La guerra, instrumento de globalización

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    Lamentablemente, cada día aumenta la probabilidad de que la OTAN declare la guerra contra Rusia. La guerra indirecta, librada abiertamente desde el 24 de Febrero de 2022 entre Rusia y Ucrania, y que se ha prolongado más que la Primera Guerra Mundial, podría convertirse pronto en una guerra abierta entre Rusia y Occidente.

    La ideología del globalismo domina los pasillos de los gobiernos europeos, y la guerra es uno de los medios que sus defensores en Berlín, Londres, París y Bruselas están dispuestos a utilizar para alcanzar sus objetivos.

    El globalismo es una ideología según la cual los pueblos del mundo ya no pueden forjar su propio destino en un sistema de libre mercado, sino que deben ser dirigidos y manipulados desde arriba, desde un centro de mando universal: un consejo de jefes de gobierno con estrechas conexiones internacionales, un “consejo de los ilustrados”, o instituciones supranacionales.

    Para obtener el control necesario sobre el sistema económico y el desarrollo social, los fanáticos globalistas recurrieron principalmente a la difusión de temas como la “política verde” (“salvar el clima”), el wokeismo, y la declarada pandemia del coronavirus. Ahora bien, la guerra es presentada como un medio, tanto como amenaza potencial como conflicto armado real. La guerra es un medio especialmente eficaz para expandir el poder estatal al máximo: dirigir la economía, restringir o incluso abolir las libertades individuales; y eso es precisamente lo que buscan los globalistas.

    Su objetivo es una economía planificada, en la que el estado (o los grupos de interés que lo utilizan para sus fines) determine de facto quién produce qué, cuándo y cómo, y quién puede consumir qué, cuándo y en qué cantidad. Establecer una “economía de guerra” no es la única opción conveniente para que los globalistas instauren la economía planificada que sirva a sus propósitos. La guerra real, con sus emergencias humanitarias y sociales, también es un medio adecuado para ese fin.

    Es necesario comprender que, económicamente hablando, el estado es un monopolista coercitivo territorial, con poder de decisión final sobre todos los conflictos en su territorio. Dicho monopolista coercitivo es agresivo internamente y, cuando le surge la oportunidad, también lo es externamente. La represión es internamente manifestada mediante impuestos, prohibiciones y regulaciones; externamente, mediante conflictos, incluyendo la guerra. En particular, la guerra ofrece al estado (o a los grupos que más se benefician con ella) la oportunidad de expandir su poder y enriquecerse a expensas de terceros.

    Estas circunstancias existen actualmente. Es indiscutible que los grandes estados europeos están sobreendeudados. La carga fiscal y de contribuciones es abrumadora, y sin embargo, a menudo los estados ya no cumplen satisfactoriamente sus funciones básicas, las economías apenas crecen, la demografía se caracteriza por el envejecimiento de la población y, en un futuro próximo, por el descenso demográfico.

    La posibilidad y la voluntad de revertir esta tendencia por medios políticos son muy escasas. Sobre todo porque la clase política (y los grupos de interés a los que favorece) persiguen objetivos muy diferentes: la guerra les ofrece ahora una “oportunidad” sumamente propicia para poner en marcha medidas que no podrían aplicar en tiempos de paz, como aumentar aún más la carga fiscal, financiar al estado mediante la emisión de más dinero y, por consiguiente, devaluar su poder adquisitivo, imponer controles de capital, efectuar confiscaciones, acabar con la libertad de expresión y de prensa (redes sociales), e intensificar el control y la vigilancia general de la población (cuestiones clave: identificación digital y dinero digital del banco central ó CBDC). El “chivo expiatorio” al que la propaganda estatal puede culpar de todas las desgracias económicas y financieras y las dificultades políticas es “el enemigo externo”. La guerra favorece la agenda globalista y allana el camino hacia la omnipotencia del estado, hacia el estado totalitario.

