Realismo imperialista y persistencia del imperio estadounidense

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    El libro de Daniel Bessner Imperialist Realism: Politics and Culture at the End of the American Century (Realismo imperialista: política y cultura al final del siglo estadounidense), comienza con una pregunta provocadora: ¿por qué a los estadounidenses les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del imperio estadounidense? Su respuesta es que los estadounidenses han llegado a considerar la hegemonía de Estados Unidos como algo prácticamente inamovible. En otras palabras, el imperio persiste no simplemente porque los estadounidenses crean que es bueno, necesario o incluso particularmente virtuoso, sino porque les cuesta imaginar que las cosas podrían ser de otra manera.

    Es una perspectiva importante, y Bessner –investigador no residente del Quincy Institute for Responsible Statecraft– es un autor que reflexiona con una profundidad inusual sobre la política exterior estadounidense. Imperialist Realism, publicado a finales de Julio, reúne ensayos que examinan el poder estadounidense a través de la teoría política, la historia intelectual, el análisis de la política exterior y la cultura popular. Bessner, de ideología izquierdista, transita con soltura desde figuras como Barack Obama, George Söros y Samantha Power, hasta los videojuegos y la cultura que rodea al militarismo estadounidense contemporáneo. El resultado es un intento fascinante por comprender no sólo lo que Estados Unidos hace en el extranjero, sino cómo los estadounidenses entienden –o, en ocasiones, no logran entender– el mundo que su gobierno ha creado.

    El concepto central de Bessner, el “realismo imperialista” –tomado del “realismo capitalista” de Mark Fisher–, resulta especialmente útil para describir la mentalidad predominante en Estados Unidos. La idea fundamental es que el imperio se ha arraigado tan profundamente en la cultura política estadounidense, que ha dejado de ser percibido como una elección política. Estados Unidos mantiene cientos de bases militares en el extranjero, sostiene una vasta red de alianzas y compromisos de seguridad, interviene reiteradamente en conflictos internacionales, y asume la responsabilidad de preservar un orden internacional concreto. Sin embargo, gran parte de ésto no es considerado como el resultado de decisiones políticas deliberadas, sino simplemente la forma en que funciona el mundo: algo que no podría ser de otro modo.

    Es una observación valiosa. Las ideas importan. Los órdenes políticos requieren justificaciones intelectuales, y las categorías a través de las cuales las personas interpretan el mundo, pueden limitar lo que consideran políticamente posible. Por tanto, Bessner acierta al subrayar las dimensiones psicológicas y culturales del imperio estadounidense.

    No obstante, una importante pregunta queda sin respuesta: ¿explica el realismo imperialista por qué persiste el imperio estadounidense, o describe principalmente la conciencia ideológica que rodea a dicha persistencia? La distinción es relevante.

    Es posible que los estadounidenses crean, en efecto, que el imperio estadounidense es inamovible. Pero ¿por qué es inamovible en primer lugar? Aquí, la explicación de Bessner resulta menos convincente. La persistencia de la hegemonía estadounidense no es simplemente consecuencia de que los estadounidenses sean incapaces de imaginar una alternativa. De hecho, si se considera relevante el voto, resulta revelador que, entre 1990 y 2020, el candidato elegido fuera aquel que prometía hacer menos en política exterior en términos de intervencionismo. Está claro que las ideas por sí solas no bastan. Para comprender la persistencia del imperio, es preciso entender la economía política subyacente.

    Consideremos los incentivos con los que se enfrentan las instituciones que realmente elaboran la política exterior. El Pentágono tiene pocos motivos para abogar por un Pentágono más reducido. Los contratistas de defensa tienen pocas razones para presionar a favor de la reducción en los contratos de armamento. Los miembros del Congreso cuyos distritos se benefician con el gasto militar, tienen incentivos para mantener dichas partidas –y para evitar la ira de la clase de formadores de opinión de la prensa corporativa, abrumadoramente intervencionista. Las burocracias generan bases de apoyo, carreras profesionales, conocimientos especializados y culturas organizativas en torno de las políticas vigentes. Las alianzas crean compromisos recíprocos. Los gobiernos extranjeros presionan a Washington para que mantenga las garantías de seguridad estadounidenses. Los centros de estudios (think tanks), las universidades, los consultores, los periodistas y los ex funcionarios gubernamentales desarrollan intereses profesionales vinculados con el establishment de la política exterior existente.

    Nada de ésto exige creer que el imperio estadounidense sea moralmente justo.

    De hecho, esa es precisamente la cuestión clave. Un imperio puede perdurar incluso después de que la creencia en su legitimidad moral se haya debilitado. Las instituciones políticas no requieren convicción ideológica por parte de todos los participantes; lo que requieren son incentivos.

    Aquí es donde la economía de la elección pública ofrece un complemento útil al análisis cultural de Bessner. La cuestión no es simplemente por qué los estadounidenses comunes no pueden imaginar una alternativa, sino por qué las personas e instituciones con mayor capacidad para modificar la política exterior estadounidense, suelen tener fuertes incentivos para no hacerlo. Los beneficios de la intervención, el gasto militar y los compromisos globales a menudo se concentran, mientras que sus costos se difunden. Un contratista de defensa sabe exactamente lo que está en juego en un programa de armamento. El pagador neto de impuestos promedio desconoce qué parte de su factura fiscal está, en última instancia, relacionada con aquél. El equilibrio político resultante puede persistir sin necesidad de un consenso nacional a su favor.

    También existe un problema de inercia. Una vez que existen instituciones, alianzas, despliegues militares, procedimientos burocráticos y compromisos internacionales, desmantelarlos resulta políticamente más difícil que mantenerlos. Cada compromiso individual puede ser defendido como modesto y razonable, incluso cuando el resultado acumulativo es extraordinario. Ninguna decisión aislada crea necesariamente un imperio. Sin embargo, millones de decisiones pueden sostenerlo.

    Ésto no invalida la afirmación de Bessner. Todo lo contrario: su concepto ayuda a explicar por qué este equilibrio puede volverse culturalmente invisible. La economía política puede explicar los incentivos que reproducen el imperio. Bessner ayuda a explicar la conciencia que hace que esos incentivos parezcan naturales.

    Pero la relación causal es importante: los estadounidenses pueden pensar que el imperio es inevitable, en parte porque las poderosas instituciones han hecho que su desmantelamiento sea extraordinariamente difícil. En ese sentido, lo que parece una incapacidad cultural para imaginar alternativas puede ser, en parte, producto de las estructuras materiales e institucionales.

    Por lo tanto, Bessner resulta más convincente cuando describe la experiencia de vivir dentro del imperio estadounidense. Es menos convincente si el “realismo imperialista” es considerado como una explicación completa de la persistencia del imperio.

    A pesar de sus deficiencias, Bessner nos ha brindado una explicación convincente de por qué a los estadounidenses les resulta difícil imaginar el fin del imperio. Desde la perspectiva austro-libertaria, la pregunta sigue siendo cómo superar los impedimentos ideacionales e institucionales para ponerle fin y liberar al pueblo estadounidense. La lucha continúa.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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