Por qué fracasó el populismo de Trump

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    onald Trump se postuló a la presidencia como populista, y ganó como populista. Todos los sospechosos habituales ‒como Hillary Clinton‒ lo condenaron como populista. La estrategia política que siguió su campaña ofreció a los votantes el típico discurso populista. Es decir, Trump prometió servir al “pueblo común” luchando contra la clase dominante, “limpiando la ciénaga”, castigando a los corruptos, acabando con el despilfarro gubernamental y, en general, frustrando la maquinaria de explotación de la clase dominante. Pero ahora, con casi tres años aún por delante de Trump en la presidencia, está bastante claro que no hará nada que realmente altere el orden establecido por la élite gobernante.

    Aparte de una victoria muy parcial en inmigración ‒Trump ha relegado ahora la inmigración a un segundo plano, para concentrarse completamente en su política “Israel Primero”‒, Trump ha fracasado en todos los demás asuntos. Digo “fracasado”, porque es un fracaso desde la perspectiva de quienes deseaban ver un cambio significativo en la forma en que Washington gobierna su granja de impuestos conocida como “Estados Unidos”. El fracaso se evidencia en el gasto público, que ha alcanzado niveles sin precedentes; la política monetaria, como siempre, sigue siendo inflacionaria; y la ausencia de cambios legislativos importantes que apenas incomoden a las élites gobernantes. Trump no ha querido o no ha sido capaz de traducir su éxito electoral de 2024 en un programa legislativo duradero. En cambio, optó por el camino fácil y gobernar por decreto, lo que significa que sus cambios serán fácilmente revertidos minutos después de que su sucesor (casi con toda seguridad, un demócrata) asuma el cargo. Además, mientras Trump trabaja para expandir las prerrogativas de la presidencia, el próximo demócrata asumirá un gobierno federal aún más poderoso que cuando Trump llegó al poder.

    En consecuencia, la presidencia de Trump representa un éxito rotundo desde la perspectiva de las élites gobernantes que controlan el gobierno estadounidense. Se trata del grupo combinado de agentes gubernamentales y grupos de interés, que utilizan una red de relaciones cliente-patrón mutuamente beneficiosas, para asegurar el flujo continuo de recursos desde los pagadores netos de impuestos en general, hacia las élites gobernantes y sus aliados. Institucionalmente, las élites gobernantes incluyen al gobierno permanente es decir, el estado administrativo o estado profundo en el lado del patrón. En el lado del cliente se encuentran grupos de interés clave, como contratistas militares, sindicatos, el estado israelí, empresas tecnológicas de Silicon Valley, importantes fundaciones “benéficas”, grandes instituciones financieras y otros. Desde la perspectiva de esta red cliente-patrón, la política partidista es en gran medida irrelevante, ya que ningún partido representa una amenaza significativa para ninguno de estos intereses. Sólo si se produce un cambio radical en la opinión pública y alguna parte de la red gobernante se vuelve políticamente inestable, uno o más partidos comenzarán a excluir del flujo de recursos financiados por los pagadores netos de impuestos a uno o más intereses arraigados. Cabe señalar, sin embargo, que ésto no pone en peligro a las élites gobernantes en su conjunto. Simplemente cambia la composición de las élites que controlan el régimen.

    Ahora está claro que las élites gobernantes han prevalecido sobre cualquier fuerza populista que pudiera haber tenido alguna esperanza de amenazar el statu quo bajo el mandato de Trump. Después de todo, Trump llegó a Washington prometiendo una agenda populista contra el estado profundo. Sin embargo, tras 15 meses su administración se ha transformado en la típica presidencia pro-régimen que ha redoblado su apoyo a todos los grupos de interés habituales. Está impulsando aumentos históricamente inmensos en el gasto del complejo militar-industrial. Ésto está diseñado para sobornar a varios grupos de interés especiales, como el estado de vigilancia que enriquece a multimillonarios como Peter Thiel. Quiere nuevos programas de gasto masivos para contratistas de armas como Raytheon. Se ha manifestado a favor de renovar el estado de espionaje centrado en la Ley FISA. Promueve la guerra interminable en favor del estado de Israel, quizás el grupo de interés especial más poderoso de Washington. La Reserva Federal es más poderosa que nunca, y Trump exige al menos la misma cantidad de inflación de dinero fácil que los tres presidentes anteriores, todos ellos derrochadores en materia de política monetaria y fiscal.

