El izquierdismo no puede tener éxito a menos que todos fracasemos juntos.

Hay multimillonarios de izquierda de sobra –George Söros, Bill Gates, Neville Roy Singham, Michael Bloomberg, Tom Steyer y Howard Schultz, entre otros– capaces de aportar el capital inicial para su utopía comunista. De hecho, los bancos centrales occidentales existen esencialmente para manipular los mercados en favor de las causas predilectas de la izquierda, como por ejemplo, cómo canalizar mejor el dinero de los pagadores netos de impuestos hacia las cuentas bancarias de multimillonarios izquierdistas que sermonean al mundo sobre el “calentamiento global”, la “supremacía blanca”, la vacunación obligatoria contra el covid, la necesidad de fronteras abiertas, y la censura en línea. Las empresas de Wall Street y la City de Londres están más interesadas en las “calificaciones de crédito social” y las credenciales ESG de las empresas, que en los indicadores tradicionales de si un negocio puede generar beneficios y rentabilidad.
Existe una auténtica saturación de periodistas de extrema izquierda que producen propaganda para todos los medios de comunicación importantes de Occidente. Ya sea desde las oficinas de cadenas de propaganda financiadas por el estado –como la BBC y la CBC–, o desde las redacciones de The New York Times y The Washington Post, subvencionadas por multimillonarios de izquierda, la mentalidad colectiva de la izquierda controla las noticias.
Los izquierdistas también se han apoderado del mundo académico. Es raro encontrar a un intelectual no izquierdista en un campus universitario de prestigio. La diversidad de opiniones es inexistente. Al igual que ocurre con el periodismo, la academia se ha convertido en un refugio para que los izquierdistas se otorguen premios y cargos honoríficos en reconocimiento a su supuesta brillantez, sin producir nada nuevo.
Con todas estas fuerzas institucionales a su disposición, resulta sorprendente que no logren imponerse. ¿Cómo es posible controlar las noticias, las universidades, el “capitalismo” progresista, la red de ONG, la burocracia gubernamental permanente y todas las agencias internacionales, sin haber rebautizado ya a Estados Unidos como la “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas” o la “República Popular de América”? Es realmente vergonzoso.
Al fin y al cabo, hay demasiadas personas con un mínimo de sentido común que se niegan a creerse lo que venden los comunistas. Saben que las mujeres no tienen pene y que los hombres no pueden quedar embarazados. Saben que deslocalizar la producción y la industria de un país lo debilita. Saben que los gobiernos no protegen la libertad de expresión censurando al público y obligando a las redes sociales a promover la propaganda del establishment.
Llevan décadas escuchando la patraña del “cambio climático” –incluidas las promesas infladas institucionalmente de líderes políticos “respetados” y presentadores de noticias, que afirmaban que ya estaríamos todos muertos por el “enfriamiento global”… digo … “calentamiento global”… digo … quiero decir, “fenómenos meteorológicos extremos”–, por lo que el “Nuevo Pacto Verde” ha quedado al descubierto como lisa y llana estafa para centralizar el poder gubernamental y enriquecer a Al Gore y sus charlatanes apocalípticos.
Saben que la “supremacía blanca” y el “racismo sistémico” son patrañas, porque se incita a todo el mundo a discriminar y demonizar a las personas blancas.
El izquierdismo es, ante todo, una ideología del resentimiento. Sus adeptos no tienen principios; tienen objetivos. Indican a sus secuaces a quién culpar de sus miserias y fracasos. Animan a sus seguidores –a quienes han lavado el cerebro– a robar lo que desean y a incendiar todo lo demás. Como puede ser observado actualmente entre las ruinas de una Francia devastada, el izquierdismo es destrucción.
Por eso, los izquierdistas no pueden simplemente trasladarse en masa a Canadá ni fundar una nueva nación en alguna zona poco poblada de África, Sudamérica, Australia o Asia. El izquierdismo no construye; arrebata. No inspira; culpa. Sin un “opresor” al que vilipendiar, el izquierdismo se devora a sí mismo. El izquierdismo es canibalismo filosófico.
