“Un gobierno que le roba a Pedro para darle a Pablo, siempre puede contar con el apoyo de Pablo”. –George Bernard Shaw
Finalizadas las elecciones de 2026, la izquierda ha ganado una vez más, mientras la derecha lanza acusaciones de golpe, fraude y manipulación. Esta situación se ha repetido durante décadas en Brasil, uno de los pocos países que utiliza un sistema de urnas electrónicas en su sistema de votación.
Aunque, por principio siempre desconfío del estado y de sus instituciones, en esta ocasión no coincido con mis amigos de derecha. Sin entrar en los detalles técnicos del sistema, me baso en algunos argumentos lógicos: por ejemplo, ¿por qué la izquierda habría de cometer fraude únicamente en las elecciones para cargos ejecutivos –las elecciones mayoritarias– y no en las legislativas, para así asegurarse un Congreso más afín? Por otro lado, ¿quién garantiza que no se produciría el clásico fraude mediante boletas físicas, tal como hemos visto recientemente en Estados Unidos? En resumen, a grandes rasgos, apoyo el uso de urnas electrónicas; nadie ha logrado convencerme de que un sistema basado en boletas ofrecería menos fraudes.
Dicho ésto, considero que la derecha brasileña dispara a ciegas, pero termina dando en el blanco sin darse cuenta. En efecto, existe un golpe electoral mucho más claro y evidente en los comicios brasileños. Sin embargo, éste no tiene nada que ver con las urnas electrónicas. Este golpe ha dejado huellas rastreables que nos permiten identificar fácilmente a sus autores.
El golpe electoral en Brasil fue gestado en la USP (Universidad de São Paulo), y su artífice fue Ruth Cardoso. Antes de convertirse en primera dama, Cardoso fue académica en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas, donde fundó el CEBRAP (Centro Brasileño de Análisis y Planificación) junto con otros intelectuales de izquierda, como Florestan Fernandes y su esposo, Fernando Henrique Cardoso –quien llegaría a ser presidente de la República durante dos mandatos (1994-2002)–, contando además con el apoyo financiero de la Fundación Ford. Mientras que la izquierda clásica confiaba únicamente en los sindicatos como instrumento político, Ruth se percató de que en las favelas existía una movilización y una agregación social mucho más dinámicas –no cooptadas ni por la izquierda ni por el estado de manera oficial– y, en 1995, creó el Programa Comunidad Solidaria. A través de éste, el estado asumió el papel de guía y controlador, asignando a los distintos ministerios diversas iniciativas espontáneas que, hasta entonces, eran impulsadas por las propias comunidades.
Para Ruth y su grupo de intelectuales, resultaba inconcebible que los más pobres pudieran prescindir del estado y de la izquierda, transformando sus vidas mediante sus propias iniciativas. Actividades como el fomento del emprendimiento, de la alfabetización y de la capacitación profesional, fueron distribuidas entre los diversos ministerios.
Ruth demostró astucia al reconocer que los pobres también son personas –algo que a menudo resulta difícil de comprender para los intelectuales de la izquierda académica–, y entendió que los pobres también tienen capacidad de tomar sus propias decisiones sobre cómo utilizar su dinero. Por ello, transformó los programas de distribución de la cesta básica en transferencias directas de efectivo.
Sin embargo, al igual que cualquier intelectual de izquierda, su confianza en el pueblo tenía límites. Por eso condicionó la ayuda financiera a la realización de actividades específicas que ella deseaba fomentar entre los pobres. “Te doy dinero para que mantengas a tu hijo en la escuela, para que compres determinados alimentos para tus hijos, para comprar gas para cocinar”, etc.
Como era de esperar, al ser gestionados por una multitud de ministerios, los costos y la burocracia de estos programas se multiplicaron, generando gran ineficiencia y corrupción. Esta situación llevó a que, en 2001, Ruth creara el CadÚnico (Registro Único), un sistema que unificaba todos los programas: el estado identificaba a todas las familias consideradas vulnerables, y entregaba los beneficios a través de una única tarjeta magnética.
