Los Hanseáticos eran más radicales que lo que se cree

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    Durante la Revolución Comercial –aproximadamente entre los siglos X y XIV–, la Europa medieval experimentó una recuperación demográfica, una mejora en la productividad agrícola, un resurgimiento del comercio a larga distancia, y la difusión de las instituciones de mercado. En este contexto, la Liga Hanseática estaba formada por comerciantes de la Baja Alemania y la cuenca del río Elba, dispersos por una vasta región que abarcaba los mares del Norte y Báltico.

    Lejos de sus respectivas comunidades políticas, decidieron formar un grupo
    –“hansa” significa literalmente multitud o tropa– para apoyarse mutuamente mediante servicios voluntarios, y defender mejor sus intereses al interactuar con las autoridades extranjeras en las numerosas localidades donde comerciaban. Cabe destacar que mi definición enfatiza la importancia de que los particulares decidan libremente formar una asociación, y evito utilizar la expresión “Liga Hanseática”. Cuando otros autores, incluidos libertarios y conservadores, utilizan el término “Liga”, desvían inadvertidamente la atención hacia la esfera política, como si la Liga Hanseática fuera una especie de alianza entre los gobiernos de algunas ciudades alemanas y de otros países del norte de Europa. Si bien el fenómeno de las ligas de ciudades libres es sin duda un aspecto fascinante de la gobernanza medieval, y en sí mismo una alternativa al Leviathan moderno, el caso de la Hanseática representó un sistema diferente, mucho más radicalmente antiestatal.

    En primer lugar, la Hanseática se formó mediante acuerdos ascendentes entre comerciantes privados. Como bien resume Justyna Wubs-Mrozewicz, “las ciudades eran miembros de la Hanseática a través de sus burgueses, y no al revés”. Sólo después de que muchos comerciantes de una ciudad determinada se hubieran unido a la Hanseática, su consejo municipal se consideraba perteneciente a la liga y podía estar representado en la Dieta, una asamblea donde eran expresadas las inquietudes de las diferentes comunidades mercantiles.

    El carácter voluntario y apolítico de la Hanseática queda indirectamente confirmado por la falta de una cronología precisa de su existencia. La asociación surgió quizás en el siglo XII, impulsada por comerciantes de ciudades como Hamburg y Lübeck, y podría considerarse que aún existía en el siglo XVII. En distintos momentos, diversas ciudades pertenecieron a la Liga Hanseática, llegando a ser más de 200, aunque resulta prácticamente imposible elaborar una lista completa. La Dieta carecía de poderes legislativos y ejecutivos, por lo que muchas ciudades pertenecientes a la Liga optaban por no asistir a sus sesiones. Sin embargo, además de la informalidad de su origen y sus vínculos institucionales, existen una serie de características específicas que demuestran que la Liga Hanseática representó una alternativa radical al gobierno estatal. Por ejemplo, no contaba con una constitución fija, un tesoro público ni poder coercitivo. La única medida punitiva que podía adoptar era la expulsión de los miembros que hubieran cometido fraude o fueran considerados culpables de otros actos ilegales.

    En este punto, cabe preguntarse: si la Liga Hanseática era realmente tan informal y carente de poder coercitivo, ¿qué beneficios podía aportar a los comerciantes y las comunidades que formaban parte de ella? Tras viajar desde su ciudad natal en la Baja Alemania y encontrarse como extranjeros en tierras donde su gobierno no tenía representación, influencia ni capacidad para defenderlos, los comerciantes hanseáticos se organizaron en un grupo internacional flexible pero eficaz, que podía ofrecer diversos servicios, como representación diplomática y legal. Al representar a comerciantes que generaban ingresos significativos, la Hanseía obtuvo exenciones fiscales, acceso a los mercados internos, el derecho a comprar productos locales que antes les estaban prohibidos, el derecho de reunión y el derecho a portar armas para la autodefensa, incluso siendo extranjeros.

    El segundo tipo de beneficios que proporcionó la Hanseía fueron espacios, bienes, instituciones e información. En las ciudades más importantes visitadas por los comerciantes alemanes, grupos de empresarios hanseáticos compraron y mantuvieron edificios que incluían almacenes seguros, alojamientos y comedores. En estas fábricas, a menudo llamadas Kontoren, los comerciantes hanseáticos se apoyaban mutuamente en momentos de necesidad, organizaban convoyes y obtenían acceso a pesas y medidas comunes para las balanzas de caja, lo que reducía los costos de transacción. Los mercaderes hanseáticos también gozaban de cierta extraterritorialidad, gracias al derecho al arbitraje privado y a la posibilidad de resolver cualquier disputa o redactar contratos según sus propias leyes.

    Otro servicio crucial que ofrecía la Hanseática era la difusión de información actualizada –invaluable para determinar la viabilidad de las operaciones comerciales y las inversiones–, y el acceso a una red de mercaderes incentivados a comerciar con honestidad, no por castigos violentos, sino por la importancia de la reputación y la amenaza de ser expulsados ​​de la asociación hanseática.

