La autodestructiva teoría de Hobbes

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    Nos guste o no, durante siglos el concepto de estado-nación de Hobbes ha sido el paradigma y contexto por defecto para la gente moderna cuando piensa en el gobierno. Sin haber leído jamás a Hobbes, la gente repite inconscientemente sus supuestos, presuposiciones, preocupaciones y argumentos a favor del estado. Sin embargo, con un poco de sencilla lógica, y utilizando los propios presupuestos de Hobbes, podemos criticar internamente su argumento, y ver que la solución que propone para el estado no resuelve ninguno de los problemas que plantea.

    Breve reseña de la teoría del estado de Hobbes

    En esencia, la argumentación de Hobbes a favor del estado puede ser resumida con la siguiente cita suya:

    La causa, el fin o el propósito final de los hombres (que naturalmente aman la libertad y el dominio sobre los demás) al imponerse esa restricción (en la que los vemos vivir en las repúblicas), es la previsión de su propia preservación y, por consiguiente, de una vida más plena. Es decir, de liberarse de esa miserable condición de guerra, que es necesariamente consecuencia de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe un poder visible que los mantenga a raya y los obligue, mediante el temor al castigo, a cumplir sus pactos y a observar las leyes de la naturaleza.

    Según Hobbes, “queda claro que, mientras los hombres viven sin un poder común que los mantenga a todos a raya, se encuentran en la condición que se denomina guerra; una guerra de todos contra todos”. Por lo tanto, siguiendo su razonamiento, el estado proporciona un poder común para “mantenerlos a todos a raya”, desalentando los delitos y conflictos interpersonales mediante el temor al castigo estatal.

    El argumento de Hobbes es que, debido a la inseguridad del “estado de naturaleza” (la libertad humana absoluta para ejercer el poder, antes de la creación del estado), acordamos y consentimos vivir en sociedad, regida por un estado que pudiera proporcionar seguridad mediante el monopolio legal de la violencia.

    En un artículo anterior, critiqué el argumento de Hobbes sobre la necesidad del estado basada en la naturaleza humana. Si bien no es exhaustivo, este artículo busca criticar internamente otros puntos del argumento de Hobbes.

    El mito de la seguridad colectiva

    La seguridad colectiva no significa acuerdos privados y voluntarios entre individuos para la autodefensa mutua. En cambio, implica la necesidad de que el estado grave legal y coercitivamente a todos, y proporcione un monopolio de los servicios de seguridad.

    Según la teoría, la constante falta de seguridad en el “estado de naturaleza” hobbesiano, la amenaza potencial de violencia por parte de otros seres humanos, la posibilidad de traición en cualquier acuerdo contractual, y la continua sensación de inseguridad contribuyeron, sin duda, a un menor nivel de vida para todos, sin alternativa para escapar del mismo. Por lo tanto, los individuos consintieron en vivir en sociedad, y ceder todos sus derechos y poder a un estado político, facultado para imponer impuestos coercitivos a la población, con el fin de garantizar la seguridad frente a amenazas internas y externas.

    En El Mito de la Defensa Nacional, Hans-Hermann Hoppe escribe:

    La solución a esta situación, presumiblemente intolerable según Hobbes y sus seguidores, es el establecimiento de un estado. Para instaurar la cooperación pacífica entre ellos, dos individuos, A y B, requieren de una tercera parte independiente, E, como juez supremo y pacificador. Sin embargo, esta tercera parte, E, es soberana y, como tal, posee dos poderes únicos. Por un lado, E puede exigir que sus súbditos, A y B, no busquen protección en nadie más que en él. Es decir, E es un monopolista territorial obligatorio de la protección. Por otro lado, E puede determinar unilateralmente cuánto deben gastar A y B en su propia seguridad; es decir, E tiene el poder de imponer impuestos para brindar seguridad “colectivamente”.

    En pocas palabras, el estado hobbesiano es un monopolista territorial obligatorio de la protección que puede restringir la competencia y determinar cuánto cobrar a las personas por sus servicios, obligándolas legalmente a pagarlos.