    Es cierto que algunas políticas de la “guerra cultural” han cambiado. En asuntos como el aborto y el financiamiento federal de los proyectos lgbt más radicales, han sido realizados algunos ajustes en la política federal. Pero la política de la guerra cultural siempre ha sido un espectáculo secundario para las élites gobernantes. La guerra cultural ha contribuido a crear la ilusión de que el poder político cambia de manos en cada ciclo electoral. En realidad, el tira y afloja partidista de la guerra cultural no representa ninguna amenaza para el sistema que garantiza la continua explotación de los pagadores netos de impuestos por parte del gobierno permanente y los intereses especiales. Los nombramientos judiciales ofrecen una cobertura similar a las élites gobernantes. Es decir, demócratas y republicanos nombran jueces de distintas tendencias, pero los jueces federales, que son literalmente empleados del gobierno federal, casi por definición nunca emitirán fallos que deslegitimen o cuestionen fundamentalmente la capacidad del gobierno federal para operar libremente y con fácil acceso a los recursos de los pagadores netos de impuestos. En éste y en todos los demás sentidos, los nombramientos judiciales de Trump son exactamente lo que cabría esperar de cualquier administración republicana.

    Por qué fracasa el populismo pro-régimen

    Es evidente que la actual ola de populismo al estilo Trump es un rotundo fracaso, y la magnitud de este fracaso se hará más patente con el tiempo. No ha hecho más que fortalecer aún más al poder ejecutivo para que ambos partidos políticos, en colaboración con las élites gobernantes, puedan ejercerlo con mayor facilidad y eficacia en el futuro.

    Además, el control que ejerce la élite sobre el sistema electoral ‒a través de los procesos de nominación de los partidos y las limitaciones legales a los terceros partidos‒ demuestra una de las razones por las que este tipo de populismo no tiene perspectivas de éxito a corto plazo. Los partidos simplemente no van a nominar ni presentar a un candidato que sea verdaderamente anti-régimen. Ningún movimiento populista de masas logrará un candidato que no sea considerado, al menos, tolerable por quienes deciden quiénes obtienen las nominaciones de los partidos.

    Pero tampoco existen perspectivas de éxito para el populismo al estilo Trump a largo plazo. Esto se debe a que el populismo al estilo Trump es, en efecto, un populismo pro-régimen y, por lo tanto, fundamentalmente perpetúa el statu quo. Este tipo de populismo presupone que la democracia “funciona”, que el marco legal vigente del régimen es positivo, y que el gobierno federal debe permanecer “unido”, intacto y, en general, fuerte. Es decir, desde esta perspectiva, es un error querer desmantelar el gobierno federal o abogar por un “gobierno limitado”. Más bien, este tipo de populismo dice que es bueno centralizar el poder e incrementarlo, y que el verdadero objetivo es simplemente ejercerlo.

    En una variante de ésto ‒favorecida por el paleoconservador Sam Francis‒ se parte de la premisa de que basta con que suficientes estadounidenses rurales de clase trabajadora, enfadados, voten por restaurar los viejos tiempos, momento en el que la élite gobernante se rendirá y entregará las riendas del gobierno federal a las nuevas figuras electas.

    Pues bien, esta visión de una victoria electoral de la clase trabajadora se hizo realidad en 2024. La coalición victoriosa de Trump fue en gran medida construida sobre hombres de la clase trabajadora sin estudios universitarios, especialmente en zonas rurales. El plan de Francis funcionó, y estos supuestos “radicales de la clase media estadounidense” lograron una victoria nacional. Y no ha tenido ningún efecto. De hecho, se ha transformado en un régimen militarista que prioriza a Israel y deja a Estados Unidos en último lugar, y que ahora se concentra abrumadoramente en guerras sin sentido en Oriente Medio, mientras el poder oculto se mantiene en el poder absoluto. El gasto federal aumenta, el estado de vigilancia es más fuerte que nunca, y el régimen será mucho más poderoso y estará listo para ser desplegado contra quienes votaron por Trump. En el plan de Francis, es esencial que el poder federal sea fuerte para que los conservadores puedan usarlo para llevar a cabo algún tipo de revolución aprobada por los votantes. Pero este plan sólo funciona si los “buenos” siguen ganando elecciones. Y eso no está sucediendo.