    La eficacia de tal organización queda demostrada por el éxito de la Hansa, que llegó a dominar el comercio en las rutas del Báltico, y a impulsar la fundación de centros urbanos a lo largo de las costas de Alemania, Estonia y Letonia, incluidas ciudades como Stralsund, Tartu y Riga. Entre los siglos XIII y XV, los comerciantes hanseáticos controlaron la exportación de lana británica y metales en bruto, adquirieron vino y paños de lana en puertos franceses, distribuyeron al por menor cobre grabado y libros procedentes de Flandes por toda la región báltica, y comerciaron con grano, pieles y madera de Polonia y territorios rusos, al tiempo que aprovechaban los flujos de mercancías asiáticas que llegaban a Novgorod. Estos impresionantes logros, que consolidaron la división internacional del trabajo en vastas regiones, se vieron favorecidos por los objetivos económicos de la Hansa y su apoyo pragmático a los mayoristas que arriesgaban su capital y sus mercancías. En determinadas circunstancias, la Hansa podía transformarse en una liga militar para defender los intereses de sus ciudades. Ésto ocurrió, por ejemplo, en 1369, cuando una alianza hanseática derrotó al Reino de Dinamarca. Sin embargo, nadie tenía la facultad de requisar barcos, imponer el pago de cuotas para armar una flota, ni obligar a todos los ciudadanos en edad de combatir de las ciudades hanseáticas a participar en operaciones militares.

    Como señala Alexander Fink, tres características en particular hacen que la Hansa resulte especialmente difícil de encajar para los estudiosos que intentan clasificarla dentro de modelos de gobernanza estatal o de prerrogativas jurisdiccionales. En primer lugar, la Hansa nunca tuvo potestad para recaudar impuestos.

    En segundo lugar, los miembros de la Hansa –tanto los comerciantes individuales como las ciudades que más tarde decidieron enviar representantes a la Dieta– no renunciaron a su derecho de asociación ni a sus prerrogativas de autogobierno. La pertenencia a la Hansa era sólo un aspecto de las actividades económicas, la identidad cívica y la vida política de las comunidades mercantiles y ciudades alemanas; tanto es así, que las crónicas urbanas suelen guardar silencio sobre la Hansa. La decisión de unirse a la Hansa no afectaba ni mermaba las oportunidades de una ciudad para formar parte de otras asociaciones o alianzas. Por ejemplo, en el siglo XIII, Hamburg, Lübeck, Rostock y Wismar decidieron formar una unión monetaria y establecer un patrón de acuñación común. No obstante, esta Unión Monetaria Venda era totalmente independiente de la Hansa. De hecho, las ciudades hanseáticas conservaron la libertad de establecer no sólo acuerdos monetarios, sino también alianzas de cualquier tipo con ciudades o jurisdicciones ajenas a la Hansa.

    Por último, el tercer aspecto –y quizá el más fascinante– de la Hansa es que su mecanismo de participación funcionaba de abajo hacia arriba, y era verdaderamente voluntario. Este rasgo marca una enorme diferencia entre el modelo hanseático y la actual Unión Europea. Si bien casi todas las ciudades que se unieron a la Hansa formaban parte de un territorio mayor bajo la jurisdicción de un señor feudal, la decisión de adherirse a la Liga era tomada de forma autónoma a nivel local por los propios comerciantes y sus consejos municipales. Dependiendo del momento y de las circunstancias, la Hansa podía resultar más o menos atractiva o útil para distintas comunidades, aun cuando estas estuvieran bajo la jurisdicción de un mismo señor.

    Por consiguiente, los intentos de blanquear la imagen de la Unión Europea alegando que representa la continuación de una larga tradición europea de instituciones multinacionales –como la Liga Hanseática– resultan, en el mejor de los casos, engañosos. No solo porque la UE actual es, en la práctica, un superestado europeo
    –con facultades para imponer impuestos, aranceles, normativas e incluso sanciones económicas a los estados miembro–, sino también porque, en el caso de la UE, resulta imposible cualquier variabilidad en la participación dentro de los estados miembro. En términos prácticos, hoy en día, si un estado europeo decide unirse a la UE a través de su gobierno central, todas las entidades políticas de menor rango dentro de ese territorio (incluidas todas las ciudades y los ciudadanos a título individual) se ven obligadas a integrarse en dicho superestado europeo. Tal como señala Frink:

    En el caso de la Unión Europea, las regiones, los condados y las ciudades quedan vinculados a la entidad supranacional como partes de la estructura federal de su país, el cual está representado en el nivel jerárquico superior por el gobierno federal.

    Esto es exactamente lo opuesto del mecanismo de participación de la Hansa medieval.

    Por todas estas razones, la asociación libre y voluntaria de comerciantes alemanes (y –sólo posteriormente– de ciudades alemanas) que solemos denominar Liga Hanseática debería recibir, en su lugar, la denominación más neutral de “Hansa”. Esta institución –informal y flexible, pero eficaz– no fue en sus inicios una liga constituida por decisión de las autoridades políticas; no supuso la renuncia a ningún derecho individual; no requirió coacción de ningún tipo, ni transfirió prerrogativa política alguna de las comunidades locales a un estado centralizado. En este sentido, el caso de la Hansa sugiere que la gobernanza medieval fue aún más diversa e ingeniosa que lo que habitualmente estamos dispuestos a reconocer.

     

     

     

    Traducción: Ms: Lic. Cristian Vasylenko

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