    Si bien enumeraremos las contradicciones de forma más sistemática más adelante, conviene señalar varias aquí respecto del mito de la seguridad colectiva. Por un lado, el estado pretende limitar la naturaleza humana, pero autoriza y empodera a una élite de individuos irresponsables. Por otro lado, el estado pretende proteger la propiedad y los derechos privados, violándolos. Y, además, pretende reducir el conflicto interpersonal entre actores no estatales, mediante amenazas y el monopolio legalizado de la violencia. En otras palabras, el estado afirma ofrecer protección contra los demás, pero no contra sí mismo.

    Una cosa sería argumentar que la fuerza debe ser utilizada para contrarrestar la fuerza. Ese es el argumento de la legítima defensa y la seguridad mutua. Pero la argumentación de Hobbes exige una agresión monopolizada para abordar el problema de la agresión general no estatal: la concentración de fuerza ilegítima. La legítima defensa individual o mutua, es el uso legítimo de la fuerza ‒o de la amenaza de la fuerza‒, para proteger los derechos individuales (propiedad y derechos sobre la propia persona) La llamada seguridad colectiva implica la concentración y monopolización de la agresión, en nombre de su limitación.

    La contradicción entre definición y legitimidad

    En el argumento de Hobbes a favor del estado:

    1. El consentimiento establece la soberanía del estado;
    2. La soberanía define la autoridad legítima;
    3. La autoridad legítima valida la coerción del estado soberano;
    4. La coerción del estado soberano prevalece sobre la disidencia y la revocación del consentimiento;
    5. La legitimidad, en última instancia, reside entonces en la autoridad establecida por el propio soberano.

    Hobbes intenta justificar la legitimidad del estado mediante “el contrato social”: los individuos consienten en ceder ciertas libertades y derechos a un soberano, a cambio de seguridad y orden social. Hobbes argumenta que, en el estado de naturaleza, los individuos poseen amplios derechos de autoconservación, incluido el uso de la fuerza. Sin embargo, ésto plantea un problema más profundo.

    La autoridad legítima normalmente deriva de los derechos que los propios individuos poseen y pueden delegar. Pero incluso si los individuos poseen derechos coercitivos en el estado de naturaleza, no necesariamente se deduce que puedan transferir irrevocablemente esos derechos a una institución que reclama un monopolio obligatorio de la fuerza dentro de un territorio. La teoría, por lo tanto, se vuelve circular y autorreferencial: el estado es legítimo porque los individuos lo autorizan, pero la autoridad que ejerce excede la autoridad ética ordinaria de cualquier individuo, y principalmente es legitimada a través de la propia designación institucional.

    En consecuencia, la distinción entre coerción estatal y coerción privada radica menos en la naturaleza del acto que en el status del actor que reclama dicha autoridad soberana. A diferencia de otras formas de autoridad, el estado hobbesiano no puede establecer su legitimidad simplemente afirmando un monopolio de la fuerza. Su autoridad requiere una justificación ética que trascienda su propia autoautorización institucional.

    El problema del estado global unitario

    Seguir la lógica de Hobbes hasta sus últimas consecuencias revela otra grave deficiencia. Si un único soberano es necesario para prevenir conflictos entre individuos, entonces, lógicamente, sería necesario un único estado global para prevenir conflictos entre naciones. Sin embargo, incluso los defensores de Hobbes suelen rechazar esta conclusión, lo que evidencia la inconsistencia del argumento original.

    Hans-Hermann Hoppe escribe:

    Una vez que es asumido que, para instituir la cooperación pacífica entre A y B, es necesario un estado E, se llega a una doble conclusión. Si existen varios estados
    ‒E1, E2, E3‒, entonces, así como presumiblemente no puede haber paz entre A y B sin E, tampoco puede haber paz entre los estados E1, E2 y E3 mientras permanezcan en estado de naturaleza (es decir, estado de anarquía) entre sí. En consecuencia, para lograr la paz universal, son necesarias la centralización política, la unificación y, en última instancia, el establecimiento de un gobierno mundial único.