    Aquí, en el mundo real, las mismas élites gobernantes que estaban en el poder antes de que Trump asumiera la presidencia, contonúan firmemente en el poder hoy. Y continuarán haciéndolo bajo esta administración.

    El problema de este tipo de populismo no radica en su ingenuidad sobre el funcionamiento de las élites gobernantes ‒aunque ciertamente también la tiene. El principal problema es que se trata, fundamentalmente, de populismo pro-régimen. Claro que estos populistas se quejarán de que el gobierno federal es “demasiado grande”, “corrupto” o que, en general, actúa de forma incorrecta. Pero estas quejas rara vez llegan al punto de cuestionar la utilidad fundamental del régimen o su legitimidad. Por cada queja sobre la corrupción del régimen, estos populistas repetirán tópicos manidos sobre la necesidad de “unidad” y de “restaurar la confianza en Estados Unidos”. Además, cualquiera que se oponga al régimen y pida su desmantelamiento, es tachado de “odiar a Estados Unidos”. Para estos populistas, sin embargo, “odiar a Estados Unidos” es simplemente un eufemismo para odiar al régimen. Y esa es, fundamentalmente, la razón por la que este tipo de populismo nunca tendrá un impacto positivo. Se opone fundamentalmente a cualquier oposición radical al régimen. Para este tipo de populista, odiar al régimen es algo malo. La oposición al estado estadounidense sólo es aceptable mientras las quejas no lleguen al punto de querer desmantelarlo, por ejemplo, mediante la secesión. En cambio, este tipo de populismo es de naturaleza romántica, anhelando una supuesta edad de oro futura de buen gobierno por parte del mismo régimen y la misma élite gobernante que sistemáticamente destruyó aquello que los populistas anhelan.

    Esta renuencia a oponerse realmente al estado y a su poder, es predecible en quienes se imaginan ejerciendo algún día el poder estatal para servir a sus objetivos populistas. ¿Para qué oponerse al poder estatal, si lo que realmente se desea es tomarlo para uno mismo? Ésto no es ninguna novedad de los populistas estadounidenses actuales. Para encontrar una actitud similar, podemos observar a los partidarios burgueses de la Revolución Francesa. Una explicación de por qué la revolución sólo condujo a un poder estatal descontrolado, es que las clases medias burguesas no la apoyaron principalmente para reducir el poder del estado central. Más bien, desde esta perspectiva, el principal interés de la burguesía era simplemente acceder a los innumerables puestos gubernamentales del régimen francés, y a su sistema de clientelismo. Antes de eso, estos lucrativos beneficios sólo estaban al alcance de la nobleza, el clero y otros grupos no burgueses privilegiados.

    Si el objetivo es destruir el poder del régimen, la única solución real reside en la oposición total al régimen y a las élites gobernantes que lo respaldan. La verdadera oposición implica, como mínimo, negarse a reconocer la legitimidad del régimen y no depositar ingenuamente esperanzas de cambio en las formas de participación política controladas por el estado que prefiere el régimen, como el voto. La verdadera oposición al estado significa apoyar el desmantelamiento y la fragmentación del aparato estatal en partes mucho más pequeñas. Sólo mediante este método, el poder puede controlar al poder mediante la formación de nuevos estados más pequeños a partir del antiguo estado. Ésto permite la creación de contraélites e instituciones de gobierno fuera del control de las élites que defienden el statu quo. La verdadera oposición implica abandonar la propaganda habitual del régimen, basada en llamamientos a la “unidad nacional”, el “amor a la patria” y el “estado de derecho”.

    Aquí reside la verdadera batalla de ideas. La verdadera batalla consiste en desenmascarar al estado: ilegítimo, corrupto, irrecuperable, inmoral y excesivamente grande. A ésto le seguirán llamamientos incesantes para la desintegración del estado, la municipalización o departamentalización del país, la descentralización de su poder militar, y la destrucción de la fantasía de que el poder estatal puede ser utilizado “para el bien”. Ésto contrasta con los tibios y seguros llamamientos a una patria unida, impulsados por la próxima generación de populistas, quienes “votarán con más ahínco”, y de alguna manera lograrán aquéllo en lo que los populistas actuales han fracasado estrepitosamente. El actual populismo pro-régimen simplemente perpetúa el statu quo, y así es precisamente como les conviene a las élites gobernantes.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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