Somalia, secuestró al presidente de Venezuela e inició una guerra catastrófica contra Irán. Quizás lo más honesto que ha hecho Trump fue cambiar el nombre de su Departamento de Defensa a Departamento de Guerra, ya que las guerras del imperio no tienen relación con la defensa del territorio estadounidense, sino sólo con la expansión del poder global. Mejor aún sería rebautizarlo como “Departamento de Guerras para Israel”. Las personas que se consideran de derecha y aún no han comprendido al anticristo que es Trump, necesitan urgentemente empezar a escuchar al periodista/comentarista político más influyente de la derecha conservadora estadounidense, Tucker Carlson:
Recomiendo todos los videos de Carlson sobre la traición de Trump a los valores de la derecha, especialmente los que aparecen en el artículo “Cómo el ‘israelismo’ reemplazó al cristianismo como religión cívica estadounidense”. Trump es un criminal de guerra que, entre otros crímenes, asesinó a más de ciento sesenta niñas de entre 7 y 12 años al bombardear una escuela primaria el primer día de su guerra contra Irán. Una atrocidad que probablemente no fue accidental, sino un “sacrificio” judío deliberado durante el Purim.
Pero lo peor de Flávio es que, mientras Lula denuncia con vehemencia el genocidio de palestinos perpetrado por Israel y, por ello, es persona non grata en Israel –un motivo de orgullo para todos los brasileños verdaderamente decentes–, todos los Bolsonaro son fervientes partidarios del sanguinario estado terrorista de Israel.
Jair, Flávio, Eduardo, Carlos y Michele … todos ellos son apologistas del estado de Israel. En el último video, Michele Bolsonaro lleva una camiseta que dice “Israel, desde 1948”, fecha que marca la fundación del estado moderno de Israel. Contrariamente a lo que piensan algunos evangélicos delirantes como ella, este estado no tiene NADA que ver con el Israel bíblico, siendo en realidad un estado de apartheid formado mediante el robo de tierras a través del terrorismo, y que promueve el genocidio del pueblo palestino ininterrumpidamente hasta el día de hoy. Los Bolsonaro también están comprometidos con el traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén, una medida que intentaron llevar a cabo durante la presidencia de Jair Bolsonaro y que pretenden completar si vuelven al poder.
Al trasladar la embajada, se asume la posición de Jerusalén como capital israelí, lo cual es como reconocer a un ladrón como legítimo propietario de un objeto robado. Israel es sólo el nombre de un territorio ocupado por invasores, en su mayoría de Europa del Este, que robaron la tierra a sus legítimos dueños palestinos. Reconocer a Israel es como afirmar que una granja invadida por el MST (Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra) pertenece a los invasores del movimiento y no al agricultor que, bajo amenaza, tuvo que huir de su propiedad. Pero lo peor de todo es que supuestos cristianos como los Bolsonaro pretenden entregar Tierra Santa –donde el Dios que se hizo hombre vivió, predicó y caminó– a los mayores enemigos del cristianismo, el pueblo judío, que mató a Jesús y odia a Cristo y al cristianismo. Éste es quizás el punto más fácil de la lista; Flávio es mucho peor que Lula. De hecho, Lula es incluso un héroe en la cuestión palestina, y Flávio un villano satánico. Y Flávio ni siquiera es el peor sionista entre los candidatos. Renan Santos es aún peor, pues se proclama el verdadero sionista y acusa al bolsonarismo de seguir un filosemitismo infantil e hipotético.
Conclusión
Ser menos socialista es algo que Flávio hace mejor que Lula; sin embargo, ésto dista mucho de significar que Flávio sea liberal o libertario. El socialista, feminista, prohibicionista, covidiota y vasallo del imperialismo, Flávio, también coquetea con la eficiencia, la tecnocracia, el ecologismo y el fascismo, y podemos esperar un fuerte intervencionismo en su gobierno, sólo ligeramente menos burocrático que el actual. Flávio también es mejor que Lula en la lucha contra los delitos reales, principalmente debido a su postura a favor del armamento de la población. Si bien sería mejor vivir en un Brasil un poco más seguro y un poco más liberal, este progreso no compensa el precio de tener un presidente fervientemente sionista. La derecha se queja mucho de la deshonestidad de Lula; sin embargo, aunque sea un ladrón (al igual que Flávio), matar es un crimen peor que robar. Lula condena los asesinatos en masa en Israel, mientras que Flávio aprueba y apoya este genocidio en curso.
Cuando le comenté a un derechista que Lula es menos malo que Flávio debido al apoyo de este último al asesinato de niños palestinos, intentó argumentar que Lula también era un asesino de niños por apoyar la despenalización del aborto. A pesar de la gravedad de ésto, no se compara con apoyar el genocidio de Gaza. Primero, Lula ha gobernado Brasil durante 20 años y el aborto sigue prohibido, mientras miles de niños son destrozados por bombas israelíes patrocinadas por Estados Unidos. Segundo, una cosa es que una madre vea a sus amados hijos masacrados por bombas. Otro ejemplo es el de una madre que decide asesinar a su propio hijo no deseado mientras aún está en el vientre materno, una práctica satánica que, por cierto, está permitida, es “gratuita” y ampliamente accesible en Israel.
Por lo tanto, la conclusión inevitable es que, por muy abominable que sea Lula, Flávio logra ser aún peor. Ésto no significa en absoluto que se deba votar por Lula. Considero inconcebible que un libertario vote por un canalla como Lula. Simplemente digo que sería aún peor que votara por Flávio especialmente si, además de ser libertario, es cristiano. Gracias a Dios, como se explica en el primer párrafo de este artículo, no estamos obligados a elegir entre estas dos repugnantes alimañas. El Domingo de elecciones, participen únicamente en la única liturgia a la que realmente estamos obligados a asistir: vayan a misa; hay una guerra espiritual en marcha, y Brasil no puede ser salvado por ninguno de estos dos vagabundos, pero sí pueden salvar su alma.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko



