[El primer artículo de Murray Rothbard sobre libertarianismo publicado en The New York Times fue un artículo de opinión titulado The New Libertarian Creed. Fue publicado el 9 de Febrero de 1971 en la página 39 del periódico. La repercusión de dicho artículo fue tal, que llamó la atención de Tom Mandel, editor de la editorial comercial Macmillan. Mandel se puso en contacto con Rothbard y le encargó un libro, lo que dio lugar a la redacción de su famosa obra clásica For a New Liberty: The Libertarian Manifesto, publicada originalmente en 1973.]

Recientemente, ha sido puesto gran énfasis en una creciente división dentro de la derecha: una ruptura entre los conservadores dominantes –asociados con Buckley y a la revista National Review– y los nuevos libertarios.
Al separarse, los libertarios –que tienen fuerza en los campus universitarios y, en general, entre los jóvenes– rescatan una tradición de individualismo más antigua y casi olvidada, que caracterizaba a la derecha en las décadas de 1930 y 1940. Liderada por intelectuales notables como Albert Jay Nock y H. L. Mencken, así como por el ala del Partido Republicano vinculada con [el presidente William Howard] Taft en el ámbito político, esta derecha más antigua se dedicaba a la defensa de la libertad individual.
En consecuencia, encabezó la oposición al crecimiento del estado omnipresente (Big Government) en Estados Unidos, expansión impulsada bajo el amparo del progresismo del New Deal [FDR] y del Fair Deal [Harry Truman]. Esta vertiente conservadora más antigua, defendía las libertades civiles y la libertad económica de mercado, al tiempo que se oponía a la intervención estatal, al servicio militar obligatorio, al militarismo, y al intervencionismo e imperialismo estadounidenses en el extranjero.
Sin embargo, desde mediados de la década de 1950, National Review ha conducido a la derecha hacia su actual postura conservadora. En su discurso, la revista defiende una “fusión” entre libertad y orden, en la que la libertad individual se ve prudentemente contenida dentro de una estructura de orden proporcionada por el Estado. En sus inicios, William Buckley se declaraba libertario, con la única salvedad de la necesidad de librar una lucha total contra la “conspiración comunista”, tanto en el ámbito interno como en el exterior. Esta concesión ya resultaba suficientemente problemática, dado que toda la orientación de la política exterior conservadora terminó redirigiéndose hacia el militarismo y el imperialismo.
No obstante, a medida que el movimiento conservador se acercaba cada vez más a los centros de poder desde mediados de los años ’50, los elementos libertarios presentes en aquella “fusión” fueron desapareciendo uno tras otro. Así, hoy en día National Review apoya –casi sin reservas– el gigantesco despilfarro de recursos en programas como el SST (transporte supersónico) y la carrera espacial, la estatización del transporte ferroviario de pasajeros, las restricciones a las importaciones, y prácticamente todo el programa de gobierno de Nixon. La revista apoya con entusiasmo leyes que imponen códigos morales y se opone a las libertades civiles, así como a la tradición estadounidense de separación entre iglesia y estado. Fue en respuesta a este abandono sistemático de sus vertientes libertarias que tantos jóvenes de derecha se rebelaron y decidieron seguir su propio camino. Las tensiones y contradicciones internas del intento por fusionar libertad y orden terminaron por fragmentar la coalición conservadora.
La doctrina libertaria no comienza con la comunidad conservadora ni con el estado, sino con el individuo. Como entidad de acción independiente, todo individuo posee el derecho absoluto de “autopropiedad”. Es decir, el derecho a ser dueño de sí mismo, sin interferencia de terceros. De este axioma derivamos una oposición total al servicio militar obligatorio y a las leyes sobre el aborto. En segundo lugar, cada individuo tiene derecho a apropiarse de cualquier recurso que anteriormente careciera de dueño (como tierras vírgenes) que encuentre y ponga en uso mediante el empleo de su energía personal. De ésto se deriva el derecho a adquirir propiedad territorial mediante la ocupación y el uso inicial (homesteading) y, en consecuencia, todos los demás derechos de propiedad privada. Pues, si un hombre es dueño de sí mismo y de la tierra que ocupó y cultivó, también tiene derecho a poseer, sin interferencias, la tierra que transformó en capital, así como el derecho a donar su propiedad a quien desee (de ahí el derecho de herencia) y a intercambiar sus títulos de propiedad por los de cualquier otra persona (de ahí el derecho al libre contrato y a la economía de libre mercado basada en el laissez-faire). El conservador tiene como uno de sus objetivos supremos la preservación de la “ley y el orden”, pero su “orden” y su “ley” consisten en la imposición coercitiva del estado. A lo largo del tiempo, y también en la actualidad, el estado ha vivido en medio del profundo desorden de una agresión continua contra la persona y la propiedad de innumerables individuos. Roba mediante la tributación, esclaviza a través del reclutamiento obligatorio, y asesina con porras, bayonetas, napalm y bombas de hidrógeno. El libertario sostiene que el estado representa agresión y desorden permanentes, y que los conservadores de la National Review figuran entre los defensores y apologistas más elocuentes del estado.
Los jóvenes libertarios no se limitan a regresar al individualismo de la era Taft. Al afirmarse como libertarios, también reivindican la tradición que en su día consagró a Estados Unidos como un faro de libertad: la tradición de Jefferson, Paine, Jackson y Garrison. Al hacerlo, repudian a teóricos conservadores como James Burnham, de la National Review, quien admitió la falta de fundamento racional para el gobierno, y afirmó –en un retorno a antiguas teorías despóticas del derecho divino– que “en la antigüedad, antes de que las ilusiones de la ciencia corrompieran la sabiduría tradicional, los fundadores de las ciudades-estado eran reconocidos como dioses o semidioses”.
El reciente llamamiento de Burnham en la National Review a favor de un nuevo Bismarck para Estados Unidos y de una reevaluación del fascismo, es la consecuencia lógica del estatismo y el oscurantismo conservadores. Los libertarios, en cambio, enarbolan las banderas de la libertad y la razón sobre las que fue fundado este país.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