Era ya el final del último mandato de su esposo en la presidencia, cuando fue elegido un nuevo gobierno con la victoria de Lula en las urnas. Los intelectuales afines que respaldaban a Lula –aún anclados a viejos esquemas– intentaron impulsar el programa “Fome Zero” (Hambre Cero), que retomaba la antigua distribución de alimentos y cupones; sin embargo, se toparon con los mismos problemas que Ruth había enfrentado. Ante ésto, adoptaron las soluciones que ella misma había propuesto, rebautizaron el “CadÚnico” (Registro Único) como “Bolsa Família”, y lo presentaron bajo una estética más aceptable para la intelectualidad.
Es evidente que los intelectuales de los grandes centros académicos, tanto en Europa como en Estados Unidos, elogiaron a Ruth Cardoso y la reconocieron como la arquitecta del modelo de transferencia de rentas que se convirtió en un referente mundial.
Sabían que en ello residía la aspiración de los marxistas autodenominados “moderados” –también conocidos como socialdemócratas–, quienes siempre buscaron instaurar el igualitarismo a través de las vías democráticas.
En este contexto, el mérito recayó en Lula y el PT; un partido que, irónicamente, surgió de la antigua forma de organización de la izquierda: la vía sindical. Y este reconocimiento no podía ser pagado de otra manera que no fuera mediante el voto y la perpetuación en el poder.
Esta forma insidiosa y sutil de transferencia de rentas parece inofensiva y no genera oposición. Al fin y al cabo, ¿quién podría estar en contra de la caridad? No obstante, alguien siempre debe pagar la factura: un sector de la sociedad que consume sin producir, obliga a que el sector que produce, lo haga sin consumir. A medida que aumenta el consumo de quienes no producen, el trabajo de quienes producen permite adquirir cada vez menos bienes. Para mantener al consumidor improductivo votando a su favor, el gobierno necesita incrementar los beneficios, reduciendo al mismo tiempo, de forma progresiva, los ingresos de quienes trabajan.
Por un lado, el idílico sueño de Ruth –y, por qué no, de Marx y su intelectualidad desvariada– genera un desincentivo cada vez mayor hacia el trabajo. Por otro, crea un estrato de personas dependientes cada vez más voraz. Ésto nunca ha estado tan claro como en el mapa electoral brasileño: en las áreas rojas, los dependientes, y en las áreas azules, los trabajadores, votan sistemáticamente de manera opuesta. Pero los dependientes siempre ganan. Los trabajadores y productores no tienen forma de competir ni de organizarse políticamente en igualdad de condiciones frente a los dependientes.
Es evidente que ni Ruth Cardoso ni los sucesivos gobiernos de izquierda se preocuparon por un aspecto fundamental de la gobernanza –un aspecto que, hay que reconocerlo, ninguna burocracia en el mundo se preocupa por implementar. Este principio establece que nadie que reciba beneficios del gobierno debería tener derecho a voto ya que, al hacerlo, estarían decidiendo sobre la parte de los ingresos ajenos, de los que se apropian –regla que debería ser aplicada también a todo el estamento burocrático de la administración pública, a los empresarios subsidiados, etc.
Viciada, la política en Brasil ha terminado convirtiéndose en dos caras de una misma moneda, en la que la derecha y la izquierda compiten por ver quién ofrece mayores aumentos al programa “Bolsa Família”. Incluso durante el gobierno de Jair Bolsonaro (2018-2022) –tras un breve paréntesis de gobiernos de izquierda–, fue promovido un aumento sustancial en el monto de la ayuda. Sin embargo, ésto no bastó para captar los votos de los beneficiarios. Las campañas se han transformado en un cruce de amenazas: un bando advierte que el otro reducirá o eliminará los beneficios, ante lo cual este último se defiende prometiendo mantenerlos e incluso aumentarlos. Los beneficiarios, por su parte, se han negado sistemáticamente a cambiar de bando, prefiriendo lo seguro a lo incierto.
Como en el epígrafe que elegí para este texto, el gobierno de izquierda siempre contará con el apoyo de aquéllos que dependen del mismo, y no existe una vía política posible que cambie ésto, hasta que la asfixia de quienes producen sea total.
Los gobiernos no quiebran, sin antes quebrar a la sociedad que los sustenta.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