    Contradicciones, metacontradicción y conclusión

    La solución hobbesiana no elimina los problemas que pretende resolver; los institucionaliza. Cabe destacar las inconsistencias entre las preocupaciones y prioridades declaradas que supuestamente justifican la existencia del estado:

    1. El estado intenta resolver el problema de los seres humanos egoístas y ambiciosos, concentrando el poder en manos de un reducido grupo de estos seres humanos;
    2. El estado afirma garantizar la propiedad y la estabilidad, reservándose la autoridad para anularlas cuando la necesidad soberana así lo exija;
    3. El estado afirma reducir la violencia y los conflictos interpersonales mediante amenazas, coerción y el monopolio legal de la violencia;
    4. El estado busca eliminar la inseguridad estableciendo una institución con mayor poder coercitivo que cualquier actor privado;
    5. El estado afirma proporcionar seguridad y resolución de disputas, al tiempo que prohíbe legalmente a los proveedores de esos mismos servicios;
    6. El estado alega legitimidad mediante el consentimiento de los gobernados, pero dicho consentimiento pierde validez una vez establecido el estado;
    7. El estado se define como el único usuario legítimo de la fuerza, mientras que, paradójicamente, trata idénticos actos privados como delictivos;
    8. La lógica de la centralización política hobbesiana apunta hacia un único soberano mundial, pero la mayoría de sus defensores rechazan esta conclusión.

    Estas críticas internas deberían demostrar que la teoría del estado de Hobbes es contraproducente en sí misma. Externamente, también podríamos observar que el estado afirma reducir la escala y el alcance de la violencia, a pesar de haber generado los más grandes sistemas de violencia organizada de la historia de la humanidad. En lugar de crear seguridad genuina, la solución de Hobbes simplemente transfiere el problema de la violencia de los actores privados a una entidad monopólica. En resumen, cada problema que el estado dice resolver, lo resuelve intensificando precisamente aquéllo que dice resolver.

    Subyacente a todas estas contradicciones específicas, se encuentra una única metacontradicción fundamental:

    La teoría del estado parte de afirmaciones empíricas sobre la naturaleza humana y los peligros del comportamiento humano, para luego construir una institución integrada por esos mismos individuos peligrosos, otorgarles un poder mucho mayor que el que cualquier actor privado podría acumular, eliminar los mecanismos de rendición de cuentas que limitan a los actores privados, y crear incentivos que recompensan sistemáticamente a los individuos más despiadados y ambiciosos.

    La violencia agresiva es reducida mediante la violencia agresiva. La propiedad es protegida mediante la violación de la propiedad. El conflicto es resuelto mediante el monopolio coercitivo. La rendición de cuentas es impuesta mediante un poder irresponsable. Ésto no es una serie de desafortunados fracasos políticos, sino la lógica estructural de la propia institución.

    Dado el paradigma del estado, no debería sorprendernos que el poder irresponsable tienda a atraer ambiciosos e inmorales, mientras que repele a escrupulosos y éticos. Según Hayek en “Camino de servidumbre”, en el capítulo titulado “Por qué los peores llegan al poder”:

    Así como el estadista democrático que se propone planificar la vida económica, pronto se enfrentará con la disyuntiva de asumir poderes dictatoriales o abandonar sus planes, el líder totalitario pronto tendrá que elegir entre el desprecio por la moral común y el fracaso. Es por esta razón que los inescrupulosos tienen más probabilidades de éxito en una sociedad que tiende al totalitarismo.

    El ascenso dentro de un grupo o partido totalitario depende en gran medida de la disposición a cometer actos inmorales.

    Por lo tanto, para ser un colaborador útil en el gobierno de un estado totalitario, un hombre debe estar dispuesto a quebrantar todas las normas morales que haya conocido, si ésto parece necesario para lograr el fin que se le ha impuesto. En la maquinaria totalitaria, habrá oportunidades especiales para los despiadados y sin escrúpulos.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

    Artigo anterior La misión imposible de Kevin Warsh
    Joshua Mawhorter
    foi professor do ensino fundamental e médio nos últimos cinco anos nas disciplinas de governo/economia e história dos Estados Unidos. Josh é bacharel em ciências políticas pela California State University, Bakersfield (CSUB) e mestre em ciências políticas pela Southern New Hampshire University (SNHU). Ele publica conteúdo em seu canal do YouTube Political Factions e está trabalhando em um cana de finanças Mawhorter Finance . Ele também ensina regularmente em sua igreja local nas áreas de teologia, Antigo Testamento, história da igreja, apologética e filosofia.

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