A quienes no son de izquierda les cuesta comprender esta mentalidad. A menudo, intentan alejarse de los izquierdistas para construir sus propias vidas; sin embargo, adondequiera que vayan, los izquierdistas los siguen.
Es una dinámica exasperante. Si el izquierdismo fuera capaz de –por usar uno de sus términos favoritos– la “sostenibilidad”, sus partidarios aceptarían un divorcio social amistoso. Sería posible que las personas que desean construir, se separaran de aquéllas que sólo buscan arrebatar o destruir.
Sería posible que quienes creen en la realidad biológica y en la química de los hidrocarburos, se separaran de quienes desean castrar a los niños y vivir en chozas de paja, sin electricidad.
Sería posible que quienes defienden la propiedad privada se separaran de quienes abogan por la propiedad comunal.
Sería posible que quienes desean contraer matrimonio y tener hijos, se separaran de quienes consideran que el matrimonio es patriarcal, que los pronombres personales son un discurso sagrado, y que los niños están destruyendo el planeta. Sería posible que quienes desean educar a los niños en las ciencias, la filosofía, la historia, la literatura y las artes, se separaran de aquéllos que pretenden adoctrinarlos con el nocivo estiércol de la victimización permanente, el resentimiento, la confusión identitaria y la angustia por el “calentamiento global”.
Sería posible que quienes valoran el carácter de una persona por encima del color de su piel, se separaran de aquellos que viven obsesionados con la raza y las inclinaciones sexuales.
Sería posible que quienes creen en la libertad de expresión, la libertad religiosa y el derecho natural a la autodefensa, se separaran de quienes sostienen que los agentes gubernamentales deben tener la facultad de castigar penalmente a las personas por sus creencias, y de censurar todo aquello que la izquierda defina como “desinformación”, “información errónea” o “discurso de odio”.
Sería posible que quienes abogan por un gobierno limitado, se separaran de los partidarios de un estado hipertrofiado, amantes de la burocracia y de los “expertos” avalados por credenciales oficiales.
Sería posible que quienes valoran la libertad se separaran de aquellos que prefieren el control social.
Sin embargo, una separación pacífica resulta imposible, ya que la izquierda no puede permitir que prosperen jurisdicciones fuera de su control. Cuando las sociedades libres prosperan, las sociedades marxistas-socialistas y comunistas quedan expuestas como regímenes autoritarios, carentes de alegría, empobrecidos y débiles. La ideología de izquierda es tan contraria a la naturaleza humana, que sus defensores no pueden permitir que aquellos a quienes mantienen esclavizados sean testigos de una realidad libre de miseria.
De lo contrario, las masas esclavizadas por el izquierdismo arriesgarán sus vidas para saltar muros, atravesar montañas o cruzar océanos, sólo para experimentar lo que significa ser libre. En la Unión Soviética y en Alemania Oriental, los comunistas construyeron muros no para impedir la entrada de inmigrantes ilegales, sino para retener a ciudadanos descontentos. Nadie intenta entrar a la fuerza en los “paraísos” izquierdistas de la Cuba o la China comunistas; por el contrario, millones de personas han huido de los regímenes comunistas. La gente escapa del izquierdismo y corre hacia la libertad.
Ésto significa que los izquierdistas nunca nos dejarán en paz. Nos arrebatarán lo que tenemos, abusarán de nosotros, nos censurarán, nos perseguirán, nos encarcelarán e incluso nos matarán. Pero jamás se separarán de nosotros de manera pacífica. No pueden permitir que existamos y prosperemos, porque cualquier atisbo de paz, prosperidad o felicidad que disfrutemos, pone aún más de manifiesto la naturaleza malvada, misantrópica y destructiva del izquierdismo.
El izquierdismo no puede triunfar a menos que todos fracasemos al mismo tiempo. Defender la civilización occidental exige que reconozcamos al socialismo marxista y al globalismo izquierdista no simplemente como peligrosas visiones del mundo, sino como parasitarios enemigos mortales.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