    Como es bien sabido, quienes se benefician primero con la guerra son quienes producen y suministran armas, municiones, servicios militares o materias primas estratégicamente importantes. Pero la guerra también puede convertirse en una atractiva fuente de ingresos para los soldados y sus familias. Los soldados contratados reciben altas bonificaciones por reclutamiento, salario continuo y elevada indemnización en caso de lesiones o muerte. Y los bancos se benefician, porque las empresas que producen material bélico y los estados suelen financiar al menos parte de sus gastos mediante deuda. Ante este panorama, debería ser evidente que no es descabellado sospechar que gobernantes, burócratas y grupos de interés influyentes y poderosos utilizan al estado para financiar actos de guerra cuando les resulta rentable.

    Un auge bélico puede, al menos inicialmente, mejorar la situación económica de la población en general a corto plazo, ya que la expansión de la producción bélica crea más empleos, tanto directos como indirectos. Permite que aumenten las ganancias de las empresas y los salarios. Así, la resistencia a continuar la guerra, a terminarla rápidamente, se desvanece; la resistencia a la expansión del conflicto también se debilita. Sin embargo, tarde o temprano, además de los horrores y el sufrimiento humanos, las miles de muertes que causa la guerra, también se hacen evidentes los daños económicos y financieros: empobrecimiento de la población, devaluación de la moneda, pérdida de ahorros, deuda pública insostenible, inestabilidad política, etc. En otras palabras, un auge bélico sólo prolonga e intensifica los daños de la guerra; en esencia, es económica y socialmente ruinoso.

    La guerra –violencia planificada y organizada a gran escala, que arrastra a todos y a todo– es un negocio que genera grandes ganancias para unos pocos, y la conclusión es obvia: no existiría si no hubiera nada que ganar con la misma.

    Igualmente claro es que la guerra surge de la existencia de los estados. No es un accidente, sino una consecuencia inherente al estado, sobre todo porque en éste unos pocos pueden sacar provecho de la guerra a costa de muchos, en el sentido más literal de la palabra. La exigencia que se deriva de ésto fue formulada acertadamente por el economista Ludwig von Mises en 1919:

    “Quien desee la paz entre las naciones, debe procurar restringir al estado y su influencia lo máximo posible”.

    La siguiente pregunta, particularmente urgente, es: ¿qué forma adoptaría una guerra entre los países europeos y Rusia? Diferentes personas podrían ofrecer respuestas muy distintas. Aquí nos limitaremos a dos sintéticos escenarios.

    Si Occidente determina la conducción de la guerra, lo más probable es una guerra limitada. La guerra no será librada deliberadamente con todos los medios disponibles hasta la destrucción total del adversario. Los objetivos, las armas utilizadas, el alcance geográfico y la intensidad serán mantenidos limitados, y será evitada la escalada a una guerra nuclear. Una guerra de desgaste prolongada sería no solo una estrategia para agotar al ejército ruso y a la población del país en el sentido literal. Sería, sobre todo, un escenario de amenaza permanente que permitiría a los globalistas instaurar un régimen cada vez más autoritario en la Unión Europea; y los poderosos grupos de interés se beneficiarían enormemente con un conflicto prolongado.

    Si se parte de la base de que Rusia no pretende una guerra de conquista o aniquilación en Europa, sino que busca asegurar los territorios conquistados en Ucrania y expulsar la influencia de la OTAN del país, entonces una expansión de los combates a lo largo de la frontera oriental del territorio de la OTAN no es improbable. Presumiblemente, tampoco se esperaría el uso de armas nucleares en este caso; tal escalada sólo ocurriría si el gobierno ruso no viera otra forma de evitar la derrota.

    En resumen, quienes actualmente temen una guerra entre la OTAN y Rusia posiblemente tengan razón. Dadas las circunstancias actuales, el peligro de guerra debe ser considerado relativamente alto. Y hay muchos indicios de que será una guerra limitada pero prolongada, que reducirá drásticamente la prosperidad y la libertad de las personas, especialmente en Europa, y que abrirá enormes oportunidades de enriquecimiento y saqueo para los poderosos grupos de interés.

    En conclusión, debemos recordar una idea fundamental: la sociedad moderna, especializada y productiva, que ha brindado prosperidad y cultura a las personas, es fruto de la paz. La paz, y no la guerra, es la madre de todas las cosas. Ludwig von Mises lo recalcó una y otra vez, así que cerremos con una cita suya:

    “Sólo una cosa puede vencer a la guerra: esa mentalidad que no ve en ella más que destrucción y aniquilación”.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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